De tejer

Mi carpeta de Fotos del móvil o del ordenador, está llena de un montón de fotos de lanas, capturas de pantalla de jerseys, de mis manos tejiendo y de cosas que acabo de tejer.

Ayer Siona en un post de IG, se preguntaba ¿qué hacía la gente que no tejía?. Y Aroa hace unos días también preguntaba si meditábamos.

Estas dos preguntas, en mi caso, se contestan igual: tejer tejer tejer.

Yo empecé a tejer cuando las agujas rectas eran casi tan largas como lo eran mis brazos en aquel momento. Me las colocaba debajo de las axilas y mi cuerpo se quedaba compactado, mientras tejía y tejía.

Recuerdo perfectamente lo primero que me tejí. Era una especie de jersey sin mangas y con cuello barca de color azul celeste y con tres rayas blancas en la parte del cuerpo. Lo tejí de abajo arriba, y por separado. En el cuello y la sisa, tenía menguados y luego hice una auténtica obra de ingeniería para coserlo todo y que quedara “bien”. Era de un acrílico finísimo que tejí durante todo un verano.

¿Qué me llevó a aprender? Supongo que mis abuelas, que las dos tejían.

Mi madre siempre fue de ganchillo. Con las agujas, aunque sabe tejer, no se termina de entender.

Recuerdo también dos vecinas mayores, con las que pasaba alguna que otra tarde, mientras mi madre hacía recados. Ellas también tejían, y ver cómo ellas se hacían sus propios jerseys o chaquetas, a mi me parecía lo más.

De hecho, recuerdo que a ellas fueron a las primeras a las que les insistí para aprender. A día de hoy me pregunto si ellas seguirán tejiendo.

Tejer me devuelve a mi centro. Tejer me da calma y me recuerda que tengo que respirar y soltar los músculos.

A estas alturas de la vida, en las que ya soy un tigre de muchas rayas, sé que si cada día no tejo, estoy guardando malhumor para el día siguiente. Es como la garantía de que el devenir diario se me hace llevadero. También hay épocas en las que me pongo una suerte de objetivos inalcanzables que me tienen tejiendo hasta la madrugada.

Ahora en verano, es como contradictorio, porque es más agradable hacerlo en invierno, con un ovillo de alguna lana calentita. Pero nada que ver, se puede (y se debe) tejer lana en verano, y bueno, si eres un poco así, pues tejes en algodón, que hay por ahí cada ovillo de algodón que es un espectáculo.

Si me preguntas, y no voy a ser nada objetiva por todo lo que te vengo contando, creo que todo el mundo debería aprender a tejer. Así como aprendemos a cocinar o a mantener la casa limpia. Vale que luego lo delegues y termines comprándote los jerséis en zara o en sitio similar, pero aprende. Vive durante algunos días enredada en la hebra y las agujas. De verdad, es meditar. Es abstraerte de todo lo que está a tu alrededor y entras en una especie de blandura cómoda y acogedora de la que no te apetece salir.

La verdad es que ya no imagino mi vida sin tejer, o sin ovillos en cualquier armario. Esto es un daño colateral. Llega un momento, porque llega, por mucho que te controles y te reprimas, en que tienes más lana de la que puedes tejer. Eso es así. Pero no importa, la lana no caduca, y supongo que mis ganas de tejer, tampoco lo harán.

17 años de posteo intermitente

Hoy hace exactamente 17 años desde que abrí esta ventana.

Llevo 17 años escribiendo aquí de forma intermitente.

Este espacio me ha servido para desahogarme, compartirme, reflexionarme, mostrarme, quejarme, estudiarme y muchas veces descubrirme.

Mucho de lo que soy hoy, tiene que ver con que hace 17 años se me ocurriera abrir este blog.

Durante estos años he pasado de un portal a otro, he subido un montón de fotos, he cambiado varias veces la cabecera… el blog ha ido mutando, como lo he ido haciendo yo.

Por aquí hay más de 1000 posts. De cuando iba a conciertos, de cuando me enamoraba, de cuando me rompían el corazón, de cuando me encerraba, de cuando dejaba de comer, de cuando no entendía nada, de cuando creía que lo entendía todo, de cuando perdí a mis perros, de cuando me despedí de mis abuelos, de cuando me embaracé, de cuando me reproduje, de cuando descubrí qué era de verdad ser madre, de cuando publiqué un libro, de cuando enseñé lo que tejía, de cuando vendí lo que tejí…

Muchas canciones. Muchos libros, y sobre todo agua. MiNorte. La playa. La mar.

Y también piedras. Todas las que he ido apartando del camino y que me han servido para ir delimitando mis lindes.

Hoy celebro estos 17 años, con mi labio rojo y los cupcakes de Repostería Encantada. Que la conozco casi desde el mismo tiempo. Celebro con emoción contenida, con ganas de bailar. Y sobre todo de hacer fiesta.

Y por todo esto. A partir de hoy, ya, puedes hacerte con uno de los sayos.

Todos los datos los tienes en el post anterior. Hay dos de cada color. Y la venta será por orden de llegada, como la cola del médico 😉

Escríbeme un DM en Instagram, en @petricoreta y te guardo el tuyo.

Cada sayo vale 35,00€; y si estás por aquí, te lo entrego en mano, a partir del lunes. Si te lo envío tienes que añadir el gasto del correo, que serán 6,00€.

Y con esto y mi cupcake, me voy a celebrar, que además,  hoy es viernes.

 

 

Anclada a las torrijas y a los semlor

Hace un par de semanas, en un directo de IG de Sol Aguirre con Ana Pola, me dieron droga de la mía.

Hablaron de anclajes, de cómo crearlos, de cómo cambiarlos, de cómo identificarlos.

No creo que nada me entusiasme más que los anclajes. Es lo que llevo haciendo con este blog desde que lo abrí. Te voy a dar un dato que igual te da un poco de vértigo. La primera vez que escribí en esta ventana, fue el 18 de junio de 2004. Parece increíble. Cuando leo u oigo algunas bloggers que hablan de sus blogs, y del tiempo que llevan escribiendo en ellos, y dicen: desde el 2013, 2014, 2016… pienso: aficionadas.

La relación más larga de mi vida es con este blog. Lo he dicho muchas veces. También ha sido la más sincera.

Así que el blog para mí está lleno de anclajes. Es mi constante.

Y como no puede ser de otra forma, qué crees que he hecho estos días, durante la semana santa. Está claro: torrijas y semlor.

¿Tu concibes el Carnaval sin la canción de Celia Cruz?

¿Decir hay marejada, sin que oigas la canción?

¿O las Navidades sin polvorones?

Pues todo eso son anclajes, y por eso mismo, las torrijas y lo semlor son indispensables en esta semana.

¿Tengo siempre ganas de hacerlo? Pues claramente, no.

De comérmelo sí. De eso siempre tengo ganas, la verdad.

A veces me gusta mirarme el ombligo, y pensar: ¡coño! estaría muy bien llegar a casa y que estuvieran hechos, con la casa oliendo y la baba cayéndoseme pensando en el festín del plato. Pero de momento, esto no pasa, así que espanto la pereza y me pongo manos a la obra.

Si llevas tiempo por aquí, sabes de lo mucho que me gustan los procesos. Y las cosas que no son de hoy para dentro de un rato.

Me gusta el tiempo de fermentado, de macerado, de cocción lenta.

Esto es una contradicción total con mi naturaleza, en la que la impaciencia es una de mis principales características. Pero ¿qué crees? Utilizo la magia de los tiempos para ir rompiendo esta creencia limitante sobre mi impaciencia.

A principios de semana, hice el pan para las torrijas. Y a mitad de semana los semlor. Ahora mismo tengo el congelador a topísimo de estas delicias.

Me quiero mucho cuando tengo ganas de algo rico y  que me abrigue y tengo de estas cosas en el congelador. Este pensamiento me ayuda mucho a luchar contra la pereza, por si te sirve.

Cuando me como uno de estos bollos, habiendo pasado ya la semana santa, me reconforto. Me traigo al presente la vivencia del momento en el que los horneé.. a Fredi Leis cantándome en la cocina y a esa luz de media tarde que se cuela por la cristalera del salón. Ese breve instante en el que soy feliz, porque estoy en calma. Un gran anclaje. Misión completada.

 

El descanso

Ayer escuché el último programa del podcast de Cristina Mitre. En él habla con la Dr. Marián Rojas Estapé. Me hice super fan de esta doctora, después de leer su libro Como hacer que te pasen cosas buenas.

Creo que después de Los Cuatro Acuerdos, es el libro que más he regalado. Yo lo pondría de lectura obligatoria en todos sitios. ¿Sabes leer? Lee esto.

En el programa, habla de la cronopatía. Y lo define como el trastorno que sufren algunas personas que se obsesionan por no perder el tiempo. Y según iba escuchándolo, más me daba cuenta de que lo sufro en todo su esplendor.

Soy una talibana de la gestión del tiempo y del control total de dónde empleo cada uno de los 1440 minutos diarios de los que dispongo. No me parece tener un mayor problema queriendo exprimir cada hora y con ello cada día. Lo que me asombró es que sin darme cuenta me estoy elevando muchísimo los niveles de cortisol, que vienen aparejados con la sensación de estar alerta todo el día.

Hace tiempo que le tengo la guerra declarada al cortisol, ni que decir tiene que me gana cada batalla que afrontamos. También tengo que decir que ir perdiendo la mayoría de las veces, no ha hecho que merme mis ganas de seguir plantándole cara.

Me conozco bien, y sé que romper la agenda de ahora para después no va conmigo. Y que yo mis tiempos, los tengo que ir digiriendo. Así que como la agenda es impepinable, y siguiendo las recomendaciones de mi querida Sol, lo que he hecho es agendar descansos.

Pero descansos de verdad. No dormir, no estar con Emma, no tomar café con… no-one… ahora esto ya no lo hacemos.

Descansar para mí significa leer, pasear sola mirando la costa. Tirarme en el sofá. Hacerme la manicura con calma y esmero, ponerme una mascarilla, darme un automasaje. Empezar un proyecto de punto nuevo. Cerrar los ojos mientras escucho a John cantarme.. Y sobre todo dejar la mente en blanco. Con todo esto.. me doy cuenta de lo mucho que me cuesta descansar. Lo de dejar de pensar es algo que no me resulta fácil. Mi meta para esta semana va a ser ralentizar estos pensamientos. Tarea titánica.

Estos días estamos disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Y ayer, cuando llegaba yo a estas conclusiones y me disponía a sacar la agenda para ver cuáles serían mis ratos de descanso, mi querida heredera, se plantó delante de mí con la maleta hecha, comunicándome que se iba con los abuelos dos días, que necesitaba descansar y cambiar de aires. De primeras me quedé en shock, de segundas le alabé la acción, y de terceras le di la enhorabuena y la bendición, por tener tan claros los descansos que le pide su cuerpo.

He tenido una tarde de verdadero descanso, y me he levantado con esta cara. Yo creo que lo del cortisol lo voy controlando.

 

Ahora

 

Ya han pasado tres meses desde que estamos en la nueva casa, que es vieja.

Esta casa es la casa familiar. Viví aquí poco tiempo continuado. La estrenamos en el 1988, pero yo en el 1993 me fui. Luego solo venía a pasar las vacaciones, es decir: Navidad, Semana Santa y parte del verano, porque la mayoría lo pasábamos en el Norte. En 2005 me fui a mi piso, y ya esta no fue más mi casa.

Así que yo, en esta casa, vivir he vivido poco. La he sentido muy poco mía. Era la casa de la familia, casapadres, pero mía no.

Es curioso como para Emma, esta era LaCasa. Siempre quería venir aquí, siempre quería estar aquí. Tanto es así, que en estos tres meses no ha vuelto al piso donde se crió y que se supone que era el único hogar que ella conocía.

Pues aquí estamos. Después de una reforma, de montar unos cuantos muebles de ikea y de dar muchos muchos (demasiados) viajes de cajas y bolsas. Yo andaba ufana y chulita sobre lo bien que hice el MariKondo hace un par de años. Me ha quedado clarito en estos tres meses que soy una minimalista de pacotilla.

Además, tuve que hacer todos estos viajes con obras municipales. El coche cargado hasta la baca, y la calle de acceso a la casa nueva vieja cortada. Tenía que dejar el coche a tres calles de la casa y venga a cargar. Cuando empezó el año me plantee apuntarme a hacer ejercicio de fuerza, porque la edad y esas cosas. Me di cuenta de que los señores gestores municipales, me dieron el gusto y gratis.

Bueno, no me voy a quejar mucho más, porque fuckin mudanza, ya está acabada. Me quedan algunas cajas por desempaquetar pero no es nada que vaya a necesitar en breve, así que a esperar.

De lo mejor de una mudanza, es tener que poner en orden todo lo que tienes. Es un inventario vital muy bestia. Entre las miles de cosas que he transportado de un sitio a otro, me he dado cuenta de varias cosas.

Lo primero, es que por la cantidad de posesiones, lo primordial en mi vida son las cosas que hago con las manos. La ropa, las cosas más personales, los enseres de cocina, casa, baño.. todo eso lo mudé en apenas dos viajes. Cuando tocó el turno al estudio fue cuando se mascó la tragedia. Parecía que aquel cuartito, de poco más de 5m2 tuviera doble pared, techo y suelo. Cuanto más sacaba, más quedaba por sacar. Telas, hilos, más telas, papeles de scrapbooking, lanas, lanas, otra bolsa de lanas.. y muchas libretas y bolígrafos. ¿Me he desecho de algo?. De nada en absoluto.

En medio de todo esto, encontré un vinilo que compré en LucíaBe y unas láminas que le compré a Nuria Díaz. Las compré porque me enamoré de ambas cosas en cuanto salieron y pensaba en lo bonita que quedaría la casa de mi sueños (esa de la que tengo hasta los planos, pero que no sé cuándo se materializará) con ellas. Hoy pandemia mediante, están ya colocadas. Creo que esto es lo que he aprendido de este año: mejor ahora que después. En todo. No hay paraluegos. No hay que dejar de disfrutar algo ahora, por hacerlo más tarde.

Se me ha instalado en el cuerpo la urgencia. Urgencia por estrenar la ropa, por maquillarme con el maquillaje nuevo, por usar las telas, la lana, los hilos, para lo que tenga en mente en este momento. Se acabó el reservar para después. He fulminado el mañana y el reservar las ganas.

Me he dado cuenta de que la vida es ahora. Que ahora estoy viva, y que es ahora cuando tengo que disfrutar. Así que como es viernes, ya tengo preparada mi lista de reproducción, le voy a dar a la mesa del salón para atrás, y esta tarde en cuanto Emma vuelva del cole, vamos a romper los zapatos bailando, al ritmo de Edwin Rivera y sus quemaquemaquema.

 

De plata y batiburrillo

¿Esto es ya la nueva normalidad? ¿O es la segunda ola? ¿O todo es igual pero distinto? ¿O.. same shit, different day?

Mira no sé. No estoy yo muy lúcida para venir aquí a esclarecer el panorama.

No tengo mucho que contar, o para ser más precisa, lo que tengo para contar me da una pereza infinita. Todo septiembre me está dando pereza.

¿A quién le echo la culpa? ¿A Mercurio?

A ver, que estoy haciendo un poquito de dramita,  yatusabesh

La realidad es que estoy en medio de tantas cosas, que estoy buscando desesperadamente el hueco por el que huir, por eso vengo aquí.

Esto siempre ha sido mi lugar de huir, o mi casa de los gritos. Me estaba acordando hoy, de que hace diez años, me la allanaron. Y encima consiguieron que me sintiera culpable de tener voz, y de querer gritar. ¡Habrase visto!

Minuto de reflexión y agradecimiento de que todo eso quedó atrás.

¿Qué de qué estoy huyendo esta vez?

De una reforma, de una mudanza, del inicio del cole, y de un síndrome de la impostora nivel experto.

Ahora mismo quisiera a ese par de gemelos ¿canadienses? Que te reforman la casa mientras tu estás cómodamente intentando seguir con tu vida. Pero ni los gemelos están por aquí, y  me temo que no tengo yo el cash suficiente como para costearlo. Con lo cual, yo elijo, yo mido, yo desmonto, y si me apuras mucho, yo terminaré alicatando la cocina.. (me encomiendo al albañil y que no me lo permita).

Las reformas me dan fatiga. Y las mudanzas no te cuento. Le decía a mi hermana pequeña hoy, que está será mi mudanza 10. Y sé que no será la última, aunque ahora eso no lo voy a pensar, porque si no, ni empiezo.

Pero bueno, ya me recompongo. Tengo mucho avanzado. He hecho un planning de cómo voy a ir llevándome las cosas, y tengo un diagrama de Gantt de cómo se irá haciendo la reforma (que se note ahí la profesión). De momento lo he ido cumpliendo, y me voy a dar una palmadita en la espalda, porque lo que he hecho, ha ido bien. Tengo ya elegido el suelo, las pinturas, y los muebles que tengo que comprar. Todo under control, parece.

Septiembre ya va listo, y hoy empieza el otoño. Los días deberían empezar a ser naranjas, y los árboles empezar a perder sus hojas. Nos conformaremos aquí, con seguir teniendo días de plata.

Echo de menos ser una Dragon Girl

 

Madre mía la luna llena. Menos mal que ha ido pasando, porque otros dos días a este nivel de intensidad y termino medicada, en serio te lo digo. Yo no sé si a ti te afecta tanto como a mi, que yo estoy descubriendo lo que hace conmigo de poco para acá. Mía ha tenido la culpa. De tanto escucharla voy llevando un registro de lunas y de mis estados de ánimo, y con esta información ya puedo hacer un informe.

La luna llena me pone intensita. Quiero hacer todo, y quiero hacerlo rápido, y además no encuentro límites a seguir añadiendo tareas a la lista.

Así que evalúa el cocktail: septiembre, luna llena, y amenaza de confinamiento constante. El resultado es como una bomba racimo. La reforma esa que tanto he hecho en mi cabeza ya tiene fecha de inicio, para lo cual hay que mover un buen montón de enseres, y que finalmente se coronará todo con la mudanza. ¿Y por qué hacerlo despacito si una puede agobiarse intentando hacerlo todo en 15 días?

¿Quién da más?

Resumen, estoy baldada de mover bolsas y muebles. Y la fiesta esta no ha hecho más que empezar. Así me tiene la luna. Y ahora que ya no hay luna llena, y la energía empieza a bajar, me encuentro metida en un fregao simpático, que ya no tiene vuelta atrás.

Tengo un amigo que siempre me decía: burro cargado, busca vereda. Y pues eso. Esta burra va a buscar el camino de seguir. De encontrar buenas pinturas, y muchas cajas, y con otra luna más y un poco de retención de esta pandemia, me veo mudada en poco más de mes y medio.

Mientras tanto, echo de menos mucho una cosa. No me di cuenta hasta ayer, que transportando un espejo me vi reflejada en él. Morena y lustrosa, pero con unos labios tremendamente pálidos. Echo de menos ser una Dragon Girl, y coger mi lápiz de Nars y ponerme mi boca bien roja antes de salir a la calle.

Ahora que no nos quitamos la mascarilla para casi nada, una no puede ponerse el rouge, si no quiere terminar luego como Lolita Pluma.

Otra cosa que no te perdono, Corona.

Hoy, que me voy a dar un descanso, he terminado de desayunar, me he lavado los dientes, y como no pienso salir de casa para nada, me he puesto bien de rojo. Me faltan muchas cosas de mi vida de antes, pero esto de mirarme y verme con mis labios bien maquillados, esto te lo voy a pelear.

Septiembre pandémico

Me encanta cuando la naturaleza me predispone a vivir lo que viene. Inauguramos hoy septiembre, y desde el fin de semana lo vengo notando.

Hasta me llovió y muestra de ello, la foto que mi hermana sacó. La foto preciosa, porque ¿cómo es de bonita esta foto?. Mi hermana hace cosas increíbles, lo mismo te saca fotos que te compone una canción.

La lluvia del fin de semana la agradecí infinito, porque terminé la semana pasada, huyendo despavorida hacia el norte, donde corriera un poco de aire y me despegara de la cara el calor más asfixiante del año.

En el norte siempre hace fresco, supongo que la orilla del mar tiene mucho que ver. Por lo menos allí, si sientes calor, tienes la orilla fresca donde refrescarte.

Pasados ya esos momentos, el termómetro ha vuelto a lo que espero de él. Unos cómodos 25º y el cielo plomizo, tipo panza de burro. Todo de lo más apropiado para este mes que estrenamos.

Para mí, como para muchos, el año tiene dos comienzos, en enero y en septiembre. Empezar septiembre es como un ensayo general de lo que vendrá. Siempre pongo grandes esperanzas en este mes, y este año aunque me esfuerzo por conservar mi ilusión, sé que tengo una sombra oscura, alargada y pegajosa, de la que me es muy difícil desprenderme. Tengo mucha angustia, generada por toda esta incertidumbre colectiva. Se me hace harto difícil dilucidar qué puede pasar o cómo vamos a salir de esta. Aunque también soy consciente de que yo solo puedo hacer una cosa, o bueno, dos: ponerme la mascarilla y mantenerme distanciada.

Septiembre empieza y debería empezar el curso escolar también. A día 1 no sabemos qué pasará. Después de seis meses no se sabe nada. Debe ser que no se ha tenido tiempo para evaluar posibles escenarios y con ello trabajar las distintas modalidades de clase. Estoy muy enfadada, ¿para qué lo voy a ocultar más?. Aquí sobra burocracia y faltan decisiones. Y me molesta infinito pensar que por culpa de estas dos cuestiones,  las personas que cobran (porque nosotros les pagamos) para ello, no actúan de manera efectiva para terminar con el papeleo y ponerse manos a la obra. Debería empezar  el curso, pero más bien parece un “sálvese quien pueda”.

MiNorte sin fiestas

Este fin de semana si todo hubiera sido como el año pasado, habríamos despedido las fiestas de la Vírgen del Buen Viaje, con pena y cansancio. Habríamos comido puchero, ido a ver cómo embarcaban la Vírgen, oído los fuegos artificiales, visto a San Martín de Porres mientras se acercaba al pueblo… oído la verbena desde casa, escuchado las amanecidas de los verbeneros…

Pero ya saben que este año, pues la cosa no es lo que era.

Este año no dimos ni un beso, tampoco vimos a la Vírgen embarcarse ni a San Martín venir. No hubo verbenas, ni amanecidas, ni parrandas ni jolgorios.

Comimos puchero dos veces, eso sí.

Este año no vimos a los habituales que vienen de turisteo a MiNorte. Había gente, alguna, nada que ver con otros años, aunque mucha más de la que me esperaba. Muy poca mascarilla pese a que fuese obligatoria.

Lo único que permaneció igual este año fue la playa, las puestas de sol, y el viento. El viento imbatible e incansable que de alguna forma me ayuda a encontrar la constante. Las caminatas por los riscos, la tertulia en la sobremesa, y los croasanes para desayunar. El té después de la playa, y los quintillos antes de la cena.

Tengo un deseo profundo e intenso por recuperar lo que fue, sin embargo, la cordura me induce a acostumbrarme a lo que es hoy.

De momento, estamos de vuelta. Instaladas y organizadas, con caras largas y pocas ganas de hacer cosas. Resignadas y envueltas en la incertidumbre de qué pasará con el curso. Todavía me niego a creer que no empiece el curso, sin embargo, la misma voz que me dice que me acostumbre a lo que es hoy nuestro día a día, me dice que vaya mirando el temario de cuarto de primaria, y que empiece a repasar lecciones.

El descanso y mi bisabuela Maximina

Tengo las muñecas a tope de power estos días, porque no he hecho más que tejer. Anoche, un un calambre como rayo sutil, me atravesó desde el codo a la muñeca y ahí me salió una red flag.

Pensé que más me valía descansar un poco porque a este paso habré acelerado mi artrosis unos cuantos años, y pensar esto amigas, hace que se me seque un poco bastante la risa.

Así las cosas, me he propuesto descansar.. (mucha suerteh).

De momento he intentado despistarme todo lo posible haciendo otras labores. He hecho tareas domésticas, he visto como mi hermana pequeña, la otra artista, ha maquillado a las tres personajillas que hablan sin parar en esta casa. Me ha dado hasta envidia y he terminado pidiéndole que me maquillara a  mí. Luego, cuando me lo he quitado para irme a la playa me dado una pena tremenda, la verdad.

Se ha quitado el viento, y los días son largos y quietos, con una brisa marina ligera que al menos impide que nos derritamos. Se está bien aquí, por momentos me olvido de todo lo que está pasando por fuera del entorno que es esta casa, pero me acuerdo rápido, porque por la calle pasa gente, y todas llevan mascarilla. La realidad aplasta como el sol de medio día. Todo es incertidumbre, y yo esto lo llevo regular. Creo que por eso he tejido tanto estos días, es la única forma que tengo de evadirme de ella.

Me han traído  el periódico donde escribo, y sigue dándome mucha vergüencita verme ahí, en la página 19. Aunque también me da mucha emoción, para qué te voy a decir otra cosa. Me pongo a pensar en esta bisabuela que no conocí, que enseñó a bailar a mi padre, y que podía pasar horas caminando sin decir una palabra, aunque fuera acompañada. No sé qué pensaría de todo lo que está pasando, de lo poco que se nos pide, y lo mucho que nos cuesta. Igual aprovechaba uno de sus silencios para hacerte entender que lo que pasa es serio, y que no deberíamos tomarlo a la ligera, como parece que hacemos por la cantidad de contagios que hay estos días.