Huevito duro

Aquí hay una niña que ha vuelto a patinar. Y una madre que va con los dientes trincados todo el camino pensando en que se rompe un brazo. Soy ceniza de naturaleza, aunque te prometo que lucho contra ello cada día.

Ella patina como el viento, yo voy moviendo mis piernitas, recuperando el movimiento, todo el que he perdido durante estos meses. Aprovecho la caminata para escuchar a Moreno, ya que mi compañera de paseo va muchos metros pro delante de mí y no me da conversación. De paso te recomiendo este disco con mucho frenesí. Estoy monotemática con la música. El verano de la pandemia tendrá la música de ChemaMoreno como banda sonora.

A la vuelta, cuando pasamos por calles en las que los patines van en la bolsa, vamos hablando de nuestras cosas, y ayer aprendí un concepto nuevo que me parece fascinante.

Estaba Emma contándome una de sus largas historias sobre un juego en la playa, y que fulanita se la quedaba, y que cuando la pillaron, pues gritó: huevito duro… y que claro, entonces había que pillar a otra.

Yo me quedé un poco en 33.. porque no entendía que tenía que ver una cosa con otra. Entonces empecé a cuestionarme, si tal vez, las reglas del pilla pilla hubieran cambiado. Le pedí a Emma que me explicara la cuestión, porque lo de “huevito duro” no terminaba de entenderlo. Y me cuenta: ser huevito duro es como tener inmunidad. Si eres huevito duro, pues no te pueden pillar, y tampoco te la puedes quedar. Ser huevito duro es un chollo.

Ella se extrañó de que yo no entendiera este concepto. Le expliqué que eso en mi infancia no existía.. Si te pillaban, te la quedabas y listo.

Después de eso, estuvimos en casa comentando el único tema que se comenta cada día en todas las casas del mundo, como es natural. Los adultos más adultos, se ensalzaron en una conversación enredada y achacosa sobre todos esos menos adultos que circulan por las calles como si vivieran en una realidad paralela en la que son inmunes. Emma, que estaba pintando y que parecía que estaba ausente de todo lo que estaba oyendo, le puso palabras: y a estos chicos ¿qué les pasa, mamá, con el coronavirus se creen que se puede ser huevito duro?.

Me pareció un razonamiento maravilloso. Se creen huevito duro.

Temo por el momento que sea un ingreso o una mala noticia, cuando se den cuenta de que en la vida, casi en nada se es huevito duro, bueno, me equivoco.. en el pilla pilla, si tus compañeros de juego te dejan.

9 años

9 años

¡Ay madre mía qué vértigo!

9 años. 3.285 días.

En serio, ni en mis mejores sueños pensé en llegar aquí, así.

Y no te voy a decir que todo esto ha sido un camino de rosas y de pajaritos, con música de peli de Disney, nada que ver. Ha sido más de llegar a curvas derrapando, y de dar volantazos a último momento. De aprender y casi profesionalizar la técnica de respirar hondo y de intentar decir con calma: no; diecinueve veces a la misma pregunta.

También ha sido de perfeccionar otra técnica, la de bajar las persianas y mandar a la cama a las 9:30 de la noche, cada día, incluso en verano, y de decir con los ojos cerrados para no estallar en grito: si no tienes sueño, lees.

Ha habido muchos: si no te quieres comer el almuerzo, me parece bien, pero es lo que te voy a ofrecer en la merienda, la cena y si me apuras y te aguanta, hasta el desayuno.

En serio, he hecho un máster en paciencia en estos nueve años, solo que no he aprobado aún, por eso me toca seguir practicando… porque ya que estamos, lo voy a contar todo: se me escapa algún grito, y algún: porque lo digo yo, y punto. Se me escapan por algunas rendijas: recoge los juguetes, y no siempre lo digo con los chakras alineados, ya tu sabes.

Pero también ha habido muchas risas, muchas conversaciones de esas que te dejan dos días pensando en dónde habrá oído según qué cosas para que tenga esas dudas sobre cualquier tema.

Me hace gracia porque aunque yo me vuelvo loca con las matemáticas, ella se vuelve loca con el arte, con el ballet, con el cine, y sobre todo con todo lo que hay detrás de la gran pantalla. Ella me cuenta que no se debe levantar una de la butaca del cine, hasta que salen los créditos, y que el croma es importantísimo en cualquier grabación. Si vemos la película en casa, tenemos que ir parándola para ver si se ve algo que revele el tipo de set donde ha sido grabada, y también hay que ver si la historia tiene guión propio o está basada en la historia de alguien o de un libro. Datos totalmente irrelevantes para mí hasta ahora, que te voy a contar.

Es fascinante verla crecer, ver que se apasiona con muchos temas, y que es tan intensa como yo cuando lo hace. Mi pequeña PAS, sí, ella también.

Vamos aprendiendo día a día, y he conseguido alejar de mí ese monstruo alargado y pegajoso que es la expectativa. Cada día lo destierro un poco más lejos.

Me concentro en hoy, en sus avances en cada cosa, en repetir hasta el aburrimiento el: lávate los dientes o recoge los zapatos. Sé que tenemos que aprender mucho, pero estoy terriblemente orgullosa de cómo hemos llegado hasta aquí. Estoy deseando seguir cómo sigue este cuento.

La libertad

Ya estamos oficialmente de vacaciones. De esas de caminatas por la mañana, playa a cualquier hora, siestas con libro, y sin horario para ir a la cama.

Ayer cuando llegamos a la playa, la marea estaba subiendo, y eso supone que va dejando charcos enormes por donde solemos caminar, que es bastante más arriba de la orilla.

Esos charcos son un imán para niñas que necesitan soltar correas.

Tengo bien presente el pulso constante que mantenemos. Ella quiere ir a un sitio, yo digo no; ella quiere hacer algo, yo digo no… y así hasta el infinito. Se queja con frecuencia porque dice que solo digo no, yo le digo que diría más veces sí, si lo que ella pretendiera fuera menos peligroso.

Sé que me entiende, pero se hace muy bien la despistada, y hace como que no comprende. Así que apenas me doy la vuelta, vuelve a la carga.

Por eso, cada día reservo un tiempo para la libertad. Correr por la playa, patinar, meterse en el agua (en aguas mansas, no en Piedra Playa), y ya de remate, mirar hacia otro lado mientras se mete en la cocina a robar una onza de chocolate.

Es complejo esto de mantener el equilibrio, no te creas.

Ayer, mientras la veía correr, sin “correa”, sin límite y sin parecer que había supervisión constante, me di cuenta de que ese momento era la justa representación gráfica de la libertad.

Y la entiendo. Compartimos el mismo valor.

Para mí lo más importante, también es la libertad. Y no me refiero a la libertad de hacer siempre lo que me de la gana, me conformo con tener la posibilidad de poder elegir lo que quiero, en cada instante y en cada situación. Cuando no me siento libre estoy triste, contracturada, y con frecuencia me pongo gruñona.

Me costó un tiempo entender esto en mi vida. Donde primero lo entendí fue en el trabajo. Poder decir: hoy no voy a hacer nada, sin tener que dar explicaciones; me cuesta trescientos euros mensuales, que pago gustosa en forma de recibo de autónoma, pero me compensa con creces. Y ya hace más de diez años que lo hago.

Ahí lo entendí y lo apliqué rápido.

Hay otras áreas, donde me ha costado un poco más, pero ahora mismo siento que soy completamente libre, en todo. Doy las explicaciones que me apetece; solo decido yo sobre cualquier cosa, y voy solo donde me apetece. Y esto no significa que sea una irresponsable, o que deje que se me acumule el trabajo, o las decisiones. No nada que ver, a lo que me refiero es que solo yo soy responsable de mi día a día, y que tengo todas las competencias sobre mis decisiones. Soy libre, y no solo lo soy, también me siento libre. Y tu ¿es para ti importante la libertad?.. ¿cómo de libre eres o te sientes?

 

 

Los recuerdos y los sentimientos

Ha salido mi segundo artículo. Esta vez hablo de mi abuela Teresa, que este año hará 8 años que ya no está. Con ella viví muchísimas cosas, y mi artículo son solo unos pocos de mis recuerdos más tempranos con ella.

Los artículos que irán saliendo en El Enfoque, son extractos de escritos mas largos que no sé si en algún momento verán la luz. De momento me contento con sacarlos de mi cabeza, al estilo pensadero de Dumbledore.

Lo que voy escribiendo es lo que recuerdo, mis vivencias, o puede que mis invenciones. Una vez leí que Gabriel García Márquez, decía que la vida no es lo que te pasó sino lo que recuerdas que pasó. En otro sitio, no recuerdo quién lo dijo, ni dónde; igual fue Punset, en Redes… Decía algo así como que el cerebro solo almacena ciertas cosas, y la mente rellena para no tener espacios en blanco. Entonces, es posible que recuerdes cosas que no pasaron, o que tal vez tus recuerdos no sean copias fidedignas de lo que fue. Esto me genera mucha ansiedad. Tengo, siempre la he tenido, una gran tendencia a la fantasía. Antes, ahora menos, lo que pasaba en mi cabeza siempre era más divertido y brillante, de lo que pasaba en la realidad. Por eso, cuando echo mano a mi copia de seguridad mental, me entra la duda de cuánto de realidad habrá ahí.

Esta angustia se ha instalado tan profundamente en mi persona, que ahora que todo esto está siendo publicado, y que no solo yo lo estoy leyendo, siento unos nervios terribles hasta que alguien lo valida. Normalmente mis primas mayores, que deben tener más recuerdos y seguro que más reales que los míos, sobre estas mujeres que formaron nuestra familia.

Y ayer mismo, cayendo en la cuenta de esto, me di un par de tortas. Aquí está de nuevo la impostora. ¿Por qué son más válidos los recuerdos de otras personas que los míos?. ¿Por qué he de buscar soporte y apoyo siempre para creerme lo que pienso, lo que recuerdo, o simplemente lo que me pasa?. No le encuentro demasiada explicación, pero supongo que cada uno siempre tiene su propia perspectiva de lo que pasó en función de cómo se sintió, y ahí nadie puede decir si es correcto o no, porque en cómo te sientes sólo mandas tu. Que no validen nuestros sentimientos, a día de hoy, me parece el mayor de los maltratos. Te dicen que lo que sientes no es correcto, como si hubiera una forma correcta de sentir. En función de lo que a los demás les venga bien. Todo esto me ha traído de cabeza durante tanto tanto tiempo que es probable que me recuerde haber estado contradiciendo mis sentimientos toda mi vida.

A base de sentir, que sentía mal, fui anulando lo que sentía. Parece un trabalenguas, pero es justamente así. Hasta hace unos años, todo parte del mismo momento. De escuchar a Emma, de prestarle atención en sus sentimientos, y en cómo los expresaba. Empecé a reconocerme, y como con casi todo lo que me pasa, me puse a buscar información. Pues la encontré, porque lanzada la pregunta, siempre hay respuesta, solo hay que encontrarla.

Hay una etiqueta, como para casi todo, que da explicación a esto que nos pasa. Personas altamente sensibles. Y aunque las etiquetas tienen tanta mala prensa, porque pueden condicionar, si te digo que en este caso, lo que ha hecho es darme mucho alivio. Todo esto que muchos no entienden tiene una explicación, y no es un invento que ha hecho mi cerebro para rellenar un hueco en blanco que por un fallo, mi mente no almacenó.

No es que ahora por saberlo todo se haya resuelto, pero lo que sí pasa es que ya no voy en contra de lo que siento, y estoy mucho más pendiente de lo que Emma siente también. Esta vez, la etiqueta nos ha dado mucho alivio.

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

La pandemia de la culpa

Pues estamos ya como al principio de antes de todo esto, ¿no?

Esta semana ha sido la primera semana que hemos salido cada día. Yo he vuelto a caminar cuatro kilómetros diarios, y las dos habitantes de esta casa se han estado separando cuatro horas diarias.

¿Qué he aprendido esta semana?. Pues que la culpa es poderosa en mi. Muy poderosa, y que me siento como cuando Emma tenía tres años y empezó en el cole.

Esto es algo que me ha costado comprender, y con lo que sé que tengo que transitar en mi día a día, y que no por costumbre, se me hace más fácil. Cuando me reproduje, conocí  a la Señora Culpa. Y es Señora, porque no he sentido nunca una culpa como la que siento desde que soy madre.

Lidio con ella cada día, y aunque la reconozco y trato de aplacarla, no me resulta cómodo. Ayer hablando con MyGirlfriend, tuvimos a bien confesarnos, y las dos cortadas por la vergüenza y saturadas de nuestra propia incomprensión, aceptamos que nos sentimos culpables por todas las decisiones que tomamos respecto de nuestros hijos. Hemos llegado a la conclusión que hagamos lo que hagamos siempre va a haber una parte de nosotras que va a hacernos sentir culpables.

Y te pongo ejemplos prácticos: culpables por no prestarles toda la atención que reclaman, culpables por prestarles demasiada atención y que se de la posibilidad de convertirlos en hijos tiranos; culpables por ese trozo de chocolate que se le antoja; culpables por la media hora de Tablet, o la hora de televisión; culpables por no hacerles comer más fruta; culpables porque no quieren leer; culpables por reclamar nuestro espacio para sentirnos, al menos durante un rato, una persona sin apéndices; culpables por mandarlas a la cama pronto y por suspirar con decepción  cuando se despiertan antes de que amanezca; culpables por necesitar silencio; y así, podría seguir hasta el infinito.

En este confinamiento, donde todo ha sido nuevo, y donde todo parece que nos va a ocasionar un trauma de por vida, la culpa ha estado en su punto más álgido: no están tomando sol, no están comiendo cinco piezas de fruta al día, no están jugando con otros niños, no están haciendo ejercicio, …

Esta semana y después de lidiar con mucha culpa, con mi propio ego, con mis propias creencias limitantes, y también de intentar quitarme un poco de la psicosis de la pandemia, hemos empezado a salir. Tomando todas las precauciones del mundo, pero también volviendo a ser personas de rebaño que necesitan de esas otras ovejitas para seguir sintiendo que pertenecen al grupo. Y mientras hacíamos esa salida, miramos al cielo, y Emma alabó lo bonito del cielo de estos días. Y tiene razón. Estos días ha habido unos cielos espectaculares, y los árboles están frondosos, y los flamboyanos tienen muchas flores preciosas. La luna está llena, y esta noche habrá eclipse. Yo he decidido que voy a aprovechar esta energía, para coger toda esa culpa que amenaza con devorarme y empaquetarla entera. Asumir que estoy haciendo lo que mejor sé con lo mejor que tengo, y que junto a esa cuenta donde voy ahorrando para la ortodoncia futura, voy a ir poniendo también para la terapia, porque haga lo que haga, al final, siempre hay un trauma. Así que nada, yo lo asumo, pongo para la terapia y decido empezar a vivir un poco tranquila, disfrutando de estos cielos tan bonitos de finales de una primavera con pandemia.

La última Noche de Fantasía

Cada viernes desde que empezó el confinamiento me he dado un salto a la plasssita, de la mano de Víctor y de Nacho, he bailado al menos una pieza.

Me he reencontrado con Edwin Rivera, Carlos Baute, Ráfaga, y hasta Pepe Benavente.

Que puede que no te parezca gran cosa, pero que para mi ha sido otra piedra que he sacado de la mochila. En esta vida mía, he encontrado mucha gente que se ha quitado un peso de encima echándomelo a mí, y yo, mira tú por dónde, lo he cogido sin rechistar. Así he llenado mi mochila de piedras inservibles pero muy pesadas.

He ido dejando de hacer un montón de cosas divertidas a lo largo de este camino. Cuando llegó Emma, no me quedó más remedio que sacar muchas piedras de la mochila, porque primero tenía que hacer hueco para las que vendrían, y segundo porque he sido plenamente consciente de que todas mis piedras, de alguna u otra manera, ella las iba a tener que cargar en algún momento.

De un plumazo saqué muchas de ellas, algunas con resultados la mar de satisfactorios, como disfrazarnos en Carnaval, nadar hasta donde ella no haga pie, ir a más asaderos y reuniones de las que he ido nunca, y bailar. Esa es una gran piedra que saqué casi casi desde que llegó. Desde que era muy pequeñita, y en la soledad de nuestra casa, la cogía en brazos y me hinchaba a bailar por el pasillo con ella.

Esa costumbre la hemos mantenido hasta ahora.

Me negué al Despacito todo lo que pude, hasta que un día no pude más, y nos descubrí gosssándola desde el principio hasta el final, también en nuestro pasillo.

Con Noches de Fantasía, le he enseñado las canciones de mis verbenas. Aquellas de hace más de veinte años. ¿por qué dejé de ir a las verbenas?. ¿por qué dejé de reirme bailando y saltando?. Cada viernes, bailamos alguna canción más. Hasta que Emma daba por finalizada la verbena particular, y tocaba el cine.

Este viernes, el primero después de 9 viernes, dormí sola.

Ni me lo pensé. Me abrí un quinto, me puse un picoteo y puse a cargar el teléfono. Bailé de todo lo que Víctor y Nacho pincharon. Vi por allí a un montón de gente conocida, a la que saludé de lejos. Encima fue la última Noche de Fantasía.

No te cuento lo bien que me lo pasé, tanto, que sobre la marcha, quedé con mis hermanas en montar una verbena. Es casi seguro que este año no habrá verbenas, pero a nosotras la verbena de la Vírgen del Buen Viaje no nos la quita nada. Así que habrá verbena en la azotea, con cholas y quintillos, y un montón de marejada marejada.. Es una cita.

De cuando te callas y escuchas

Cuando todo esto pasó, yo escuché, leí, y también opiné, porque ya saben que para opinar no se necesita permiso, y bocachancla pues también soy un poquito.

Nos metimos en casa, y nos limitamos a seguir las normas.

Hemos salido muy muy poco, lo mínimamente indispensable. Y ahí me topé con el tema mascarilla.

Desde el principio me quedó claro que la mascarilla buena, no la había, y que la que había no ME protegía del contagio, así que esas mínimas salidas que hice, las hice sin mascarilla. Y ahí seguí, enrocada en esa conclusión durante un tiempo. Mirándome el ombligo, y centrándome en mi ego de desarrollo personal, espiritual o simple pedantería, escoge tu que me lees.

Me prima me decía, pero con lo que tu coses, hazte una para ti y para Emma, que las haces en un momentito. Yo le discutía que no NOS protegía de nada, que no nos hacía nada. Mi prima, sanitaria desde hace más de 20 años, me decía: pero previene, pero mitiga… Yo seguí mirándome el ombligo de mi conocimiento.

Entonces me veo a mi madre, con su mascarilla puesta, que había cosido ella misma. Y yo le echo la gran arenga.. ella me la cortó en un momento diciéndome, me da lo mismo, yo me siento más tranquila.

Y ya para rematar, me vi el directo de Sol con Eduardo López Collazo, y ahí el ego se me empezó a derrumbar un poco. Y entonces me puse a leer, con ojos sociales y menos personales. Y caí en la cuenta, de que me estaba centrando solo en mi, y en protegerme a mí. Y ahí fue cuando todo se me cayó al suelo. Esto todo no va de uno solo. De ser un único individuo que se concentra en salir adelante solo. Ahí fue cuando me di cuenta de que yo lo tengo que hacer por todos los demás, y que los demás lo hagan por mí. Hoy Sol vuelve a hablar de esto.

Así que me quité todos mis prejuicios y mis pensamientos obtusos y saqué la máquina de coser. Ciertamente en un ratito, las tenía hechas las dos. Ahora ya salimos con ellas.

Ahora creo que voy entendiendo de qué va esto.

El día del libro

Ayer celebramos el día del libro. Tuvimos que readaptar nuestra celebración porque youknow..

En una situación normal, hubiéramos ido a Tagoror, nuestra librería de referencia, y nos habríamos quedado allí al menos una hora, remirando y toqueteando todos los títulos que nos llamaran la atención. Cada una en su sección.

Al cabo de un rato, nos hubiéramos tenido que decidir por dos títulos. Emma preguntaría: ¿Puedo estos tres, mamá? Y pondría ojitos de: porfiporfiporfi.

Y yo no sabría como negarme. Porque soy inflexible para casi todo, pero si me pide libros, ahí no sé cómo decir que no.

En casa hay libros por todos lados. Cuando me compré el Kindle, pensé que el problema de almacenaje de libros estaba resuelto, pobre ilusa.

No creo que gaste dinero mejor que en las librerías, bueno sí, el que gasto en viajes y lanas. Eso también es muy buena inversión.

Este tiempo de confinamiento se nos ha hecho mucho más llevadero gracias a los libros. Cada tarde, cada una coge el suyo, y a leer. Ha habido épocas en las que he tenido que obligarla, y con Adijirja he hablado largo rato, si no habrá sido un problema estar tan rodeados de letras, que han hecho que los libros no tengan demasiado interés por su cotidianidad. Ya me ha dicho Adi que no, lo que me alivia bastante. Y estos días lo he podido comprobar, cuando he oído el silencio más rato de lo normal, y me la he encontrado con un asiento improvisado, sobre las cajas de agua, pero pegada a los libros.

Creo que no hay foto que me guste más que ésta. Es como si las piezas se colocaran y cada euro invertido en libros tenga todo el sentido del mundo.

¡Ojalá! que lea siempre, y que encuentre en los libros todo lo que he encontrado yo. No sé qué hubiera sido de mí, si no hubiera leído.

Y tú también, si no estás leyendo ningún libro estos días, es el momento perfecto para empezar.

 

La Semana Santa de la Cuarentena

Se acabó la semana de descanso que nos dimos. Una semana entera sin horarios, sin agendas y sin planes. Lo primero y lo segundo por decisión propia, lo último por imposición.

Digo que pierdo la cuenta de los días que llevamos aquí, pero es mentira. Lo digo y lo escribo, básicamente para hacerme creer a mi misma que no le echo cuenta a los días. Pero llevo la cuenta precisa como si fuera un reloj suizo. Treinta y un días exactos. Sin previsiones de cambio, sin horizonte. Solo esperar. Y no es que me importe mayormente, quiero decir, estamos bien, todos lo que quiero están bien. No puedo sino dar gracias. Tenemos casa, comida, y suficientes recursos como para no aburrirnos. Sin embargo, estoy echando en falta algo que para mí es importante: planificar. No puedo hacer lo que más me gusta porque tengo demasiadas variables y pocas ecuaciones. Los primeros días seguía optimista, y planifiqué e hice listas. Pero ahora no tengo fecha de inicio de actuaciones porque no sabemos cuándo podremos salir a la calle con normalidad, y no puedo seguir haciendo planes, porque así lo único que consigo es aumentar las listas. Las listas de la tonta.

Esperar, solo queda esperar.

Emma el domingo, con una depresión post vacacional de manual, me decía, ojalá fuera lunes ya, pero el lunes de la semana pasada. Para estar otra vez descansando y sin obligaciones. No sé si es que está cansada o es que es gandulita. Entre las muchas frases que me soltó en la cena del domingo, me dijo: pero qué le voy a contar a mis hijos que hice en la Semana Santa de los ocho años, que estuve encerrada en casa durante un mes por un virus, porque éramos unas cobardicas.. ¿por qué no salimos a lucharlo?

No supe si reírme o llorar. Después de una charla que consideré importante, haciendo hincapié en las razones por las que nos quedamos en casa, le desvié la conversación a la botella medio llena. Porque es imposible sentir agradecimiento e infelicidad al mismo tiempo. Este truco siempre sale bien.

Esta Semana Santa hemos tomado todos los días el aperitivo, en la miniterraza, con un libro y todos sus muñecos. Y hemos amasado, como si no fuéramos a conseguir harina nunca más, que esto puede materializarse aún, según las últimas noticias recibidas sobre la escasez de harina.

Amasé un pan especial para torrijas, con la receta de la Señora Webos, y luego hice torrijas a mi manera, con leche infusionada con naranja y canela. Hicimos magdalenas con la receta del Gurú, que pasa con salvoconducto preferente a la libreta de recetas. Y también, y para no perder las costumbre, horneé semlor, que como marca la tradición, nos comimos atorrijados.

Y se pasó la Semana Santa y volvimos a la rutina, y yo vuelvo a enredarme para perder la cuenta de los días.