La pila cargada

Se me acabó el mes de fiesta. No puedo decir que no lo haya gozado, porque una no tiene más que tener un límite al despiporre para que el poco que haya lo exprimas al máximo.

Solo una semana en mi pueblo me ha bastado para dormir como una ceporra, leer muchísimo y estar ensalitrada la mayor parte del tiempo.

Con los años me doy cuenta de que realmente cuando la batería está comprometida, solo tengo que poner rumbo norte.

Hace unos años, muchos, estaba yo un poco regular. Vivía en GranCanaria, y fue uno de esos momentos en el que no pude coger la semana entera de vacaciones para poder estar en mi pueblo con los míos. El viernes de la fiesta, pillé el binter, y me vine a casa. Recuerdo que mi hermana LaBajista vino a buscarme al aeropuerto. Fuimos hablando todo el camino, poniéndonos al día, y según dejamos atrás la rotonda de Lajares, y encaminamos La Costilla, tuve el regalo de ir viendo como se ponía el Sol. En ese momento tuve la certeza de poder respirar perfectamente a pleno pulmón. Como si hasta ese momento lo estuviera haciendo a medias. Supe, sin lugar a dudas, que ese era mi lugar en el mundo.

Tengo ese recuerdo anclado a la memoria, y siempre recurro a él cuando siento que las circunstancias se me hacen bola. Si creo que la cosa se pone demasiado seria, sé que solo tengo que subirme al coche, y terminar en MiNorte.

Ensalitrarme, llenarme los pies de arena, y reencontrarme con la que fui y seré.

Siento que allí soy yo en cualquier grano de arena, o en los riscos, es como si estuviera mimetizada con el entorno. Y también siento que allí, la energía se me repone, sin necesidad de hacer gran cosa, solo estar. Solo ser.

La fiesta de MiNorte

Ayer celebramos el día más importante del verano. La fiesta de MiNorte. La patrona de MiNorte es la Vírgen del Buen Viaje.

En este pueblo, la fiesta es algo que uno se toma muy en serio. Y desde principios del mes se constituye la comisión de fiestas que será la encargada de planificar y organizar todo el programa de la semana de celebraciones y festejos. Desde hace unos años, esta tarea recae sobre la asociación Cotillo Joven, que además de ser jóvenes, son gente con muchas muchas ganas, y que casi sin recursos sacan cada año una fiesta para adelante con un montón de cosas.

Las calles se llenan de banderas, que llevan cosiéndose semanas, y luego todo el mundo se predispone a pasarlo lo mejor posible.

Cada casa prepara su puchero típico, y se degusta con su sopa de primero, y su vasito de vino. El postre suelen ser tunos o fruta (aquí se le dice fruta al higo de la higuera) y todo está acompañado de un montón de conversaciones cruzadas. En cada casa se junta un chorro de gente, familia lejana, y amigos varios. También se descuelgan los resacados que vinieron a la verbena y que amanecieron en el pueblo. Siempre encuentran un amigo con un caldero de puchero al fuego.

En mi casa creo que el record de gente a la mesa fueron 32. Después de eso nos hemos quedado en la media de 20.

Cuando el caldero ya está apartado del fuego, una se pone un traje fresco y se acerca al muelle a ver cómo embarcan a la Vírgen. Fíjate que yo no entiendo bien qué me pasa, pero en ese momento me embarga una emoción que no soy capaz de controlar, y se me saltan las lágrimas. Y tengo de promesa conmigo ir cada año a hacer lo mismo: ir a verla embarcar mientras se me salta la emoción por los ojos.

Este año ha sido más o menos así, como los anteriores, y los otros 45 años que los llevo viviendo, y sin embargo siempre distintos.

Cuando llega la noche, se sienta una en el sofá y hace recuento de invitados y de cómo estuvo la comida, y suelta eso de: ay que cansera, pero qué bien lo hemos pasado, no?

Manual de Supervivencia

Si llevas tiempo por aquí, sabes que mi expertise, a parte de meterme en mazmorras, es hacer manuales. Llevo 20 años confeccionando manuales de uso y servicio de forma ininterrumpida.

Cuando Mónica, del Enfoque, me propuso seguir con una columna mensual en el periódico, lo tuve claro: voy a darle forma de columna a mi Manual de Supervivencia. Porque a mí, me ha costado lo mío llegar a esa suerte de manual.

Que nos colocan aquí, de niñas nos ayudan a vivir nuestros padres, las amigas… y creces, y se supone que ya eres trabajadora y que tienes más de 30 años, y entonces te das cuenta de que “emos sido engañado”… La vida no es fácil, y eso te lleva de cabeza a la Mazmorra.

Por eso hace unos años, y para hacerle el camino fácil a cualquier que se pudiera encontrar en las mismas mazmorras oscuras en las que he estado yo, fui escribiendo pequeñas indicaciones para vivir.

Con esa filosofía, fui componiendo pequeños pasos, sencillos y al alcance de la mano de cualquiera para que, aún estando en la mazmorra, fueras teniendo luz.

He hablado de escribir, de alimentarse, del silencio, del mar, de la belleza y de leer. Estoy en el ecuador de mi Manual de Supervivencia, y creo que estos son los puntos clave para que el estrés diario y a veces la apatía, no hagan fuerte en tu vida, y te pases los días intentando encontrar la rendijita por la que pueda colarse la luz. Para mí seguir estos mínimos me asegura irme a la cama con satisfacción y con la pila medianamente cargada.

Agosto

Todos los meses del año tienen algo anclado en mi cabeza. En enero es cuando tengo el folio en blanco y me dedico a ponerme objetivos como una descerebrada; en febrero los Carnavales; en marzo el Equinoccio… y así con los 12 meses. Y en ¿Agosto?.

Agosto siempre fue el mes del despiporre, desde que era chica. Estar sin ninguna preocupación más allá de saber a qué hora va a subir la marea para ir a la playa, o a qué íbamos a jugar. Cada día un juego nuevo, con risas y conflictos, porque eso es estar en grupo. Un grupo con un mismo apellido, y con una buena cantidad de genes repetidos.

Y claro, cuando vives esta libertad y esta felicidad desde chica, asocias sin remedio al mes de agosto con la fiesta y el despiporre.

Me hice mayor, y no he sido capaz de perderme un agosto en MiNorte, cuando las cosas se dan bien, paso el mes entero; cuando están medio bien, medio mes; y si el curro no me da tregua, paso al menos una semana. Pero que no esté allí de forma permanente, no me quita del cuerpo la sensación de que agosto es el mes de quedadas y reuniones. De charlas y verbenas, de playa y siestas. De tomar mojitos o quintillos, y de partir un poco de queso con bizcocho en cualquier momento del día.

Esos agostos, están clavados en mi memoria con una calidad de tinta imborrable que me dan la alegría suficiente para soportar los meses en los que no puedo sentir esa despreocupación que dan las “vacaciones”.

Mis recuerdos están llenos de primos, tíos, mi abuela; el silbo en el risco, las lapas a la plancha; las tardes sin hora; los pies llenos de arena todo el día… Me di cuenta hace mucho que esta mochila me proporciona un cable a tierra, y un remanso de felicidad y seguridad, porque cada año, llega agosto.

Me hace inmensamente feliz que mi hija esté viviendo lo mismo; 35 años después, con menos primos, pero con la misma libertad y alegría. Su mochila se va a parecer mucho a la mía, y no sé cómo explicártelo, pero eso me da seguridad, porque como yo, ella tendrá un sitio al que volver, siempre. Porque agosto y MiNorte llegarán cada año.

Agosto es la promesa de que hay una ventana en el año donde todo da igual, y donde no hay que preocuparse más allá de que el bikini esté seco y que hayan quintillos en la nevera, o que las chicas estén listas para tomarnos un mojito.

Lo que me llevo

Hace tiempo que me di cuenta de que lo único que me importa es lo que me llevo. Lo que me llevo vivido, que no puesto, ni acumulado.

La experiencia es lo que me importa. Cuando la agenda se me desborda, y me sale trabajo más del que creo que puedo manejar, vuelvo a las fotos, y a recordar por qué merece la pena el apuro, y ajustarme el cinturón.

Hacía tres años que no salíamos de la isla. Y lo hemos hecho por todo lo alto.

Desde enero se me planteó la posibilidad, y no lo pensé: Sí. Nos vamos.

El destino: Los Fiordos. El medio: un barco.

Si te digo la verdad, hasta que no me vi finalmente en el barco, no me lo terminé de creer.

Visitamos: Copenhague, Geiranger, Alesund, y Fläm. Y de vuelta Hamburgo.

Quedé sobrecogida por la geografía del lugar. Por los pueblos a pie del agua, que todos parecían Arendel. Por las casas. Las cascadas. El verde. La quietud del fiordo, y el brillo de la nieve.

El paisaje es espectacular, pero lo que hizo que el viaje fuera del todo inolvidable, fue la compañía. Viajar con la familia no tiene precio.

Quiero volver a Dinamarca. También a Noruega. Y a Alemania. Quiero seguir poniendo chinchetas en mi mapa del mundo. Quiero seguir llevándome experiencias. Y recordar que en Noruega nunca vi la noche. Que volvimos a juntarnos todos después de la pandemia. Que bailamos y reímos cada día, durante una semana. Que en proa, es donde más se nota el movimiento del barco; que una piña colada cada tarde podría convertirse en una norma de obligado cumplimiento; que en Noruega la luz te hace una piel espectacular; y que aunque veas el sol a toda hora, hace una rasca importante.

No sé hacer crónicas de viajes. Pero sí sé pasármelo muy bien. Porque tengo cristalino, que eso, es lo que me voy a llevar.

Lo de escribir

 

Hace un mes que no me paso por aquí. Una vez más, que me arrolla la vida, o las obligaciones, o tal vez, y pueda que sea la única realidad, es que no he tenido ordenadas mis prioridades.

Ya no me cuento cuentos, ni me digo mentiras, porque me conozco bien, y aunque de entrada parece que da resultado, termino pillándome. Y en ese momento no me gusto nada. El momento en el que me pillo la trola, me refiero. Porque ahí ya quedo yo sola, frente a la montaña de mentiras que me conté y el otro montón de culpa por todo el proceso.

Ahora me ahorro todo este mal trago, y me doy de frente con la realidad. No he venido por aquí, porque la tarea de hacerlo, ha ido bajando puestos en la lista de cosas que hacer cada día, hasta quedarse en la hora 25 del día. Esa que no existe. Ese cajón donde van a parar las cosas que no son prioritarias. Los debo que se comen los quieros.

Y entonces, llega el momento de revisar la caja, y de reordenar. No es un momento fácil. Reordenar, es poner en valor lo que me interesa realmente, y como ya sabemos: 24h. Lo que no está ahí, no cabe y por lo tanto, no se hace.

Me doy cuenta de que escribir, se queda por detrás de hacer la compra, y también de limpiar. ¿Desde cuando me importa más cualquiera de estas dos cosas que escribir? ¿En qué momento? Sigo revisando lo que se ha quedado en el cajón, y me encuentro también la Miracle Morning, y la caminata diaria.. Espera, que también está lo de leer tomándome el té de la tarde.

Y no lo termino de entender, porque a mi, escribir, me importa mucho. Muchísimo. Y no es que no lo haya hecho, lo he hecho, pero como a escondidas, en múltiples libretas que he ido arrastrando entre aeropuertos, barco y guaguas. Con letra ilegible, pero con muchas ganas.

Hace apenas un mes que estuve en Noruega. Visité un pequeño pueblo: Fläm. Desde que me bajé del barco, divisé un pequeño hotel, y lo único que podía pensar es que quería sentarme en alguno de sus balcones con mi portátil y dedicarme sin controlar ni el tiempo ni el espacio, a juntar letras. Lo anoté en la libreta en cuanto la tuve de nuevo en las manos: venir a Noruega a escribir.

Soy consciente de que estas actividades que me ayudan tanto a estar centrada y contenta, porque más que nada me proporcionan calma, se van quedando relegadas al olvido de no agendarlas, porque el tiempo se lo va comiendo esas otras tareas que me reportan mucha menos alegría pero que son impepinables para seguir viviendo. Limpiar, hacer la compra, ordenar la casa… Y me doy de frente con la palabra: delegar.

¿Por qué se me hace tan difícil soltar el control y la obligación de tener que hacerlo todo yo? ¿Si dejo de hacerlo me van a quitar alguna acreditación? ¿Dejaré de ser la persona que soy? ¿Qué me pasa con todo este asunto?

Llevo un mes alargando el momento de ponerle fecha al asunto de delegar. Hasta hoy. Hoy he armado mi lista de delegados, y también he escogido a las personas que lo harán por mí. Supervisé también todo el asunto económico y listo. Tengo las patitas flojas, con un tembleque considerable, pero prefiero esto, a la sensación de dejarme siempre para después. Entro en fase de pruebas. Deséame suerte.

El movimiento se demuestra andando

Otra de las cosas que he tenido presente y fijada en el cerebro, desde que me reproduje, es que se aprende más por imitación que por escucha. Es decir, que si yo le digo a Emma que lea, pero no me ve nunca con un libro, va a ser difícil que el mensaje cale. Lo mismo que si le digo que menos pantallas, y yo ando con el teléfono incrustado en la mano.

Es una trabajera tremenda, esto de ser ejemplo, porque qué quieres que te diga, hay días que no me apetece nada más que mirarme los pies, y no puedo darme el gusto de ello, porque siempre tengo dos ojos pendientes de mis movimientos, y que aprovecharán cualquier descuido para utilizarlo en mi contra.

Me concedo ciertos momentos de tregua, y aprovecho esos ratos en los que está fuera de casa, para no ser todo lo correcta que se supone que debo ser, esto es: tomarme algún quintillo, y dejarme estar en el sofá dejándome entretener por cualquier cosa que netflix me sugiera.

Cuando ella era pequeña, recuerdo tener cierto agobio por tener información y opinión de casi todo, porque no quería que si ella me preguntara yo no tuviera respuesta. Con el tiempo he aprendido y asumido que hay cosas para las que no tengo respuesta y tampoco opinión, y así se lo hago saber. También cuando me pregunta algo que no sé, aprovecho para juntas, buscarlo en San Google.

Pero de lo que he sido muy consciente de hacerle ver, es de lo que disfruto con la belleza del sitio donde vivimos, con nuestro Atlántico y con esta tierra árida e inhóspita que ha dado cobijo a todos los que llevaron nuestros genes antes que nosotras. Me he preocupado mucho por hacerle sentir que pertenece a este sitio, y que por ello debe honrarlo y respetarlo.

Uno de nuestros pequeños rituales de momento contemplativo, en es verano, cuando llegamos al Norte. Al poco rato de estar instaladas, nos vamos al banco azul, a estar en silencio (si es que eso es posible con ella) a ver el charco y Piedra Playa. Quiero presumir de inculcarle mirar la mar, y alabar su porte. Se me llena el corazón cuando vamos en el coche y pasamos cerca de la costa, y ella para la conversación para lanzar esa alabanza en alto.

Encontrar la belleza en lo que nos rodea, es algo que nos ayuda en el día a día. Creo que he conseguido traspasárselo, junto con la miopía y la necesidad de la ortodoncia.

Espero que conserve esto, y le sirva para refugiarse cuando sienta que lo necesite.

Resumen de Agosto

Ya estamos en uno de mis momentos favoritos del año. No me aguanto las ganas de estrenar libretas y bolígrafos, de cambiar el tablón del estudio y llenarlo de fotos nuevas, intenciones, deseos… porque BREAKING NEWS: soy una intensa.

No, esto no es información nueva, lo que es nuevo es que ya no me importe que se sepa, y que además, me apetezca gritarlo. Me encantaría llevar un cartelito que diga: atención persona intensa, para que los que se decidan a acercarse, sepan lo que se van a encontrar. Que de todos modos, ya tampoco me importan las caras que ponen cuando me desato y me apasiono.

Este año, porque si septiembre me motiva, enero me pone mucho, directamente, pues eso, que cuando llegó enero, hice mis listas y mis objetivos. Uno de ellos era el coaching grupal. En marzo se dio la posibilidad de que hiciera un proceso grupal con Sol Aguirre y fue estupendo. Me abrió los ojos a cosas que no sabía bien que estaban ahí. Después de eso, volví a las sesiones individuales y me puse a trabajar con Roxana.

Desde la primera sesión pude definir lo que era mi shitzone: una burbuja de un material elástico, que me rodeaba, y que aunque me tenía protegida, de cierta manera también me tenía secuestrada. Semana a semana, hemos ido trabajando la consistencia de mi burbuja. Ha sido un proceso calmado, minucioso y muy consciente. He ido viendo tímidos resultados en este tiempo, porque el gran cambio ha llegado este Agosto.

Lo normal en este mes es que me hubiera cogido mi portátil y me hubiera ido a MiNorte. El trabajo en estos meses está siendo mucho, más de lo que pensé a principios de año. Hubiera mal trabajado durante este mes, pero a gusto de todos, menos mío. Porque ni vacaciones ni trabajo.

Así que este año, abriendo un pequeño agujerito en mi burbuja, pensé en mi. Me quedé en casa, sacrifiqué muchas cosas, pero trabajé a gusto, adelanté mucho y me despegué de “la niña buena” que siempre responde a las expectativas de las demás. Me tomé libre cada jueves para ir a tomar mojitos sin alcohol con mis tejedoras; y me quité sin casi pensarlo, unas pocas creencias limitantes sobre las relaciones y las interactuaciones.

Me tomé solo una semana de vacaciones, sin ordenador, sin teléfono profesional, y sin nada más que con la intención de dormir, leer y mucha agua salada. Y eso fue lo que hice. Creo que hacía tiempo que no dormía la noche entera sin enterarme de nada. Como en un coma profundo. Es una de las cualidades de MiNorte, el sueño es totalmente reparador.

Me sentí valiente después de dormir tanto, y me bañé por primera vez (45 años tengo, yendo  solo  a caminar) en PiedraPlaya. Dejé que MiGurú prácticamente me llevara de la mano a la orilla, y me zambullí. ¿Lo hice con miedo?: Por supuesto. ¿Repetí?: también.

Estos dos pequeños actos sin mucha trascendencia, han sido como un efecto mariposa en mi burbuja. Ese pequeño agujerito que se creó cuando decidí cambiar mi verano, ha ido creciendo, hasta el punto de que he podido sacar las manos. Una vez que las he tenido fuera, saqué la cabeza. Y para cuando ha terminado agosto, ya solo queda de mi burbuja imaginaria, lo mismos desechos que quedan cuando se explota una sopladera.

He vuelto a mandar canciones, y he recibido mensajes que dicen: vi esto y me acordé de ti. He sentido la tranquilidad de pensar que todo está bien, y también la ansiedad de que todo se puede poner peor. Entre medias, soy consciente de que solo me hace falta una dosis extra de ansiedad para rehacer mi burbuja, pero también sé que estirando mucho los brazos, puedo romperla.

Por dentro, tengo la sensación de haber sufrido una micro metamorfosis. Hay cosas que reconozco, hay otras que son totalmente nuevas. ¿Asustada?: bastante. A una freak del control como soy yo, esto no puede parecerle más que un ataque kamikaze. Pero aquí sigo, cogiéndome de la manita y diciéndome que todo está bien, porque amigas, en lo que queda de año, voy con todo.

 

 

 

MiNorte sin fiestas

Este fin de semana si todo hubiera sido como el año pasado, habríamos despedido las fiestas de la Vírgen del Buen Viaje, con pena y cansancio. Habríamos comido puchero, ido a ver cómo embarcaban la Vírgen, oído los fuegos artificiales, visto a San Martín de Porres mientras se acercaba al pueblo… oído la verbena desde casa, escuchado las amanecidas de los verbeneros…

Pero ya saben que este año, pues la cosa no es lo que era.

Este año no dimos ni un beso, tampoco vimos a la Vírgen embarcarse ni a San Martín venir. No hubo verbenas, ni amanecidas, ni parrandas ni jolgorios.

Comimos puchero dos veces, eso sí.

Este año no vimos a los habituales que vienen de turisteo a MiNorte. Había gente, alguna, nada que ver con otros años, aunque mucha más de la que me esperaba. Muy poca mascarilla pese a que fuese obligatoria.

Lo único que permaneció igual este año fue la playa, las puestas de sol, y el viento. El viento imbatible e incansable que de alguna forma me ayuda a encontrar la constante. Las caminatas por los riscos, la tertulia en la sobremesa, y los croasanes para desayunar. El té después de la playa, y los quintillos antes de la cena.

Tengo un deseo profundo e intenso por recuperar lo que fue, sin embargo, la cordura me induce a acostumbrarme a lo que es hoy.

De momento, estamos de vuelta. Instaladas y organizadas, con caras largas y pocas ganas de hacer cosas. Resignadas y envueltas en la incertidumbre de qué pasará con el curso. Todavía me niego a creer que no empiece el curso, sin embargo, la misma voz que me dice que me acostumbre a lo que es hoy nuestro día a día, me dice que vaya mirando el temario de cuarto de primaria, y que empiece a repasar lecciones.

Una casa vieja, pero mía

Estoy tratando de aislarme entre tanto brote y tanta noticia tremenda, aunque estoy fallando estrepitosamente, la verdad.

No miro las noticias, y tampoco oigo la tele o la radio, sin embargo, me entero de todo, y en serio te lo digo, interés tengo cero. Yo sigo soñando con mi parcelita vallada a prueba de noticias y disgustos. Una utopía, ya lo sé.

Ayer, cuando ya me harté de ser receptora de cuanta información me rondaba, me calcé las zapatillas y me lancé al camino. Mascarilla puesta, por supuesto.

Siempre que estoy en MiNorte, y me echo a andar, mis pies toman la dirección y me llevan por dos posibles caminos: o a la playa o a las piedras. Ayer, fue este segundo destino el seleccionado.

Me flipan las casas viejas, no sé si alguna vez lo he dicho por aquí. Seguramente que sí, que llevo rajando aquí la friolera de 16 años. Ya puedo decir que mi relación más larga ha sido, sin duda, con este blog. Lo que son las cosas. Bueno, a lo que iba, que las casas antiguas tienen un fuerte poder de atracción en mi. Me encanta verlas e imaginarme qué pudo vivirse allí. En qué tiempo se haría, cuantas alegrías o penas se vivieron entre sus paredes. Soy capaz de imaginar historias completas, con principio, desenlace y final.

Ayer, según llegaba a esta casa vieja, mi cabeza se ponía en modo invent, y yo ahí viviendo mi invención. La cuestión es que esta casa vieja, no es una casa vieja cualquiera. De ésta sí sé cuándo se construyó, y también conocí a algunas de las personas que vivieron en ella. Lo del medio, me lo voy a tener que inventar, una vez más.

En mi ensoñación, me imaginé en mis próximos años, en los que desde una casa nueva, mi escritorio tiene vistas directas a estas piedras, y que con esta vista, voy a ser capaz de hilar perfectamente historias, y con ellas compongo un libro, o dos.. o una saga completa. Que yo cuando me pongo a soñar, soy bastante pro.

Y dando vuelta sobre esas piedras, me fui viniendo cada vez más arriba. Y me di cuenta de que algunas piedras, las han movido, y que hay un camino medio hecho por mitad de mi parcela, y que hasta se me han comido los tunos. Me enfadé mucho ayer la verdad.

Me senté por un lado, y respiré hondo. Me volví a ubicar desde mi escritorio, escribiendo sin tino, y siendo bastante feliz. Vendiendo libros sin parar, imprimiendo muchas ediciones de todas mis novelas. Ganando mucho dinero, como es lógico. Con la cuenta bancaria bien repleta, me levanté y me sacudí la tierra. Me puse en marcha otra vez, y de camino a casa, empecé a llamar a alguien que me presupueste una valla, y a otro alguien que me recoloque las piedras, y ya que estamos, no sé si buscar un bardino que me guarde los tunos. Volví bastante cansada de la caminata, porque ser terratenienta es muy complicado, la verdad.