El autoempleo

Se acabó el primer semestre del año. Vaya gasto inútil en agendas, amigas.

Yo que este año me propuse ciento y la madre, me vine muy arriba en diciembre y me compré tres agendas, porque, por qué comprarme una, con todo lo que tengo que planificar.

A ver, que tiene explicación. Yo que me organizo muy bien, o al menos lo intento, tengo mi sistema, no te vayas a creer.

Utilizo la agenda de MrWonderful de día vista para apuntar a modo de lista lo que tengo que hacer durante el día. Ahí apunto desde poner una lavadora, hasta sacar un tupper del congelador. Luego tengo una agenda de Charuca, de semana vista, donde apunto las cosas con su horario. Ahí por ejemplo pongo: de 13:00, tareas domésticas, y me voy a la otra agenda y sé qué tengo que hacer. Y finalmente tengo la agenda de LucíaBe que uso cada noche para llevar un registro de lo que ha sido el día. Mira, yo qué sé, cada una con sus taras.

La cosa es que este año, pues ya me dirás. Se me están pasando las semanas con las hojas en blanco. Y eso a la jefa que llevo dentro, pues no le gusta, porque tiene una especial afición a sentir que se produce, y ver las las agendas vacías, pues la pone un poquitito ansiosa.

Ahora mismo que se habla tanto del teletrabajo, y de trabajar desde casa, me ha dado por hacer análisis de cómo soy como jefa, y mira, la verdad, soy un poco bastante coñazo. Estoy todo el día en el hacer, hacer, hacer. Llevo diez años autoempleada, y aunque cuando me pongo en plan jefa soy bastante insufrible, también es cierto que soy comprensible y me doy muchos días libres. El horario en mi oficina es estricto, y después de unos años trabajando a diestro y siniestro, sin horarios ni calendarios, ahora por fin he implantado el horario fijo de mañana y en jornada reducida. Me exijo, pero también me valoro. Tengo una libertad impensable en un trabajo por cuenta ajena. Libertad que no es gratis, porque la responsabilidad de absolutamente todo está en mi espalda, o en mi cabeza mejor dicho. Pero compensa.

Hoy por ejemplo me siento cansada, con la energía muy baja. ¿Será que ya presiento el eclipse del domingo o será Marte en Tauro?. La cosa es que la jefa que hay en mi dice: espabila coño que no llegamos a los objetivos que hemos puesto para la semana, mira, ni siquiera has rellenado la agenda de objetivos; y la empleada dice: ay que es que no puedo con la vida, la cabeza me da únicamente para ponerme a tejer. Y no hay aquí una tercera personalidad que imponga sentido común. Porque la explicación es fácil. Aquí jefa y empleada se pasaron el fin de semana entre agujas, cafés, charlas y muy buenas vistas. Y aunque no hubo alcohol, hay resaca. Y así, pues no se puede trabajar.

La empleada va pidiendo vacaciones, sobre todo mentales, pero la jefa dice: ahora no se puede que estamos a tope con los propósitos. (¿qué propósitos?. ¿no volaron todos con la pandemia?)

Menos mal que tengo a la tercera en discordia: la hija de la empleada/jefa, que dice que ya está bien. Que salgamos a la calle, que nos metamos en remojo, y que van a venir las vacaciones, sí o sí. Y ¿sabes qué? Esta niña, como jefa es imbatible.

Jefa y empleada asienten, se ponen la cremita solar y cogen los bolsos, calladitas la boca, y nos fuimos.

Tortilla, pasta y fin de curso

A estas alturas de película, ya sabes que tengo yo más de una tarita. Pero que lo de la organización y la planificación llega a cotas de enfermedad estudio.

Tengo cristalino lo que se come los lunes, y tu si has venido por aquí un poco, también: los lunes son para las lentejas. Lo que pasa últimamente, es que aquí mi compañera de piso, si le pongo lentejas solas, como he venido haciendo de aquí para atrás, pues me protesta. Que eso es poco, que le da hambre enseguida. Así que he ido suplementando las lentejas con lo que se me ha ido ocurriendo. Después de unas cuantas posibilidades, el segundo plato que ha ganado su puesto con diferencia, es la tortilla. Así que ahora los lunes son de lentejas y tortilla. Ya solo falta que me acepte la ensalada para complementar, y me va a parecer que he retrocedido 25 años y estoy en el comedor universitario, cualquier lunes.

Y los viernes, pues yo como pasta. Aquí o en cualquier sitio. Me flipa la pasta, y comer pasta el viernes es como cuando te ibas de fiesta los jueves por la noche, para ir ya inaugurando el fin de semana. Que yo esto no lo sé de cierto, porque nunca lo hice, pero que lo supongo, vamos.

Esta salsa de tomate que he descubierto por azar durante el confinamiento, ha pasado a ser una de mis preferidas. Cebolla, tomate, bacon, alcaparras y una guindilla. Yo lo freí todo primero y luego me olvidé de ella unas cuantas horas mientras la crokpott hacía su trabajo. Qué gran invento la olla lenta. Hice un par de kilos de esta salsa, así que tengo para unos cuantos viernes.

El plato de pasta de hoy va a ser al gusto de MiMariposita, que ya está oficialmente de vacaciones. Qué curso más raro le ha tocado vivir, a ella y a todos los niños. Para mí el curso ha sido un poco un chiste, la improvisación, las dudas, los pocos medios, y también las pocas ganas, para que te voy a decir otra cosa; han hecho un curso que además de caótico de por sí, haya sido muy complicado de salvar.

He podido comprobar que mis dotes como docente están entre cero y nada. Actitud y ganas le he puesto, puede que lo que faltó en otros sitios, pero me han faltado las aptitudes y  la paciencia también. He tenido que hacer balance de necesidades y provisiones, y al final me he apuntado a esto de: zapatero a tus zapatos. He pedido ayuda, a personas que además de capacitación tienen pasión por lo que hacen y gracias a ellas hemos salvado los muebles. No ha sido fácil. Y ahora ya, a toro pasado, creo que puedo afirmar que hemos hecho lo que hemos podido, con la mejor de las intenciones. Pero otro curso así va a afectar mucho en el futuro de los escolares.

Tengo tres meses por delante para mentalizarme. Para desarrollar la paciencia, y para preparar un buen temario para el curso que viene ayudada por quien sabe de esto. Ojalá me equivoque, pero me temo que el curso que viene no diste mucho de este que ahora acaba, y algo habrá que hacer. Dicen que la necesidad es la madre del ingenio, y mira tu por donde, tengo yo un papelito que me avala para ingeniar y estoy rodeada de gente que me van a echar una manita en el tema.

 

Bueno, vale, pero solo un poco

Dice la RAE que escritor es el que escribe, y sin embargo cuánto me cuesta reconocerme en esta definición. Y es de lo más extraño porque yo escribir, escribo más que hablo.

Me paso la vida escribiéndola. Llevo así desde que tengo recuerdos. De hecho, tengo libretas desde que aprendí a escribir. ¿Pero era yo escritora? No, por supuesto que no.

En el 2004 abrí esta ventana, y en ella he escrito de manera más o menos constante desde entonces. Igual un poco escritora sí que soy, dudo a veces, para enseguida responderme: que no, que no te flipes, que ser escritora es otra cosa.

He ganado algún concurso de escritura, he escrito poesía, relatos, cuento extendido, diarios.. pero a ver, ¿eso es ser escritora?. Que no mujer, que no te lo digo más, que escritora es otra cosa.

Y vino mi año sabático, que el domingo se cumplió un año desde que abrazo fuertemente mi tiempo y mi libertad, y por el medio la maldita pandemia.

En este tiempo he estado obsesionada, con todo este melonazo de encontrar mi propósito, mi don, whatever.. Hice cuarenta cursos, igual fue alguno más, pero fueron dos los que me pusieron en órbita: el de Marca Personal de Sol Aguirre y Leire Larra, y el de ¿Qué harías si no tuvieras miedo? De Borja Vilaseca. Estos dos cursos, me pusieron las gafas de ver las cosas importantes.

Y ahí fue cuando caí en la cuenta de lo mucho que escribo. De la necesidad imperiosa de escribir. De que me levanto a las 5:30 cada mañana para tener silencio y dedicarme a escribir. De que necesito escribir para pensar con claridad. Todo esto lo sé hace tiempo, pero ¿era este mi propósito?. Seguramente que no, es como lo de ser escritora… que no, que eso es otra cosa.

Con la pandemia, descubro que escribir es casi tan necesario como comer, beber agua, o ver el cielo entero. Y se me empiezan a acabar las libretas, y me doy cuenta de que en mi cabeza, todo es susceptible de ponerse por escrito. Y me contacta la directora de un diario local, que es amiga, y me dice que por qué no escribo algo para el periódico. Y me entran los siete males. Que yo no soy escritora, que yo lo que hago es juntar letras. A lo que ella me responde, que si que vale, pero que junte letras para su periódico.

Me puse manos a la obra sobre la marcha. Y pese a que mi saboteadora personal viene cada dos renglones a decirme que me estoy flipando mucho, sigo tecleando palabras.

Y mando el artículo, y lo publican. Y ahora me veo en papel y en pdf, y empiezan a llegarme mensajes, y la familia se ríe y se emociona. Y yo, flipada total, me empiezo a gustar verme impresa en el papel de periódico.

A ver si voy estar algo equivocada con las creencias que tengo sobre este tema, y un poco escritora sí que soy.

Oficialmente desconfinada

Hoy estoy oficalmente desconfinada.

El 13 de marzo fue el día 1 de todo esto surrealista que nos ha pasado. Ese viernes yo estaba tranquila y con la mente enfocada en lo que estaba viviendo y en lo que tenía que hacer. Justamente el domingo anterior, 8 de marzo, me fui de picos pardos con mis chicas tejedoras. Y aquí que me vine a contarlo.

Y hoy, 13 viernes más tarde, ya en fase 3, vengo a contarte que anoche, volví a sentarme con mis chicas tejedoras en una terraza a tomarnos un algo.

Cuando se propuso la quedada, yo muy en mi línea mejillón me dije: uy no, yo no voy.

Motivos y razones tenía unas pocas: entre ellas mi heredera. Otro día vengo a contarte lo que es la conciliación y otras cuestiones logísticas de la monoparentalidad. La cosa es que los jueves, la abuela, o sea mi madre, suele tener mucha ocupación, y es complicado contar con ella para que se entretengan mutuamente. Así que mis pocas ganas estaban avaladas por mis excusas. Hasta ayer a medio día, que la abuela dice que no tiene ocupaciones y que le apetece infinito chismorrear con la nieta. Por el medio, se me cruza una sesión de coaching, que me puso en órbita y que me relajó con un par de frases, toda mi psicosis post-coronavirus.

Que tuve que tener una sesión de estas para darme cuenta lo muchísimo que me ha afectado el confinamiento, la incertidumbre, y el maldito bicho. Pero eso, también lo contaré otro día, porque lo tengo que seguir rumiando.

La cosa es que parece que se alinearon los astros para que yo fuera ayer con mis chicas tejedoras a tomarme un algo. Y oye, qué bien.

Se me ha llenado la boca esta semana criticando, así con dedo acusador y todo, lo rápido que aquí se olvidaron de los casi tres meses que hemos pasado encerrados. Que en cuanto entramos en fase no sé cuál, y se pudo, la gente se botó a las terrazas. Y yo ahí como la policía del coronavirus o la vieja del visillo, señalando a cada uno de los consumidores de cañas de todas las terrazas que estuvieron al alcance de mi vista.

Qué bocachancla soy, pero qué bocachancla. Mira que cada día me pongo en lucha con la jueza incansable esta que tengo por dentro. Me regaño, me reprendo, y me castigo. Pero siempre se me escapa por alguna rendija. Como decían aquellos de los que no me quiero acordar… estoy trabajando en ello.

Pues bueno, a lo que voy, que yo realmente la caña en la terraza no la echaba de menos. Lo que sí echaba mucho de menos era a mis chicas tejedoras. Y de eso me di cuenta ayer cuando las tuve alrededor y las pude ver en 3D y no a través de la pequeña pantalla del teléfono.

Qué necesario es tener una red que te acoja, y que te haga reír, y que te saque los pies de las chanclas y te haga poner el culo en una silla de una terraza.

La foto es de la reunión de marzo, cuando no había que poner distancia entre nosotras y hacía un sol espléndido y un viento que nos recolocaba las ideas. Y ya desde anoche, tenemos planes para la próxima quedada con agujas y mucho café.

La pandemia de la culpa

Pues estamos ya como al principio de antes de todo esto, ¿no?

Esta semana ha sido la primera semana que hemos salido cada día. Yo he vuelto a caminar cuatro kilómetros diarios, y las dos habitantes de esta casa se han estado separando cuatro horas diarias.

¿Qué he aprendido esta semana?. Pues que la culpa es poderosa en mi. Muy poderosa, y que me siento como cuando Emma tenía tres años y empezó en el cole.

Esto es algo que me ha costado comprender, y con lo que sé que tengo que transitar en mi día a día, y que no por costumbre, se me hace más fácil. Cuando me reproduje, conocí  a la Señora Culpa. Y es Señora, porque no he sentido nunca una culpa como la que siento desde que soy madre.

Lidio con ella cada día, y aunque la reconozco y trato de aplacarla, no me resulta cómodo. Ayer hablando con MyGirlfriend, tuvimos a bien confesarnos, y las dos cortadas por la vergüenza y saturadas de nuestra propia incomprensión, aceptamos que nos sentimos culpables por todas las decisiones que tomamos respecto de nuestros hijos. Hemos llegado a la conclusión que hagamos lo que hagamos siempre va a haber una parte de nosotras que va a hacernos sentir culpables.

Y te pongo ejemplos prácticos: culpables por no prestarles toda la atención que reclaman, culpables por prestarles demasiada atención y que se de la posibilidad de convertirlos en hijos tiranos; culpables por ese trozo de chocolate que se le antoja; culpables por la media hora de Tablet, o la hora de televisión; culpables por no hacerles comer más fruta; culpables porque no quieren leer; culpables por reclamar nuestro espacio para sentirnos, al menos durante un rato, una persona sin apéndices; culpables por mandarlas a la cama pronto y por suspirar con decepción  cuando se despiertan antes de que amanezca; culpables por necesitar silencio; y así, podría seguir hasta el infinito.

En este confinamiento, donde todo ha sido nuevo, y donde todo parece que nos va a ocasionar un trauma de por vida, la culpa ha estado en su punto más álgido: no están tomando sol, no están comiendo cinco piezas de fruta al día, no están jugando con otros niños, no están haciendo ejercicio, …

Esta semana y después de lidiar con mucha culpa, con mi propio ego, con mis propias creencias limitantes, y también de intentar quitarme un poco de la psicosis de la pandemia, hemos empezado a salir. Tomando todas las precauciones del mundo, pero también volviendo a ser personas de rebaño que necesitan de esas otras ovejitas para seguir sintiendo que pertenecen al grupo. Y mientras hacíamos esa salida, miramos al cielo, y Emma alabó lo bonito del cielo de estos días. Y tiene razón. Estos días ha habido unos cielos espectaculares, y los árboles están frondosos, y los flamboyanos tienen muchas flores preciosas. La luna está llena, y esta noche habrá eclipse. Yo he decidido que voy a aprovechar esta energía, para coger toda esa culpa que amenaza con devorarme y empaquetarla entera. Asumir que estoy haciendo lo que mejor sé con lo mejor que tengo, y que junto a esa cuenta donde voy ahorrando para la ortodoncia futura, voy a ir poniendo también para la terapia, porque haga lo que haga, al final, siempre hay un trauma. Así que nada, yo lo asumo, pongo para la terapia y decido empezar a vivir un poco tranquila, disfrutando de estos cielos tan bonitos de finales de una primavera con pandemia.

De cuando te callas y escuchas

Cuando todo esto pasó, yo escuché, leí, y también opiné, porque ya saben que para opinar no se necesita permiso, y bocachancla pues también soy un poquito.

Nos metimos en casa, y nos limitamos a seguir las normas.

Hemos salido muy muy poco, lo mínimamente indispensable. Y ahí me topé con el tema mascarilla.

Desde el principio me quedó claro que la mascarilla buena, no la había, y que la que había no ME protegía del contagio, así que esas mínimas salidas que hice, las hice sin mascarilla. Y ahí seguí, enrocada en esa conclusión durante un tiempo. Mirándome el ombligo, y centrándome en mi ego de desarrollo personal, espiritual o simple pedantería, escoge tu que me lees.

Me prima me decía, pero con lo que tu coses, hazte una para ti y para Emma, que las haces en un momentito. Yo le discutía que no NOS protegía de nada, que no nos hacía nada. Mi prima, sanitaria desde hace más de 20 años, me decía: pero previene, pero mitiga… Yo seguí mirándome el ombligo de mi conocimiento.

Entonces me veo a mi madre, con su mascarilla puesta, que había cosido ella misma. Y yo le echo la gran arenga.. ella me la cortó en un momento diciéndome, me da lo mismo, yo me siento más tranquila.

Y ya para rematar, me vi el directo de Sol con Eduardo López Collazo, y ahí el ego se me empezó a derrumbar un poco. Y entonces me puse a leer, con ojos sociales y menos personales. Y caí en la cuenta, de que me estaba centrando solo en mi, y en protegerme a mí. Y ahí fue cuando todo se me cayó al suelo. Esto todo no va de uno solo. De ser un único individuo que se concentra en salir adelante solo. Ahí fue cuando me di cuenta de que yo lo tengo que hacer por todos los demás, y que los demás lo hagan por mí. Hoy Sol vuelve a hablar de esto.

Así que me quité todos mis prejuicios y mis pensamientos obtusos y saqué la máquina de coser. Ciertamente en un ratito, las tenía hechas las dos. Ahora ya salimos con ellas.

Ahora creo que voy entendiendo de qué va esto.

Cuarentena -gruñona- Dos

Estamos ya en Semana Santa. Y yo que soy muy fiel a mis tradiciones, me he tomado la semana libre. Y tu dirás, libre de qué.. pues libre de mi.

Libre de planificación, organización, horarios, y agenda.

Voy a dedicarme únicamente a labores vitales para la subsistencia, a dormir, y a hacer lo que me vaya latiendo.

Quería hacerme una cura de sueño, y ya sé que eso no va a ser posible, no si antes no me pongo el uniforme de la vecina gruñona y antisocial que tiene que ir dando golpes en puertas y ventanas para que unos bajen la música, y otros dejen de pelearse.

Vivir en un edificio no es fácil. Vivir en confinamiento en un edificio es otro nivel. Así como dicen que no todos estamos preparados para vivir en aislamiento, en el campo o en según qué condiciones, hay un buen número de personas que tampoco están preparados para esta sociedad. Porque se presupone que vivir en sociedad es algo que todos sabemos, y mira, pues no.

Esto de fumar en la ventana de un patio interior, mientras los demás cogen tus humos, lo ven normal. Poner la música al volumen de una verbena un martes a media mañana, lo ven normal también. Dar portazos, arrastrar muebles, o poner la lavadora (o cualquier otro electrodoméstico) antes de las 8 o después de las 11 pues parece que también es normal. Ya no te digo nada de eso de sacar la bolsa de la basura a la puerta. Claro que si te parece bien vivir en un sótano, lo demás te parece una tontería. Sabes qué es lo bueno, que son inquilinos, y que en aproximadamente dos tres meses se dan cuenta de lo inhabitable que es vivir en un sótano, y se van. Pasan otros dos o tres meses sin inquilinos, y vuelve a empezar el ciclo. Estos están recién estrenando el sótano, en plena cuarentena, ¿cuánto tiempo les damos?

Ya no sé si es el confinamiento o que simplemente estoy gruñona hoy, pero madre mía qué hartura tengo. Ya no cuento los días para que se acabe la cuarentena, cuento los días para poder irme a nuestra nueva casa.

Lo último que hice la semana pasada, fue un super diagrama de Gantt con todo lo que tenemos que hacer para empezar a llevar nuestras cosas. En cuanto nos den vía libre, me pongo manos a la obra. Porque de esta cuarentena me han quedado claras dos cosas: mejor sin vecinos, mejor con terraza. Las dos cosas las cumplimos en nuestra nueva dirección. Y fíjate, que no sé si es el día, o que tengo activada la intuición, pero aún sin salir de esta, tengo la ligera sospecha de que no va a ser el último confinamiento que vamos a vivir.

Mientras, tengo las agujas echando fuego. El segundo de la cuarentena es el Soldotna. Hecho íntegramente con lana que tenía por casa. Me quedo corta si digo que estoy encantada con el resultado. Lo tejí en apenas una semana, y ya cuando lo tenía bloqueando, monté el siguiente. También de colourwork y también de la misma diseñadora. Un crush total con la técnica y con sus patrones.

Lo he tejido mientras veía la temporada completa de Locke & Key, que no me pudo gustar más, y que me situaron, salvando las distancias (espero), en lo que viviremos próximamente: la reforma de una casa antigua.

 

 

8 de marzo

El domingo es un día en el que hay que trabajar y hacer por visibilizarlo, para que (ojalá dentro de no mucho), podamos estudiarlo solo en los libros de historia. Mientras tanto, queda mucho por hacer, y hay que ponerse manos a la obra.

Hoy yo, paro, o me convoco en rebeldía, porque yo, soy feminista.

Ni feminazi, ni antihombres, ni radical.

Feminista. Abogo por la igualdad de derechos, que no igualdad de géneros, ni tampoco en la abolición de la masculinidad, o la castración de los chicos, como muchos nos quieren achacar.

Lo que quiero que se acabe es el machismo, el patriarcado, y que deje de leer noticias sobre asesinatos de mujeres a manos de hombres que se creyeron con el derecho de la posesión.

Hace ya muchos años que me coloqué las gafas violeta, y así como hay personas que hablan de su despertar espiritual, para mí el feminismo fue esto: Un despertar. Después de ese momento nada ha vuelto a ser lo mismo. Barbijaputa, Chimamanda, Caitlin Moran, Roxane Gay… han ido lanzando luz en mi camino. En casa procuro autoras, y MiMariposita está “bien adoctrinada” con su gran colección de Pequeña y grande… Cualquier momento y libro es bueno para hacer pedagodía, y más ésta que tan importante es.

Es como si las gafas me hubieran venido con un detector de micromachismos incorporados. Y cada día en multitud de situaciones oigo como pita.

Porque son tantos, y los tenemos tan interiorizados que no somos capaces de verlos con la claridad que se necesita para denunciar que no son normal. Son habituales pero no normales.

“Mi mujer”… “Qué bien que hay mujeres guapas en esta reunión”… “No llores como una niña”… “Yo ayudo mucho en casa”… “Venga que te ayudo, y voy a hacer la compra, dime que hace falta”… “Yo en las cosas de la niña no me meto, yo crío al niño”.. “El futbol no es para niñas”… “Ese es un disfraz/juguete/libro… whatever de niño/niña”… “Tenía que ser mujer”… “Se te va a pasar el arroz”… y así hasta el infinito.

Porque me muevo en un mundo profesional, que gracias a (no sé quién o que) cada día está mas equilibrada la presencia de hombres y mujeres, porque mientras quieras, qué mas da lo que tengas entre las piernas.. Pero no me olvido de cuando estaba en la universidad, y en una clase de 35, solo éramos dos chicas. Que nos miraban por encima del hombro y que a cada momento sacaban a relucir nuestra equivocación por estar allí. Al parecer les coartábamos los comentarios, y si no nos gustaban los coches, ¿qué hacíamos en una clase de diseño de máquinas?. Y en aquel momento, aunque las dos nos rebelábamos y nos juntamos mucho, (hoy se que así nos hicimos hermanas y estábamos a tope de sororidad), allí aguantábamos lo que hasta el profesor tuviera a bien decir. Chistes machistas hasta el infinito, entre otras tantas cosas.

Porque quiero que me cuenten la historia de verdad, y saquen de esos cajones del olvido al sin fin de mujeres que han hecho posible que yo hoy, esté aquí, haciendo un poco lo que me da la gana. No teniendo que estar amparada en la figura masculina “que responda por mí”. Porque he sufrido Mansplaining, Gaslightting, Manterrupting, y Bropiating, y porque tengo hija, sobrinas, y muchas amigas, y tengo la esperanza de que alzando la voz, vamos a ir acabando con ello. Yo hoy y cada día, me declaro feminista y en rebeldía.

 

Hazlo bien, o no lo hagas

 

Ha vuelto a cambiar el tiempo, y de los días de plata que teníamos la semana pasada, hemos pasado a tener  unos días más frescos a primera hora, pero con una luz cegadora, como cantaba Silvio. Y la canción, que siempre me movió por dentro encontrando fuerza en una ira que no lograba dominar, ahora me sirve para encontrar energía, pero de movimiento, no de ira.

Es rara esta luz, porque no es propia del invierno. Recuerdo cuando leí Los Días iguales de molinos, me llamó la atención lo que le afectaba el azul brillante del cielo de Madrid. Primero no lo entendí, y hasta me pareció mal, porque ¿qué hay de malo en el cielo azul, brillante y claro?. Luego me bajé del pedestal de mi ego, y me di cuenta de la realidad. Este libro me dio varias galletas, de esas de las que se dan sin manos. También asumí con él, de que lo que yo he vivido años atrás, se llamaba depresión, aunque no le dieran ese nombre.

Cuando terminé el libro y me acordaba de lo del cielo, pensaba: No hay nada mal en el cielo azul y cristalino, como mismo no hay nada malo en esta luz de estos días, es tan solo que no conjuga con el estado de ánimo de quien mira. A esta conclusión llegué yo. La luz de estos días me parece obscena, me dan ganas de gritarle: pero oye, que estamos en invierno, en febrero, que tenemos a medio pueblo en cama por gripe, y tu estás ahí, brillando y luciéndote como si fuera agosto… ubícate chica!

El fin de semana me empeño en resguardarme en casa, y dedicarme a mis placeres ya no secretos, pero esta maldita luz me dice: tira para la calle, que parece que el mundo se va a acabar hoy mismo.

Y salgo, me dejo llevar por la prisa y la urgencia de aprovechar cada segundo de esta claridad.

Aún así, vuelvo a mi sitio, y me enredo en los pensamientos que se me cruzan mientras entretengo mis manos, primero en la cocina, para alimentar el cuerpo, y luego en el estudio, para alimentar el espíritu. ¿Qué tendrán las tardes de domingo que siempre te apetece algo dulce y si es con chocolate mejor? Este banana bread es un clásico total en casa. A la que sobran dos plátanos pochos, el horno se va calentando. La receta que uso es la de Alma Obregón del libro: ¿Hacemos pan?.

Este año estoy retomando el patchwork. A finales del año pasado, me apunté a un curso con una técnica totalmente distinta a la que suelo realizar yo. Pero eso es cuento de otra entrada. La cuestión es que saqué varias conclusiones claras de qué es lo que me gusta hacer a mí realmente con esta técnica, y todo lo que encierra empezar y para mí, sobre todo terminar algo.

Empezar un proyecto es algo que crea adicción, lo tengo claro. Elegir el material, elegir la técnica, dar los primeros pasos y verlo crecer. Lo difícil una vez que crece y ya tiene un tamaño considerable es quedarte ahí, mantener el interés y la constancia y llevarlo a término.

Esto me pasa con el patchwork, el punto, incluso con el scrapbooking. Hace no tantos años, cuando me di cuenta de la cantidad desvergonzada de proyectos empezados que tenía, me decidí a cambiar este hábito. Empezar sí, acabar también.

Con el punto me ha sido mucho más fácil, y así llegué a 2020 sin nada en las agujas. Ahora mismo, solo tengo un jersey, y eso amarillo de la foto. Que calculo que para cuando publique esto, estará terminado.

Con el patchwork es otra historia. Este fin de semana volví a sacar mi Centennial. Un quilt maravilloso que lleva más tiempo del que quiero recordar entre mis manos. Ha estado años completos sin salir de su caja. Cada vez que lo saco me emociono, porque es absolutamente precioso, a  mí al menos me lo parece. Y estos días me emociona más porque ya voy viendo el final. Todavía queda bastante, pero yo diría que tiene más de la mitad del trabajo hecho. El domingo corté las últimas piezas del sashing que me faltaban, y con dos filas más, tendré en centro del top totalmente terminado.

Este quilt es además algo especial, porque tiene un diario. He ido anotando las circunstancias en las que he ido cosiendo cada bloque, y espero que una vez pasado a limpio, me traiga a la mente la de cosas y sitios que he vivido estos últimos 10 años.

Por eso sigo tomándome mi tiempo. Está bien terminar las cosas, es fantástico ver el resultado de tantas horas de trabajo dedicada, y de la calidad de los materiales empleados. Pero lo mejor es ver la dedicación. Hacer las cosas con atención, con entrega, y centrándote siempre en hacer un buen trabajo, para mí es más importante que terminar.

Me declaro en guerra total con la chapuza. No puedo con ella. No entiendo que se prefiera hacer las cosas rápido y mal, por terminar, obteniendo un producto de dudosa calidad, a hacerlo con conciencia y bien. No lo entenderé nunca. Las chapuzas, siempre cuestan el doble, en tiempo y en material. No todo me sale bien a la primera, la maestría lleva aparejada mucha práctica, lo que sí te digo es que cada vez que intento algo, lo hago con toda la atención, procurando hacerlo lo mejor que pueda.

Dice Sergio Fernández, que como haces una cosa, así lo haces todo. Y hay tanta verdad en esto, que te deja con los ojos abiertos como huevos fritos.

 

Enlightened

Parece que mi ritual de limpieza de enero, está dando resultados, y esta semana, aunque he acabado como un trapito, he logrado llegar a casi todo.

Me he permitido dejar cosas atrás porque realmente no me interesan, y porque estoy en este momento de mi vida en que no “tengo que” nada.

Esta mañana, mientras hacía mi hora de ejercicio, me dio por hacer balance. Hoy el día no estaba gris, simplemente es que era de plata.

Al llegar a la playa me encontré una barca, y me di cuenta de que ya no miro la mar pensando en todos esos marineros que conocía bien, y que nunca sabía a ciencia cierta donde estaban. Solo los que hemos tenido un marinero en casa conocemos esta sensación de incertidumbre. Ahora ya no miro la mar de la misma manera, porque ya todos los marineros por los que me preocupaba en aquel entonces, están fuera de la mar. Ya ni siquiera tengo un barco por el que preocuparme, no creas, esto aún pellizca un poco el corazón. Aunque de gracias cada día por ello.

En casa, cuando yo aún era una judía, vivimos un naufragio. Uno terrible. Uno que cualquiera sabe cuál fue el motivo, solo ElCapitán volvió para contarlo. Él volvió y gracias a eso yo conocí un padre, y tuve tres hermanos más. Mi vida pudo haber sido totalmente distinta. ¿Qué o quién determinó lo contrario?.

Cuando vivía en Gran Canaria, sobre todo en la última etapa, y principalmente porque no me entendía, tenía momentos terribles de total angustia, castigo y ansiedad. Cuando sentía que todo me superaba, y me cansaba de mí, hacía kilómetros hacia Pozo Izquierdo. Allí encontré sobre todo serenidad. Allí dejé también un montón de lágrimas.

Hoy al pasear por el litoral municipal, me percaté de lo mucho que se parecen estos callaos a los de Pozo Izquierdo, y la gran diferencia que hay entre aquella chica sufridora, y la mujer que hoy los mira.

Porque creo que en todo este tiempo, lo más importante es cómo he ido encontrándome. No ha sido fácil, no voy a decir ninguna mentira aquí y ahora. Tengo un armario lleno de muertos, a los que agradezco lo que tuvieron que ver en que yo siguiera mi camino. Sé dónde está el armario, sé quienes son mis muertos. No lo abro, tampoco tengo ya nada que ver con ellos.

Me perdí porque buscaba desesperadamente encajar. Fui quitando cualquier detalle de mi carácter que creía que podía molestar. Terminé quitándome tanto que llegué a no reconocerme. Hoy que me siento yo, he vuelto a recuperar mi carácter en su totalidad. Evolucionado, como es lógico, los años juegan un componente importante en todo este asunto. Los años, y la constante necesidad de ir a lo profundo. De sitiar mi cerebro con cualquier cosa que me atormenta o me apasiona. Soy bastante freaky con mis intereses, y bastante apasionada también. Dos características que parecieron siempre molestar.

La cuestión es que ahora no me escondo para leer todos esos libros que antes leía a escondidas, y que se amontonan en mis mesas de noche. Me los pongo ahí para presionarme a leer más y comprar menos. Los resultados no son muy satisfactorios, por cierto. Tampoco me oculto para tejer, coser, o hablar de cocina. Ni para decir que en casa fregando soy más feliz que en una oficina como una ocupadísima profesional. Me chirría cada vez que alguien me dice: es que yo no tengo tiempo para eso.

Me trae al pairo lo que piensen cuando bloqueo, o dejo de seguir en cualquier red social, porque veo mensajes o publicaciones que no me gustan. Me importa bien poco que se sepa que hablo con las plantas, que bailo cada tarde, que consulto tarot, numerología, astrología, y recetas santeras de limpiezas de auras. ¡Ah! Y que soy muy fan de Belén Esteban y Boris Izaguirre.

En resumidas cuentas, que puede que haya madurado o que haya perdido la vergüenza, la cosa es que ya no me callo, y nunca me he sentido más yo.

Esta mañana mientras pensaba eso, me di cuenta de que la barca se había alejado de la costa y estaba debajo de un claro de nube. La imagen me pareció una iluminación. Así como misma yo me estaba sintiendo en aquel momento.

Después de aquellos años en que me obstiné en acabar lo que en aquel entonces era una tortura, me alegro mucho de no haber tenido resultados, y de estar hoy aquí.

Al final, esto está bastante bien.