Receta de aprovechamiento

Últimamente ando algo perdida, como cantaba Ismael, y me estoy sacando de mi orden rutinario, donde la vida doméstica es una máquina perfectamente engrasada que aprovecha hasta el último gramo de cada uno de sus recursos. Esto puesto así parece algo importantísimo y profundo, pero no es otra cosa que no tirar nada, sobre todo de materia prima.

Como cuando haces el puchero el domingo, y te comes los restos el martes haciendo una ropa vieja. A ese tipo orden es al que me refiero. Cuando estoy en mi centro, sin ser yo una maestra de meditación ni nada por el estilo, desde los menús semanales, hasta los viajes en coche, se aprovechan. En mi cabeza, hay un sistema perfectamente desarrollado que es capaz de establecer una unión de tareas, ingredientes, o recados, de la forma más óptima. Pero cuando tengo a todas mis neuronas ocupadas en resolver cuestiones de importancia como cálculos laborales, o llamadas de teléfono de personas que al parecer no hablan mi idioma, mis pobres neuronas ya no tienen la misma capacidad de seguir trazando esos sistemas tan efectivos para mi día a día.

Esto no es nuevo, quiero decir, cada tanto me pasa. Viene un pico de estrés laboral, o doméstico, pero siempre es estrés, y me saca de mi rutina y de mi calma. Y entonces, esa capacidad de optimizar todo, parece que la pierdo.

Como ya me conozco, ¡ay amigas! No hay nada como conocerse, sé que estos picos estresantes se repiten a lo largo del año, y además tienen duración variable. Mi antídoto para esto, es adelantarme, ¿Cómo no? Y tener varias recetas de aprovechamiento. Como el menú mensual listo; la agenda adelantada; e incluso tengo patrones de aprovechamiento. Porque si en medio de todo este estrés, no cojo las agujas, ya no es que me saque del centro, es que literalmente puedo volverme majareta.

Tener una receta de aprovechamiento es la manera que he encontrado de seguir transitando por los baches que me pone la vida y sentir que aún sigo estando al mando.

Cuando atravieso una etapa de estas, lo que primero se vuelve un caos es la despensa y la cuestión de comer; y lo segundo es que entro en una especie de “estartitis crónica” y solo quiero empezar proyectos nuevos. Supongo que por la sensación de todas las -inas que dan los principios. ¿Cuál es el resultado de ambas cosas? Pues que la nevera se llena de tuppers de restos, y la bolsa de las labores de mini ovillos de sobras de otros proyectos.

Para resolver la primera cuestión, implanto un día en el menú de comer sobras, y hacemos una especie de self service de restos de la semana, acompañándolos con un poco de ensalada o arroz blanco. En función de lo que sean los restos. Y para lo segundo, tengo una carpeta en mi ordenador, de patrones que aunque originalmente sean de un solo material, yo he pensado que pueden quedar estupendo alternando ovillos diversos. O también de patrones que ya incluyan variedad de materiales u ovillos.

A lo que voy, es que así como tengo un manual de super vivir, tengo también varias recetas de aprovechamiento, porque me he propuesto en esta vida aprovecharlo todo, hasta los ratos en los que parece que de inicio, las cosas no vienen bien dadas.

Lo del ritmo

Esta mañana, bien temprano, sonó el despertador. A las 5:00 am, exactamente. A la misma hora que en los últimos 5 años. Y no salí de la cama. Lo mismo que toda la semana pasada.

Dentro de mi cabeza hay una bronca monumental, porque esta no para de mandar señales, órdenes y dictámenes, pero mi cuerpo no obedece. No se activa. Sigue remoloneando en la cama un rato más, como si todo ese conjunto de señales que le manda el cerebro llegaran sin ninguna autoridad.

Y no me levanto. Y me rindo. Mi cerebro se rinde.

No quiere asumir el cambio, no quiere entender el ciclo, y no termina de encontrar la forma de recalcular.

Y yo, que soy la dueña del cuerpo y el cerebro, estoy como un tercer espectador. Sin saber bien qué está pasando, y por qué lo que hasta hace una semana funcionaba, ha dejado de hacerlo.

Cuando mi cuerpo ha creído conveniente, se ha activado, y ahora que estamos aquí: cuerpo, cerebro y espíritu, me he puesto al mando para intentar dilucidar qué está pasando y qué vamos a hacer.

La cuestión es clara, el cerebro quiere seguir con unas directrices que sabe que funcionan, y el cuerpo se pone en huelga porque ese ya no es su ritmo.

Entonces viene a mi mente, la primera sesión del ritmico de primavera donde el cuerpo me habló claramente. Quiere florecer, va a hacerlo, siempre y cuando respete su ritmo. Que es justamente lo que ahora nos estamos saltando mente y espíritu.

Mi cuerpo es otro. Uno muy distinto al de hace apenas cinco años, y lo que antes me funcionaba, pues ya no lo hace. Y he de explicarle al cerebro, ese que le encanta trazar un protocolo y seguirlo hasta la muerte, porque así se salva de tener que estar decidiendo todo el rato, que hay que evolucionar. El cuerpo nos pide evolucionar. Y aquí entra mi espíritu, o yo, whatever, que sigue teniendo objetivos y metas, y que quiere cumplir; y por ello no queda otra que intermediar entre cuerpo y cerebro. Al primero bajarle el ritmo y al segundo mimarlo sobremanera.

Y ahora que lo veo, no es difícil de entender. No estoy poniendo la energía donde debo, que es en cuidar y respetar el cuerpo. A veces me pienso que soy incombustible, y que puedo seguir consumiendo madera, que yo voy a seguir quemándola. Y no, ahora entiendo que no.

De la misma forma que el patrón del permafrost, lleva igual seis meses, porque no he sacado las agujas de la bolsa y no le he puesto atención ninguna, mi cuerpo no está descansado y enérgico porque tampoco le he puesto atención. Lo que dice Tony Robbins, where focus goes, energy flows… si no saco las agujas, el tejido no aumenta (no soy la señora Weasly) y si impongo un ritmo al cuerpo que no es el suyo, no se va a mover, o lo que es peor, se va a quemar.

Así las cosas, he quitado la alarma del despertador. Y me rindo a una nueva etapa.

 

Tener un hobby

Hace ya rato que le vengo dando vueltas a lo que significa tener un hobby. Y voy a hablar aquí de mis propias conclusiones, como personas que desde que tiene dos dedos de frente, tiene hobbies. No uno, ni dos,… muchos hobbies.

Soy alguien a quien la vida, por momentos le parece una montaña muy cuesta arriba que subir. Recuerdo una época, un poco después de la adolescencia y también después de la juventud… vamos, cuando cumplí los veintitantos. Esa época en concreto, la vida me parecía dificilísima y aterradora. Tenía que poner en práctica lo que decían que me habían enseñado en la Escuela de Ingeniería, y al mismo tiempo tenía que administrar el sueldo que me pagaban por ello; sin descuidar las relaciones sociales y familiares, y a ser posible procurarme un sitio adecuado para vivir. Mira, me canso con solo pensarlo. De esa época con tantos platos en el aire, salí medio airosa porque tenía varios hobbies.

Cualquier cosa que me interesaba un poquito, y que llamaba mi atención, yo lo convertía en un hobby, que para mí no es otra cosa que dedicarle una cantidad importante de horas, y dosis extraordinarias de ilusión y entusiasmo para cada minuto que componían esas horas.

Encontrar algo que te reúna estas dos cuestiones: tiempo y ganas, es un tesoro, a mi modo de ver.

Como te digo, en esos años, casi todo lo convertí en hobby: escribir, pintar, cocinar, coser, hacer patchwork, tejer, bordar, tener un huerto, y más tarde el scrapbooking, y el cartonaje. Seguro que algo más probé por ahí, pero no me generó lo que le pido a un hobby para que se quede en mi vida. Yo a un hobby le doy tiempo y ganas, a cambio le pido satisfacción, entretenimiento y mucho disfrute.

Hoy en día no concibo la vida sin mis hobbies, y hago malabares para hacer un reparto equitativo de mi tiempo entre ellos. Mi vida es más rica y plena teniendo hobbies y estoy convencida de que yo soy mejor persona teniendo al menos uno. Seguro que si no tejiera estaría de muchísimo peor humor cada día, por poner un ejemplo. Cualquiera sabe qué clase de persona intratable sería si en aquellos momentos tan complejos de existencia, no hubiera encontrado esta vía de escape.

El sueño de Carlos Rivera

No he sido yo muy fan de Carlos Rivera. A ver, que tampoco es que lo haya escuchado demasiado. Le conocí por el Recuérdame de la peli Coco, y mas allá de eso, pues poco. Hasta esta semana, en que Oso Trava, lo trajo a su podcast.

Ya lo he nombrado varias veces, Cracks podcast es uno de los programas que no me pierdo semanalmente. Admiro profundamente a Oso y a su forma de entrevistar. Es fantástico, y trae gente bastante interesante también. Y no me paga… tampoco me cobra, que de momento el podcast sigue siendo gratis.

Bueno, pues la semana pasada trajo a Carlos Rivera. Casi dos horas de charla de la que me faltó tomar notas. El cantante cuenta cómo fue seleccionado para La Academia de México, que es el equivalente a nuestra Operación Triunfo, y todo su periplo para conseguir entrar en el musical del Rey León, y tal.

A mí lo que me llamó la atención fue la claridad que él tenía de que iba a estar dentro de la Academia, tanta claridad que se presentó al casting, lo pasó y lo rechazaron en la última fase porque no tenía los 18 años cumplidos. Primera desilusión, que no frustración.

Hubo repesca, y allá que se fue, y ¿sabes qué? Pues que aquí no superó ni la primera fase… rechazado de nuevo. Y aquí viene lo que me dejó parada escuchando. Salió con su “ok gracias” y al salir y ver la fila de nuevo, se volvió a colocar en ella.

Volvió a formar la cola, y a pasar otra vez por otro jurado, uno que le dijo sí, y que no sé cuantos meses después le dio la victoria de la edición.

En la charla cuenta que siempre supo que él iba a formar parte de aquello, y de que dentro de sí mismo, sabía que iba a ganar. Se había visualizado muchísimas veces haciéndose con el triunfo.

De todo el programa, me dejó noqueada la claridad y certeza. ¿Se puede vivir con tal certeza? Parece que sí, porque Carlos lo vivió, y también escuché a MiJohn decir algo similar como respuesta a la pregunta de qué le parecería vivir lo que ha vivido al John de 18 años, y la respuesta fue que: no estaría sorprendido, porque desde los 18 sabía que iba a vivir como estaba viviendo.

Yo no sé si esto solo le pasa a los cantantes/compositores.

Yo me he visto en una alfombra roja de Netflix, pero no tengo la certeza de que esto no lo haya inventado mi cerebro. De momento, cierro los ojos e imagino, y mi sueño no me parece ni tan irreal ni tan lejano.

La burbuja de escribir

Hace unos días alguien me preguntó que por qué escribía tanto, si no todo era publicable. Recibí la pregunta con el mismo asombro de si me hubiera preguntado por qué hago la cama cada día si por la noche vuelvo a deshacerla.

Lo primero que se me vino a la mente fue: por placer.

Escribir para mí es un placer. Igual que lo es leer, tejer, o bordar.

Lo segundo que se me viene a la mente es que no sé no hacerlo. Quiero decir, ahora que he probado lo bien que me hace cuando escribo, no quiero prescindir de este gustazo.

Aun así, después de haber dado estas dos respuestas, y parecer de entrada que la curiosidad estaba resuelta, en mi cabeza siguió resonando aquella pregunta. Tanto es así que todavía le estoy dando vueltas.

Y según la voy centrifugando, voy hallando nuevas razones.

Puede parecer de entrada que cuando digo que me pongo a escribir, lo que hago es abrir la libreta y darle al bolígrafo, y sí, pero hay mucho más. Antes de empezar respiro y me centro. Y luego enciendo una vela, y me pongo crema de manos. Le doy play a mi lista de música, la que sea que haya decidido esa mañana, y entonces sí, abro la libreta. Y da igual si ya desayuné o si lo haré mientras escribo. Las tostadas y el café pueden formar parte del ritual también.

Escribir a mano me induce a una especie de trance donde solo estoy yo, conmigo. Y desde hace mucho soy consciente de que yo soy mi mejor compañía, he ido aprendiendo a tratarme y a acompañarme. Ya no me juzgo ni tampoco me fustigo. Me trato bien y me doy consejos. Me ayudo a decidir y me animo a seguir bregando cuando las decisiones parece que no fueron las mejores. Y todo esto, lo consigo juntando letras y dejándolas fijas en mis libretas.

Hoy he llegado a la conclusión de que escribo porque en cuanto comienzo a hacer mi ritual de escritura me adentro en una burbuja particular. Una mía. Una propia. Supongo que como la de Virginia.

 

El tesoro

Unos cuantos posts atrás, te conté que muchas veces viajo con una excusa: la de dar gusto a mis hobbies. Visitar tiendas, ferias, o compartir espacios con otras señoras que tengan la misma pasión que yo, por mover las manos.

Mis hobbies no solo influyen en los destinos a los que viajo, también influyen en los souvenirs que me traigo de los sitios.

Antes siempre venía con un imán para la nevera y una taza. Hace algunos años que esos dos souvenirs se han visto desplazados por: materiales para mis hobbies, y productos típicos de la zona.

Por si no lo sabes, pertenezco a dos clubs: el de las Señoras que mueven las manos, y el club de los Gordapapas.

El primero lo he fundado yo, el segundo es obra de @aroa_aleman. Tenemos las inscripciones abiertas, por si te estabas preguntando. Y te advierto que ambas somos unas intensas que se toman todo muy en serio.

A lo que iba, que de mi última salida de la isla, me traje un tesoro. Creo que es el material con más valor que tengo ahora mismo en mi stash, y no solo porque son las madejas más caras que he comprado, sino porque las he anhelado mucho tiempo. Desde hace años que miraba con mucho deseo estas madejas en la red. No había llegado el momento en el que yo sintiera que podía traérmelas a casa. He tenido oportunidad de pedirlas on line, pero una lana como esta tenía que comprarla en directo, tocándolas y tomándome mi tiempo para elegir cuáles serían las agraciadas.

Al terminar el invierno y volver a la vida después de mi hibernación he decidido premiarme con un par de estas madejas.

Es curioso como deseo ciertas cosas, no sé si a ti te pasa igual. Hay cosas que siento que me encantan, pero casi siempre su precio hace que me lo piense mucho. No me había percatado de esto hasta hace bien poco, yo que he estudiado tanto y he trabajado tantísimo mis creencias, pues mira tu por donde, todavía me queda trabajo que hacer. El melón del merecimiento y el sustito de la escasez todavía tienen raíz por aquí. Cuando me di cuenta, me puse manos a la obra. Tengo un Excel con mis finanzas, y me da información certera y real. Llevo buena gestión de mi economía, y sin embargo, por ahí dentro de mi cerebro sigue habiendo una voz (que puedo identificar de quién es) repitiéndome que tengo un agujero en la mano, y que compro de manera caprichosa. Increíble que algo que alguien me dijo una vez siga teniendo tanto peso en las decisiones que tomo.

Obviamente, esta voz está silenciada a base de sacar la tarjeta. La compra de estas dos madejas de lana han supuesto activar el mute, al menos para esta creencia.

El tulipán del Retiro

Hace unas semanas estuve de paseo por Madrid. Este viaje tenía dos propósitos, uno elaborado y el otro mucho más simple. El elaborado consistía en pasar por el Teatro y ver el musical de Aladdin. Ser madrepantoja también es esto. Y la heredera y gen artístico requieren de estas visitas. Y yo le hago el gusto, porque también disfruto del espectáculo, la verdad, aunque para mí el mayor espectáculo es mirarla a ella de reojillo y ver cómo se emociona y cómo vive la obra.

La llevé siendo plenamente consciente de lo que me esperaba a la vuelta, porque ya lo viví con el Rey León. Poner en bucle la película, la de dibujos y la real, y escuchar la banda sonora a todas horas. No me importa, como digo, verla apasionada por algo, me lo compensa.

Me he dado cuenta según han ido pasando los años, que tenía un terror bien interno en cuanto a esto de las pasiones. Cuando fue creciendo y fue demostrando sus gustos, empecé a descubrir este terror. Me aterraba pensar en un futuro en el que ella no se apasionara por nada. Ese futuro en el que todo le diera igual, y que nada le entusiasmara lo suficiente como para hacerla mover del sitio, le brillaran los ojos pensándolo o viviéndolo. Me da infinita lástima que pase la vida y no te apasione algo. Lo que sea.

Afortunadamente, y corriendo el riesgo de que la revolución hormonal cambie algunas de estas pasiones, puedo respirar medio tranquila. La Mariposita ha demostrado unos índices de pasión bien elevados. Antes estas pasiones eran diversas, ahora quiero pensar que se van conectando, o por lo menos afinando. Le apasionan los espectáculos, los libros y todo lo que tenga que ver con Japón, desde la comida hasta los mangas, y todo lo que pase por el medio.

El propósito simple de ir a Madrid era ver el Retiro y la explosión de la primavera. Aquí ni otoño ni primavera, para eso hay que salir fuera, así que para allá que fuimos.

El Retiro estaba florecido, y me hizo el gusto. Y yo fui dejando salir una de mis pasiones: las flores. Verlas, acercarme, reconocerlas, apreciarlas… Encontrar tulipanes que eran la primera vez que veía en directo, porque ya te imaginas que por aquí, pues de forma natural muchos no hay. Cada año planto bulbos de tulipanes, con la ilusión de verlos florecer, pero nada, aquí aunque hay frío, no es el suficiente. Me pregunto si la epigenética también afecta a los bulbos. Las flores me despiertan tantas cosas que terminaré aprendiendo a trabajar con ellas, a entenderlas y a conocerlas. Seguro.

Mientras paseábamos, le hice esta reflexión a LaMariposita, cómo se apasionaba ella con el musical, y como me apasionaba yo con las flores. Y le eché la filípica de la gran importancia que sentía yo que era tener una pasión, aunque fueran cosas que solo le interesan a una. Ella muy juiciosa me dijo que al final nuestras dos pasiones eran la misma, las dos disfrutábamos de un espectáculo. Me tuve que quedar callada y darle la razón, claramente.

Viajar por un hobby

La primera vez que crucé el charco, fue por un hobby.

Hace casi 20 años de ese primer viaje, y todavía lo recuerdo como uno de los mejores de mi vida. Luego está Dubai, pero eso es otra historia.

Toda la vida crecí con el sueño de ir a EEUU, ya sabes de qué generación soy, y Hollywood hizo muy bien su trabajo conmigo. Crecí fascinada por los rascacielos, los taxis amarillos, y el glamour de ir con un vaso bebiendo por la calle. No me juzgues.

La vida pasó y yo tenía ya un cuarto de siglo y no encontraba ni la excusa ni la compañía adecuada para montarme en un avión enorme y cruzar el Atlántico, pero, la cosa cambió con una película, ¿cómo no?

A finales de los 90 se estrenó en España la película de Winona Ryder: Donde reside el amor, y la película bien y bla bla bla… pero lo importante de esa película era aquella tremenda colcha hecha de un montón de trocitos  por un grupo de mujeres. Si hace tiempo que me lees, sabes que muevo las manos cada día, y que me flipan casi todas las manualidades, pero en mi corazón, mi amor eterno es el patchwork. Desde ese primer momento que lo ví en aquella película. Afortunadamente, internet estaba ya empezando a formar parte de nuestras vidas, y la información llegaba con cierta facilidad.

Mi amiga MaryCarmen me acompañó en este delirio que me dio por los retales y el acolchado. Nos pusimos como locas a buscar materiales, técnicas, incluso clases. Y las encontramos. De esos meses hicimos la rutina de juntarnos los viernes por la tarde con nuestros cachitos de telas. Y con esto como excusa nos fuimos a Chicago, unos cuantos años más tarde.

Ese fue el primer viaje de patchwork que hicimos. ¡Cómo lo disfrutamos! Llegar a aquella feria enorme llena de telas, técnicas, muestras… era el paraíso. Cuatro años seguidos nos subimos al avión para irnos a nuestra Disneylandia particular.

Desde esos años, cada vez que viajo, procuro visitar una tienda de patchwork o de lanas. Algo que no es fácil, porque nada tiene que ver viajar con personas que tienen los mismos intereses que tu, a hacerlo con gente que todo lo que a ti te emociona le suena a chino.

Mi técnica estos meses está siendo la del 50/50. A mi compañera de viaje, a.k.a. mi heredera, le interesa el manga y todo lo que lleva aparejado, así que el trato es: una tienda manga, una tienda de lanas. Por el momento bien. Veremos si pongo en práctica la segunda fase de mi misión, que es engancharla a mover las manos, para poder ir juntas a las ferias, que es lo que mola de verdad. Ahora me aguanta una tienda, para soportar una feria de varios días, necesita de más pasión.

De momento, le enseño patrones que sé que le van a gustar, y que me pide que le teja, o le cosa… en un par de meses le propondré que lo haga ella misma. A ver cómo me va. Me voy a emplear a fondo con ello, porque las ganas que tengo yo de ir a una feria de mis pasiones, se me están acumulando.

La página en blanco

Uno de los momentos más estresantes para mí a la hora de escribir es enfrentarme a la hoja en blanco. Me pasa desde que era chica.

Me encantaba comprar libretas, me sigue encantando, de hecho creo que tengo un ligero problemita con esto, porque ahora mismo tengo libretas para escribir dos o tres años seguidos. Charuca puede dar buena cuenta de ello, que llevo un par de años pagándole las vacaciones en Bali. Todo bien con eso. Sus libretas bien lo valen.

Pues a lo que iba, libreta nueva, hoja en blanco. Y terror.

Siento una parálisis importante en el momento de empezar a escribir. Porque temo estropear ese folio en blanco tan perfecto con alguna de mis letras. Sobre todo a estas alturas en las que me caligrafía se ha visto tan perjudicada. Yo escribía bonito, lo juro. Pero no sé que ha pasado. Bueno sí, lo mismo que con mis músculos o mis pieles… Yo estaba firme y prieta, y llenita de colágeno, y ahora pues mira. Estoy sudando la gota gorda todos los días, haciendo ejercicio de fuerza y toda la pesca para seguir estando prieta y firme… la gravedad no me lo está poniendo fácil, los años, tampoco. Por yo ahí sigo.

Con la caligrafía me ha pasado lo mismo, en algún momento entre los veinte y los treinta, entre los apuntes de mecánica de fluidos, y los de cinemática de máquinas… la perdí. Ahora escribo, sigo escribiendo, pero mi letra ha perdido toda o la mayoría de su belleza. Ha perdido incluso su claridad, y ahora hay que hacer cierto esfuerzo para seguir entendiéndome. Fíjate, esto es extensible a mi personalidad. Así de entrada, pues igual no me entiendes, ni a mí ni a mi letra.

Y con estos ingredientes, pues claro, la página en blanco me intimida.

Quise cortar por lo sano, y eliminé mi caligrafía. De la libreta al archivo de Word. Y yo que me creía que esto iba a ser más fácil. Nada, que es lo mismo. Me impone igual la página en blanco. Esas primeras frases que escribo en una página nueva, van y vienen varias veces.

Es oficial, la página en blanco me aterra. No lograba amigarme con ella. Hasta hace unos meses.

Durante la Semana Literaria de Puerto del Rosario, el pasado diciembre, se dio la representación teatral de la Biblioteca de Noche. Una obra de teatro entretenida y emocionante. Uno de los personajes, vestida de blanco al completo, era mi página temida. Y a partir de ese momento todo cambió.

Le saqué una foto, y ahora mi página en blanco no es algo abstracto que me despierta a la impostora que tengo por aquí adentro y que cada vez hace más ruido. Ahora cuando me pongo a escribir, miro la foto de mi página en blanco, que es guapa y lista, y que me mira con cara amigable. Me invita a relajarme y a que le esparza por encima todas mis letras, sin miedo, sin terror, sin pánico.

Esta obra de teatro ha cambiado mi relación con la página en blanco, tan solo poniéndole cara y nombre. Ahora somos amigas, y me da la mano cada vez que empiezo a escribir.

Los bollos de Cuaresma

No sé a tu pero yo he llegado aquí derrapando. Mira que me lo curro, y me mentalizo y me organizo, y al final siempre me queda un poso de sensación de estrés y agobio. Siento que la vida empieza a pasar muy deprisa y aunque hago lo que quiero, me voy a la cama con cierta sensación de no haber aprovechado estas 24 horas que me regalan cada día de la mejor manera.

Es una sensación agridulce porque de verdad que durante el día estoy a tope, con lo que tengo y quiero hacer. ¿Por qué esta sensación cuando llega la noche, de vaso medio vacío?

Probablemente tenga que ver con lo que venía contando a primeros de mes, ¿ya ha pasado el mes? ¿ves lo que te digo? ¿Va todo tan deprisa o es solo una sensación mía?

No puedo olvidarme del hecho de que probablemente ya voy a la mitad de las 4.000 semanas que me tocan. No sé si ya leíste o has oído hablar de este libro. Una persona normal que viva 80 años tiene una media de 4.000 semanas de vida. Yo ya voy acercándome a los 50, eso quiere decir que la mitad de mis semanas, ya me las comí.  Y no es que hayan pasado sin pena ni gloria, tengo la sensación de haberlas vivido, pero en el momento en que están pasando, quiero que vayan más despacio. Ojalá existiera la posibilidad de bajarle la velocidad al asunto, como a un video de youtube.

Ahora que ya estamos a final de mes, me es muy útil irme a la fototeca y ver. Porque la cabeza ya no me da tampoco para almacenar tanto. Pero las fotos me refrescan el recuerdo rápido.

Lo mismo me pasa con los platos. Miro atrás y veo el roscón, y las tortitas de Carnaval, y ahora los bollos de Cuaresma. Sé que cuando llegue diciembre y haga mi auditoria anual, me va a gustar ver esas fotos, y recordar qué pasaba en el momento en que degustaba todos estos platos que salieron de mis manos y mi cocina.

Por eso sigo preprando los bollos de Cuaresma. No hay pereza. La recompensa es inmediata, porque quien el dice que no a un bollo atorrijado; pero también hay gratificación a largo plazo, porque cuando vuelva aquí, y vea las fotos voy a recordar esta Semana Santa. Que va a ser un poco diferente a la última, porque nunca es lo mismo, aunque lo que hagas se le parezca bastante. Yo no soy la misma que la del año pasado, y eso, aunque de entrada me cause cierta confrontación, también está bien.

Estoy muy pesada con esto del paso del tiempo, y qué quieres que te diga, creo que la mejor manera que tengo hoy de sobrellevarlo va a ser deshacer las maletas y mezclar harinas y cosas, y pasar la tarde metiendo la cuchara en un semlor atorrijado.