Merienda de Adviento

Hace justo un año, descubrí que me gustaba estar en grupo. De toda la vida me coloqué la etiqueta de que soy una introvertida y de que los grupos de gente me agobiaban. Y sí esto también es cierto, pero claro, lo que no había reparado en que el error estaba en la generalización, como casi siempre. No me gustan todos los grupos, pero he descubierto a unos ciertos grupos de personas con los que me lo paso muy bien. Con los que siento que nos interesan las mismas cosas, aunque no pensemos lo mismo siempre, y gente con la que puedo sentir como crezco con cada conversación, porque con cada afirmación me hacen aprender.

En este último año han llegado unas ciertas personas a mi vida, que me ponen las pilas y que me ayudan a bajarme a tierra y no quedarme nadando en mis pensamientos, haciendo lo que tengo por costumbre hacer: pensar, idear, dejar que se diluya.

En medio de esto, y sacando pecho, se me ocurrió una tarde organizar una merienda. Como las que hago en Navidad, pero para estas personas que viven el Adviento como yo, y que les gustaría echar un rato juntas para comer, reir, bailar y salir inspiradas. Ríete, pero la energía que se mueve en este tipo de encuentros es brutal.

Con ese pensamiento de imaginar lo divertido que sería organizar algo así, me fui a un almuerzo con mis enraizadas. Lo dije así como de pasada, como cuando dices algo en voz alta pero que no le estás dando bola ninguna, porque ya estábamos a finales de octubre, aquello solo era un pensamiento que daba vueltas circulares por mi cerebelo.

Para mi sorpresa, en menos de 15 minutos, me habían encontrado el sitio, la hora, la gente, y si me descuido, hasta la playlist.. Total, que esta semana tenemos nuestra primera Merienda de Adviento.

Dice mi madre, que la suerte de un loco es dar con otro… y seguramente sea así. Y por eso también doy gracias, porque yo no encontré una, sino unas 15 locas más, a las que yo les parezco cuerda.

Cuando ya veo que todo está medio organizado y caminando, no me creo que esté montada en este burro, pero sí, aquí voy, y ¿sabes que? Que me lo estoy gozando. Que ahora mismo, es lo único que me importa.

La fiesta de MiNorte

Ayer celebramos el día más importante del verano. La fiesta de MiNorte. La patrona de MiNorte es la Vírgen del Buen Viaje.

En este pueblo, la fiesta es algo que uno se toma muy en serio. Y desde principios del mes se constituye la comisión de fiestas que será la encargada de planificar y organizar todo el programa de la semana de celebraciones y festejos. Desde hace unos años, esta tarea recae sobre la asociación Cotillo Joven, que además de ser jóvenes, son gente con muchas muchas ganas, y que casi sin recursos sacan cada año una fiesta para adelante con un montón de cosas.

Las calles se llenan de banderas, que llevan cosiéndose semanas, y luego todo el mundo se predispone a pasarlo lo mejor posible.

Cada casa prepara su puchero típico, y se degusta con su sopa de primero, y su vasito de vino. El postre suelen ser tunos o fruta (aquí se le dice fruta al higo de la higuera) y todo está acompañado de un montón de conversaciones cruzadas. En cada casa se junta un chorro de gente, familia lejana, y amigos varios. También se descuelgan los resacados que vinieron a la verbena y que amanecieron en el pueblo. Siempre encuentran un amigo con un caldero de puchero al fuego.

En mi casa creo que el record de gente a la mesa fueron 32. Después de eso nos hemos quedado en la media de 20.

Cuando el caldero ya está apartado del fuego, una se pone un traje fresco y se acerca al muelle a ver cómo embarcan a la Vírgen. Fíjate que yo no entiendo bien qué me pasa, pero en ese momento me embarga una emoción que no soy capaz de controlar, y se me saltan las lágrimas. Y tengo de promesa conmigo ir cada año a hacer lo mismo: ir a verla embarcar mientras se me salta la emoción por los ojos.

Este año ha sido más o menos así, como los anteriores, y los otros 45 años que los llevo viviendo, y sin embargo siempre distintos.

Cuando llega la noche, se sienta una en el sofá y hace recuento de invitados y de cómo estuvo la comida, y suelta eso de: ay que cansera, pero qué bien lo hemos pasado, no?

El caldo como un abrazo

Desde que me hice madre, me enfoqué en una idea clara y fija: hacer de todo un anclaje. He hablado un montón de veces de esto. Quería que Emma sintiera que nuestra casa, era el refugio más seguro del mundo para ella, en cualquier momento. Para eso, fui llenando de cosas fijas la nevera, los armarios, y algunas paredes.

Llevo utilizando el mismo suavizante desde que nació (gracias Mercadona), las mismas recetas de galletas y de queques, y también haciendo caldo.

¿Se come Emma el caldo? No. Pero eso es lo de menos, en mi casa siempre hay un taper de caldo. O más de uno, para ser exactos. Soy esa madre de la canción de Rigoberta Bandini.

Cada quince días hago caldo. De diversos ingredientes, y para cosas distintas. Pero siempre caldo. Empecé a hacerlos en un caldero normal, a fuego bajito, y con una carcasa de pollo y verduras. Luego me pasé a la olla a presión. Y finalmente a la crockpot. Ahora hago caldo de huesos, y verduras. De verduras solas. De hueso de jamón. O de pollo. Si es de pollo, la carcasa va primero asada.

Hacer caldo, es algo en lo que no me complico mucho. Las verduras que utilizo siempre son: puerro, zanahorias y apio; si hay alguna cosa más por la nevera, se la pongo también. Una hoja de laurel, un poco de sal, y unas pimientas de Jamaica. Y listo, todo dentro de la crokpot, con  un buen chorro de vinagre. Y de ahí 12, 14, o hasta 20 horas hirviendo en baja temperatura. Lo que sale, es oro líquido a mi parecer.

Un caldo sienta bien en cualquier momento, y casi con cualquier cosa. Es como un abrazo.

Llegas tarde, después de estar todo el día corre corre, sacas el taper y lo pones a hervir, y en un buen bowl, troceas todo lo que te parezca que tengas en la nevera. Cuando te lo terminas, estás reconfortada, rehecha. Como si hubieras juntado todos tus trocitos.

Aunque como digo, Emma no pasa de comerse un par de cucharadas. Da lo mismo, yo sigo insistiéndole, porque sé que un día, más pronto que tarde, ella pedirá un tazón de caldo.

El anclaje de Semana Santa

 

Cada Semana Santa, desde hace unos cuantos años, vengo por aquí y echo el cuento de lo mucho que me gusta hornear bollos. No unos bollos cualquiera, sino estos bollos suecos, típicos de la Cuaresma.

Tengo como misión en la vida, la de crear firmes raíces de anclaje para MiMariposita. Y los Semlor en Semana Santa es una de esas raíces. Podría haber escogido algo más nuestro, yo que sé, algo Canario, pero mira, este es mi cuento, y yo me lo monto como mejor me parece. Porque digamos que hacer un sancocho está bien, pero lo de meter las manos en harina es otro nivel.

Un anclaje para que sea bueno, tiene que ponerte a funcionar los cinco sentidos. Primero el tacto, lo que sientes en las manos mientras estás amasando todos los ingredientes y cómo la masa va quedándose lisita y muy agradable al tacto. Luego  el sonido que hace la masa contra la encimera a medida que vas boleándola. Después el olfato, todo huele a cardamomo. Pasada la primera hora de levado, ves como los bollos han aumentado su tamaño y lo brillantes que se han puesto. Finalmente, y casi el sentido que juega un papel fundamental en este anclaje, es el gusto. El bollo atorrijado en leche caliente, con todos esos sabores juntos del mazapán, la nata, y la miga suave y poco dulce.

Nuestra Semana Santa, sabe a estos bollos desde hace muchos años, y ya, desde que se acercan los días libres, Emma pregunta cuándo los vamos a hornear.

Por otro lado, estas cosas, estas pequeñas tradiciones que he ido incluyendo en mi vida, en nuestra vida, me sirven como termómetro de cómo estoy.

No fue hasta hace unos años que leí el libro de Ana Ribera, sobre la depresión, que me di cuenta que yo había estado allí. Estuve muchos años en una mazmorra, llevando una vida aparentemente normal, y sin embargo, cada día estaba más inactiva y con menos energía para vivir.

Cuando llega una de estas fechas, que tienen aparejadas alguna actividad concreta, y me siento inapetente, y con ganas de saltármela, hago sonar las alarmas. Me someto a estudio y evalúo si es algo transitorio o es algo a lo que le tengo que prestar atención.

De momento, mis tradiciones siguen ancladas a mis ganas, y ya tenemos todo listo para hornear nuestros bollos de Semana Santa. Anímate y mete las manos en harina.

Anclada a las torrijas y a los semlor

Hace un par de semanas, en un directo de IG de Sol Aguirre con Ana Pola, me dieron droga de la mía.

Hablaron de anclajes, de cómo crearlos, de cómo cambiarlos, de cómo identificarlos.

No creo que nada me entusiasme más que los anclajes. Es lo que llevo haciendo con este blog desde que lo abrí. Te voy a dar un dato que igual te da un poco de vértigo. La primera vez que escribí en esta ventana, fue el 18 de junio de 2004. Parece increíble. Cuando leo u oigo algunas bloggers que hablan de sus blogs, y del tiempo que llevan escribiendo en ellos, y dicen: desde el 2013, 2014, 2016… pienso: aficionadas.

La relación más larga de mi vida es con este blog. Lo he dicho muchas veces. También ha sido la más sincera.

Así que el blog para mí está lleno de anclajes. Es mi constante.

Y como no puede ser de otra forma, qué crees que he hecho estos días, durante la semana santa. Está claro: torrijas y semlor.

¿Tu concibes el Carnaval sin la canción de Celia Cruz?

¿Decir hay marejada, sin que oigas la canción?

¿O las Navidades sin polvorones?

Pues todo eso son anclajes, y por eso mismo, las torrijas y lo semlor son indispensables en esta semana.

¿Tengo siempre ganas de hacerlo? Pues claramente, no.

De comérmelo sí. De eso siempre tengo ganas, la verdad.

A veces me gusta mirarme el ombligo, y pensar: ¡coño! estaría muy bien llegar a casa y que estuvieran hechos, con la casa oliendo y la baba cayéndoseme pensando en el festín del plato. Pero de momento, esto no pasa, así que espanto la pereza y me pongo manos a la obra.

Si llevas tiempo por aquí, sabes de lo mucho que me gustan los procesos. Y las cosas que no son de hoy para dentro de un rato.

Me gusta el tiempo de fermentado, de macerado, de cocción lenta.

Esto es una contradicción total con mi naturaleza, en la que la impaciencia es una de mis principales características. Pero ¿qué crees? Utilizo la magia de los tiempos para ir rompiendo esta creencia limitante sobre mi impaciencia.

A principios de semana, hice el pan para las torrijas. Y a mitad de semana los semlor. Ahora mismo tengo el congelador a topísimo de estas delicias.

Me quiero mucho cuando tengo ganas de algo rico y  que me abrigue y tengo de estas cosas en el congelador. Este pensamiento me ayuda mucho a luchar contra la pereza, por si te sirve.

Cuando me como uno de estos bollos, habiendo pasado ya la semana santa, me reconforto. Me traigo al presente la vivencia del momento en el que los horneé.. a Fredi Leis cantándome en la cocina y a esa luz de media tarde que se cuela por la cristalera del salón. Ese breve instante en el que soy feliz, porque estoy en calma. Un gran anclaje. Misión completada.

 

El séptimo del año

Después de perder (o ganar) un montón de horas hoy, he conseguido poner un poco de orden en mis fotos. Saco muchas fotos, y las voy pasando al ordenador así, automáticamente. Sin elegirlas, sin borrar las que no quiero, .. nada, todo para adentro, hasta que hoy el ordenador y el teléfono dijeron: INTERVENTION.

Y sin poner una palabra, me llamaron a capítulo para que pusiera un ojo aquí, e hiciera un decluttering en toda regla. MiGurú me ha diagnosticado un Diógenes tecnológico, y quien soy yo para decirle que está equivocado.

Hoy he puesto un poco de claridad aquí, entre tanto archivo, pero sé que voy a tener que dedicarle mucho más tiempo, que tengo fotos duplicadas y triplicadas desde que Emma era un gameto. Será cuestión de que lo ponga en la agenda y de que ese día estén los astros alineados para que yo mire la agenda y para que pueda dedicarle el día.

Una vez que he logrado pasar algunas de las últimas fotos que tenía en mi teléfono, me di cuenta de que no había traído por aquí el último jersey que me he hecho. Es el 7º del año.

Está hecho con una lana de calcetines de Mi Planeta de Lanas, teñida por ella misma y que me tocó en un sorteo que hizo por Instagram hace unos cuantos años. La tenía guardada a la espera del patrón adecuado, y cuando quise hacer este jersey, no tuve dudas. El resto del jersey, es Flora de Drops, ¿he dicho ya que es mi nueva lana favorita?.

Como digo este es mi 7º jersey del año, y no va a ser el último, porque todavía me quedan muchas madejas por gastar. El placer que estoy encontrando en tejer colorwork, no es ni medio normal. Diría más bien que en este punto del año, está siendo casi una adicción. Y como te estás imaginando, el 8º usa la misma técnica.

Después de haber sido valiente como para ponérmelo en plena ola de calor, he pensado que bien me merecía una merienda con té helado y un buen bizcocho de limón y almendra, que ya te he dejado por aquí, pero que la repito, porque es un acierto absoluto.

Pues así se me pasó la semana, entre el calor de un jersey y el del horno encendido, y en la calle más de 35º, pero yo soy una valiente, que rima con inconsciente, para qué nos vamos a engañar. No puedo decir a estas alturas que mi cerebelo no haya sufrido un calentón.

 

Las etiquetas

Llegó la calima y se fue el alisio, ¿no querías verano?. Aquí lo tienes.

No sé que pasa con los extremos, que aquí parece que o calvo o con tres pelucas. Y así, no puedo. Que a mi lo que me gusta es el equilibrio, hombreya.

Ahora mismo estamos en casa atrincheradas, con las ventanas cerradas para que no entre la tierra esta, y luego a la noche, todo sean estornudos y ojos hinchados.

No tengo ganas de hacer nada, me cuesta hasta pensar, supongo que el calor se está mezclando con la edad, y yo no sé si esto van a ser sofocos o simplemente es que hace un calor considerable.

En estas circunstancias solo hay dos cosas que me apetece hacer: beber té helado y comer salmorejo. Que bueno, que lo que yo hago no es salmorejo, al parecer.

Durante la cuarentena, cogimos la manía de irnos cantando el menú por el grupo de whatsapp, para que los que no lo tenían planificado tuvieran alguna inspiración. De ese tiempo se nos quedó la costumbre, y ya, fuera de confinamientos, nos lo vamos diciendo igual. Almuerzos y cenas, y de paso nos mandamos alguna foto también.

Uno de esos días, yo dije que cenaba salmorejo. Me pidieron la receta, y en cuanto dije que yo no le ponía ajo, y le ponía zanahoria, me quisieron amonestar por usar un nombre que no aplicaba.

Puede que sea cierto, que a veces nos ponemos muy puristas, y ensalzamos eso de: ahhhhh noooo, eso no es salmorejo. Que yo lo entiendo, no te vayas a creer. Entiendo que quien conoce bien un plato, reclame la originalidad del mismo, y se moleste cuando se le pone cualquier cosa que el cocinero, que ese día se siente inspirado, le añada, sin contar con nadie, y basándose solo en su gusto, y no ateniéndose a la rigurosidad de la receta tradicional.

Si te digo la verdad, yo soy un poco anárquica con esto, porque yo en la cocina hago un poco lo que me da la gana. Quiero decir, sé que el salmorejo lleva ajo y yo no le pongo, porque me sienta fatal. Y además cometo el sacrilegio de hacer salmorejo de cualquier cosa: tomate, tomate y zanahoria, remolacha, melón, sandía… Si viene un cordobés igual le da un parraque oyéndome o mejor dicho leyéndome, escribir esto. Tal vez la culpa es mía, por usar una etiqueta que no aplica. Así que me he propuesto no usar esos sustantivos tan complejos que se asocian a platos muy específicos: salmorejo, gazpacho, paella, mojo.. A partir de ahora, mis menús serán como los de esos restaurante de renombre. Cambiaré el salmorejo por: sopa fría de lo que sea; el gazpacho por: licuado de verdura fresca; paella por arroz con cosas, y el mojo por salsa para acompañar papas o pescado. A ver quien me va a decir ahora que estoy usando mal las etiquetas.

 

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

Teñir no es lo mío

 

Este fin de semana hice un gran fail. Y mira que le tenía ganas a este experimento. Pero a veces las cosas simplemente no salen, y no pasa nada tampoco.

Hace un tiempo que leí esta entrada, y me flipé bastante. Siempre me ha llamado mucho la atención el proceso de tinción, y desde aquella vez en 2009 cuando me junté con mi querida marida a teñir unas madejas de lana con kool aid, me dan ganas de repetir.

Seguí los pasos del artículo: lo primero, comer muchos aguacates. Yo me comí unos cuantos, y mi hermana otros pocos. Congelamos cáscara y hueso, hasta que tuve alrededor de 25 aguacates comidos.

El sábado piqué todas las cáscaras por un lado y las puse en remojo. Por otro lado, partí todos los huesos, que creía inicialmente que me iba a costar más, pero no, están blanditos y con un poco de cuidado la punta del cuchillo entra perfectamente y se pueden ir partiendo. También los puse en agua. 24 horas de remojo, tiempo que aproveché para partir un poco la piedra de alumbre que había comprado un tiempo antes, y me dispuse a mordentar mis telas. Dos tipos de muselina, una blanca de Ikea, de hace no sé cuánto, y otra muselina típica, de color crudo.

El domingo por la mañana, puse al fuego todo el caldo de las cáscaras, que a mi parecer estaba empezando a fermentar porque tenia un montón de burbujas. Y ahí que estuvo sin llegar a hervir. Desde la primera media hora, supe que el proceso había perdido todo el encanto. ¡Qué peste!, no había tenido esto en cuenta. Removí de vez en cuando la tela, para favorecer el proceso. Dos horas después, la tela no había cambiado mucho. Aún asi, la aparté del fuego.

Hice lo mismo con los otros trozos que tenía, y el caldo de los huesos de aguacate. Misma peste, igual resultado.

Se supone que iba a conseguir unos tonos rosas empolvados la mar de maravillosos, como están en el blog que había leído con mucha atención. Nada que ver. Mis muselinas tienen un tono marrón, muy sutiles, eso sí, pero tonos crudos corrientes y molientes. ¿Dónde están mis telas rosas?.

No sé qué ha podido fallar, no sé si no fueron suficientes los aguacates. Si tenía que haberlos partido más, si tenía que haber invocado a la diosa de los tintes,.. ni idea. Pero vamos, el olor que quedó en casa, me va a servir de recuerdo para no volver a intentarlo. Por lo menos los aguacates los saboreé.

Después de este gran fail, volví a terreno conocido: mi pan de masa madre, yogures con mermelada, y queque de plátano y chocolate. Afortunadamente hay cosas que sí me salen bien.

De un quilt a cojines, la reinvención

Este fin de semana, que fue de tres días, saqué la máquina de coser. Siempre, pero siempre ¿eh?, me pasa lo mismo. Antes de sacarla voy renegando de la tarea durante días, es posible que semanas.  Sacar la máquina de coser, me supone una logística importante de invasión de zonas comunes, además de la obligación de tener que terminar lo que empiece porque sí o sí ha de estar todo recogido a la hora de las comidas. Efectivamente, coso en la mesa de la cocina.

No hay otro espacio más apropiado.

Así que lo que tengo que coser a máquina, lo voy juntando en una cajita, hasta que se alinean los astros y el día es propicio para hacerlo.

En este caso fue el viernes, aprovechando el día de fiesta. Según terminó el desayuno, empecé con el despliegue.

Lo que cosí el viernes fueron unos cojines. Ha sido como una reinvención, de quilla a cojines, como la vida, que a veces de una cosa se pasa a otra, por necesidad, y por cojines.

Estos bloques llevan en una bolsa de labores desde principios de siglo, literal. Conformaba un quilt que debió de ser de los primeros que se lanzaron online. Es probable que hasta en los primeros años de este blog, allá por el 2004 (eso sí lo tengo claro) tenga alguna entrada haciendo referencia a ellos.

Me acuerdo de dónde empecé a coser estos bloques, me acuerdo de las telas, y de la sensación de empezar a coser por mi cuenta, con las nuevas cosas que iba pillando por aquel grupo de yahoo que tanto conocimiento me dio.

Estos bloques son los primeros que apliqué con puntada escondida y de los que me siento bastante orgullosa, la verdad. Cuando me vine de vuelta a mi casa, con Emma siendo una monjeta en mi barriga, hice una ordenación al más puro estilo MariKondo, y todos estos bloques quedaron bien guardados en una bolsa. Cuando los reencontré, años mas tarde, me di cuenta de que aunque me faltaban pocos bloques para terminar el quilt, ya no tenía mucho que ver conmigo, y que sería mejor darle otro uso, porque como quilt, no iba a terminarlo.

En ese momento, me puse manos a la obra y les cosí el borde granate a todos, en uno de esos momentos de furia costurera. Y seguramente, por alguna necesidad mayor como que había que despejar la mesa para comer, los volvía a guardar.

Como saben, esta cuarentena, que ya se está acabando, ha hecho que yo saque todo para afuera, lo que es basura, lo que es antiguo, y lo que es maravilloso… todo, para la luz.

Si hay una sensación que me gusta por encima de casi todo es la de decir: lo acabé. Terminar y cerrar ciclos, me da la vida.

Así que la semana pasada acolché los seis bloques, a mano, y haciendo callo. Y el fin de semana los cosí. Hoy ya lucen en nuestro sofá. Justo inaugurando mayo y el mes de las flores.

Para premiarme, que ya saben que yo lo del premio no me lo salto nunca, me enganché al directo de Ainara, y nos marcamos unos bollycaos caseros que nos han puesto los ojos en blanco. Otra receta directa a la libreta.