La última Noche de Fantasía

Cada viernes desde que empezó el confinamiento me he dado un salto a la plasssita, de la mano de Víctor y de Nacho, he bailado al menos una pieza.

Me he reencontrado con Edwin Rivera, Carlos Baute, Ráfaga, y hasta Pepe Benavente.

Que puede que no te parezca gran cosa, pero que para mi ha sido otra piedra que he sacado de la mochila. En esta vida mía, he encontrado mucha gente que se ha quitado un peso de encima echándomelo a mí, y yo, mira tú por dónde, lo he cogido sin rechistar. Así he llenado mi mochila de piedras inservibles pero muy pesadas.

He ido dejando de hacer un montón de cosas divertidas a lo largo de este camino. Cuando llegó Emma, no me quedó más remedio que sacar muchas piedras de la mochila, porque primero tenía que hacer hueco para las que vendrían, y segundo porque he sido plenamente consciente de que todas mis piedras, de alguna u otra manera, ella las iba a tener que cargar en algún momento.

De un plumazo saqué muchas de ellas, algunas con resultados la mar de satisfactorios, como disfrazarnos en Carnaval, nadar hasta donde ella no haga pie, ir a más asaderos y reuniones de las que he ido nunca, y bailar. Esa es una gran piedra que saqué casi casi desde que llegó. Desde que era muy pequeñita, y en la soledad de nuestra casa, la cogía en brazos y me hinchaba a bailar por el pasillo con ella.

Esa costumbre la hemos mantenido hasta ahora.

Me negué al Despacito todo lo que pude, hasta que un día no pude más, y nos descubrí gosssándola desde el principio hasta el final, también en nuestro pasillo.

Con Noches de Fantasía, le he enseñado las canciones de mis verbenas. Aquellas de hace más de veinte años. ¿por qué dejé de ir a las verbenas?. ¿por qué dejé de reirme bailando y saltando?. Cada viernes, bailamos alguna canción más. Hasta que Emma daba por finalizada la verbena particular, y tocaba el cine.

Este viernes, el primero después de 9 viernes, dormí sola.

Ni me lo pensé. Me abrí un quinto, me puse un picoteo y puse a cargar el teléfono. Bailé de todo lo que Víctor y Nacho pincharon. Vi por allí a un montón de gente conocida, a la que saludé de lejos. Encima fue la última Noche de Fantasía.

No te cuento lo bien que me lo pasé, tanto, que sobre la marcha, quedé con mis hermanas en montar una verbena. Es casi seguro que este año no habrá verbenas, pero a nosotras la verbena de la Vírgen del Buen Viaje no nos la quita nada. Así que habrá verbena en la azotea, con cholas y quintillos, y un montón de marejada marejada.. Es una cita.

De cuando te callas y escuchas

Cuando todo esto pasó, yo escuché, leí, y también opiné, porque ya saben que para opinar no se necesita permiso, y bocachancla pues también soy un poquito.

Nos metimos en casa, y nos limitamos a seguir las normas.

Hemos salido muy muy poco, lo mínimamente indispensable. Y ahí me topé con el tema mascarilla.

Desde el principio me quedó claro que la mascarilla buena, no la había, y que la que había no ME protegía del contagio, así que esas mínimas salidas que hice, las hice sin mascarilla. Y ahí seguí, enrocada en esa conclusión durante un tiempo. Mirándome el ombligo, y centrándome en mi ego de desarrollo personal, espiritual o simple pedantería, escoge tu que me lees.

Me prima me decía, pero con lo que tu coses, hazte una para ti y para Emma, que las haces en un momentito. Yo le discutía que no NOS protegía de nada, que no nos hacía nada. Mi prima, sanitaria desde hace más de 20 años, me decía: pero previene, pero mitiga… Yo seguí mirándome el ombligo de mi conocimiento.

Entonces me veo a mi madre, con su mascarilla puesta, que había cosido ella misma. Y yo le echo la gran arenga.. ella me la cortó en un momento diciéndome, me da lo mismo, yo me siento más tranquila.

Y ya para rematar, me vi el directo de Sol con Eduardo López Collazo, y ahí el ego se me empezó a derrumbar un poco. Y entonces me puse a leer, con ojos sociales y menos personales. Y caí en la cuenta, de que me estaba centrando solo en mi, y en protegerme a mí. Y ahí fue cuando todo se me cayó al suelo. Esto todo no va de uno solo. De ser un único individuo que se concentra en salir adelante solo. Ahí fue cuando me di cuenta de que yo lo tengo que hacer por todos los demás, y que los demás lo hagan por mí. Hoy Sol vuelve a hablar de esto.

Así que me quité todos mis prejuicios y mis pensamientos obtusos y saqué la máquina de coser. Ciertamente en un ratito, las tenía hechas las dos. Ahora ya salimos con ellas.

Ahora creo que voy entendiendo de qué va esto.

El día del libro

Ayer celebramos el día del libro. Tuvimos que readaptar nuestra celebración porque youknow..

En una situación normal, hubiéramos ido a Tagoror, nuestra librería de referencia, y nos habríamos quedado allí al menos una hora, remirando y toqueteando todos los títulos que nos llamaran la atención. Cada una en su sección.

Al cabo de un rato, nos hubiéramos tenido que decidir por dos títulos. Emma preguntaría: ¿Puedo estos tres, mamá? Y pondría ojitos de: porfiporfiporfi.

Y yo no sabría como negarme. Porque soy inflexible para casi todo, pero si me pide libros, ahí no sé cómo decir que no.

En casa hay libros por todos lados. Cuando me compré el Kindle, pensé que el problema de almacenaje de libros estaba resuelto, pobre ilusa.

No creo que gaste dinero mejor que en las librerías, bueno sí, el que gasto en viajes y lanas. Eso también es muy buena inversión.

Este tiempo de confinamiento se nos ha hecho mucho más llevadero gracias a los libros. Cada tarde, cada una coge el suyo, y a leer. Ha habido épocas en las que he tenido que obligarla, y con Adijirja he hablado largo rato, si no habrá sido un problema estar tan rodeados de letras, que han hecho que los libros no tengan demasiado interés por su cotidianidad. Ya me ha dicho Adi que no, lo que me alivia bastante. Y estos días lo he podido comprobar, cuando he oído el silencio más rato de lo normal, y me la he encontrado con un asiento improvisado, sobre las cajas de agua, pero pegada a los libros.

Creo que no hay foto que me guste más que ésta. Es como si las piezas se colocaran y cada euro invertido en libros tenga todo el sentido del mundo.

¡Ojalá! que lea siempre, y que encuentre en los libros todo lo que he encontrado yo. No sé qué hubiera sido de mí, si no hubiera leído.

Y tú también, si no estás leyendo ningún libro estos días, es el momento perfecto para empezar.

 

La Semana Santa de la Cuarentena

Se acabó la semana de descanso que nos dimos. Una semana entera sin horarios, sin agendas y sin planes. Lo primero y lo segundo por decisión propia, lo último por imposición.

Digo que pierdo la cuenta de los días que llevamos aquí, pero es mentira. Lo digo y lo escribo, básicamente para hacerme creer a mi misma que no le echo cuenta a los días. Pero llevo la cuenta precisa como si fuera un reloj suizo. Treinta y un días exactos. Sin previsiones de cambio, sin horizonte. Solo esperar. Y no es que me importe mayormente, quiero decir, estamos bien, todos lo que quiero están bien. No puedo sino dar gracias. Tenemos casa, comida, y suficientes recursos como para no aburrirnos. Sin embargo, estoy echando en falta algo que para mí es importante: planificar. No puedo hacer lo que más me gusta porque tengo demasiadas variables y pocas ecuaciones. Los primeros días seguía optimista, y planifiqué e hice listas. Pero ahora no tengo fecha de inicio de actuaciones porque no sabemos cuándo podremos salir a la calle con normalidad, y no puedo seguir haciendo planes, porque así lo único que consigo es aumentar las listas. Las listas de la tonta.

Esperar, solo queda esperar.

Emma el domingo, con una depresión post vacacional de manual, me decía, ojalá fuera lunes ya, pero el lunes de la semana pasada. Para estar otra vez descansando y sin obligaciones. No sé si es que está cansada o es que es gandulita. Entre las muchas frases que me soltó en la cena del domingo, me dijo: pero qué le voy a contar a mis hijos que hice en la Semana Santa de los ocho años, que estuve encerrada en casa durante un mes por un virus, porque éramos unas cobardicas.. ¿por qué no salimos a lucharlo?

No supe si reírme o llorar. Después de una charla que consideré importante, haciendo hincapié en las razones por las que nos quedamos en casa, le desvié la conversación a la botella medio llena. Porque es imposible sentir agradecimiento e infelicidad al mismo tiempo. Este truco siempre sale bien.

Esta Semana Santa hemos tomado todos los días el aperitivo, en la miniterraza, con un libro y todos sus muñecos. Y hemos amasado, como si no fuéramos a conseguir harina nunca más, que esto puede materializarse aún, según las últimas noticias recibidas sobre la escasez de harina.

Amasé un pan especial para torrijas, con la receta de la Señora Webos, y luego hice torrijas a mi manera, con leche infusionada con naranja y canela. Hicimos magdalenas con la receta del Gurú, que pasa con salvoconducto preferente a la libreta de recetas. Y también, y para no perder las costumbre, horneé semlor, que como marca la tradición, nos comimos atorrijados.

Y se pasó la Semana Santa y volvimos a la rutina, y yo vuelvo a enredarme para perder la cuenta de los días.

 

Del siglo pasado a la pandemia

Han pasado quince días ya. Supongo que va llegando el momento de ir haciendo balance.

Realmente tengo poco que aportar. Nuestra vida no ha cambiado gran cosa. Yo sigo trabajando como desde hace 10 años. Desde mi mesa enorme llena de cosas, lo único que cambia ahora es que mi banda sonora son los diálogos que mantiene Emma consigo mismo. Habla de fracciones, de sujetos y predicados, y se enfada con la tierra porque según ella, su movimiento de rotación está acelerado.

Tiene la teoría de que la Tierra está girando sobre su eje demasiado deprisa, que no le da tiempo de jugar, de hacer los deberes, y de hacer ejercicio. Dice que esto no puede ser. Que debe ser que el virus le afectó al planeta de alguna otra forma que desconocemos, pero que desde luego tiene que ver con la velocidad de giro.

Me he sentido fatal, de verdad te lo digo. Le he contagiado ese agobio permanente de querer exprimir las horas, los días, las semanas. Esta mañana es la segunda vez que me dice que el fin de semana se le fue muy deprisa, que le da la sensación de que hizo poco. Yo no termino de entender, porque siempre se queja de poco tiempo, pero ahora, que ya llevamos para tres semanas de confinamiento, que tenga la sensación de que tiene poco tiempo, me parece increíble.

Quiero pensar que tiene un mundo interior tan cargado como el mío, y eso, no puede traer sino cosas buenas. Eso quiero creer.

Yo mientras, sigo revolviendo. Yo no sé con cuántas cosas más me voy a encontrar que no recordaba.

Por ejemplo, buscando hilos para otra cosa, me encontré con este camino de mesa de punto de cruz. Nunca en la vida, la Violeta de ahora lo elegiría. En esa tela Panamá, con esos motivos florales y tonos que no reconozco como míos. Pero ahí está. La Violeta universitaria pensó, en no sé qué momento, aquejada de cualquiera sabe qué locura transitoria, probablemente derivada del temario de termodinámica o motores térmicos, que era buena idea empezarlo, y hacerlo.

En el momento en que lo encontré, pensé, madre mía qué cosa más fea. Cuando lo abrí, recordé vagamente cuándo lo empecé, y para qué mesa iba a ser. Casualmente, en pocos meses, si ningún virus más se nos mete por el medio, la mesa destino formará parte de mis muebles.

Ya sabes que para mí todo son mensajes y señales, así que voy a creer que esto es una señal más, y que debo acabarlo. Junto con el mantel a medias, estaba el esquema y los hilos. Con ellos estaban también los guardahilos de plástico, que se deshacían nada más mirarlos. Nota mental: vida del plástico antes de convertirse en microplástico: 25 años. Así que antes de ponerme a dar cruces, me propuse reforzar unos y fabricar otros. Un poco de papel bonito, cartulina y cola. Y voilà! Guardahilos nuevos. Estoy tan contenta con el resultado, que de a poco iré cambiando todos los que tengo.

Y ya que ha sido ahora cuando lo encontré, me he propuesto acabarlo. Porque nunca pensé en tener algo así ahora, ni invertir mis horas en una labor como ésta, pero también es cierto, que nunca, never, imaginé que iba a estar viviendo algo así.

Así que manos a la obra, y que quede como testimonio de lo que estamos viviendo. Una labor del siglo pasado que se acabó durante la pandemia.

 

Primavera indoors

Perdí la cuenta del confinamiento. Muchos días llevamos aquí ya, y los que nos quedan. Supongo que estamos todos un poco igual.

La semana pasada me abrumé de tanta oferta. La gente se volvió loca haciendo rutinas, haciendo directos, conciertos, aplausos.. Yo lo veía un poco de lejos, y pensaba, ¡uy muy arriba está todo el mundo!. Y efectivamente, esta semana se nota ya un poco el bajonazo. Encima estrenamos la semana alargándonos el día fin del confinamiento.

En esta situación lo mejor es no pensar. No tener en la mente la fecha en que se acaba, porque realmente no la sabemos.

Es también muy extraño manejar esta incertidumbre, supongo que estos días me están sirviendo para trabajar esta cuestión, creo que no lo estoy haciendo nada bien, por cierto.

En casa estamos tranquilas, y relajadas. Haciendo lo que haríamos en cualquier sábado. De hecho, esto está siendo como un verano adelantado.

Este fin de semana celebramos Ostara (Equinoccio de Primavera), me pareció algo muy apropiado para no olvidarnos de que aunque estemos en casa encerradas, el ciclo de la vida sigue su curso.

El último fin de semana que pasamos en libertad, hicimos varias compras, de esas que cuando llegas a casa piensas, para qué compraría todo esto ahora. Entre las cosas que compré estaban dos bolsas de tierra para plantar, semillas de varios tipos, pinturas y pinceles, pasta dry clay, algunas libretas y papeles de scrap. Ya me tengo reconocido que cuando me da una cosa de estas, me tengo que hacer caso, porque no sabes lo bien que me están viniendo estos días.

Durante la semana, rescaté dos huevos de una cena, y los limpié bien. El sábado por la mañana los pintamos con unos acrílicos que habíamos comprado. Luego hicimos una pequeña lista, que tenemos en la nevera, de las cosas que vamos a ir haciendo cuando volvamos a la normalidad. Qué increíble que lo primero que Emma quiera hacer es ir a casa de los abuelos, y luego a patinar. Resulta que de las cosas que más echa de menos a parte de a la familia, es patinar. Le encanta bailar, pero eso afortunadamente lo sigue haciendo. Se calza las zapatillas de ballet, su música y a danzar. Pero patinar, en 63m2 es un poco más complicado.

Pusimos un poco de tierra en los huevos pintados, y también una semilla. Y ahí le pusimos toda la intención de la que fuimos capaces de reunir, para que esto pase cuando tenga que pasar, y nosotras aguantemos bien el tiempo que sea necesario.

Aprovechamos el momento para darle una vuelta a las plantas que tenemos en el trastero. Trasplantamos algunas, y plantamos nuevas semillas. La naturaleza siempre da lecciones, y las plantas se han convertido en una de las cosas que más alegrías nos reportan estos días.

Esa es una de las cosas que más claras se me han quedado estos días. Necesito un jardín. Un huerto. Un espacio pequeño donde revolverme entre hojas verdes y tierra.

Yo estoy aprovechando estos días, para planificar de manera pormenorizada la nueva reforma, y la remodelación de un montón de muebles que me han tocado en el reparto. Esto ha conseguido la cuarentena, que esté como loca por meterme en faena.

Carnaval 2020

La vida cambia en un segundo, se suele decir.. también te puede cambiar en diez años, aunque esto sea menos sorprendente, y por eso se diga menos.

De unos años para acá los carnavales han tomado cierto protagonismo en nuestras vidas. Yo nunca he sido especialmente carnavalera, esos genes se los llevaron todos LaBajista y LaPeque, esas sí que son carnavaleras. De las que se buscan un disfraz para cada noche, de las trescientas verbenas que se hacen durante los diez días que duran.

Porque aquí los Carnavales, son palabras mayores, y desde que nace la sardina, hasta que la entierran, hay diez días de música y purpurina a tope.

Tanto así, que la semana grande del Carnaval, esa en la que se incluye el martes de Carnaval, y que es festivo municipal, no hay clases. No sé a quién pertenece la decisión de los días escolares no lectivos, pero vamos, que hicieron la cuenta, y les pareció estupendísimo a todos los que decidían, concentrar los días libres en una semana y ubicarlos en las Fiestas Carnavaleras. Ni que decir, que cuando yo era chica, esto así no era. Antes era festivo el martes y ya. Ahora nace la sardina, la pasean con los arretrankos, la sacan por la bahía con los achipencos, le dan otro paseo en la cabalgata, y finalmente la entierran dando cierre a los días de fiestas, y todo esto se hace durante poco más de diez días. De las murgas ni les cuento, porque no son muy my thing.

Bueno, pues con unas fiestas tan sonadas, ser no carnavalera te relega al montón de los que se creen cool, pero que no lo son. Yo me limitaba a ver la Gala Drag, y a hacer “fos” al resto de actos. La Gala Drag sigue siendo uno de los grandes momentos de los Carnavales. Este año se ha unido a la fiesta de ver la Gala desde casa, con un gran picoteo, LaMariposita. Primero ha flipado mucho, luego ha quedado enganchada totalmente al espectáculo. Estoy segura de ha nacido una fan.

Estuve en ese club de los renegados del Carnaval, un montón de tiempo, y aquí vengo a confesar, que me sentía como guay, pero en el fondo fondo, me daba cierta envidia las risas y los bailes que se daban los que disfrutaban de las fiestas.

Desde que llegó LaMariposita, tuve la excusa perfecta para saber si las risas eran reales, o si eran algún tipo de ilusión. Desde el primer año que probamos a meternos en faena, comprobé que las risas son más mientras organizas el disfraz que en la propia salida, y que el conjunto de todos los actos con un disfraz hecho de tus manos, es más divertido que ver pasar las carrozas, mientras tu estás quieta en una acera. Si ya de paso te dejas llevar por el salseo de la verbena, pues no sé qué mas pretendes de una buena fiesta.

Este año fue el cuarto desde que me disfrazo. Los años anteriores hemos salido en grupo, y ha sido de las cosas más divertidas que hemos hecho durante el año. Esta vez, el grupo se nos desmembró, y aquí pudimos comprobar que ya ostentamos el título de Carnavaleras pro, porque aunque sin grupo, nosotras nos metimos con una buena cantidad de goma eva y la pistola de silicona, y un gran disfraz que nos hicimos.

La alegoría del Carnaval este año eran los Aztecas, a nosotras nos faltaron más plumas, pero el mercado de la pluma está por los cielos, y tampoco es cuestión de desperrarse para un rato de diversión. Así que goma eva, unas pocas plumas, tutús, purpurina, y listo. La cabalgata este año tenía un gran número de carrozas, y un montón de gente muy metida en el papel. Ahí estaban mis primos con su gran barco, muy bien ataviados como la banda de Jack Sparrow. La salida de este grupo siempre causa una gran expectación, porque son unos super-pro de esta fiesta.

Una cabalgata más que hemos disfrutado bailando el flow de la cucaracha, que hasta tuvo representación en la cabalgata; y el despacito. Y para qué te voy a engañar, algún reggetoneo más también hizo que se nos movieran los pies, porque si te metes en el rollo, te metes con todo. Y con esto, Operación Carnaval 2020 concluida con éxito.

La vida en sepia

Desde el sábado, estamos viviendo la vida en sepia.

Se había pronosticado calima, viento sureste, y lluvia. De momento solo nos ha llegado la calima, y dicen que también alguna langosta. Graciasalcielo, yo no he visto ninguna.

Tampoco me he puesto en posición de poder verlas, porque llevamos recluídas en casa desde el viernes tarde.

El sábado por la mañana amaneció normal, luego se fue cubriendo el cielo de nubes, dejando al Sol proyectarse en una imagen nada común. Pasadas dos horas, miraras donde miraras todo era naranja. No había forma de ver claramente más allá de dos calles. Dejamos de ver la mar desde los sitios habituales de donde solemos verla. Solo podías mirar, y pensar, ahí está, aunque no sea capaz de verla. Eso que le dicen fe.

Desde que ví que el cielo no era cielo, y en plena operación de limpieza de sábado, as usual, cerré puertas y ventanas. No somos asmáticas, graciasalcielo again, pero sé cómo me pongo cuando hay calima. Dolor de cabeza, nariz irritada, garganta seca… Saqué todo lo que podría entretenernos, y que venga el sábado. Y también el domingo. Y ya puestas… el lunes.

Ya el lunes no quedó otro remedio que salir. Los lunes son de lentejas, y yo no tenía ni una. De paso me acerqué a recoger una edición especial de un libro maravilloso, que ya te enseñaré, y a por las últimas láminas de goma eva para el disfraz del sábado próximo. Creo que me he asegurado un puesto en el libro de los récords, porque hice todo esto en poco más de  media hora, y cuenta que fui andando y que la librería está a casi dos kilómetros de casa. Cuando regresé, y estuve de nuevo a salvo en casa, me costaba respirar, y no era por el esfuerzo. Hay todavía un montón de tierra en el ambiente. Todo tiene una no fina, capa de polvo de color naranja, que hace que ya no sea solo la vida en sepia, es que las cosas son sepias en sí.

Con todo, te puedes imaginar que está declarada la situación de emergencia, que ayer en los municipios que había colegio, se suspendieron las clases, y que no hay ni dios por la calle.

Esta semana, nosotras estamos en la semana de vacaciones de Carnaval, porque se supone que esta sería la semana grande de estas fiestas. Los actos del sábado se cancelaron, también el carnaval de día del domingo. Y anoche me dejaron si la Gala Drag, que la pasan al viernes, al parecer.

A mí los carnavales, me empezaron a gustar de hace unos años para acá, y cuando toca ponerse a confeccionar el disfraz me pongo contenta y con cuerpo fiestero.

El viernes fue el pasacalles del cole, y MiMariposita floreció. Nos marcamos un tocado que voy a guardar por si lo puedo llevar a alguna boda, muy contentas quedamos con el resultado.

Y ahora, a seguir aprovechando el encierro para terminar el disfraz del sábado, que es la cabalgata y que por supuesto requiere de nuestra presencia bien ataviadas

 

Un enero de 168 días

Afronté yo enero y este año con mucho optimismo y ganas. En serio, yo le eché ganas, pero enero, capricornio, Urano y toda la Vía Láctea, decidió fregar el piso conmigo. Un enero, por otra parte, que parecía no acabarse nunca.

Salí de las fiestas bien, sin ninguna sospecha de lo que venía. Siguiendo con mi agenda y mis metas y propósitos, según pasaron los tres Reyes Magos por casa y nos comimos el roscón, di por finalizada la Operación Navidad 2019, y me dispuse a sacarle punta a los lápices y colores con los que iba a ir tachando todo de mi agenda, según fuera cumpliendo entradas.

El mismo día de Reyes por la noche, MiMariposita empezó a sentirse mal. Lo achaqué a los nervios de la noche previa y al cansancio acumulado. Para hacerte el cuento corto, al día siguiente tenía 39,5 de fiebre intermitente que duró cuatro días. Yo, solidaria por naturaleza, a su segundo día de fiebre, caí.

Nos pasamos una semana entera vegetando en el sillón, interrumpiéndola solamente para tomarnos el antipirético o cambiar el sofá por la cama.

Pasada esta primera semana, nos recompusimos ligeramente. Pero solo fue un espejismo. Quince días más tarde, sentí que el oído izquierdo me iba a dar muy mala noche, día, y lo que viniera a partir de aquel momento. Un dolor de oído que no había sufrido nunca en mi vida, me amenizó el fin de semana. Me terminé llevando al Centro de Salud para que si lo creían necesario me cortaran la cabeza allí mismo.

Pasados los primeros cuatro días de tratamiento, fue MiMariposita la que decidió que me debía el acto solidario de compartir bacterias quince días antes.

Sí. Otra vez las dos compartiendo dolores y antibióticos.

La agenda se reía de mí desde mi mesa, y mis planes se habían ido todos por el desagüe. Me rendí. No tenía ningún sentido intentar sentirte bien y esforzarte por estar bien si en el fondo no puedes con tu alma.

Gracias al paracetamol, y al antibiótico que empezó a hacer efecto, pasadas las siguientes 48h de la primera toma, empezamos a levantar cabeza. Para este momento, febrero ya asomaba la patita.

Empezamos febrero haciendo una limpia de la casa y de nuestras auras. Palo Santo y Agua de Florida como si no hubiera mañana, como si fuéramos dos santeras certificadas en pleno ritual de exorcismo.

Mientras realizábamos tan importante tarea, puse la crokpott a toda mecha. Un caldo de huesos. Que justamente estos días por distintos me llegaba la información de lo nutritivo del asunto. Dos zanahorias, un ajo, un puerro, laurel sal, y un chorrito de vinagre; y los huesos, claro. Todo en crudo en la olla lenta, y 18 horas más tarde tenía el mejor caldo de huesos que he probado nunca.

Así que ahora, en lugar de tomarme un café o un té a media mañana, tengo aquí mi taza con un caldo de huesos, que no es nada cool, pero que me da una vidilla que no te imaginas.

Parece que el trabajo dio resultado, porque hemos empezado febrero con bien de energía, y aunque seguimos un poco sordas aún, al menos tenemos ánimo y ganas. Yo he vuelto a mi caminata, con un mar de plata que casi te dice que te lances, en lugar de que sigas andando. Esta temperatura y esta luz no es nada propia de este tiempo. No sé si es por la cantidad de días que he pasado recluida en casa, pero la luz me ciega estas mañanas. Las plantas son de un verde tan brillante que no parecen naturales.

Sigo maravillándome de ir encontrando matas y hasta flores en medio de tanto hormigón. En territorio súper hostil, crece y hasta florece. Me tengo que aplicar el cuento, voy pensando de regreso a casa. Se acerca la primavera, me tengo que preparar para florecer.

No solo se acaba el verano

Ya estamos de vuelta en casa. Tres semanas sin dormir en mi cama, tres semanas sin maquillarme, tres semanas sin ponerme otros zapatos que no sean las cholas.

Tres semanas de baños de mar, de paseos por la arena, y de hacer poco.

Me traigo un bote lleno de orégano de verdad, además de otro de manzanilla, tomillo y epazote. ¿Hay algo mejor que las hierbas de verdad?

Una de las cosas que me empujan a mover mi casa y ponerla en algún lugar de MiNorte es justamente esta. Plantar orégano, una higuera, unos rosales, y lechugas. También quiero plantar lechugas.

Yo quiero mis días así, con paseos por la mañana bien temprano, y dar los diez mil pasos recomendados. Terminarlos con un baño en el charco, con esa agua fría que te despierta ipsofácticamente. Llegar a casa y organizar los espacios para hacerlos vivibles y cómodos.

Recolectar las lechugas de mi huerto, y hacerme una ensalada fresquita y revitalizante.

Sentarme a leer, tejer o bordar.. lo que sea que ocupe mis manos. Volver a la playa a media tarde, y merendar mirando las olas. Hablar con mis vecinos, que la mayoría son familia, y que llevan el mismo ritmo de vida.

Más o menos así, han pasado estos días. Me traigo algunos tesoros.

Unos esqueletos de erizo que una buena buceadora rescató del fondo del Charco.

Algunas piedras y conchas que MiMariposita fue encontrando en su incansable carrera por la arena.

Y unos palos. Tres palos para tres plumas de macramé. A ver si consigo practicar para que me salgan como las tengo en mi cabeza.

Primero tendré que adecentar estos palos, supongo que youtube me ayudará.

Se acaba el verano y no solo tengo una penita en el corazón, con el final de este verano termina también una etapa.

Ayer mientras veníamos de vuelta, no sé de qué hablábamos MiMariposita y yo, pero en determinado momento me dice: yo creo que los Reyes Magos no entran en casa, yo creo que los mayores compran los regalos, los envuelven y los ponen en los zapatos para que los niños se crean que vinieron los Reyes.

Se hizo el silencio. Apenas fui capaz de preguntarle si alguien le había dicho aquello, o si había sido ella sola la que había llegado a esa conclusión.

Me dijo que llevaba algún tiempo pensándolo, porque los regalos cuestan dinero, y le resultaba raro que los Reyes tuvieran tanto para llegar a todos los niños del mundo.

Se acabó la inocencia y la infancia. Lo tuve claro.

Me enjugué la lagrima que resbaló por mi cara, y me recompuse para decirle, que bueno, tal vez fuera así, y que sería mejor que esas conclusiones las reservara para ella. Yo así, tan delicadita y tan pánfila.

A lo que me respondió: ya lo sé mamá, es como cuando vamos a Disney.., yo sé que dentro de Mickey está una persona, pero no lo voy a decir para no romperle la magia y la ilusión a los otros niños. OK HIJA MÍA, OK.

Se me quedó cara de boba. Un poco de pena, un poco de orgullo. La vida sigue, pasa, no se detiene. Y dentro de mí, sabiendo que ya no tengo una niña pequeña, se abre camino la ilusión, por saber qué nuevas vivencias vamos a experimentar.