Mi estación favorita

Ha llegado el tiempo por el que más he suspirado en todo lo que va de año. Ha habido momentos durante este primer semestre en los que se me encogía el corazón pensando que este verano sería distinto. Y probablemente lo será, pero de momento vamos a poder disfrutar de nuestros placeres veraniegos cotidianos. Yo no quiero un verano de vacaciones de todo incluido, que por cierto, no hay vacaciones que me horroricen más que esas. No entiendo cómo alguien puede venir aquí, siendo foráneo, y encerrarse en un complejo con pulsera y no mover el culo del bar de la piscina. No voy a convertirme en muy popular diciendo esto, pero ojalá alguna cabeza pensante que cambie el modelo turístico de la isla. Mejor me callo y me salgo del bosque, que me pierdo muy fácilmente y luego no sé salir.

A mí, me gusta el calor, me gusta el verano, me gustan las tardes largas, y esa sensación de que todavía queda día, porque el cielo no esta negro aún siendo las nueve y pico de la noche. Encender una vela de jazmín mientras me leo con tranquilidad cualquier novela de las que voy acumulando durante el año, y que no las leo porque la atención no me da para mucho más en el trajín de los meses de rutina. Las siestas pegajosas que soy incapaz de echar el resto del año, y el viento fuerte que pega en MiNorte durante julio y agosto. Es una contradicción total, gustándome como me gusta tejer lana. Pero es así.

Durante el invierno sueño con meter la cabeza debajo de esa agua cristalina, y  hundir los pies en la arena blanca que se sacude tan fácilmente. Volar hacia la buganvilla y el hibisco y quitarle todas las hojas pochas que voy encontrando, mientras cuento las flores nuevas que hay de un día para otro. Admirar el aloe y contarle de dos en dos, los hijos que ha sacado durante el invierno. Preparar una plancha de lapas y ver relamerse a los jóvenes que las degustan. Ahí también te das cuenta de que el tiempo está haciendo mella en ti. Cuando eres joven puedes comerte una, dos, o hasta tres planchas de lapas, con su mojo verde y su quintillo. En cuanto pasas de los cuarenta sientes lo indigestas que son, y las evitas a toda costa. Pese a que su olorcillo se te cuele por la nariz, y tus papilas empiecen a salivar afanosas.

El verano es mi momento favorito del año, sin ninguna duda. Y por fin está aquí. Abrazo con fruición la lentitud, la tranquilidad y todos esos cafés con hielo que voy a tomarme en los dos meses (mínimo) que tengo por delante.

El autoempleo

Se acabó el primer semestre del año. Vaya gasto inútil en agendas, amigas.

Yo que este año me propuse ciento y la madre, me vine muy arriba en diciembre y me compré tres agendas, porque, por qué comprarme una, con todo lo que tengo que planificar.

A ver, que tiene explicación. Yo que me organizo muy bien, o al menos lo intento, tengo mi sistema, no te vayas a creer.

Utilizo la agenda de MrWonderful de día vista para apuntar a modo de lista lo que tengo que hacer durante el día. Ahí apunto desde poner una lavadora, hasta sacar un tupper del congelador. Luego tengo una agenda de Charuca, de semana vista, donde apunto las cosas con su horario. Ahí por ejemplo pongo: de 13:00, tareas domésticas, y me voy a la otra agenda y sé qué tengo que hacer. Y finalmente tengo la agenda de LucíaBe que uso cada noche para llevar un registro de lo que ha sido el día. Mira, yo qué sé, cada una con sus taras.

La cosa es que este año, pues ya me dirás. Se me están pasando las semanas con las hojas en blanco. Y eso a la jefa que llevo dentro, pues no le gusta, porque tiene una especial afición a sentir que se produce, y ver las las agendas vacías, pues la pone un poquitito ansiosa.

Ahora mismo que se habla tanto del teletrabajo, y de trabajar desde casa, me ha dado por hacer análisis de cómo soy como jefa, y mira, la verdad, soy un poco bastante coñazo. Estoy todo el día en el hacer, hacer, hacer. Llevo diez años autoempleada, y aunque cuando me pongo en plan jefa soy bastante insufrible, también es cierto que soy comprensible y me doy muchos días libres. El horario en mi oficina es estricto, y después de unos años trabajando a diestro y siniestro, sin horarios ni calendarios, ahora por fin he implantado el horario fijo de mañana y en jornada reducida. Me exijo, pero también me valoro. Tengo una libertad impensable en un trabajo por cuenta ajena. Libertad que no es gratis, porque la responsabilidad de absolutamente todo está en mi espalda, o en mi cabeza mejor dicho. Pero compensa.

Hoy por ejemplo me siento cansada, con la energía muy baja. ¿Será que ya presiento el eclipse del domingo o será Marte en Tauro?. La cosa es que la jefa que hay en mi dice: espabila coño que no llegamos a los objetivos que hemos puesto para la semana, mira, ni siquiera has rellenado la agenda de objetivos; y la empleada dice: ay que es que no puedo con la vida, la cabeza me da únicamente para ponerme a tejer. Y no hay aquí una tercera personalidad que imponga sentido común. Porque la explicación es fácil. Aquí jefa y empleada se pasaron el fin de semana entre agujas, cafés, charlas y muy buenas vistas. Y aunque no hubo alcohol, hay resaca. Y así, pues no se puede trabajar.

La empleada va pidiendo vacaciones, sobre todo mentales, pero la jefa dice: ahora no se puede que estamos a tope con los propósitos. (¿qué propósitos?. ¿no volaron todos con la pandemia?)

Menos mal que tengo a la tercera en discordia: la hija de la empleada/jefa, que dice que ya está bien. Que salgamos a la calle, que nos metamos en remojo, y que van a venir las vacaciones, sí o sí. Y ¿sabes qué? Esta niña, como jefa es imbatible.

Jefa y empleada asienten, se ponen la cremita solar y cogen los bolsos, calladitas la boca, y nos fuimos.

La psicosis de volver

Estamos en la primera semana de “aquí no ha pasado nada”. Al menos eso es lo que parece. Sales a la calle y todo es “normal”. Comercios abiertos, gente en la calle, playas con mucha gente. La única diferencia es que de vez en cuando, ves a una persona con mascarilla.

Bueno, igual hay muchas personas con mascarilla, aunque menos de las que deberían.

De resto, todo normal.

Pero yo no me siento normal para nada. No me he dado cuenta hasta ahora de la inseguridad que se ha ido instalando en mi durante estos casi 100 días que han pasado, hasta ahora que ya no hay restricciones de ningún tipo. Ya no hay estado de alarma, y entonces todo es como antes. Solo que no se le parece en nada.

Parece que todos estábamos deseando volar de casa, lanzarnos a la calle y hacer un “pelillos a la mar”, pero a la hora de la verdad, a mí por lo menos, me está costando mucho (mucho) hacerlo.

No me olvido de la mascarilla, ni del gel. Voy diciéndole a Emma todo el rato: no toques nada, como un mantra, y sigo mirando cada día la declaración de nuevos casos.

Cada vez que me han dicho esta semana eso tan común y tan ansiado de: vamos a quedar para vernos, en mi cabeza ha salido un NO, gigante y luminoso, y luego he dicho, bueno, vale… siempre con la boca pequeñita y con ganas locas de volverme a la seguridad de mi casita. He vivido el confinamiento demasiado tranquila, básicamente porque me he relajado. En mi vida normal, hago un esfuerzo importante por socializar. Mi tendencia natural es estar aislada, sola, en silencio. Que también sé que no siempre me viene bien. Y por eso, lucho contra ella, disimulando mi naturaleza para parecer normal. No tener que hacer esto durante todo este tiempo, me ha relajado mucho.

Y analizando esto, me he dado cuenta de lo fácil que es meterse en la caja nuevamente. De lo fácil que es ponerte unas cadenas, tu a ti misma, y quedarte estática mientras ves la vida pasar por la ventana. A veces, hasta saludándote, otras haciéndote una peineta.

Yo todavía no tengo claro cómo me ha afectado esta cuarentena, ni ese número que baila según quien lo de o dónde, pero que a mi me da vértigo nada más oírlo. No sé qué va a pasar, y no sé qué puedo esperar. Y siento miedo, y también angustia. ¿Y si volvemos atrás? ¿Y si se descontrola todo nuevamente?.. ¿Y si…? ¿Y si…?

Hoy me desperté de madrugada, soñando que nos íbamos de viaje. Con esos nervios previos y propios de hacer la maleta, de llegar al mostrador de embarque, de saludar a nuestro grupo.. y ese regocijo al poner tu culo en el asiento del avión. Cuando me he despertado y he vuelto a la realidad, a la de ahora, me ha dado tristeza. Quiero volver a viajar, tengo una lista enorme de sitios a los que volver y a los que conocer. Así que más me vale ir practicando en lo de salir aquí, en mis alrededores, porque no se puede ir de 0 a 100 en dos segundos, que (todavía) no soy un Maserati. Y también porque no quiero perderme más cielos, ni mas flores, ni más azules.

 

Solsticio, Litha, Eclipse y Cáncer Season

Estamos, bueno, estoy de resaca. Que resulta que este fin de semana fue el solsticio de verano, o Litha, según el calendario pagano; eclipse de Sol, venus que sale de su retrogradación, y venga va.. de paso entremos también en la temporada de cáncer.

Y esta noche San Juan. Que no, que no puedo con tanto.

Mira, ya, esto es too much.

Con lo que me gusta a mí un ritual y un aquelarre, pues no. Este fin de semana no me dio la energía para eso.

A cambio me refugié en casapadres, y en MiNorte, para dejar que me mimaran, y para disfrutar también de unos días de ser hija. Que también mola bastante. Y bueno, para dar la oportunidad de dejar que ellos ejerzan de padres conmigo. Que vengo yo ahí con mi esencia de Juan Palomo, y no les doy nunca el espacio para ello.

Y como si fuera una confabulación de los demás planetas, me ha llegado otro mimo. Esta vez en forma de paquetes, de aquellas que formarían perfectamente mi aquelarre particular. Y me mandan su cariño en forma de bolsos, lanas, bordados y buenos placeres para mis papilas gustativas. Me siento abrazada por ellas.

No me siento bien. Antes, durante un montón de años, llegaba final de curso y yo entraba en depre, en bajona, y en un estado de languidez que solo me dejaba hacer lo mínimo. Durante años me creí lo que me dijo un terapeuta. Según él mi vida de estudiante ha marcado totalmente mi vida, y mis tiempos. Lo normal en una estudiante es llegar a final de junio con un estrés tremendo por la época de exámenes. Así yo entraba en julio como con un parón mental en seco. Y después de ese trabajo desenfrenado de los meses previos a final de curso, hacía que mi cuerpo cayera en tristezas y bajas energías. Me lo creí, como te digo.

Pero desde hace unos años para acá, y Mia Astral ha tenido muchísimo que ver con este nuevo descubrimiento, me doy cuenta de que mi estado tiene otra explicación. Pues que resulta que me dio por hacerme la carta astral, y fíjate qué cosas, que mi ascendente es cáncer. Y justito ahora, pues estamos en la estación o temporada de cáncer: sentimientos y sensibilidades a flor de piel. Mira tu qué fácil. Y encima me pilla todo esto con los eclipses. Que no sé a ti, pero a mí me dejan hecha polvo. Que igual es otra cosa, pero oye qué casualidades.

Conociéndome como me conozco, este fin de semana, quité del medio los planes, y también las organizaciones, y ni rituales ni reuniones. Quietita.

Ayer, ya me di un poquito de tregua, y cogí mis libros nuevos. A los que les tengo muchas muchas ganas, pero que de momento, no puedo coger, porque sé que me voy a flipar, y ahora no tengo tiempo para darle rienda suelta a mis flipes.

A lo largo del tiempo he ido acumulando algunos decks, que me gusta barajar y sacar cartas al azar. Mi último  deck es absolutamente precioso y además muy útil, no paro de barajarlo. Es divertido imaginar, interpretar y dejarte llevar. Lo mire como lo mire, siento que debo seguir quietita y un poco en modo mejillón. Así que esta noche, San Juan tendrá que sorprenderme que ni peticiones ni hogueras. El cuerpo no me da para más. ¿Cómo de mal visto estará hibernar en junio?

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

Bueno, vale, pero solo un poco

Dice la RAE que escritor es el que escribe, y sin embargo cuánto me cuesta reconocerme en esta definición. Y es de lo más extraño porque yo escribir, escribo más que hablo.

Me paso la vida escribiéndola. Llevo así desde que tengo recuerdos. De hecho, tengo libretas desde que aprendí a escribir. ¿Pero era yo escritora? No, por supuesto que no.

En el 2004 abrí esta ventana, y en ella he escrito de manera más o menos constante desde entonces. Igual un poco escritora sí que soy, dudo a veces, para enseguida responderme: que no, que no te flipes, que ser escritora es otra cosa.

He ganado algún concurso de escritura, he escrito poesía, relatos, cuento extendido, diarios.. pero a ver, ¿eso es ser escritora?. Que no mujer, que no te lo digo más, que escritora es otra cosa.

Y vino mi año sabático, que el domingo se cumplió un año desde que abrazo fuertemente mi tiempo y mi libertad, y por el medio la maldita pandemia.

En este tiempo he estado obsesionada, con todo este melonazo de encontrar mi propósito, mi don, whatever.. Hice cuarenta cursos, igual fue alguno más, pero fueron dos los que me pusieron en órbita: el de Marca Personal de Sol Aguirre y Leire Larra, y el de ¿Qué harías si no tuvieras miedo? De Borja Vilaseca. Estos dos cursos, me pusieron las gafas de ver las cosas importantes.

Y ahí fue cuando caí en la cuenta de lo mucho que escribo. De la necesidad imperiosa de escribir. De que me levanto a las 5:30 cada mañana para tener silencio y dedicarme a escribir. De que necesito escribir para pensar con claridad. Todo esto lo sé hace tiempo, pero ¿era este mi propósito?. Seguramente que no, es como lo de ser escritora… que no, que eso es otra cosa.

Con la pandemia, descubro que escribir es casi tan necesario como comer, beber agua, o ver el cielo entero. Y se me empiezan a acabar las libretas, y me doy cuenta de que en mi cabeza, todo es susceptible de ponerse por escrito. Y me contacta la directora de un diario local, que es amiga, y me dice que por qué no escribo algo para el periódico. Y me entran los siete males. Que yo no soy escritora, que yo lo que hago es juntar letras. A lo que ella me responde, que si que vale, pero que junte letras para su periódico.

Me puse manos a la obra sobre la marcha. Y pese a que mi saboteadora personal viene cada dos renglones a decirme que me estoy flipando mucho, sigo tecleando palabras.

Y mando el artículo, y lo publican. Y ahora me veo en papel y en pdf, y empiezan a llegarme mensajes, y la familia se ríe y se emociona. Y yo, flipada total, me empiezo a gustar verme impresa en el papel de periódico.

A ver si voy estar algo equivocada con las creencias que tengo sobre este tema, y un poco escritora sí que soy.

Oficialmente desconfinada

Hoy estoy oficalmente desconfinada.

El 13 de marzo fue el día 1 de todo esto surrealista que nos ha pasado. Ese viernes yo estaba tranquila y con la mente enfocada en lo que estaba viviendo y en lo que tenía que hacer. Justamente el domingo anterior, 8 de marzo, me fui de picos pardos con mis chicas tejedoras. Y aquí que me vine a contarlo.

Y hoy, 13 viernes más tarde, ya en fase 3, vengo a contarte que anoche, volví a sentarme con mis chicas tejedoras en una terraza a tomarnos un algo.

Cuando se propuso la quedada, yo muy en mi línea mejillón me dije: uy no, yo no voy.

Motivos y razones tenía unas pocas: entre ellas mi heredera. Otro día vengo a contarte lo que es la conciliación y otras cuestiones logísticas de la monoparentalidad. La cosa es que los jueves, la abuela, o sea mi madre, suele tener mucha ocupación, y es complicado contar con ella para que se entretengan mutuamente. Así que mis pocas ganas estaban avaladas por mis excusas. Hasta ayer a medio día, que la abuela dice que no tiene ocupaciones y que le apetece infinito chismorrear con la nieta. Por el medio, se me cruza una sesión de coaching, que me puso en órbita y que me relajó con un par de frases, toda mi psicosis post-coronavirus.

Que tuve que tener una sesión de estas para darme cuenta lo muchísimo que me ha afectado el confinamiento, la incertidumbre, y el maldito bicho. Pero eso, también lo contaré otro día, porque lo tengo que seguir rumiando.

La cosa es que parece que se alinearon los astros para que yo fuera ayer con mis chicas tejedoras a tomarme un algo. Y oye, qué bien.

Se me ha llenado la boca esta semana criticando, así con dedo acusador y todo, lo rápido que aquí se olvidaron de los casi tres meses que hemos pasado encerrados. Que en cuanto entramos en fase no sé cuál, y se pudo, la gente se botó a las terrazas. Y yo ahí como la policía del coronavirus o la vieja del visillo, señalando a cada uno de los consumidores de cañas de todas las terrazas que estuvieron al alcance de mi vista.

Qué bocachancla soy, pero qué bocachancla. Mira que cada día me pongo en lucha con la jueza incansable esta que tengo por dentro. Me regaño, me reprendo, y me castigo. Pero siempre se me escapa por alguna rendija. Como decían aquellos de los que no me quiero acordar… estoy trabajando en ello.

Pues bueno, a lo que voy, que yo realmente la caña en la terraza no la echaba de menos. Lo que sí echaba mucho de menos era a mis chicas tejedoras. Y de eso me di cuenta ayer cuando las tuve alrededor y las pude ver en 3D y no a través de la pequeña pantalla del teléfono.

Qué necesario es tener una red que te acoja, y que te haga reír, y que te saque los pies de las chanclas y te haga poner el culo en una silla de una terraza.

La foto es de la reunión de marzo, cuando no había que poner distancia entre nosotras y hacía un sol espléndido y un viento que nos recolocaba las ideas. Y ya desde anoche, tenemos planes para la próxima quedada con agujas y mucho café.

Desincronizada

Voy a echarle toda la culpa al eclipse. A la luna llena, a Venus Star Point, a Urano, Plutón, y todos los planetas de la bóveda celeste. Porque por qué culpar a uno solo si ahora mismo hay una fiesta planetaria que flipas, y todos pueden tener responsabilidad en este desastre natural que ha tenido lugar en mi casa.

Pues resulta que estaba yo muy contenta, desafiando a todas las leyes de la naturaleza, reuniendo toda la valentía que fui capaz de juntar, y metiendo dos semillas de calabaza Curcubita pepo, que guardaba desde el pasado Halloween, en un algodón mojado. Ya me creí que este año iba a tener calabazas propias.

Fue un poco por hacer la gracia, y por ilustrar con Emma una de sus lecciones de ciencias. Pusimos cuatro semillas de calabaza debajo de un algodón húmedo. Esto fue allá por el 30 de abril. Cuatro días después teníamos los primeros brotes. Y yo tengo una tendencia natural a fliparme mucho.

Casi sin creérmelo, los pasamos a tierra, y a los pocos días teníamos ya una mata de lo más frondosa. Yo seguí osada y valiente, y coloqué la mata encima de la lavadora porque era el único sitio donde había más o menos espacio, y donde le daría buen sol. Estaba yo, más flipada todavía.

Cuál es mi sorpresa, porque yo estaba muy echada para adelante, pero fé tenía poca, cuando empiezo a ver flores. Bueno, brotes o promesas de futuras flores.

Ahí ya me dio por cultivarme un poco, mi cerebro digo, no la mata que ya estaba bastante cultivada. Y empiezo a aprender. Una mata de calabaza trae ya de fábrica flores hembras y machos. Y se polinizan con ayuda de las abejitas de la naturaleza, que yo en mi cuarto lavadero iba a ver poco. Así que me preparé para el delicado y minucioso trabajo de polinización manual. Ya ahí empecé a tener más confianza, chulería no me faltaba.

Y resulta que empieza a llenarse de flores, muchas flores. Y de pronto las flores empiezan a hacerse distintas. Por cada flor hembra, hay cuatro o cinco flores macho. Todo va estupendamente. Yo estaba ya confiadísima, pensando en poner una gavia entera dedicada al cultivo de la calabaza curcubita pepo, porque mira qué fácil es de cuidar. Y empieza a mascarse la tragedia, las flores hembras prosperan, crecen, les sale la promesa de calabaza, abultada y preciosísima, y las flores macho se estancan.

He podido comprobar que las flores duran abiertas unas horas, que serían las propicias para la polinización. Y nada, que las hembras ahí preparadas y maduras, y los machos, a por uvas. Es que ha sido tan gráfico y tan claro, que me ha parecido una burla. Hasta en las plantas el Universo ha aprovechado para reírse un poquito de mi persona. ¿Pero qué les pasa a estos seres masculinos? ¿Ni la mata de calabaza va a hacerme una demostración de madurez?.

Pues nada, que el momento propicio de las flores hembras ha pasado, y como diez días más tarde han florecido las flores macho. Con total despreocupación y cero interés. Esta mata no ha podido/sabido sincronizar sus necesidades. En serio, mother nature, are you kidding me??. En fin, una vez más, la historia de mi vida.

La pandemia de la culpa

Pues estamos ya como al principio de antes de todo esto, ¿no?

Esta semana ha sido la primera semana que hemos salido cada día. Yo he vuelto a caminar cuatro kilómetros diarios, y las dos habitantes de esta casa se han estado separando cuatro horas diarias.

¿Qué he aprendido esta semana?. Pues que la culpa es poderosa en mi. Muy poderosa, y que me siento como cuando Emma tenía tres años y empezó en el cole.

Esto es algo que me ha costado comprender, y con lo que sé que tengo que transitar en mi día a día, y que no por costumbre, se me hace más fácil. Cuando me reproduje, conocí  a la Señora Culpa. Y es Señora, porque no he sentido nunca una culpa como la que siento desde que soy madre.

Lidio con ella cada día, y aunque la reconozco y trato de aplacarla, no me resulta cómodo. Ayer hablando con MyGirlfriend, tuvimos a bien confesarnos, y las dos cortadas por la vergüenza y saturadas de nuestra propia incomprensión, aceptamos que nos sentimos culpables por todas las decisiones que tomamos respecto de nuestros hijos. Hemos llegado a la conclusión que hagamos lo que hagamos siempre va a haber una parte de nosotras que va a hacernos sentir culpables.

Y te pongo ejemplos prácticos: culpables por no prestarles toda la atención que reclaman, culpables por prestarles demasiada atención y que se de la posibilidad de convertirlos en hijos tiranos; culpables por ese trozo de chocolate que se le antoja; culpables por la media hora de Tablet, o la hora de televisión; culpables por no hacerles comer más fruta; culpables porque no quieren leer; culpables por reclamar nuestro espacio para sentirnos, al menos durante un rato, una persona sin apéndices; culpables por mandarlas a la cama pronto y por suspirar con decepción  cuando se despiertan antes de que amanezca; culpables por necesitar silencio; y así, podría seguir hasta el infinito.

En este confinamiento, donde todo ha sido nuevo, y donde todo parece que nos va a ocasionar un trauma de por vida, la culpa ha estado en su punto más álgido: no están tomando sol, no están comiendo cinco piezas de fruta al día, no están jugando con otros niños, no están haciendo ejercicio, …

Esta semana y después de lidiar con mucha culpa, con mi propio ego, con mis propias creencias limitantes, y también de intentar quitarme un poco de la psicosis de la pandemia, hemos empezado a salir. Tomando todas las precauciones del mundo, pero también volviendo a ser personas de rebaño que necesitan de esas otras ovejitas para seguir sintiendo que pertenecen al grupo. Y mientras hacíamos esa salida, miramos al cielo, y Emma alabó lo bonito del cielo de estos días. Y tiene razón. Estos días ha habido unos cielos espectaculares, y los árboles están frondosos, y los flamboyanos tienen muchas flores preciosas. La luna está llena, y esta noche habrá eclipse. Yo he decidido que voy a aprovechar esta energía, para coger toda esa culpa que amenaza con devorarme y empaquetarla entera. Asumir que estoy haciendo lo que mejor sé con lo mejor que tengo, y que junto a esa cuenta donde voy ahorrando para la ortodoncia futura, voy a ir poniendo también para la terapia, porque haga lo que haga, al final, siempre hay un trauma. Así que nada, yo lo asumo, pongo para la terapia y decido empezar a vivir un poco tranquila, disfrutando de estos cielos tan bonitos de finales de una primavera con pandemia.

Teñir no es lo mío

 

Este fin de semana hice un gran fail. Y mira que le tenía ganas a este experimento. Pero a veces las cosas simplemente no salen, y no pasa nada tampoco.

Hace un tiempo que leí esta entrada, y me flipé bastante. Siempre me ha llamado mucho la atención el proceso de tinción, y desde aquella vez en 2009 cuando me junté con mi querida marida a teñir unas madejas de lana con kool aid, me dan ganas de repetir.

Seguí los pasos del artículo: lo primero, comer muchos aguacates. Yo me comí unos cuantos, y mi hermana otros pocos. Congelamos cáscara y hueso, hasta que tuve alrededor de 25 aguacates comidos.

El sábado piqué todas las cáscaras por un lado y las puse en remojo. Por otro lado, partí todos los huesos, que creía inicialmente que me iba a costar más, pero no, están blanditos y con un poco de cuidado la punta del cuchillo entra perfectamente y se pueden ir partiendo. También los puse en agua. 24 horas de remojo, tiempo que aproveché para partir un poco la piedra de alumbre que había comprado un tiempo antes, y me dispuse a mordentar mis telas. Dos tipos de muselina, una blanca de Ikea, de hace no sé cuánto, y otra muselina típica, de color crudo.

El domingo por la mañana, puse al fuego todo el caldo de las cáscaras, que a mi parecer estaba empezando a fermentar porque tenia un montón de burbujas. Y ahí que estuvo sin llegar a hervir. Desde la primera media hora, supe que el proceso había perdido todo el encanto. ¡Qué peste!, no había tenido esto en cuenta. Removí de vez en cuando la tela, para favorecer el proceso. Dos horas después, la tela no había cambiado mucho. Aún asi, la aparté del fuego.

Hice lo mismo con los otros trozos que tenía, y el caldo de los huesos de aguacate. Misma peste, igual resultado.

Se supone que iba a conseguir unos tonos rosas empolvados la mar de maravillosos, como están en el blog que había leído con mucha atención. Nada que ver. Mis muselinas tienen un tono marrón, muy sutiles, eso sí, pero tonos crudos corrientes y molientes. ¿Dónde están mis telas rosas?.

No sé qué ha podido fallar, no sé si no fueron suficientes los aguacates. Si tenía que haberlos partido más, si tenía que haber invocado a la diosa de los tintes,.. ni idea. Pero vamos, el olor que quedó en casa, me va a servir de recuerdo para no volver a intentarlo. Por lo menos los aguacates los saboreé.

Después de este gran fail, volví a terreno conocido: mi pan de masa madre, yogures con mermelada, y queque de plátano y chocolate. Afortunadamente hay cosas que sí me salen bien.