Mirar al cielo

Volver a caminar cada mañana además de ejercitarme, me da la oportunidad de mirar el cielo. Cada día el cielo siendo el mismo, es distinto. Como la rutina de la que vengo hablando todas estas semanas.

Desde hace unos años en mis power walks matutinos -les he cambiado el nombre porque yo no paseo, yo camino deprisa, y en inglés todo es mas cool, you know- empecé a hacerle una foto mensual al faro de la playa. Luego se me pierden las fotos, o no las localizo y mi idea se va al traste; pero mi objetivo es tener una foto mensual del faro desde la misma posición, para luego hacer un montaje de todas las fotos juntas y ver cómo cambia el faro en función del mes, durante el año. En la casa que visualizo desde hace años, ese cuadro va a estar a la entrada, en el hall, en la pared de la derecha. Ahora es el momento de decir: anda la flipada esta. Dilo, i don’t care. Estoy muy ocupada decidiendo qué planta voy a poner a la derecha de este cuadro.

La cosa es que salir a caminar y mirar el cielo, así a lo lejos, se ha convertido en una práctica diaria, y que noto que me beneficia de un día a otro. Luego vuelvo a casa, me alisto, y mis horas laborales me cunden el doble que antes, que me sentaba desde casi que me levantaba delante del ordenador.

Yo pensaba que era por el ejercicio y por respirar aire, pasar por la orilla de la mar… Pero mira tu que resulta que no. Hay ciertos estudios, probablemente del MIT, que reflejan que hacer estos ejercicios de mirar al horizonte o más allá, favorecen la concentración.

Mirar el cielo, y descubrir las nubes, el color y forma de éstas, los diferentes tonos que se dan, y todo lo que ese cielo de cada día refleja, es parte de mi meditación diaria. Me abstrae al tiempo que me da calma; y ahora que encima he encontrado base científica que valida esto que yo venía pensando, no puedo sino recomendártelo si necesitas concentración, coger aire, o simplemente deleitarte con las nubes.

Las lentejas

Si llevas por aquí un rato, sabes que los lunes comemos lentejas. Lunes y lentejas es una norma de obligado cumplimiento en mi casa.

Y cada vez que lo digo, la gente me mira con cierta estupefacción. En algunos casos he creído distinguir también cierto aburrimiento. Seguro que son los mismos que dicen que la rutina les aplasta y que odian los lunes.

Para mi eso es quedarse en la superficie.

Yo como lentejas todos los lunes, pero nunca son las mismas lentejas. Si quisiera podría ir apuntando las diferentes formas que hago las lentejas durante un año, igual me da para libro. Me lo dejo apuntado aquí porque esto puede ser una idea con futuro.

Como te cuento, cada lunes comemos lentejas, pero casi todos los lunes son distintas. Unas veces son potaje de lentejas. El básico canario. Con queso majorero y gofio. Las lentejas de mis abuelas, de mi madre, y de mi hermana Iris.

Pero no nos hemos quedado ahí. También las comemos molidas, o hechas crema. Y a esta versión le añadimos un montón de toppings que le dan toda la gracia del mundo. Otros días, las lentejas son amarillas, y quedan como estofadas. A estas les añado un montón de especias o picante, para darles un toque exótico. También hacemos mucho el básico de lentejas con arroz, y las acompañamos de plátano y aguacate. Somos muy fan también de la ensalada de lentejas, y ahí el límite está en lo que tengas en la nevera.

Como ves, comemos lentejas todos los lunes, pero nunca son las mismas lentejas. Las hago diferente con solo ponerles un poco de atención. Es lo mismo que te contaba la semana pasada de la rutina, que algo sea igual no quiere decir que sea aburrido.

Las de hoy van a ser en crema, con un toque de ralladura de limón, cilantro, queso batido y jamón serrano. Dime que si no se te apetecen.

La rutina

Ahora sí que sí. Ya está todo colocado en su sitio, y nosotras en nuestras vidas. Por lo menos yo en la mía. Yo me vuelvo loca por volver a la rutina.

Hubo un tiempo en el que esto lo oculté. A mi alrededor había mucha gente a la que le salía urticaria con solo oír la palabra rutina. Todos querían salir de la rutina, la rutina les aplastaba y era la culpable de acabar con relaciones y felicidades.

Yo también dije alguna vez eso de: la rutina es horrible. Sin sentirlo de verdad. No me culpes, era joven y lo que quería era pertenecer al rebaño.

Pero la realidad es que para mi la rutina ha sido siempre mi tabla de salvación. Me da seguridad saber qué cosas pasan cada día, a grandes rasgos. Saber que me levanto, hago mi Miracle Morning, que desayuno, salgo a andar, luego trabajo. Más tarde me encargo del almuerzo; recoger a Emma del colegio, comer, salir a las actividades, volver, ducha, cena, y cama.

Esto es mi día a día en visión general. Por el medio pasan un montón de cosas, y casi cada día todas esas actividades que se repiten día a día, son distintas.

Como te digo, a mi me gusta la rutina, y a lo que me he dedicado en profundidad estos últimos 10 años, es a conformarme una rutina que me encante. Me gusta tener el día dividido entre responsabilidades y placeres. Entre lo que tengo que hacer y lo que me encanta hacer. Ya los domingos no me pesan, porque me encantan mis lunes, tanto como los jueves o los sábados. En verdad, me gustan todos los días.

Y soy capaz de verlo tan claro porque no ha sido siempre así. También ha habido épocas en que los domingos por la tarde tenía tal bola de ansiedad en el pecho que pensaba que me infartaba en cualquier momento. También había semanas enteras que no sabía ni qué había hecho, porque iba por ellas como “pollo sin cabeza”

Ahora no lo vivo igual. Ahora tengo una rutina. Una rutina diseñada por mi. Y me encanta.

El día que me convertí en regalo de cumpleaños

Si me vienes leyendo por aquí desde hace rato, recordarás aquellos años en los que llegados a estos días, hacía un balance de lo que había sido el año. No creas que he dejado de hacerlo, nada que ver, lo que ahora me lo guardo para mi y mis libretas. Yo sin los balances ando un poco coja.

Desde hace unos meses, vengo dándole vueltas a la amistad. Tanto a lo que significa para mi, como a la importancia que tiene en mi vida.

He llegado a varias conclusiones. Algunas bastante dolorosas, para que te voy a mentir. La cuestión es que allá por octubre, me di cuenta de que tenía que volver a hacer una definición de lo que es la palabra amistad para mi, y con ella, cambiarle la etiqueta a ciertas personas. En algún caso, incluso asumir que lo que era ya fue, y que está todo bien. Con pena le he dicho adiós a algunas personas; con pena, pero sin ira. Todo está bien. Aunque todavía duela un poco. Sé que este corazón va a sanar, como cantaba Jorge Drexler.

Y en medio de toda esta revoltura estaba, cuando llegó la lección que me dio pie a afirmar que estaba en el buen camino.

La pareja de una gran amiga me pedía ayuda para convertirme en cómplice de una sorpresa. Dije sí antes de que terminara de contarme qué tenía pensado. Y así, me convertí en regalo de cumpleaños.

El artífice de esta idea, la subió al binter, y la trajo a la hora acordada al restaurante punto de encuentro. Y allí estaba yo, detrás de dos globos enormes. La cara de mi amiga al descubrirme allí, no la voy a olvidar nunca. Creo que ella, ese momento, tampoco.

La noche la pasamos sin parar de hablar, beber buen vino, y comer.

Y yo aún estoy dándole vueltas a lo que sí es la amistad. Es eso que te hace subirte a un binter para dar un abrazo. O coger un teléfono a las 12:00 para echarte unas risas, o para soltar unas lágrimas. La que te manda un mensaje porque vio algo que le recordó a ti; la que te pregunta por un libro, receta, o canción. A la que le mandas un meme porque es una foto de algún momento vivido juntas. A la que le das una abrazo y sientes que te recolocaste. A la que le mandas un mensaje con un simple: ¡Ay no sé!. La que te manda un whatsapp para hacerte un cumplido que sale del corazón. La que está. La que siempre está.

Tengo grandes amigas. Tengo también amigos. Muchos los tengo cerca. Otros están por allá del Atlántico. Pero todos, en realidad… están a corta distancia.

Y.. Fin!

 

Hace aproximadamente una semana, dejé de escribir mi libro, y no es que lo dejara de lado, no, lo dejé porque se acabó. Llegó el final.

En realidad, estaba escrito desde primeros de marzo, pero había dentro de mi un sentimiento que no lograba identificar y que no me dejaba concluir el proceso. En los libros seguro que esto es lo que se define como un apego de la leche. Ni seguro, ni sano. Apego de la leche.

No te creas que no le he dado vueltas a esta circunstancia. Y según iba llegando a conclusiones, la cosa se ponía peor, o así me lo parecía.

Cada vez que me preguntaba, ¿por qué no lo daba por terminado ya? Me salían cincuenta excusas del orden de: todavía le puedes dar otra vuelta, todavía puedes darle otro retoque, todavía puedes quitar/poner/modificar algo.

Hasta que el  fin de semana me sometí a un tercer grado a mi misma, y me obligué  a darme explicaciones. Y entonces, y no sé muy bien cómo llegué a ese punto, me acordé de cuando estudiaba.

Me he pasado gran parte de mi vida estudiando: EGB, BUP, COU y luego en la Escuela de Ingeniería. Yo no sé por cuántos exámenes habré pasado a lo largo de mi vida. A los exámenes procuraba ir siempre preparada, y si veía que no llegaba, no me presentaba. Conmigo nunca hizo juego eso de ir a probar suerte. Yo no sé trabajar así. Estudiaba y me presentaba cuando creía que controlaba la asignatura. Una vez en el examen, hacía. Todo lo que sabía lo soltaba. Cuando contestaba todo, breve repaso. Y entregaba. Nunca me paré a ver si era la primera en acabar, o a sí podía hacer algo más por mejorarlo. Lo que no había contestado ya, no me llegaría mágicamente en algún tipo de iluminación.

Y este razonamiento fue el que empleé para acabar el libro. Lo que no he dicho/escrito ya, no me va a llegar ahora.

Por otro lado, es posible que si sigo leyendo, siga encontrando cosas que modificar, y me siga metiendo en el bucle infinito de la perfección. Así que me fui al ordenador, y como quien se quita una tirita, escribí las dos palabras: y fin.

Guardar archivo, y enviar a la correctora.

Y ahora, me voy a hacerme una bolita a ver si paso el susto éste que se me ha quedado en el cuerpo.

 

The party is over

Vamos a estrenar el año.. y el blog este año.

¿Qué crees? Este año he vuelto a hacer una lista moderada de propósitos, y el blog está en los primeros puestos. ¿Conseguiré venir cada viernes a escribir aquí? Pues no tengo ni idea, yo me lo propongo, y luego a ver cómo se van dando las cosas. Lo que tengo claro, es que si ni siquiera me lo propongo, por aquí no paso. Así funciono yo.

Primero pensarlo, luego hacerlo, como se vaya pudiendo.

Ayer vinieron los Reyes.. Con toda la magia y toda la ilusión. Aunque no contaba yo con todo de mi parte.

Resulta que aquí escribimos la carta allá por primeros de diciembre. Cuando recogí la carta de Emma, veo con todo mi asombro, que ha pedido la muñeca Rosaura. Te voy a decir la verdad, pasé varias horas intentando convencerla de que la quitara de la lista. Esa muñeca me horripila. Es casi de mi tamaño, pordiós!

Todos mis intentos cayeron en saco roto. La muñeca parecía innegociable. Tanto, que aunque le dije que pusiera regalos de reserva “porsiaca”, ella se negó. Tres únicos deseos.

Me vestí de Reina Maga, y me dispuse a abordar la misión, con la ayuda inestimable de LaPeque.. Una vez en la juguetería, yo, lo tenía claro, iba a sustituir aquella muñeca por cualquier cosa que me pareciera adecuada. LaPeque, se posicionó en contra. Pasamos por caja, con la muñeca a cuestas. 1.05m de muñeca, te recuerdo.

Fue pasando el mes, con todas sus actividades y sus cosas. Vacaciones, y tal. Y tres días antes de la noche más mágica del año, viene la niña y me pregunta si puede cambiar la carta.

Horror. Terror. Tragedia.

Cuando le pregunté el por qué, me dice que es que estaba pensando en la muñeca, y que ahora cree que igual le va a dar miedo. Si se despierta a media noche, y en la oscuridad la ve ahí.. pues igual se muere del susto. ¡Ajá! Ahí quería llegar yo.

Nada que hacer. Yo intenté quitarle hierro al asunto. Y decirle que eso no iba a pasar.

Por dentro, otra vez, me castigué fuerte por no hacerme caso a la primera.

Anoche, vinieron los Reyes, y con ellos, el metro cero cinco de muñeca.

Durante el día todo bien, pero ¡ay amigas! Cuando llegó la noche…

Si te cuento que estuvimos casi media hora de reloj por toda la casa, buscándole un sitio adecuado para que durmiera, ¿te lo crees?. Rosaura anoche terminó durmiendo en el patio. Y, así, todos contentos.

Esta mañana, Emma ha ido al patio a buscarla y a darle los buenos días. La tiene sentada en el sofá, mientras ella arma un puzzle. Parece que en lugar de ser “hermanas” van a ser vecinas que se reúnen durante el día para jugar. Todo bien. Problema solventado.

Y ya con esto, tenemos resuelta y completada la Misión Navidad 2021. Ayer, antes de comer, ya teníamos toda la Navidad desmontada. Siempre lo hago así, en caliente y deprisa. Es mi manera particular de luchar contra la pereza. Cuando recojo no pienso, me pongo en piloto automático, y casi sin darme cuenta, está todo en cajas y listo para guardarlo. El rincón de los lunares, vuelve a estar desocupado de luces y bolas, y la planta que desahucio cada diciembre, ha vuelto a su sitio. No tengo idea de qué tipo de conexiones se hacen en mi cabeza, pero quiero pensar que así como se va guardando todo, en mi mente también se van apagando las luces del modo fiesta, y ya me predispongo a afrontar enero, con las cuestas que traiga.

Esta Navidad ha sido regular, no solo por la pandemia. Este año nos tocó restar en la familia. Como siempre, esto es un enmierde, con toda su tristeza y toda su pena. Pero este juego es así, y cada vez que tengo claridad de pensamiento, me vale para recordar que no pierda un segundo en penas y me concentre en seguir hacia adelante, en intentar estar bien, y en hacer lo posible para lograrlo, por mi y por todos los que estamos aquí.

En el 2021 me propuse bailar el año, este año lo voy a bailar y cantar, así llueva todos los días, algo que tampoco aquí va a venir mal. Si ven que llueve mucho, me avisan.

31 feria del libro

Voy a contarlo hoy, porque en una semana no he podido. Y no te vayas a creer que no he podido porque he estado muy ocupada (bueno, algo sí) sino porque la resaca emocional que me ha supuesto, me ha dejado las manos, secas de palabras.

El lunes pasado, en un descanso entre pliego y pliego, me monté en mi coche y dejé unos pocos manuales en las librerías de mi pueblo. En una de ellas, me dijeron: ¡oye! Que vamos a tener en la feria, a los autores firmando, ¿te quieres venir?

La primera respuesta que cruzó mi cabeza fue: ¿yo? Ni de coña.

Dos coaches y mucho trabajo interno, me hacen reconocer esa voz y el miedo, y ya le pongo atención. Pongo una manita en alto en plan: habla con mi mano. Y dejo a la voz acallada, para sacar la mía.

¡Claro! Voy encantada. Y después de eso me faltó decirlo en el BOC, porque me pasé una semana dando la lata a todo con el que me cruzaba.

El viernes por la tarde me llevé hasta la 31 feria del libro de mi pueblo. En la que de otra forma, llevaba participando un año. Es muy curioso atender a esto. Hace un año me contactaron para asesorar en la organización de la contratación para la producción y ejecución de la feria. Un año después estaba en la feria firmando. Me pareció que se cerraba el círculo, en esa ansia constante que llevo de encontrar señales y magia por todos lados.

Una vez allí, me abrumé viendo la gran mesa, mi nombre, y mis manuales.. todo bien dispuesto y colocado. Fue muy emocionante vivirlo.

Llegaron las chicas, llegaron amigas, llegó gente que no conocía.. Y firmé libros. Y gente que me contó que era la segunda vez que lo compraba. Y otras que me dijeron que lo habían regalado varias veces. Otras están tachando los días ya para empezar.

Yo debajo de la mascarilla, tenía mi labio rojo y una sonrisa que me llegaba de oreja a oreja. De vez en cuando miraba el cartelito y veía los manuales, y entonces me convencía de que todo aquello era real. Las fotos que saqué y me mandaron luego, me ayudan a recordar que sí, que todo pasó.

Tres horas mas tarde, recogí mi bolso y me llevé a MiMariposita a cenar. Hicimos recuento de vivencias, nos reimos recreando momentos, y celebramos la primera firma en una feria del libro.

Y así llevo una semana.

Me viene a la mente Ana Albiol.. y me voy a decir lo que le he escuchado a ella. ¿Suerte?.. maybe.. no lo sé de cierto. Lo que sí sé, es el track del toggl que me dice que durante abril a agosto de 2020 escribí unas tres horas diarias. Las facturas de las mentoras, las diez libretas con pruebas y mas textos, los planes de acción en otras dos libretas. Los 240 minicalcetines que tejí el año pasado, y los 180 que llevo este año. De las horas de trabajo de madrugada en expedientes como el de la feria para poder pagar todas esas facturas, también podría contarte. Pero ahora, con lo que me quedo es con la tremenda emoción de haber estado en la feria, de ver todas esas horas materializadas en un libro rojo precioso, y con todo lo que me cuentan las que lo han leído.

Dice Ana también que los sueños no se persiguen, los sueños se deciden y se cumplen. Y sí. Ana tiene razón.

 

 

Ahora

 

Ya han pasado tres meses desde que estamos en la nueva casa, que es vieja.

Esta casa es la casa familiar. Viví aquí poco tiempo continuado. La estrenamos en el 1988, pero yo en el 1993 me fui. Luego solo venía a pasar las vacaciones, es decir: Navidad, Semana Santa y parte del verano, porque la mayoría lo pasábamos en el Norte. En 2005 me fui a mi piso, y ya esta no fue más mi casa.

Así que yo, en esta casa, vivir he vivido poco. La he sentido muy poco mía. Era la casa de la familia, casapadres, pero mía no.

Es curioso como para Emma, esta era LaCasa. Siempre quería venir aquí, siempre quería estar aquí. Tanto es así, que en estos tres meses no ha vuelto al piso donde se crió y que se supone que era el único hogar que ella conocía.

Pues aquí estamos. Después de una reforma, de montar unos cuantos muebles de ikea y de dar muchos muchos (demasiados) viajes de cajas y bolsas. Yo andaba ufana y chulita sobre lo bien que hice el MariKondo hace un par de años. Me ha quedado clarito en estos tres meses que soy una minimalista de pacotilla.

Además, tuve que hacer todos estos viajes con obras municipales. El coche cargado hasta la baca, y la calle de acceso a la casa nueva vieja cortada. Tenía que dejar el coche a tres calles de la casa y venga a cargar. Cuando empezó el año me plantee apuntarme a hacer ejercicio de fuerza, porque la edad y esas cosas. Me di cuenta de que los señores gestores municipales, me dieron el gusto y gratis.

Bueno, no me voy a quejar mucho más, porque fuckin mudanza, ya está acabada. Me quedan algunas cajas por desempaquetar pero no es nada que vaya a necesitar en breve, así que a esperar.

De lo mejor de una mudanza, es tener que poner en orden todo lo que tienes. Es un inventario vital muy bestia. Entre las miles de cosas que he transportado de un sitio a otro, me he dado cuenta de varias cosas.

Lo primero, es que por la cantidad de posesiones, lo primordial en mi vida son las cosas que hago con las manos. La ropa, las cosas más personales, los enseres de cocina, casa, baño.. todo eso lo mudé en apenas dos viajes. Cuando tocó el turno al estudio fue cuando se mascó la tragedia. Parecía que aquel cuartito, de poco más de 5m2 tuviera doble pared, techo y suelo. Cuanto más sacaba, más quedaba por sacar. Telas, hilos, más telas, papeles de scrapbooking, lanas, lanas, otra bolsa de lanas.. y muchas libretas y bolígrafos. ¿Me he desecho de algo?. De nada en absoluto.

En medio de todo esto, encontré un vinilo que compré en LucíaBe y unas láminas que le compré a Nuria Díaz. Las compré porque me enamoré de ambas cosas en cuanto salieron y pensaba en lo bonita que quedaría la casa de mi sueños (esa de la que tengo hasta los planos, pero que no sé cuándo se materializará) con ellas. Hoy pandemia mediante, están ya colocadas. Creo que esto es lo que he aprendido de este año: mejor ahora que después. En todo. No hay paraluegos. No hay que dejar de disfrutar algo ahora, por hacerlo más tarde.

Se me ha instalado en el cuerpo la urgencia. Urgencia por estrenar la ropa, por maquillarme con el maquillaje nuevo, por usar las telas, la lana, los hilos, para lo que tenga en mente en este momento. Se acabó el reservar para después. He fulminado el mañana y el reservar las ganas.

Me he dado cuenta de que la vida es ahora. Que ahora estoy viva, y que es ahora cuando tengo que disfrutar. Así que como es viernes, ya tengo preparada mi lista de reproducción, le voy a dar a la mesa del salón para atrás, y esta tarde en cuanto Emma vuelva del cole, vamos a romper los zapatos bailando, al ritmo de Edwin Rivera y sus quemaquemaquema.

 

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

Mishima y el girasol

El domingo estuve un buen rato hablando con MiGurú, ahora hablamos por facetime, y nos parece lo más natural del mundo, algo que no se nos había ocurrido hacer hasta que llegó la pandemia. No hay nada como que nos prohíban una cosa, como que queramos hacerla.

Yo a MiGurú lo veo con frecuencia, pero también es cierto que mas que vernos, hablamos. Hablamos mucho, varias veces al día. Hablamos de todo, trabajo, noticias, hijas, pan, pelis, series no, que él no ve… libros.

Este domingo después de hacer un repaso a la albañilería doméstica y a los estiramientos apropiados después de una buena caminata, hablamos de samuráis.

Empezó a hablarme de un samurái “loco” que se hizo un seppuku famosísimo y que terminó siendo una carnicería. En cuánto me contó esto, me vine arriba. “Espera espera.. ese es Mishima”.

“¿Tú conoces a Misima?”. “Pues claro, y lo he leído también”.

Aquí tengo que hacer un inciso, MiGurú no es MiGurú porque a mi me parezca que le va bien el nombre. No. Es que es un Gurú de verdad. Él siempre va por delante. Siempre. Y siempre de forma acertada. Así que esta vez, me vine un poco arriba. Por primera vez en los 42 años que él tiene, yo sabía algo que él no sabía. Este momento era para recordarlo forever.

La cosa es que después de hablar un rato de Mishima, me quedé pensando en lo mucho que me impactó su libro cuando lo leí. Claro que tampoco estaba yo en mi mejor momento, allá por el 2008. Sin pensarlo mucho, busqué el libro, y me dispuse a leerlo nuevamente.

Leo con otros ojos, pero hay partes que siguen siendo para subrayar:

“Entre las condiciones de los samuráis, menciona Yamamoto (en el libro Hagakure), en primer lugar la devoción y después la necesidad de cultivar la inteligencia, la compasión y la valentía. La inteligencia no es más que saber conversar con los demás. La compasión consiste en actuar bien con los demás comparándose con ellos y dándoles la preferencia (maltratar a alguien es una conducta diga de un lacayo), y la valentía es saber apretar los dientes”.

Al leer este párrafo lo recordé. Lo escribí un montón de veces en aquella época, y tengo unas cuantas libretas con este texto. Me parece tan perfecto que me lo he llegado a aprender de memoria. Ahora la nueva tarea que me autoencomiendo, es leerme el Hagakure, como habrás intuído.

Apretar los dientes. ¿Cuántas veces me lo habré repetido?

Es uno de mis mantras. «Aprieta los dientes y tira”, porque uno de mis principales valores es la valentía, junto con la libertad. Libertad para ser valiente. Otro de mis mantras.

Yo tiendo a considerarme poca cosa, mi altura y tamaño, siempre me han confinado a pasar desapercibida, haciendo poco ruido, siendo poca cosa. Tengo un montón de miedos, y un chorro de creencias limitantes. Cuando memoricé el texto de Yamamoto, me sentía mejor. Esos cuatro valores, que desarrollaba cada día, eran valores de samuráis… igual ya no era tan poca cosa.

A día de hoy, y pese a saberme samurái durante muchos días, la mayor parte del tiempo sigo luchando con mi impostora. En esto no hay descanso. Pero yo, tengo otra condición más: tenacidad o cabezonería, como prefieras.

Estos días, cuando dudo de mi valentía o de mi capacidad, miro el girasol que plantamos al principio de la pandemia, y en el que yo no tenía fé ninguna. Y él ahí, con su tallo infinito y desafiando todas las leyes de la física, no solo se mantiene erguido, sino que encima florece. Estos días, mi inspiración es el girasol de la pandemia.