Mi estación favorita

Ha llegado el tiempo por el que más he suspirado en todo lo que va de año. Ha habido momentos durante este primer semestre en los que se me encogía el corazón pensando que este verano sería distinto. Y probablemente lo será, pero de momento vamos a poder disfrutar de nuestros placeres veraniegos cotidianos. Yo no quiero un verano de vacaciones de todo incluido, que por cierto, no hay vacaciones que me horroricen más que esas. No entiendo cómo alguien puede venir aquí, siendo foráneo, y encerrarse en un complejo con pulsera y no mover el culo del bar de la piscina. No voy a convertirme en muy popular diciendo esto, pero ojalá alguna cabeza pensante que cambie el modelo turístico de la isla. Mejor me callo y me salgo del bosque, que me pierdo muy fácilmente y luego no sé salir.

A mí, me gusta el calor, me gusta el verano, me gustan las tardes largas, y esa sensación de que todavía queda día, porque el cielo no esta negro aún siendo las nueve y pico de la noche. Encender una vela de jazmín mientras me leo con tranquilidad cualquier novela de las que voy acumulando durante el año, y que no las leo porque la atención no me da para mucho más en el trajín de los meses de rutina. Las siestas pegajosas que soy incapaz de echar el resto del año, y el viento fuerte que pega en MiNorte durante julio y agosto. Es una contradicción total, gustándome como me gusta tejer lana. Pero es así.

Durante el invierno sueño con meter la cabeza debajo de esa agua cristalina, y  hundir los pies en la arena blanca que se sacude tan fácilmente. Volar hacia la buganvilla y el hibisco y quitarle todas las hojas pochas que voy encontrando, mientras cuento las flores nuevas que hay de un día para otro. Admirar el aloe y contarle de dos en dos, los hijos que ha sacado durante el invierno. Preparar una plancha de lapas y ver relamerse a los jóvenes que las degustan. Ahí también te das cuenta de que el tiempo está haciendo mella en ti. Cuando eres joven puedes comerte una, dos, o hasta tres planchas de lapas, con su mojo verde y su quintillo. En cuanto pasas de los cuarenta sientes lo indigestas que son, y las evitas a toda costa. Pese a que su olorcillo se te cuele por la nariz, y tus papilas empiecen a salivar afanosas.

El verano es mi momento favorito del año, sin ninguna duda. Y por fin está aquí. Abrazo con fruición la lentitud, la tranquilidad y todos esos cafés con hielo que voy a tomarme en los dos meses (mínimo) que tengo por delante.

Oficialmente desconfinada

Hoy estoy oficalmente desconfinada.

El 13 de marzo fue el día 1 de todo esto surrealista que nos ha pasado. Ese viernes yo estaba tranquila y con la mente enfocada en lo que estaba viviendo y en lo que tenía que hacer. Justamente el domingo anterior, 8 de marzo, me fui de picos pardos con mis chicas tejedoras. Y aquí que me vine a contarlo.

Y hoy, 13 viernes más tarde, ya en fase 3, vengo a contarte que anoche, volví a sentarme con mis chicas tejedoras en una terraza a tomarnos un algo.

Cuando se propuso la quedada, yo muy en mi línea mejillón me dije: uy no, yo no voy.

Motivos y razones tenía unas pocas: entre ellas mi heredera. Otro día vengo a contarte lo que es la conciliación y otras cuestiones logísticas de la monoparentalidad. La cosa es que los jueves, la abuela, o sea mi madre, suele tener mucha ocupación, y es complicado contar con ella para que se entretengan mutuamente. Así que mis pocas ganas estaban avaladas por mis excusas. Hasta ayer a medio día, que la abuela dice que no tiene ocupaciones y que le apetece infinito chismorrear con la nieta. Por el medio, se me cruza una sesión de coaching, que me puso en órbita y que me relajó con un par de frases, toda mi psicosis post-coronavirus.

Que tuve que tener una sesión de estas para darme cuenta lo muchísimo que me ha afectado el confinamiento, la incertidumbre, y el maldito bicho. Pero eso, también lo contaré otro día, porque lo tengo que seguir rumiando.

La cosa es que parece que se alinearon los astros para que yo fuera ayer con mis chicas tejedoras a tomarme un algo. Y oye, qué bien.

Se me ha llenado la boca esta semana criticando, así con dedo acusador y todo, lo rápido que aquí se olvidaron de los casi tres meses que hemos pasado encerrados. Que en cuanto entramos en fase no sé cuál, y se pudo, la gente se botó a las terrazas. Y yo ahí como la policía del coronavirus o la vieja del visillo, señalando a cada uno de los consumidores de cañas de todas las terrazas que estuvieron al alcance de mi vista.

Qué bocachancla soy, pero qué bocachancla. Mira que cada día me pongo en lucha con la jueza incansable esta que tengo por dentro. Me regaño, me reprendo, y me castigo. Pero siempre se me escapa por alguna rendija. Como decían aquellos de los que no me quiero acordar… estoy trabajando en ello.

Pues bueno, a lo que voy, que yo realmente la caña en la terraza no la echaba de menos. Lo que sí echaba mucho de menos era a mis chicas tejedoras. Y de eso me di cuenta ayer cuando las tuve alrededor y las pude ver en 3D y no a través de la pequeña pantalla del teléfono.

Qué necesario es tener una red que te acoja, y que te haga reír, y que te saque los pies de las chanclas y te haga poner el culo en una silla de una terraza.

La foto es de la reunión de marzo, cuando no había que poner distancia entre nosotras y hacía un sol espléndido y un viento que nos recolocaba las ideas. Y ya desde anoche, tenemos planes para la próxima quedada con agujas y mucho café.

Reunión lanera, cuando era posible

 

Día 8 del confinamiento.

Todo va bien. Al menos dentro de nuestras paredes. Todavía nos queremos, no nos hemos agredido, seguimos alimentadas y ejercitadas. Nos ha dado para mantener la casa en orden, para entender la importancia de las rutinas y la disciplina. Vaya, que no ha cambiado mucho la cosa.

He aprovechado para tejer, mira que novedad. Y para poner en orden mis prioridades a la hora de empezar nuevos proyectos. Me he acordado hoy, al revolver entre mis lanas, de la última reunión lanera que disfruté.

Hace ya algunos años, que tengo aquí a mi grupo de mujeres sostenedoras. En este caso, lo que nos ha unido es la lana.

La lana une no te imaginas cuánto. Aunque entiendo que no es la lana en sí, es la necesidad de compartir con otros la pasión por algo. En este caso: tejer.

Estas tres mujeres han llegado a mi vida por motivos varios, y aunque la relación ya traspasa la lana, la excusa para vernos de manera continuada es enseñarnos lo que estamos haciendo, pedirnos consejos sobre próximas combinaciones y tomarnos un café mientras tejemos juntas.

Lolly lleva toda mi vida en mi vida, valga la redundancia. Es mi prima, y me lleva unos años, así que cuando yo llegué, ella ya estaba aquí. Nos unimos de mayores por esta obsesión que tenemos de no dejar las manos quietas. Patchwork, punto de cruz, tejido, scrap… Mi prima me pega a todo, y lo mejor es que todo le queda bien. Tiene un carácter que pretendo imitar cada día. Le da a las cosas su justa importancia, que suele ser poca a casi todo. Es constante, con afán de superación cada día, y a base de taconeos ha dejado atrás un montón de creencias autolimitantes que dice que tenía. Yo nunca se las vi.

Dácil también lleva bastante tiempo rondando mi vida. Ya sabes que esto es chico, y al final, aunque no seas de aquí, nos conocemos todos. Aquí la teoría de los seis grados de separación se cumple a la perfección. Pero a Dácil el cariño real se lo cogí cuando MiMariposita llegó. Dácil es enfermera de profesión y de pasión. Si no fuera por ella y por los grandes consejos que me dio, sobre todo los primeros días del nacimiento, esto no hubiera sido lo mismo. Con Dácil puedo tirarme horas hablando de cualquier cosa, porque su curiosidad sobre todo es infinita. Solo hay una cosa de la que no podemos hablar, la línea temporal de Outlander. Ahí no podemos entrar.

Y Bea, llegó con la maternidad. Nos reprodujimos con un año de diferencia, y ella me buscó, porque tenía un interés enorme por coger las agujas y aprender. Así que primero le di clase, y luego ya nos hicimos amigas. Bea se apunta a un bombardeo, y es un gustazo enorme verla tejer después de lo mucho que ella dudó de sí misma.

Hace dos domingos, cuando todavía estar en la calle era lo normal, nos dimos el día. Allí festejamos nuestro propio 8M. Nos sentamos en una cafetería y echamos el día entre cafés, comidas, más cafés, y hasta unos chupitos.

Solo sé que en cuanto esto acabe, en la próxima reunión que podamos hacer, el desayuno se va a juntar con el almuerzo, y es probable que con la cena.

Carnaval 2020

La vida cambia en un segundo, se suele decir.. también te puede cambiar en diez años, aunque esto sea menos sorprendente, y por eso se diga menos.

De unos años para acá los carnavales han tomado cierto protagonismo en nuestras vidas. Yo nunca he sido especialmente carnavalera, esos genes se los llevaron todos LaBajista y LaPeque, esas sí que son carnavaleras. De las que se buscan un disfraz para cada noche, de las trescientas verbenas que se hacen durante los diez días que duran.

Porque aquí los Carnavales, son palabras mayores, y desde que nace la sardina, hasta que la entierran, hay diez días de música y purpurina a tope.

Tanto así, que la semana grande del Carnaval, esa en la que se incluye el martes de Carnaval, y que es festivo municipal, no hay clases. No sé a quién pertenece la decisión de los días escolares no lectivos, pero vamos, que hicieron la cuenta, y les pareció estupendísimo a todos los que decidían, concentrar los días libres en una semana y ubicarlos en las Fiestas Carnavaleras. Ni que decir, que cuando yo era chica, esto así no era. Antes era festivo el martes y ya. Ahora nace la sardina, la pasean con los arretrankos, la sacan por la bahía con los achipencos, le dan otro paseo en la cabalgata, y finalmente la entierran dando cierre a los días de fiestas, y todo esto se hace durante poco más de diez días. De las murgas ni les cuento, porque no son muy my thing.

Bueno, pues con unas fiestas tan sonadas, ser no carnavalera te relega al montón de los que se creen cool, pero que no lo son. Yo me limitaba a ver la Gala Drag, y a hacer “fos” al resto de actos. La Gala Drag sigue siendo uno de los grandes momentos de los Carnavales. Este año se ha unido a la fiesta de ver la Gala desde casa, con un gran picoteo, LaMariposita. Primero ha flipado mucho, luego ha quedado enganchada totalmente al espectáculo. Estoy segura de ha nacido una fan.

Estuve en ese club de los renegados del Carnaval, un montón de tiempo, y aquí vengo a confesar, que me sentía como guay, pero en el fondo fondo, me daba cierta envidia las risas y los bailes que se daban los que disfrutaban de las fiestas.

Desde que llegó LaMariposita, tuve la excusa perfecta para saber si las risas eran reales, o si eran algún tipo de ilusión. Desde el primer año que probamos a meternos en faena, comprobé que las risas son más mientras organizas el disfraz que en la propia salida, y que el conjunto de todos los actos con un disfraz hecho de tus manos, es más divertido que ver pasar las carrozas, mientras tu estás quieta en una acera. Si ya de paso te dejas llevar por el salseo de la verbena, pues no sé qué mas pretendes de una buena fiesta.

Este año fue el cuarto desde que me disfrazo. Los años anteriores hemos salido en grupo, y ha sido de las cosas más divertidas que hemos hecho durante el año. Esta vez, el grupo se nos desmembró, y aquí pudimos comprobar que ya ostentamos el título de Carnavaleras pro, porque aunque sin grupo, nosotras nos metimos con una buena cantidad de goma eva y la pistola de silicona, y un gran disfraz que nos hicimos.

La alegoría del Carnaval este año eran los Aztecas, a nosotras nos faltaron más plumas, pero el mercado de la pluma está por los cielos, y tampoco es cuestión de desperrarse para un rato de diversión. Así que goma eva, unas pocas plumas, tutús, purpurina, y listo. La cabalgata este año tenía un gran número de carrozas, y un montón de gente muy metida en el papel. Ahí estaban mis primos con su gran barco, muy bien ataviados como la banda de Jack Sparrow. La salida de este grupo siempre causa una gran expectación, porque son unos super-pro de esta fiesta.

Una cabalgata más que hemos disfrutado bailando el flow de la cucaracha, que hasta tuvo representación en la cabalgata; y el despacito. Y para qué te voy a engañar, algún reggetoneo más también hizo que se nos movieran los pies, porque si te metes en el rollo, te metes con todo. Y con esto, Operación Carnaval 2020 concluida con éxito.

Desayúnate bien

 

Hoy recibí la newsletter de Erika de la Vega, que si no la conoces, ya estás tardando. En ella hablaba de la relación que tenía con su abuela, y que ella sentía que su abuela la quería mucho. Cuando la llamaba, le hacía una batería de preguntas, a modo checklist. Ella decía que al morir su abuela, ese espacio de que alguien se preocupara por ella, se había quedado como vacante. Pronto asumió que ese lugar es el suyo propio, y que ahora es ella misma la que se preocupa por hacerse el cheklist.

A mí esto me recordó a cuando estaba estudiando en GranCa, y mamá llamaba cada noche.

También nos hacía una batería de preguntas: ¿qué comieron?; ¿fueron a clase?; ¿se abrigaron?; ¿están contentos?…

Siempre cuando iba a colgar ya no preguntaba, decía: hasta mañana y desayúnense bien.

Lo decía en plural porque allí estábamos MiGurú y yo, y aunque hablábamos por separado con ella, nos decía lo mismo a los dos, y nos incluía en su lenguaje.

Mamá le daba vital importancia al desayuno, se la sigue dando. Porque ella nos crió oyendo eso de que el desayuno es la comida más importante del día, y que si no se desayuna bien, pues no se rinde. Eso lo sabe todo el mundo.

La cosa es que, para mí, también el desayuno es la comida más importante del día. No porque no rinda, sino porque es un momento tranquilo, autodedicado, y que, con un poquito de atención, se convierte en todo un deleite. Porque a ver si no nos vamos a merecer desayunar como las grandes señoras que somos.

Yo madrugo bastante, y para cuando me siento a desayunar, ya tengo hambre porque han pasado dos buenas horas desde que me levanté.

Desayunar fuera es otro de los gustazos que me gusta darme. Encontrar un sitio donde sirvan un buen café, con pan y algo rico que ponerle encima, ha sido una tarea que me ha tenido bastante ocupada estos últimos años. Con MiMariposita o con MisAmiguisTejedoras. Llegar, pedir, comer y dedicarte a tejer, hablar o leer. Yo no sé tu, pero a mí me parece un planazo.

He encontrado un sitio en el OtroNorte de la isla, que cumple con todos los requisitos anteriores. Y cada vez que puedo, sobre todo fines de semanas, nos vamos allí a desayunar sus PoshEggs.

Pero si no encuentras un sitio así, pues te lo preparas tu. Yo para el desayuno tolero dulce o salado, lo que no puede faltarme es el café.

Siempre tengo pan en el congelador, mío o comprado, pero buen pan. También suelo tener bollos, o donuts. Estas masas congelan especialmente bien. Encima del pan, le pones cualquier cosa, pero si te concentras, y decides que vas a darte un premio, pues te lo curras, que te lo va a agradecer no solo tu estómago. Parece una tontada, pero preparar bien la mesa, servirte la comida con esmero, y cuidar los detalles, te predispone de otra forma. Tu estado de ánimo cambia.

Esta última semana me esmeré en prepararme un buen desayuno: Pan de plátano, tostada de aguacate con cebolla encurtida,  de tomate con jamón, de queso-atún-tomate-cebolla. Y ayer, me dio por el porridge. Es otro desayuno al que recurro con frecuencia según apetencia, o si el día se prevé movidito.

Desayunar bien para mi, marca la diferencia de un día mierder a un dia estupendo. Tu decides.

 

Balances, finales y principios. Y otra vez yo.

 

Hace exactamente tres meses que me fui sabáticamente hasta de aquí. Necesitaba un descanso hasta de mí misma.

En este tiempo no he hecho gran cosa. O sí. Porque cuando miro atrás siento que soy otra persona. He cumplido 44. Volví a Madrid, y me paseé por Lanzarote. Organicé el quinto Calendario de Adviento, con un éxito total por parte de todos los participantes, que este año no nos faltó nadie de la familia y amigos, con los que no compartiéramos algo.

En el último trimestre del año pasado volví al trabajo. No lo tenía en mis planes, pero me ofrecieron algo que no podía rechazar. Me enganchó el proyecto desde que me lo presentaron, y aunque trabajé en él algo más de mes y medio lo hice con gusto y con ganas.

Esto, me ha ayudado muchísimo a saber a qué le debo decir que sí y a qué no. Porque no es porque pueda permitirme el lujo de rechazar cosas, es que he aprendido a que cuando hago cosas “por obligación” el coste que me supone es monumental.

Durante un montón de años estuve dando vueltas en la rueda que yo misma me metía, ya sabes, lo de la rueda del hámster. Cogía trabajos que no me motivaba porque no podía decir que no, y esos trabajos que inicialmente eran llevaderos, se convertían en el proyecto de instalaciones de la NASA. Cada día más cuesta arriba.

No voy a mentir, me costó diosyayuda, mucha ayuda, salir de ese círculo vicioso de decir sí a cosas que en el fondo no quería ni ver, ni hacer, ni calcular.

De resto, he trabajado mucho y en profundidad en mí.

Ahora conozco la diferencia entre trabajar en lo que te gusta, y tener un trabajo nutricional. Así que eso es lo primero que he aprendido en estos meses.

He empezado a andar, ligero y de forma regular. Cinco veces a la semana, consiguiendo los sanos diez mil pasos diarios. Estoy tan enganchada al paseo de la mañana que se me está pasando por la cabeza, echarme a correr. De esto tiene mucha culpa MiGurú, y también Cristina Mitre. Pero not yet… sigo caminando a pasito ligero cada mañana, y a veces también alguna tarde.

Durante octubre y noviembre, hice un curso intensivo de patchwork a máquina. Tengo un nuevo quilt terminado, que me pongo por encima por las tardes, mientras voy acolchando con toda la paciencia del mundo. Es calentito y precioso, y me ha dado la oportunidad de volver a reencontrarme con las telas y la máquina de coser. Lo disfruté, pero también me di cuenta de que lo que realmente me encanta es coser a mano. Ir uniendo trocitos, paso a paso, sin la producción en cadena que te brinda la costura a máquina. Esto me llevó a sacar mi gran pila de cosas a medias, y que me dieran ganas (reales) de terminar alguna. Lo mejor de este curso fue volver a coser con mi amiga LaAbogada. Con ella empecé a coser hace ya más de veinte años, y ha sido genial volver a retomar el dedal con ella.

Este año pasado me propuse varias cosas que requerían de disciplina y mucha constancia. Llegué a final del año cumpliéndolas todas. En lo que se refiere a manualidades, me propuse terminar un tapiz de punto de cruz, compuesto por doce motivos. Me programé para bordar uno al mes. El resultado final no me puede gustar más.

También me propuse tejer doce pares de calcetines, y también lo cumplí. De hecho tejí más de la cuenta, porque en las fotos me faltan, los dos pares que tejí en enero y que regalé.

Empecé el 2020 sin nada en las agujas. Creo que esto es algo no me había pasado nunca. Y según yo, es un síntoma claro e inequívoco de total madurez. Claro, que le puse remedio rápidamente, porque el día uno a media mañana ya tenía en las agujas un jersey para mí.

Con esto de acabar lo que tenía a medias, acabé el Pomegranate, que aunque mientras lo tejía no me convencía en absoluto, una vez que lo saqué de las agujas, me chifló. Tanto, que me lo he puesto muchas veces desde ese momento. También me tejí la Magnolia Chunky Cardigan.

Estos meses los hemos aprovechado también para salir de excursión, salir a caminar por las rojas montañas de MiNorte, y hablar de la vida y de la muerte.

Hemos acabado el año con una de esos acontecimientos que esperas que no sean verdad. Que deseas que vuelva a sonar el teléfono y te digan que todo fue un error. En esta ocasión nos tocó tangencialmente. Vivir la desgracia de perder a alguien de forma traumática y trágica. Nos ha tocado abrazarnos mucho, y querernos bien. Sin llenar los silencios de palabras vagas. Nos hemos hecho invisibles para dejar espacio a los que realmente sufren de forma directa toda esta desgracia, y en casa, hemos hablado del tema mucho, hasta que he visto que ya no había nada más que hablar.

Para mí ha sido importante compartir cada cosa que ha pasado con Emma. Mi lema con ella es decir siempre la verdad. A veces me dice: quiero saber whatever, pero no sé si la verdad que me vas a contar me va a gustar, así que de momento no voy a preguntar.

Esto me deja tranquila, porque sé que ella confía en lo que yo le diga plenamente. Que esto no quita en que me vaya a hacer caso en todo lo que le digo, nada más lejos.

Con el corazón así, como apretado, empezamos el año, y hemos pasado estos tres primeros días con paseos, tejiendo en cualquier sitio, y viendo HarryPotter. Se me ha declarado fan incondicional de Howgarts y todo su iniverso. Sé, por experiencia, que corro el riesgo de llegar a aborrecer cada libro o película de la saga, porque otra cosa no, pero cansina con lo que le gusta, esta niña es un rato.

Este año tengo grandes planes, siempre los tengo, luego, lo que la vida me vaya poniendo por el medio, va a sacar mi vena ingeniera de verdad. Porque al final, siempre trato de ingeniármelas para caer de pie, o  lo menos revolcada posible.

 

Donde cambia el ritmo

Ya estamos en MiNorte. Y lo escribo con la fuerza de un mantra. Porque estando aquí nada malo puede pasar, estamos a salvo y estamos en modo disfrute.

Y es curioso que me sienta así cuando tenemos agua por todos lados y el peligro nos aceche en cada esquina.

Es extraño sentirse tan a salvo en un sitio que aparentemente es bastante hostil. Tiene viento, ruidoso y poderoso, aproximadamente 350 días al año. La mar del noroeste es fuerte, violenta, y cada vez que llega a la orilla te dice: estate atento, porque tu no me importas.

Y así, con este panorama, en casa, cada vez que hacemos un mínimo bolso para poner rumbo norte, nos ponemos felices.

¿Tendrá que ver el ADN? ¿Tendrán que ver las generaciones que nos habitaron antes?

Puede ser.

La cosa es que vamos por la carretera, y en la última curva, en la que dejas a la izquierda el monumento a Unamuno, y te topas con la Montaña (mágica) de Tindaya, se alborota algo por dentro. La montaña, con la magia que le quieras poner o no, inicia su conjuro. Y  nosotras, que nos gusta más una historia que a un tonto un lápiz, nos ponemos a inventar. Es un ritual que hacemos cada vez que tomamos rumbo norte. Y con las historias que nos inventamos, de brujas y calderos, de niños exploradores, y animales que hablan, vamos perdiendo la noción de las obligaciones. Para cuando llegamos a La Oliva, todas las anotaciones que llevas en la agenda, en la interior y en la física, se borran. Todos los debería, y todas los quehaceres se empiezan a diluir en el propio camino.

En el momento en que llegas a MiNorte, te molestan los zapatos, el pelo se revuelve, y la piel te sabe a sal. Se paran los relojes, y lo único que manda es la marea… si está alta te bañas en una zona, si está baja te bañas en la otra. Si está brava paseas. Si el viento te lleva, la contemplas desde el coche y con abrigo.

El ritmo es otro, único y propio de MiNorte. Y nada tiene que ver con que sea verano, o con que estemos en fiestas. MiNorte es un lugar de identidad propia, de pocas leyes, y de mucho goce.

Es el sitio que te pone a prueba, y que si le das la oportunidad, igual te ves de una manera que desconocías.

No todo el mundo es feliz aquí, y esa es otra maravilla de este sitio.

Yo lo he vivido, y yo me he descubierto aquí.

Aquí soy bastante feliz. Y lo mejor es que MiMariposita parece llevar la actitud de este sitio en el ADN.

Calderón Hondo

Quien lleve por aquí algún tiempo, sabe de mi conexión con el Noroeste de la isla, lo que yo llamo MiNorte. Un pueblo pequeño, ya no tanto, costero y pesquero, donde voy desde antes de que me salieran los dientes. Mis raíces están ahí.

Cerca de ese pueblo, hay otro pueblo: Lajares. Al que también estoy unida de alguna manera.

Allí trabajé durante cuatro años, en un trabajo en el que aprendí muchísimo en la gestión de equipos y también en la de recursos. Pero llegó un día en que mis ideas morales empezaron a chocar con las del proyecto en el que trabajaba. Ahí fue el momento en que cogí mis cosas y me fui a otro lugar. No quiero culpabilizarme, ni tampoco torturarme por lo que pasó durante esos cuatro años, a ver que tampoco se mató a nadie, solo que llegado un momento en el que maduré, le dí importancia más a unas cosas que a otras,  y hubo que reinventarse.

Sigo estando unida a Lajares, porque siempre me impactó su belleza. Una belleza que no todo el mundo entiende, pero que a mi me hace fijarme al suelo, a mis raíces, a mis ideas, y a mis principios.

Lajares es volcán puro. De picón rojo. De líquenes, y de malpaís.

En Lajares está Calderón Hondo, que tiene una ruta circular, bastante sencilla, y en la que puedes asomarte al cráter del volcán.

Merece la pena ir y pensar. Respirar. Dar gracias.

Meditar un poquito en la insignificancia de nuestra existencia, en lo generosa que es la isla que nos deja vivir en ella y disfrutarla, sentirla, y respirarla. Y en lo poco que reparamos en su poder, o más bien en el poder de la naturaleza. Bastaría que erupcionara cualquiera de los volcanes… o que crecieran las olas, en cualquier parte de la costa… un tornado, también sería eficaz.

Merecemos que se enfade, que invoque sus volcanes, y que nos haga a todos papilla. Me da pena infinita ver que en cualquier sitio hay mierda. Sí, mierda, en su más puro estado: papeles, plásticos, deshechos.

Ya tengo costumbre de llevar varias bolsas en mi bolso o mochila, una para la posible compra, y otra para recoger toda la basura que me voy encontrando. Es lamentable.

Vas a la playa y ahí hay basura.

Vas al parque y ahí hay basura.

Vas por una montaña, y ahí hay basura.

Y no es que hayan servicios municipales, que son mejorable, es cierto. Los hay, y hacen su trabajo, pero es que los incívicos son muy eficientes en su labor.

No me identifico en absoluto con ese ser que es capaz de botar un papel al suelo sin ningún tipo de remordimiento. Y me molesta, porque estoy convencida de que somos más los que limpiamos y no ensuciamos, es decir, los que estamos educados y concienciados, que los que no. Pero los guarros ensucian a un ritmo frenético, y aunque nosotros somos muchos, no damos abasto.

Tengo que reconocer, que este comportamiento del ser humano, saca lo peor de mí.

¿En qué estamos fallando como sociedad?

¿En la educación, en la concienciación?