Estoy aquí, de paso

Estoy aquí de paso

Yo soy un pasajero

No quiero llevarme nada

Ni usar el mundo de cenicero

Estoy aquí sin nombre

Y sin saber mi paradero

Me han dado alojamiento en el más antiguo

De los viveros

Si quisiera regresar

Ya no sabría hacia dónde

Pregunto al jardinero

Y el jardinero no me responde

Hay gente que es de un lugar

No es mi caso

Yo estoy aquí, de paso

El mar moverá la luna

O la luna a las mareas

Se nace lo que se es

O se será aquello lo que se crea

Yo estoy aquí perplejo

No soy más que todo oídos

Me quedo con mucha suerte

Tres mil millones de mis latidos

Si quisiera regresar

Ya no sabría hacia cuándo

El mismo jardinero debe estárselo preguntando

Hay gente que es de un lugar

No es mi caso

Yo estoy aquí

Yo estoy aquí, de paso

Yo estoy aquí, de paso

Tres mil millones de latidos/Jorge Drexler

No solo se acaba el verano

Ya estamos de vuelta en casa. Tres semanas sin dormir en mi cama, tres semanas sin maquillarme, tres semanas sin ponerme otros zapatos que no sean las cholas.

Tres semanas de baños de mar, de paseos por la arena, y de hacer poco.

Me traigo un bote lleno de orégano de verdad, además de otro de manzanilla, tomillo y epazote. ¿Hay algo mejor que las hierbas de verdad?

Una de las cosas que me empujan a mover mi casa y ponerla en algún lugar de MiNorte es justamente esta. Plantar orégano, una higuera, unos rosales, y lechugas. También quiero plantar lechugas.

Yo quiero mis días así, con paseos por la mañana bien temprano, y dar los diez mil pasos recomendados. Terminarlos con un baño en el charco, con esa agua fría que te despierta ipsofácticamente. Llegar a casa y organizar los espacios para hacerlos vivibles y cómodos.

Recolectar las lechugas de mi huerto, y hacerme una ensalada fresquita y revitalizante.

Sentarme a leer, tejer o bordar.. lo que sea que ocupe mis manos. Volver a la playa a media tarde, y merendar mirando las olas. Hablar con mis vecinos, que la mayoría son familia, y que llevan el mismo ritmo de vida.

Más o menos así, han pasado estos días. Me traigo algunos tesoros.

Unos esqueletos de erizo que una buena buceadora rescató del fondo del Charco.

Algunas piedras y conchas que MiMariposita fue encontrando en su incansable carrera por la arena.

Y unos palos. Tres palos para tres plumas de macramé. A ver si consigo practicar para que me salgan como las tengo en mi cabeza.

Primero tendré que adecentar estos palos, supongo que youtube me ayudará.

Se acaba el verano y no solo tengo una penita en el corazón, con el final de este verano termina también una etapa.

Ayer mientras veníamos de vuelta, no sé de qué hablábamos MiMariposita y yo, pero en determinado momento me dice: yo creo que los Reyes Magos no entran en casa, yo creo que los mayores compran los regalos, los envuelven y los ponen en los zapatos para que los niños se crean que vinieron los Reyes.

Se hizo el silencio. Apenas fui capaz de preguntarle si alguien le había dicho aquello, o si había sido ella sola la que había llegado a esa conclusión.

Me dijo que llevaba algún tiempo pensándolo, porque los regalos cuestan dinero, y le resultaba raro que los Reyes tuvieran tanto para llegar a todos los niños del mundo.

Se acabó la inocencia y la infancia. Lo tuve claro.

Me enjugué la lagrima que resbaló por mi cara, y me recompuse para decirle, que bueno, tal vez fuera así, y que sería mejor que esas conclusiones las reservara para ella. Yo así, tan delicadita y tan pánfila.

A lo que me respondió: ya lo sé mamá, es como cuando vamos a Disney.., yo sé que dentro de Mickey está una persona, pero no lo voy a decir para no romperle la magia y la ilusión a los otros niños. OK HIJA MÍA, OK.

Se me quedó cara de boba. Un poco de pena, un poco de orgullo. La vida sigue, pasa, no se detiene. Y dentro de mí, sabiendo que ya no tengo una niña pequeña, se abre camino la ilusión, por saber qué nuevas vivencias vamos a experimentar.

Gatufóbica nivel experta

Si hace tiempo que vienes por aquí, sabes que soy gatufóbica.

No te voy a explicar ni cómo ni por qué, porque tampoco viene al caso, pero es así. Le tengo fobia a los gatos. Como toda fobia, es incontrolable e irracional.

A mi que me gusta la intensidad, y darle vuelta a los pensamientos, estoy llegando a la conclusión de que probablemente mi fobia tiene una gran base del desconocimiento sobre estos animales, y de su gran imprevisibilidad.

Le tengo poca tolerancia a la imprevisibilidad. Me cuesta manejarla y gestionarla, por eso intento poner bajo control todo lo que sea susceptible de ello.

Los gatos se me antojan totalmente fuera de mi control. Siempre me asustan porque aparecen sigilosos. Y si me los encuentro cuando no los espero, el cortisol se me dispara.

En MiNorte son muy habituales, por aquí por allí. Suerte que no les gusta mucho la playa.

Meses atrás MiGurú me avisó de que había un par de ellos que le habían cogido el gusto a la buganvilla. Obviamente, ya los he visto, y he tenido que dar algún que otro grito cuando los veo aparecer. Ellos deben estar pensando quién es esta petarda que grita en cuanto aparecemos y que no nos deja dormir nuestra querida siesta al sol.

El miércoles mientras comíamos, tranquilamente, un cosa de mediano tamaño  y color negro, salió disparado del cuarto de mis padres hacia la puerta. Fue tan rápido que a mi cerebro no le dio tiempo a hacer una captura de imagen de la cosa. Pero sin duda era un gato.

Quedé desencajada. Con el infarto de miocardio a punto, y la tensión por las nubes.

Mi madre se asustó al ver mi desencajada. Es una fobia, ya lo he dicho. No puedo racionalizarla.

La explicación fue lógica. La ventana del cuarto de mis padres estaba abierta. Supongo que uno de estos dos visitantes, venía andando por el muro de la azotea, y de allí fue pasando a muros más bajos, hasta que se vio en el pasillo lateral de la casa, sin más  salida posible que una ventana abierta.

Para mí esto no es solo el susto. Mi casa, o el sitio donde esté es mi lugar. Mi safety place. Y ese día, mi safety place se convirtió en un lugar común, donde yo no estaba a salvo. ¿Dónde me voy a esconder ahora?

Vivo en lucha constante con el miedo. Me dan miedo los perros grandes. Me dan miedo los perros sueltos. Me da miedo la mar. Me dan miedo las olas. Me da miedo la velocidad. Me dan miedo los riscos. Me da miedo la noche. Me dan miedo algunos ruidos. Me da miedo estar donde no hago pie. Me dan miedo las imposibles imágenes que asaltan mi cabeza sobre MiMariposita cayéndose, tropezando, resbalando..

Me recompongo, y me esfuerzo por enfrentar cada miedo. Con la fobia no puedo.

Después del miércoles, llegué a la conclusión de que si ni siquiera en mi casa voy a estar a salvo, no tiene sentido que me pierda ciertas cosas por esos miedos que me parecen más difíciles de afrontar.

Me sentí valiente, y fui a desmontarme. El paseo por la costa oeste de MiNorte, te quita toda la tontería de golpe. Te alimenta, y te llena los sentidos.

No voy a proponerme superar ahora todo de pronto, pero lo que sí tengo claro es que voy a intentar no perderme demasiadas cosas, y a intentar buscar sentirme lo más libre posible.

Demandado silencio

Me gusta mucho hablar, pero si tengo que ser sincera, me gusta más callar.

El silencio es un sonido que aprecio muchísimo.

En mi día a día, tengo muchos momentos de silencio. Primero porque me levanto temprano y estoy a solas un par de horas, y segundo porque LaMariposita es independiente y autónoma, y aunque ella parlotea todo el día, con sus muñecas, consigo mismas, con la tele… pasa largos ratos sin hablarme a mí.

Creo que el silencio es una de las cosas que más extraño en vacaciones, más que mi cama, mis tazas de café, mi agua con gas, y mis ratos a solas.

Esta mañana me levanté con el firme propósito de acabar un esquema de punto de cruz que se me está atragantando más de la cuenta. Me acomodé en la terraza, porque es donde más luz hay y por aquello de la presbicia, que por supuesto aún no tengo.

Apenas había dado dos cruces cuando se me llenó aquello de niñas. Experimentando con acuarelas. Sentí primero miedo por si se emocionaban y sus dotes artísticas terminaban en mi fino lino. Las relegué al final de la mesa y ahí respiré un poco.

Y entonces empezó el guineo. Guineo es el grupo de LaBajista, y uno entre otros significados de la palabra, hace referencia a un ruido constante y machacón, que le da a una dolor de cabeza.

Intenté convencerlas que en silencio era más fácil desarrollar la creatividad y hacer un gran dibujo de acuarela. Intento infructuoso.

A veces entro en el bucle de la autoculpa, y me siento fatal por reclamar espacio y silencio. Pero en mi acostumbrado proceder de analizarlo todo, me sacudo la culpa. No soy mala madre por reclamar mi espacio, ni tampoco por satisfacer mis necesidades más internas. Cuando no encuentro ese espacio propio en muchos días seguidos, me vuelvo gruñona e irascible. LaMariposita lo sabe, y me manda a mi cuarto, cuando sabe que he superado los niveles soportables de ruido y jaleo.

Recogí rápido y me recluí en mis aposentos. El único lugar que estas individuas, ruidosas e inquietas aún respetan.

Allí, escuchando y descubriendo que no soy la única apasionada del silencio, me puse con mis calcetines de agosto. De paso, saboreé  chocolate francés. Despacio, en silencio, y sola.

 

 

Rainbow Sweater para dos

Tengo dos síndromes que me afectan muy gravemente. Uno es el culoquierismo y el otro el startitis. Combinados dan resultados tremendos a la par de satisfactorios.

El primero se ve alimentado por los numerosos proyectos que veo tejidos en IG y el segundo es casi consecuencia del primero y de tener varios juegos de agujas del mismo número.

Teniendo en cuenta esto, es fácilmente entendible la historia que vengo a contar hoy.

Todo empezó cuando mi querida esposa se tejió un Rainbow Sweater. Flechazo instantáneo.

Lo siguiente fue llamar al Palacio y encargar toda la lana necesaria para hacerlo.

Desde que llegaron las lanas, monté puntos. Primero hice el mío, y lo hice siguiendo los sabios consejos de mi querida esposa, como ya vengo diciendo. Tomamos de referencia un patrón de tejido en top-down y con aumentos en circular.

Como nada más que lo que tiene es las franjas de colores en el canesú, el jersey sale en un momento. Piloto automático y a darle a las agujas.

Una semana más tarde tenía casi los dos jerséis terminados. Mucho me temo que me queda poco tiempo de tejer o coser para las dos, porque aquí hay una niña que cada vez se revela más.

Hoy, que había mercadillo artesanal animado con música bereber, y un poquito de fresco, ha sido el momento idóneo para estrenarlos.

Un paseo por el mercadillo, unas pocas pipas comidas, y luego una visita a Itxi, a tocar el mini piano.

Y con esto, el pistoletazo de salida de las fiestas.

¿Será este el año en el que vuelva a bailar Marejada marejada..?. No lo sé, pero si lo hago, lo voy a hacer ataviada con mi jersey nuevo.

Dando paseos para despejar la mente

Se me están pasando los días entre paseos y poniéndome flores en el pelo.

Tengo alrededor a tres chiquillas que cotorrean constantemente. Varían desde las aventuras que corren cada día entre riscos y arena, a las historias que se inventan, que son de lo más variadas y entretenidas. Sus invenciones no tienen límite.

Me tienen bastante entretenida, en realidad.

Si me ven tranquila, leyendo o haciendo cruces, vienen corriendo a traerme una flor para el pelo. Afortunadamente el hibisco está cargado de flores estos días, y a mi no hay gesto que me enternezca más, que me regalen flores, aunque sean recién cortadas de mi propio jardín.

Cuando el alegueteo se hace ya demasiado persistente, me calzo las cholas, reconozco que paso la mayor parte del tiempo descalza, y me voy a andar.

No sé de quién fue la idea de poner ese banco sobre el risco, pero es la idea más maravillosa de la década.

Te sientas ahí, y miras. Apenas a cinco minutos de casa, el espectáculo es gratis.

El Atlántico a tus pies, el muelle, el charco. Y el concierto constante y gratis que te ofrece el océano. A riesgo de ser plasta: no hay nada que la mar no arregle.

Creo que los días son mejores si puedes ver esa masa de agua que se mece armoniosamente y que te regala un sonido que si cierras los ojos te sumes en una meditación profunda.

Si el juego con las tres personitas ha sido mas agotador de lo corriente, el paseo que preciso darme ha de ser más largo, y entonces camino más lejos. No me había dado cuenta del molino tan apañado que tenemos tan cerca. Tengo que aprovechar otro de estos días para acercarme de verdad, y estudiarlo a fondo.

Dice mi padre que lleva ahí toda su vida, y que ahí llevaban el grano para moler y sacar el gofio.

¿Cuántas historias podría contarme ese molino, ahora reformado?

Es curioso pensar que por estas mismas calles, y por estas mismas piedras, se pasearon mis abuelos, y mis bisabuelos.

Da cierto asombro pensar que mi abuela, que nació en 1906 estuvo aquí no hace tanto. Y digo no hace tanto, porque aunque hace ya 31 años que se fue, yo me acuerdo perfectamente de ella. Eso me lleva directamente a darme cuenta de que aunque yo me siga viendo como una jovenzuela, ya voy camino del medio siglo.

Cuando mis pensamientos se ponen así de intensos, es la señal de cambiar la dirección y volver al punto de partida. Donde las conversaciones de estas tres chiquillas me devuelvan al hoy, y a querer dejarles a ellas, tantos o más recuerdos de los que tengo yo de mi abuela o de mís tíos.

 

Donde cambia el ritmo

Ya estamos en MiNorte. Y lo escribo con la fuerza de un mantra. Porque estando aquí nada malo puede pasar, estamos a salvo y estamos en modo disfrute.

Y es curioso que me sienta así cuando tenemos agua por todos lados y el peligro nos aceche en cada esquina.

Es extraño sentirse tan a salvo en un sitio que aparentemente es bastante hostil. Tiene viento, ruidoso y poderoso, aproximadamente 350 días al año. La mar del noroeste es fuerte, violenta, y cada vez que llega a la orilla te dice: estate atento, porque tu no me importas.

Y así, con este panorama, en casa, cada vez que hacemos un mínimo bolso para poner rumbo norte, nos ponemos felices.

¿Tendrá que ver el ADN? ¿Tendrán que ver las generaciones que nos habitaron antes?

Puede ser.

La cosa es que vamos por la carretera, y en la última curva, en la que dejas a la izquierda el monumento a Unamuno, y te topas con la Montaña (mágica) de Tindaya, se alborota algo por dentro. La montaña, con la magia que le quieras poner o no, inicia su conjuro. Y  nosotras, que nos gusta más una historia que a un tonto un lápiz, nos ponemos a inventar. Es un ritual que hacemos cada vez que tomamos rumbo norte. Y con las historias que nos inventamos, de brujas y calderos, de niños exploradores, y animales que hablan, vamos perdiendo la noción de las obligaciones. Para cuando llegamos a La Oliva, todas las anotaciones que llevas en la agenda, en la interior y en la física, se borran. Todos los debería, y todas los quehaceres se empiezan a diluir en el propio camino.

En el momento en que llegas a MiNorte, te molestan los zapatos, el pelo se revuelve, y la piel te sabe a sal. Se paran los relojes, y lo único que manda es la marea… si está alta te bañas en una zona, si está baja te bañas en la otra. Si está brava paseas. Si el viento te lleva, la contemplas desde el coche y con abrigo.

El ritmo es otro, único y propio de MiNorte. Y nada tiene que ver con que sea verano, o con que estemos en fiestas. MiNorte es un lugar de identidad propia, de pocas leyes, y de mucho goce.

Es el sitio que te pone a prueba, y que si le das la oportunidad, igual te ves de una manera que desconocías.

No todo el mundo es feliz aquí, y esa es otra maravilla de este sitio.

Yo lo he vivido, y yo me he descubierto aquí.

Aquí soy bastante feliz. Y lo mejor es que MiMariposita parece llevar la actitud de este sitio en el ADN.

#madrepantoja de cumpleaños

Misión cumpleaños: Accomplished.

Es de todas conocido mi poco gusto por las reuniones sociales. Pero claro, no puedo hacer extensible este gusto a las generaciones venideras.

De momento, MiMariposita es la fan número uno de cualquier reunión. Sean de niños o de adultos. A ella le gusta la gente, la algarabía, y el jaleo.

Durante el año vamos negociando a qué asistimos, y qué nos perdemos. Pero claro, hay un acontecimiento al año que es innegociable: su cumpleaños.

Con la boca pequeña, tengo que decir que este día me apetece celebrar. Lo tomo como con un triunfo personal cada vez que superamos el año tan bien. Me gusta hacer recuento de lo que hemos vivido, y lo que hemos aprendido. Hago resumen de risas, bailes, y decepciones. Y me gusta. Lo paso bien, porque a mi un balance, me gusta más que a un niño un caramelo.

Este año ha sido un buen año. Dejamos atrás conversaciones super interesantes, las primeras decepciones, y la frustración de no poder poner colchón, solo acompañar. Es también una lección para mí.

Este año han aparecido también las primeras dudas sobre su personalidad, y sobre la autoestima. La superación de ciertas vivencias que no tienen causa ni respuesta, pero que han de acompañarle toda la vida.  Y diría yo, que no es porque me ponga en modo #madrepantoja que lo estamos haciendo bien. Las dos hemos llegado sanas y salvas a los ocho años, y yo ya eso lo vivo como un total triunfo.

Este año, convenimos en una merienda familiar para festejar el día. No hay nada peor que perder el tiempo en Pinterest, primero porque el tiempo lo pierdes y segundo porque las expectativas se ponen por las nubes. Y amigas, para esto hay que tener práctica, actitud, y aptitud. Y a mi me faltan la primera y la última, ganas le pongo, pero como en el amor, a veces no es suficiente.

En las últimas semanas, aquí mi amiga, se ha puesto a actualizar su blog, y ella es la máster del Universo de los sándwiches.. me puse manos a la obra siguiendo la inspiración de sus indicaciones, pero para esto, tampoco ha sido suficiente.

Rindiéndome a mis pocas aptitudes, me limité a ponerle más ganas, y a concentrarme en que aunque no estuviera bonito bonito, por lo menos que estuviera bueno. Y ahí sí que cumplí, porque sobrar, sobró poco.

La tarta, elegida por la cumpleañera, fue una cheesecake. Acompañada de medias noches de jamón y queso, y jamón serrano; sándwiches de atún y cosas, salmón y cosas, y surimi y cosas. De dulce, y siguiendo mi máxima de zapatero a tus zapatos, encargué con suficiente antelación para que no hubiera problema, una buena bandeja de cupcakes, de los mejores cupcakes, si te digo la verdad. De bebida: limonada y té frío. El resto fue la emoción que le puso la homenajeada, que de milagrito no acabamos en urgencias con un ataquito. Así que pese a no ser una fiesta Pinterest, fue bastante real y divertida.

Esta nueva vuelta al Sol comienza en patines, y al son de un ukelele.. Yo diría que esto promete.

La dosis justa de cafeína

Ayer tenía que haber venido aquí a contar unas pocas cosas, pero resultó que estaba bajo la sombrilla, tumbada a la bartola en la arena de esta tierra, que te borra según pasas por ella. Porque la arena de aquí es así. Tu estás aquí y te sientes la mar de importante, y te paseas por este paraíso, y te sacas unas fotos, mirando el horizonte, que subes a Instagram con un montón de hashtags como #latitudevida #paradise #estoesvida… que a mi me dan una náusea que no puedo controlar. Y según das dos pasos en esta arena maravillosa, el alisio viene y borra tu huella, porque esta isla y su arena es así. Te borra en cuanto quiere. Pero como eres un soberbio, tu vas y dejas tu colilla, porque tu no quieres que la arena te borre, tu quieres dejar tu huella, m*ld*t* cochino. Sigo con mi cruzada de: llévate tu mierda de mi naturaleza.

Pues eso, tenía que haber estado tumbada a la bartola en cualquier rincón con cielo y arena, pero no, mentira, ojalá.

Vamos al principio.

Resultó que el martes, as usual, me desperté, hice mi Miracle Morning de rigor, y luego me tomé mi gran café con leche y acompañante (que no me acuerdo qué fue). Y ahí que me fui a hacer mis cosas.

A media mañana, me apeteció otro café con leche, y como me quedaba un restillo del que había hecho horas antes, calenté la leche y ahí que me tomé otro cafecito. A los diez minutos empecé a sentir que me aceleraba. Taquicardia. Angustia. Golpes en el pecho. Imposibilidad de concentrarme en nada… Sí amigos, esto es lo que produce en mi el exceso de cafeína. Me fui a la calle, a caminarme el pueblo entero a ver si con el Alisio se me pasaba. Me costó un rato, hasta que todo mi organismo fue volviendo a su ser.

El miércoles, se dio igual que el martes, pero teniendo muy claro el efecto de la cafeína en mi persona, pues el primer café de la mañana lo hice descafeinado. Y el de media mañana también. A las cuatro-cinco de la tarde tenía un ligero dolor de cabeza, como una pesadez.

Por la noche la pesadez, era un poco de migraña. No caía en la cuenta de lo que podía ser, así que busqué causantes: las hormonas, la falta de azúcar, el inminente cumpleaños de la Mariposita, yoquesé…

El jueves me desperté con el mismo dolor de cabeza con el que me acosté. Volví a tomarme mi café, – descafeinado –  y seguí intentando hacer lo que tenía que hacer. A medio día no podía ni con mi cuerpo, ni con la cabeza, ni con la madre que parió a Panete. Me tomé un espidifén, que para mí es un invento mágico porque a la media hora de tomármelo normalmente me hace la magia y a mi no me duele nada. Pues nada, que a las ocho de la noche seguía yo con mi maldita migraña. Y entonces, en algún lugar de mi disco duro mental, recordé cuándo había sido la última vez que había tenido un dolor de cabeza así, y cómo me lo habían quitado. Pues resultó que me acordé. Y fue hace casi ocho años.

Cuando Emma nació, lo hizo en una cesárea de superurgencia. A los tres días, a mi me llegó una migraña igual que esta. El anestesista que me había asistido en la cesárea me dijo que estaba perdiendo líquido cefalorraquídeo. Lo solucionaron poniéndome un montón de líquido en vena, y con una pastillita de cafeína. Y ahí pensé: ¡tate!, esto va a ser una migraña por falta de cafeína.

Y llegamos al viernes, y me levanto con un ligerísimo resto de migraña y me preparo una cafetera de café normal, y me tomo mi desayuno, con un café café. Y a hacer todas las cosas que no hice ni el miércoles ni el jueves. A media mañana ya casi no sentía molestia en la cabeza y me apeteció otro café. Ahí saqué mi otra cafetera y me hice un café descafeinado. El viernes por la tarde estaba perfecta, sin molestias de ninguna clase y con la sensación de haber vuelto al mundo. Es la sensación de la persona que ha dado con la dosis justa de cafeína que necesita en el día. Era una mujer feliz.

Quizá por eso, me hice la cena y percibí como un mensaje claro lo que me venían a decir los trozos de surimi que llevaba la ensalada que cené.

Cuando una tiene el cuerpo ajustado y bien, ve corazones por todos lados, porque como la Abascal, quiero a todo el mundo.

Calderón Hondo

Quien lleve por aquí algún tiempo, sabe de mi conexión con el Noroeste de la isla, lo que yo llamo MiNorte. Un pueblo pequeño, ya no tanto, costero y pesquero, donde voy desde antes de que me salieran los dientes. Mis raíces están ahí.

Cerca de ese pueblo, hay otro pueblo: Lajares. Al que también estoy unida de alguna manera.

Allí trabajé durante cuatro años, en un trabajo en el que aprendí muchísimo en la gestión de equipos y también en la de recursos. Pero llegó un día en que mis ideas morales empezaron a chocar con las del proyecto en el que trabajaba. Ahí fue el momento en que cogí mis cosas y me fui a otro lugar. No quiero culpabilizarme, ni tampoco torturarme por lo que pasó durante esos cuatro años, a ver que tampoco se mató a nadie, solo que llegado un momento en el que maduré, le dí importancia más a unas cosas que a otras,  y hubo que reinventarse.

Sigo estando unida a Lajares, porque siempre me impactó su belleza. Una belleza que no todo el mundo entiende, pero que a mi me hace fijarme al suelo, a mis raíces, a mis ideas, y a mis principios.

Lajares es volcán puro. De picón rojo. De líquenes, y de malpaís.

En Lajares está Calderón Hondo, que tiene una ruta circular, bastante sencilla, y en la que puedes asomarte al cráter del volcán.

Merece la pena ir y pensar. Respirar. Dar gracias.

Meditar un poquito en la insignificancia de nuestra existencia, en lo generosa que es la isla que nos deja vivir en ella y disfrutarla, sentirla, y respirarla. Y en lo poco que reparamos en su poder, o más bien en el poder de la naturaleza. Bastaría que erupcionara cualquiera de los volcanes… o que crecieran las olas, en cualquier parte de la costa… un tornado, también sería eficaz.

Merecemos que se enfade, que invoque sus volcanes, y que nos haga a todos papilla. Me da pena infinita ver que en cualquier sitio hay mierda. Sí, mierda, en su más puro estado: papeles, plásticos, deshechos.

Ya tengo costumbre de llevar varias bolsas en mi bolso o mochila, una para la posible compra, y otra para recoger toda la basura que me voy encontrando. Es lamentable.

Vas a la playa y ahí hay basura.

Vas al parque y ahí hay basura.

Vas por una montaña, y ahí hay basura.

Y no es que hayan servicios municipales, que son mejorable, es cierto. Los hay, y hacen su trabajo, pero es que los incívicos son muy eficientes en su labor.

No me identifico en absoluto con ese ser que es capaz de botar un papel al suelo sin ningún tipo de remordimiento. Y me molesta, porque estoy convencida de que somos más los que limpiamos y no ensuciamos, es decir, los que estamos educados y concienciados, que los que no. Pero los guarros ensucian a un ritmo frenético, y aunque nosotros somos muchos, no damos abasto.

Tengo que reconocer, que este comportamiento del ser humano, saca lo peor de mí.

¿En qué estamos fallando como sociedad?

¿En la educación, en la concienciación?