Anclada a las torrijas y a los semlor

Hace un par de semanas, en un directo de IG de Sol Aguirre con Ana Pola, me dieron droga de la mía.

Hablaron de anclajes, de cómo crearlos, de cómo cambiarlos, de cómo identificarlos.

No creo que nada me entusiasme más que los anclajes. Es lo que llevo haciendo con este blog desde que lo abrí. Te voy a dar un dato que igual te da un poco de vértigo. La primera vez que escribí en esta ventana, fue el 18 de junio de 2004. Parece increíble. Cuando leo u oigo algunas bloggers que hablan de sus blogs, y del tiempo que llevan escribiendo en ellos, y dicen: desde el 2013, 2014, 2016… pienso: aficionadas.

La relación más larga de mi vida es con este blog. Lo he dicho muchas veces. También ha sido la más sincera.

Así que el blog para mí está lleno de anclajes. Es mi constante.

Y como no puede ser de otra forma, qué crees que he hecho estos días, durante la semana santa. Está claro: torrijas y semlor.

¿Tu concibes el Carnaval sin la canción de Celia Cruz?

¿Decir hay marejada, sin que oigas la canción?

¿O las Navidades sin polvorones?

Pues todo eso son anclajes, y por eso mismo, las torrijas y lo semlor son indispensables en esta semana.

¿Tengo siempre ganas de hacerlo? Pues claramente, no.

De comérmelo sí. De eso siempre tengo ganas, la verdad.

A veces me gusta mirarme el ombligo, y pensar: ¡coño! estaría muy bien llegar a casa y que estuvieran hechos, con la casa oliendo y la baba cayéndoseme pensando en el festín del plato. Pero de momento, esto no pasa, así que espanto la pereza y me pongo manos a la obra.

Si llevas tiempo por aquí, sabes de lo mucho que me gustan los procesos. Y las cosas que no son de hoy para dentro de un rato.

Me gusta el tiempo de fermentado, de macerado, de cocción lenta.

Esto es una contradicción total con mi naturaleza, en la que la impaciencia es una de mis principales características. Pero ¿qué crees? Utilizo la magia de los tiempos para ir rompiendo esta creencia limitante sobre mi impaciencia.

A principios de semana, hice el pan para las torrijas. Y a mitad de semana los semlor. Ahora mismo tengo el congelador a topísimo de estas delicias.

Me quiero mucho cuando tengo ganas de algo rico y  que me abrigue y tengo de estas cosas en el congelador. Este pensamiento me ayuda mucho a luchar contra la pereza, por si te sirve.

Cuando me como uno de estos bollos, habiendo pasado ya la semana santa, me reconforto. Me traigo al presente la vivencia del momento en el que los horneé.. a Fredi Leis cantándome en la cocina y a esa luz de media tarde que se cuela por la cristalera del salón. Ese breve instante en el que soy feliz, porque estoy en calma. Un gran anclaje. Misión completada.

 

El séptimo del año

Después de perder (o ganar) un montón de horas hoy, he conseguido poner un poco de orden en mis fotos. Saco muchas fotos, y las voy pasando al ordenador así, automáticamente. Sin elegirlas, sin borrar las que no quiero, .. nada, todo para adentro, hasta que hoy el ordenador y el teléfono dijeron: INTERVENTION.

Y sin poner una palabra, me llamaron a capítulo para que pusiera un ojo aquí, e hiciera un decluttering en toda regla. MiGurú me ha diagnosticado un Diógenes tecnológico, y quien soy yo para decirle que está equivocado.

Hoy he puesto un poco de claridad aquí, entre tanto archivo, pero sé que voy a tener que dedicarle mucho más tiempo, que tengo fotos duplicadas y triplicadas desde que Emma era un gameto. Será cuestión de que lo ponga en la agenda y de que ese día estén los astros alineados para que yo mire la agenda y para que pueda dedicarle el día.

Una vez que he logrado pasar algunas de las últimas fotos que tenía en mi teléfono, me di cuenta de que no había traído por aquí el último jersey que me he hecho. Es el 7º del año.

Está hecho con una lana de calcetines de Mi Planeta de Lanas, teñida por ella misma y que me tocó en un sorteo que hizo por Instagram hace unos cuantos años. La tenía guardada a la espera del patrón adecuado, y cuando quise hacer este jersey, no tuve dudas. El resto del jersey, es Flora de Drops, ¿he dicho ya que es mi nueva lana favorita?.

Como digo este es mi 7º jersey del año, y no va a ser el último, porque todavía me quedan muchas madejas por gastar. El placer que estoy encontrando en tejer colorwork, no es ni medio normal. Diría más bien que en este punto del año, está siendo casi una adicción. Y como te estás imaginando, el 8º usa la misma técnica.

Después de haber sido valiente como para ponérmelo en plena ola de calor, he pensado que bien me merecía una merienda con té helado y un buen bizcocho de limón y almendra, que ya te he dejado por aquí, pero que la repito, porque es un acierto absoluto.

Pues así se me pasó la semana, entre el calor de un jersey y el del horno encendido, y en la calle más de 35º, pero yo soy una valiente, que rima con inconsciente, para qué nos vamos a engañar. No puedo decir a estas alturas que mi cerebelo no haya sufrido un calentón.

 

Las etiquetas

Llegó la calima y se fue el alisio, ¿no querías verano?. Aquí lo tienes.

No sé que pasa con los extremos, que aquí parece que o calvo o con tres pelucas. Y así, no puedo. Que a mi lo que me gusta es el equilibrio, hombreya.

Ahora mismo estamos en casa atrincheradas, con las ventanas cerradas para que no entre la tierra esta, y luego a la noche, todo sean estornudos y ojos hinchados.

No tengo ganas de hacer nada, me cuesta hasta pensar, supongo que el calor se está mezclando con la edad, y yo no sé si esto van a ser sofocos o simplemente es que hace un calor considerable.

En estas circunstancias solo hay dos cosas que me apetece hacer: beber té helado y comer salmorejo. Que bueno, que lo que yo hago no es salmorejo, al parecer.

Durante la cuarentena, cogimos la manía de irnos cantando el menú por el grupo de whatsapp, para que los que no lo tenían planificado tuvieran alguna inspiración. De ese tiempo se nos quedó la costumbre, y ya, fuera de confinamientos, nos lo vamos diciendo igual. Almuerzos y cenas, y de paso nos mandamos alguna foto también.

Uno de esos días, yo dije que cenaba salmorejo. Me pidieron la receta, y en cuanto dije que yo no le ponía ajo, y le ponía zanahoria, me quisieron amonestar por usar un nombre que no aplicaba.

Puede que sea cierto, que a veces nos ponemos muy puristas, y ensalzamos eso de: ahhhhh noooo, eso no es salmorejo. Que yo lo entiendo, no te vayas a creer. Entiendo que quien conoce bien un plato, reclame la originalidad del mismo, y se moleste cuando se le pone cualquier cosa que el cocinero, que ese día se siente inspirado, le añada, sin contar con nadie, y basándose solo en su gusto, y no ateniéndose a la rigurosidad de la receta tradicional.

Si te digo la verdad, yo soy un poco anárquica con esto, porque yo en la cocina hago un poco lo que me da la gana. Quiero decir, sé que el salmorejo lleva ajo y yo no le pongo, porque me sienta fatal. Y además cometo el sacrilegio de hacer salmorejo de cualquier cosa: tomate, tomate y zanahoria, remolacha, melón, sandía… Si viene un cordobés igual le da un parraque oyéndome o mejor dicho leyéndome, escribir esto. Tal vez la culpa es mía, por usar una etiqueta que no aplica. Así que me he propuesto no usar esos sustantivos tan complejos que se asocian a platos muy específicos: salmorejo, gazpacho, paella, mojo.. A partir de ahora, mis menús serán como los de esos restaurante de renombre. Cambiaré el salmorejo por: sopa fría de lo que sea; el gazpacho por: licuado de verdura fresca; paella por arroz con cosas, y el mojo por salsa para acompañar papas o pescado. A ver quien me va a decir ahora que estoy usando mal las etiquetas.

 

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

Teñir no es lo mío

 

Este fin de semana hice un gran fail. Y mira que le tenía ganas a este experimento. Pero a veces las cosas simplemente no salen, y no pasa nada tampoco.

Hace un tiempo que leí esta entrada, y me flipé bastante. Siempre me ha llamado mucho la atención el proceso de tinción, y desde aquella vez en 2009 cuando me junté con mi querida marida a teñir unas madejas de lana con kool aid, me dan ganas de repetir.

Seguí los pasos del artículo: lo primero, comer muchos aguacates. Yo me comí unos cuantos, y mi hermana otros pocos. Congelamos cáscara y hueso, hasta que tuve alrededor de 25 aguacates comidos.

El sábado piqué todas las cáscaras por un lado y las puse en remojo. Por otro lado, partí todos los huesos, que creía inicialmente que me iba a costar más, pero no, están blanditos y con un poco de cuidado la punta del cuchillo entra perfectamente y se pueden ir partiendo. También los puse en agua. 24 horas de remojo, tiempo que aproveché para partir un poco la piedra de alumbre que había comprado un tiempo antes, y me dispuse a mordentar mis telas. Dos tipos de muselina, una blanca de Ikea, de hace no sé cuánto, y otra muselina típica, de color crudo.

El domingo por la mañana, puse al fuego todo el caldo de las cáscaras, que a mi parecer estaba empezando a fermentar porque tenia un montón de burbujas. Y ahí que estuvo sin llegar a hervir. Desde la primera media hora, supe que el proceso había perdido todo el encanto. ¡Qué peste!, no había tenido esto en cuenta. Removí de vez en cuando la tela, para favorecer el proceso. Dos horas después, la tela no había cambiado mucho. Aún asi, la aparté del fuego.

Hice lo mismo con los otros trozos que tenía, y el caldo de los huesos de aguacate. Misma peste, igual resultado.

Se supone que iba a conseguir unos tonos rosas empolvados la mar de maravillosos, como están en el blog que había leído con mucha atención. Nada que ver. Mis muselinas tienen un tono marrón, muy sutiles, eso sí, pero tonos crudos corrientes y molientes. ¿Dónde están mis telas rosas?.

No sé qué ha podido fallar, no sé si no fueron suficientes los aguacates. Si tenía que haberlos partido más, si tenía que haber invocado a la diosa de los tintes,.. ni idea. Pero vamos, el olor que quedó en casa, me va a servir de recuerdo para no volver a intentarlo. Por lo menos los aguacates los saboreé.

Después de este gran fail, volví a terreno conocido: mi pan de masa madre, yogures con mermelada, y queque de plátano y chocolate. Afortunadamente hay cosas que sí me salen bien.

De un quilt a cojines, la reinvención

Este fin de semana, que fue de tres días, saqué la máquina de coser. Siempre, pero siempre ¿eh?, me pasa lo mismo. Antes de sacarla voy renegando de la tarea durante días, es posible que semanas.  Sacar la máquina de coser, me supone una logística importante de invasión de zonas comunes, además de la obligación de tener que terminar lo que empiece porque sí o sí ha de estar todo recogido a la hora de las comidas. Efectivamente, coso en la mesa de la cocina.

No hay otro espacio más apropiado.

Así que lo que tengo que coser a máquina, lo voy juntando en una cajita, hasta que se alinean los astros y el día es propicio para hacerlo.

En este caso fue el viernes, aprovechando el día de fiesta. Según terminó el desayuno, empecé con el despliegue.

Lo que cosí el viernes fueron unos cojines. Ha sido como una reinvención, de quilla a cojines, como la vida, que a veces de una cosa se pasa a otra, por necesidad, y por cojines.

Estos bloques llevan en una bolsa de labores desde principios de siglo, literal. Conformaba un quilt que debió de ser de los primeros que se lanzaron online. Es probable que hasta en los primeros años de este blog, allá por el 2004 (eso sí lo tengo claro) tenga alguna entrada haciendo referencia a ellos.

Me acuerdo de dónde empecé a coser estos bloques, me acuerdo de las telas, y de la sensación de empezar a coser por mi cuenta, con las nuevas cosas que iba pillando por aquel grupo de yahoo que tanto conocimiento me dio.

Estos bloques son los primeros que apliqué con puntada escondida y de los que me siento bastante orgullosa, la verdad. Cuando me vine de vuelta a mi casa, con Emma siendo una monjeta en mi barriga, hice una ordenación al más puro estilo MariKondo, y todos estos bloques quedaron bien guardados en una bolsa. Cuando los reencontré, años mas tarde, me di cuenta de que aunque me faltaban pocos bloques para terminar el quilt, ya no tenía mucho que ver conmigo, y que sería mejor darle otro uso, porque como quilt, no iba a terminarlo.

En ese momento, me puse manos a la obra y les cosí el borde granate a todos, en uno de esos momentos de furia costurera. Y seguramente, por alguna necesidad mayor como que había que despejar la mesa para comer, los volvía a guardar.

Como saben, esta cuarentena, que ya se está acabando, ha hecho que yo saque todo para afuera, lo que es basura, lo que es antiguo, y lo que es maravilloso… todo, para la luz.

Si hay una sensación que me gusta por encima de casi todo es la de decir: lo acabé. Terminar y cerrar ciclos, me da la vida.

Así que la semana pasada acolché los seis bloques, a mano, y haciendo callo. Y el fin de semana los cosí. Hoy ya lucen en nuestro sofá. Justo inaugurando mayo y el mes de las flores.

Para premiarme, que ya saben que yo lo del premio no me lo salto nunca, me enganché al directo de Ainara, y nos marcamos unos bollycaos caseros que nos han puesto los ojos en blanco. Otra receta directa a la libreta.

El cuarto de la Cuarentena y un ejercicio para el futuro

 

Una de las cosas malas del confinamiento es que los días de fiesta no se distinguen claramente. Es como si no fueran días festivos de verdad. Claro que los otros días, los laborales, tampoco son como laborales de verdad. Siento que todo es confuso y como en nebulosa. Yo tengo aquí mi libreta, con todos los días de fiesta que este año nos lleva robados.

Sin embargo, ahora que ya han anunciado la desescalada, creo que estoy sufriendo un principio de Síndrome de Estocolmo. Tengo pocas ganas de salir, y de hacer “vida normal”. Que sí, que claro que por momentos me apetece a coger aire y respirar de verdad, y de volver a patearme el pueblo. Pero enseguida me entra la neura, y pienso que aún no me ha dado tiempo a hacer todo lo que quiero hacer.

Si te digo la verdad, no sé ni cómo he hecho lo poco (o mucho) que he hecho. En este estado, tengo la sensación de que las tareas se me multiplicaron y el tiempo se me dividió. Y ahora que no tengo que salir de casa, llego tarde y mal a muchas de las cosas que tengo asignadas en el día. Y esto me ocasiona una frustración monumental.

Si tuviera que hacer un balance a día de hoy de este encierro, diría que efectivamente estar aislada es mi hábitat natural, que el silencio no es que me guste, es que lo necesito. Que tenemos una dieta férrea y estupenda, y que la disciplina diaria nos ha ayudado mucho a no sentir que nos desbordamos. Que internamente tengo el espíritu de una señora británica, que toma scones con té cada tarde o con café por las mañanas. Que tejo a una velocidad considerable. Y que tengo muy baja tolerancia a la mediocridad y a la gente gris, o a la gente sin ganas, como dice Sol. Que echo de menos muy pocas cosas, y que lo primero que voy a hacer en cuanto la cosa se normalice, es meter la cabeza en la marea. He asumido también que según voy cumpliendo años, he ido dejando atrás, la vergüenza, un poco la prudencia y casi todos los complejos. Esto es tan liberador, que me dan ganas de llorar.

Hablando de tejer, aquí te muestro el cuarto jersey que me he tejido durante el estado de alarma. Este jersey lo tejí rapidísimo, porque el patrón me flipó. El color de contraste son dos ovillos de lana para calcetines Katia Darling, y el fondo son otros dos ovillos de Drops Flora, que mi querida compañera de aventuras laneras, y de vida también, me donó. Para esto hay que rodearse de gente con ganas también.

Estoy enamorada de estos caballos, y me sueño con este jersey puesto, una falda vaquera de vuelo, y unas buenas botas. ¿que a dónde voy a ir así?, pues lo tengo clarinete: a pasearme entre mis higueras.

Otra cosa que tengo en la lista de “próximamente”, la tierra, la agricultura, una cabra y unas pocas gallinas. Y dos perros bardinos. He hecho mucho esto durante el confinamiento: dónde me quiero ver dentro de diez años, y dentro de cinco, y dentro de uno. Dentro de un mes no, porque probablemente siga aquí. He descubierto que llevo haciendo este ejercicio desde no sé cuándo. Ayer encontré una libreta del 2004 y ya tenía uno hecho. Lo curioso es que cuando lo hice estaba metida en unas angustias y malos ratos, que mas tarde descubrí que eran en conjunto, una depresión como un piano, y probablemente estos ejercicios me sacaban de la realidad de la que quería huir. El sueño que planteaba en esa libreta, en ese momento, para quince años más tarde, o sea ahora, se parece bastante a lo que estoy viviendo hoy. Esto hizo que se me quedaran los ojos como dos huevos fritos. Se me vino todo lo que he leído sobre la visualización y la atracción a la mente. Y corriendo cogí la libreta y escribí: en tres años quiero conocer a John Mayer. En cinco vivir de las rentas y viajar mucho. En diez tener una casa en medio de un montón de árboles, y pasar las tardes viendo la puesta de sol, mientras John me canta sus nuevas canciones.

Ya te contaré.

La Semana Santa de la Cuarentena

Se acabó la semana de descanso que nos dimos. Una semana entera sin horarios, sin agendas y sin planes. Lo primero y lo segundo por decisión propia, lo último por imposición.

Digo que pierdo la cuenta de los días que llevamos aquí, pero es mentira. Lo digo y lo escribo, básicamente para hacerme creer a mi misma que no le echo cuenta a los días. Pero llevo la cuenta precisa como si fuera un reloj suizo. Treinta y un días exactos. Sin previsiones de cambio, sin horizonte. Solo esperar. Y no es que me importe mayormente, quiero decir, estamos bien, todos lo que quiero están bien. No puedo sino dar gracias. Tenemos casa, comida, y suficientes recursos como para no aburrirnos. Sin embargo, estoy echando en falta algo que para mí es importante: planificar. No puedo hacer lo que más me gusta porque tengo demasiadas variables y pocas ecuaciones. Los primeros días seguía optimista, y planifiqué e hice listas. Pero ahora no tengo fecha de inicio de actuaciones porque no sabemos cuándo podremos salir a la calle con normalidad, y no puedo seguir haciendo planes, porque así lo único que consigo es aumentar las listas. Las listas de la tonta.

Esperar, solo queda esperar.

Emma el domingo, con una depresión post vacacional de manual, me decía, ojalá fuera lunes ya, pero el lunes de la semana pasada. Para estar otra vez descansando y sin obligaciones. No sé si es que está cansada o es que es gandulita. Entre las muchas frases que me soltó en la cena del domingo, me dijo: pero qué le voy a contar a mis hijos que hice en la Semana Santa de los ocho años, que estuve encerrada en casa durante un mes por un virus, porque éramos unas cobardicas.. ¿por qué no salimos a lucharlo?

No supe si reírme o llorar. Después de una charla que consideré importante, haciendo hincapié en las razones por las que nos quedamos en casa, le desvié la conversación a la botella medio llena. Porque es imposible sentir agradecimiento e infelicidad al mismo tiempo. Este truco siempre sale bien.

Esta Semana Santa hemos tomado todos los días el aperitivo, en la miniterraza, con un libro y todos sus muñecos. Y hemos amasado, como si no fuéramos a conseguir harina nunca más, que esto puede materializarse aún, según las últimas noticias recibidas sobre la escasez de harina.

Amasé un pan especial para torrijas, con la receta de la Señora Webos, y luego hice torrijas a mi manera, con leche infusionada con naranja y canela. Hicimos magdalenas con la receta del Gurú, que pasa con salvoconducto preferente a la libreta de recetas. Y también, y para no perder las costumbre, horneé semlor, que como marca la tradición, nos comimos atorrijados.

Y se pasó la Semana Santa y volvimos a la rutina, y yo vuelvo a enredarme para perder la cuenta de los días.

 

Día 5 de cuarentena

Día cinco de confinamiento.

Se nos ha puesto la cosa un poco seria, y nosotros no parecemos enterarnos de lo que va realmente esta cuestión. No quiero ponerme pesimista, ni quiero ponerme a pensar tampoco, en todo lo que pasa por fuera de mi ventana y que yo no puedo controlar.

Tenía la idea de que esto podía pasar, pero también tenía yo más confianza en mis vecinos.

Aquí el fin de semana si hubo algo de respeto a las normas. Hoy y ayer veo que todo el mundo está en su trabajo. Gente sin perro, que camina por la calle, coches que van y vienen.

No entendieron lo que pasó en Italia, y parece que les importa poco lo que significa la curva que hay que frenar.

Cuando Mercurio entró por fin directo, se nos puso por delante Saturno, y nos jodimos.

En fin, que esta es mi casita refugio, y no me quiero poner aquí pesimista, que es lo único que me faltaba para afrontar este encierro.

Si me preguntas a mí directamente, esta situación de encierro no me perturba en lo más absoluto. Llevo toda la vida preparándome para algo así. Ahora tiene justificación la cantidad de lana, tela, papeles y libros que tengo acumulados. Pero lo primero primero, es la nevera, luego el resto.

Para mí y desde que dejé atrás mi etapa oscura, es decir, aquella en la que tenía una relación tormentosa con la comida (me encantaría saber a quién debo agradecerle esa definición, porque es perfecta), auspiciar una buena semana, empieza por llenar la nevera.

Luego de eso, refrescar la masa madre y prepárame para amasar el pan de la semana, y detrás, encender todos los electrodomésticos. Dicen que todo lo que obtengo de ahí se llama batchcooking, y se supone que es dedicarle un par de horas o tres a la cocina, y tener los menús semi resueltos para la siguiente semana.

De mis básicos, basiquísimos: pan, caldos, granola y de unas semanas para acá: yogures.

Se los ví a Siona en Instagram, y ya saben, de mi culoquierismo. Me salí corriendo a casa de Mamá, a rescatar su yogurtera. Creo que entró en su vida, un mes después que yo. Esa edad tiene. Cuando era chica mi madre la usaba muchísimo, y nosotros siempre tomábamos esos yogures. Luego vinieron las extraescolares, y la necesidad de mi madre de ir con el pelo para atrás en la carrera de dejar a cada uno de nosotros tres, en el lugar que nos tocaba. La yogurtera pasó a acumular polvo en uno de los estantes del sótano. De ahí la saqué yo hace un mes. Un buen fregoteo, y un buen lavado de cara y ahí está. Haciéndome yogures dos veces en semana. Nos los tomamos con fruta y con la granola, y qué maravilla. He probado a hacer yogures de otros tipos, pero en casa triunfan los naturales. Básicos, y tomando un yogur griego de base.

Con el caldo, y el libro que me compré hace unas semanas, estoy tratando de hacer ramen. Digo tratando porque estoy muy lejos de que me salga algo delicioso, creo. De momento está bueno, me reconforta y lo disfruto mucho, pero aún no se me han saltado las lagrimillas. No pierdo la esperanza, el libro es maravilloso y tengo la intención de seguir probando.

Pues fíjate todo lo que me esmeré por propiciar una semana bien alimentada, y lejos de contratiempos, pero ya ves, uno propone, y la vida dispone, mediante mercurio directo, o cualquiera sabe qué planeta dando guerra.

 

Chicken over the rice

Está siendo un mes de marzo regular. Sí, ya sé que debería darle un poco más de margen para saber, que solo han pasado unos días desde que llegó, pero qué quieres que te diga. Este 2020 venía cargado de grandes expectativas, y la cosa va tal que así: pasamos un enero infinito, que parecía que no se iba a acabar nunca; febrero fue como un tiro y pasamos la peor calima que recuerdo en toda mi historia; y viene marzo, y pasamos la primera semana, y lo único que se oye es coronavirus aquí, coronavirus allá.

Y estoy un poco harta, la verdad.

Menos mal que los días tienen ese color de quiero ser invierno, pero no me sale. Están oscuros y con algo de brisa. Si sales con una chaqueta gorda, vas a asarte en tu jugo, si no llevas abrigo, vas a resfriarte. Supongo que esto es típico de la primavera, pero así es el invierno aquí. Al menos hay algo bueno, y es el color del mar. Salgo a caminar y la playa urbana tiene un color de cuento. Es como si hubieran puesto una fotografía ahí, retocada con Lightroom.

No sé si es Saturno, Mercurio Rx o no sé qué suerte de cuadratura, pero me cae mal todo. Por momentos me caigo mal hasta yo.

Por eso he decidido ponerme a salvo. Esto es, activar el modo mejillón disimulado. Que es algo como de super pro. Es un modo mejillón al uso, o sea, aislarse del entorno, pero sin que se note. Es decir, aislarse en el tumulto. ¿Ves?, es que no sé ni explicarme ya.

De entrada estoy en casa, declinando amablemente cuanta invitación me llega. Que me llegan, no te vayas a creer, desde quedadas para un  café casual, hasta la solicitud de trabajos de juntas de vecinos que no me corresponden, porque yo estoy más acostumbrada a estos trabajos. Claro, es que es mi trabajo, y pretendo cobrar por ello, algo que así de entrada, quieren pasar por alto. Me ha recordado la situación por la que pasan ciertas personalidades y marcas en Instagram. “Mencióname que te pago con zumos”. A todo digo: no, pero ¡gracias!.

Me quedo en casa, y me pongo al día con las tareas domésticas diarias.

Normalmente, las comidas las tengo organizadas mensualmente. Cada primeros de mes, hago la lista de la compra y los menús a la inversa. Esto es mirar lo que tienes en la despensa, y el congelador, y ver qué cosas puedes cocinar con lo que tienes. Entonces solo compras lo que realmente necesitas. Así hago el menú mensual.

Una de los platos que siempre caen una o dos veces al mes, es el Chicken over the rice. La receta original la tienes aquí, que fue el sitio donde la vi la primera vez. Después yo he ido adaptándola a mis gustos y a lo que tengo en la nevera. Es un plato que me pone contenta, y que disfruto mucho.

Utilizo siempre contramuslos deshuesados, porque efectivamente son mucho más jugosos. Yo los pongo en un adobo de aceite (poco) y Ras-el-hanout. Aquí lo consigo bastante fácil en los locutorios que suelen tener cosas morunas. El que yo uso es un poco picante. Dejo el pollo toda la noche en este mejunjillo. Luego hago un arroz blanco normal, y una ensalada de lo que tenga. La ensalada siempre la aliño al menos con aceite y vinagre. Si me siento más inspirada, le hago un aliño más elaborado.

El pollo lo cocino al horno, porque el rollo de la plancha a mi no me motiva. Todo lo hago al horno. Y emplato poniendo primero el arroz, encima la ensalada y por último el pollo. Cuando está todo en su sitio, le hecho un buen chorro de salsa de yogur. La mía la hago con un yogur griego (desde que uso la yogurtera uso uno de los míos) una cucharada de mayonesa, el zumo de un limón, pimienta molida y eneldo picado. Mucho eneldo. Tanto como si no hubiera un mañana en que lo volvieras a probar. Y listo. Esta es mi versión del chicken over the rice.

Ayer, cuando me disponía a hacer la ensalada para mi chicken, abrí el aguacate, pensando que el mismo estaría como yo, cayéndole mal a todo el mundo, y ¡oh sorpresa! No recuerdo el tiempo que hacía que no encontraba un aguacate tan en su punto. Esto hizo que recuperara un poquito la esperanza en que esta energía antipática que voy sintonizando va a ir desapareciendo, y que marzo va a traer un giro de guion que me va a poner con los ojos en blanco.

Por si acaso me he preparado con sonrisa, y le doy la bienvenida al martes.