Escribir en El Enfoque

Hace unos meses que he vuelto a escribir en  mi periódico local. No sabes los nervios que me dan cada vez que me veo en el papel del periódico. Es una especie de dolor de barriga de nervios y alegría.

La verdad es que, en este momento, me gusta pararme y mirar para atrás… a aquel momento en que Mónica, la directora del Enfoque, me dijo si me gustaría escribir en el periódico. Recuerdo claramente la emoción, los nervios, el dolor de barriga. Le dije sí, claro. Porque en esos momentos he aprendido a gestionarme, y a tirar para adelante cuando sé que algo me emociona aunque me mate del susto. No siempre me ha salido bien, también tengo que decirlo. La cosa es que cuando llegué a casa, el miedo tomó todas las riendas, y la Señora Impostora que me habita de vez en cuando, se hizo protagonista. Focos a su persona, y lo dio todo. Creo que ha sido uno de los momentos que más he tenido que imponer mis ganas al miedo. Ganaron las ganas, y me felicito cada mes, cuando me veo publicada.

Sin embargo, cada vez que me pienso que lo que escribo, va a tener vida fuera de mi, me entran los sudores fríos. Luchar contra la impostora, se ha convertido en parte de mi día a día, y me pregunto si alguna vez me veré libre de ella.

La primera temporada de artículos, ya soy como una serie de Netflix, la dediqué a algunas mujeres de mi vida, que me marcaron y que me marcan todavía. Aun no he acabado con ellas, pero las he puesto en barbecho de momento.

Ahora me he dedicado a escribir sobre mis básicos para sobrevivir. Y que también está ligado con mi libro. Ese que terminé de escribir a principios de mes, y que está ya a puntito de ver la luz. En breve vengo por aquí en plan Paco Umbral, advertido queda todo el mundo.

En mi Manual de Superviviencia, y que ya ha salido a la luz en las columnas del El Enfoque, está: escribir, alimentarse, y próximamente: el silencio.

A veces el silencio es mal entendido. Me he tenido que poner y quitar la etiqueta de muy habladora y de silenciosa, unas cuantas veces. Y si tengo que ser honesta, la de habladora la tengo ya olvidada. Ha habido ocasiones en que me han dicho que soy callada o bruta, por andar en silencio, y la verdad, cuando estoy así, ni fuerzas para romper el necesitado silencio para explicar la cuestión.

Estar en silencio no es un capricho, o un antojo, es una necesidad.

Estamos llenos de ruido. Exterior e interior. Todo el día hay sonidos alrededor. Yo necesito silencio. Primero aislarme del ruido, luego no generarlo.

El silencio me da la base para seguir funcionando bien, es como si me limpiara el aura, si es que esto es posible y existe. Pero de alguna manera así lo siento.

Cuando Emma era pequeña, se subía al coche y hablaba como una cotorra. Desde que empezó a articular palabras, no ha dejado de hacerlo de forma constante. Cuando teníamos que hacer un trayecto medianamente largo, le proponía un juego: la primera que hable pierde. Al cabo de medio minuto, con su media lengua, decía: mamá perdí. Y al palique de nuevo. Nunca intentó siquiera llegar al minuto de silencio. Ahora me rio, pero me acuerdo de la saturación de sonidos que tenía cuando era bebé, y me dan ganas de abrazarme fuerte. Ya pasó. Ahora hay un poco de silencio. Ahora puedes encontrar el silencio de forma más fácil.

Y tu ¿necesitas silencio o eres de ruido?

¿Para qué… whatever?

Hace ya unos cuantos años en los que entré de cabeza a estudiarme. Supongo que lo hice porque llevo toda la vida estudiando, y en algún momento pensé que podía ahorrarme unos cuantos euros en terapia si aprendía a entender mi cerebro y cómo funciono.

En esos primeros años, por algún lado oí: chacha te jodiste.

Y sí, entrar en estos procesos es muy enriquecedor, pero también lleva mucha trabajera, y en algunos momentos da una pereza infinita. Pero claro, era esto o seguir repitiendo patrones y sufrimientos. Entrar y salir de la mazmorra de forma intermitente como ya he contado.

Cuando la cosa se pone así como más fea o densa.. de ese color hormiga. Todo cuesta. Me acuerdo ahora de la canción de Marwan de: la vida cuesta. Y sí, hay momentos que dices: en qué bendito momento me metí aquí.. Y entonces tienes que lidiar con la motivación, y muchas veces es más fácil volver a la ShitZone, que conoces, aunque huela mal.

De hace un tiempo para acá, encontré la explicación a por qué volvía sobre mis pasos a la mazmorra. Y lo primero es por eso, por la ShitZone, la cononces, te es familiar, sabes moverte ahí. Te sientes como una caquita, pero es una sensación que ya reconoces. Y la segunda es que no tenía bien clara la respuesta a la pregunta ¿Para qué..?

Te lo explico. Cuando haces algo, como en el en caso de querer salir de la mazmorra.. sabes que no va a ser fácil, te va a costar, y tu motivación muchos días va a pender de un hilo. Ahí lo único que te salva de seguir adelante es tener muy claro para qué quieres hacer lo que estás haciendo. En el caso de la mazmorra, la respuesta sería: para sentirme bien. Desde entonces, cada vez que me propongo un objetivo o una meta, lo primero que hago es responderme a esta pregunta. ¿Para qué quiero…. Whatever?

Si no tengo la respuesta clara cristalina, sé que es muy probable que a mitad de camino aborte misión. Y esto aplica a querer comer sano, a querer hacer ejercicio cada día, a querer tejer o a hornear bollos. Si no tienes claro el para qué, en cuanto se ponga un poco cuesta arriba el camino, te vas a venir abajo.

Por eso, antes de cualquier cosa, cuando me planteo algo que quiero hacer, me dedico unos minutos a saber para qué lo voy a hacer. Si la respuesta me convence, voy con todo,  y me lleno la pared de recordatorios por si llega el momento del despiste.  Cuando me pongo un poco mas remolona, me acuerdo rápido de mi “para que”, y parece magia, enseguida conecto con lo que quiero y me vuelven las ganas de hacer.

La promesa de la primavera

La primavera ha venido, y nadie sabe como ha sido.

Bueno, si que lo sabemos. Yo, por mi parte no he hecho más que tachar días, y descontar frío y viento de este invierno desequilibrado y tormentoso que me ha parecido estar viviendo. Trato de aislarme de noticias e informaciones, porque la verdad, no puedo gestionar tanta incertidumbre. Un poco, pase, pero tanta.. pues mira, no.

Esperar la primavera ha sido uno de mis mayores actos de esperanza estos días. Esperar a las flores, esperar a los días más largos, y a la promesa de dejar de usar la lana, pese a todo lo que me gusta, y empezar a enseñar los brazos, y con ellos los dos tattoos que me hice en diciembre.

Me he vuelto al jardín, y las macetas que se han reproducido como setas en estas semanas. Han salido flores en las plantas que menos esperaba, y observándolas crecer cada día, me ha dado para parar. Respirar, y maravillarme de la belleza.

He acompañado la espera con mucha lectura, y con mucha escritura.

Estos últimos días he escrito como si estuviera canalizando algún mensaje del más allá, y la app de notas del teléfono, amenaza con petar en cualquier comento si sigo guardando escritos ahí. No me importa, seguiré haciéndolo, porque se me antoja necesario. Como la necesidad de flores y calle. Como la necesidad de música y de acabar ausencias.

Salir a la calle, y por momentos, pensar que a pesar de todo, estamos bien.

 

 

Ellas me pusieron las gafas lilas

Mañana es 8 de marzo. Y a riesgo de parecer pesada, y repetitiva, no voy a dejar pasar el día y la oportunidad de recordarme por aquí, la importancia de este día.

Durante un montón de tiempo, en mi vida, me hicieron creer que estaba sola, que trabajar con mujeres era lo peor, que lo más terrible para una mujer era otra.

Fue mucho tiempo después, cuando por fin me puse las gafas lilas, literalmente, cuando me di cuenta que detrás de todas aquellas sentencias, y creencias, y tonterías, solo había un fin: dividir y separar.

Hoy soy plenamente consciente de que mi valor es doble si estoy rodeada de mujeres que me sostienen, que me apoyan y que me impulsan.

Soy feliz quedándome sin dedos para contar las grandes mujeres que me rodean, y que me soportan cada día.

Con unas hablo, con otras crio y educo, con otras tejo, y con otras danzo.

Este año está siendo especialmente importante para hacer tribu.

Elegí una carrera en un momento en el que era mayormente masculina, tuve suerte, y durante los últimos tres años tuve una compañera. De 30 alumnos: 28 tíos, ella y yo. Nos hicimos compañeras y amigas. Durante gran parte de mi vida laboral, la he pasado rodeada de hombres, y me ha tocado de todo. Desde no rendirme cuentas, porque si estaba en la obra debía ser porque estaba perdida; ganar menos que un compañero titulado y con la misma experiencia que yo; explicarme cosas que seguramente yo no debía entender; o pasar por alto una orden directa que terminó en despido del trabajador; en una obra me escribieron “churry” en el coche, y faltó poco para que le prendiera fuego a todo, con todo el mundo dentro. No volvió a pasar. Tuve que apropiarme de la estrategia del pequinés, y ladrar apenas llegaba, para que no me pisotearan después. Puedo decir, que veinte años más tarde, mucho de todo esto ha quedado atrás. Para nuestro beneficio y el de las que vengan después.

Ahora siento que todo es más llevadero, aunque haya mucho que hacer todavía, y sobre todo, haya que seguir recordando que estamos aquí, y también contamos.

Yo para que no se me olvide, lo pongo escrito por aquí, y de paso, me traigo a estas tres mujeres que me acompañan de forma más estrecha estos últimos años. Con ellas es todo más llevadero y fácil. Porque juntas, somos más.

A soñarse

Me encanta soñar despierta, casi tanto como pedir deseos.

En mi libro hay un gran texto dedicado a ello, porque realmente para mí es muy importante. Pido deseos por un montón de cosas. La mayoría pueden resultar tremendamente ridículas, pero a mi me ayudan. Yo que sé, cada una con sus taritas.

Si miro el reloj y veo 11:11; 22:22; 3:33.. pido un deseo; si veo un coche con matrícula de todos los números iguales, otro deseo; un cuervo, un pluma en el suelo, una estrella fugaz.. eso ya es para deseos tremendásticos.

No es algo que comparta con mucha frecuencia, por aquello de seguir conservando una imagen de cuerda y razonable, aunque la verdad, cada vez me importa menos.

Yo me sueño en un montón de circunstancias. Me encanta hacerme la película, aunque también tengo que confesar que ha habido películas que han terminado en pesadillas. Pero de esas salgo rápido que para eso es mi movida.

Algunos de mis sueños se han ido materializando, poco a poco y algunos con contextos distintos a los que imaginé inicialmente, pero igualmente, me han reportado mucha alegría. He sabido reconocerlos cuando han llegado y además de soñarme, también me celebro.

De un tiempo a esta parte, me sueño feliz, incontenida, intensa. Y para alguien como yo, que ha renegado tanto de su identidad, llegar a este punto es algo que no tiene precio. Me sueño libre. En una casa con huerto y jardín, con dos perros bardinos que se llaman: Tango y Cash, como aquella peli de los 80. Me dedico a juntar letras, mirando al sur, a un terreno donde los que vinieron antes que yo y llevaban los genes que yo llevo, anduvieron. Esa parte de la tierra que siento que me reconoce cuando la piso. Sueño con una casa con mucha luz, y con un cuervo que se posa en una ventana. Sueño con una mesa con gente, con unas patas de cordero asadas en un horno de leña, con vino blanco afrutado, y con miradas que hacen que se me abra el piso. Sueño con bailar hasta que me duelan los pies, y con calzármelos siempre con zapatos bonitos. Sueño con camas cubiertas con quilts que he cosido yo, y con vestir a todos los que se sientan a la mesa, con lana que he tejido para ellos. Sueño con música, con las canciones de John, y con un “anda ven” mientras estiran la mano para agarrar la mía. Sueño con poder llegar a la marea cada mañana y meter los pies en ella, aunque sea invierno y sienta el agua como agujas que se me clavan de lo fría que está.

Sueño con estar bien. Con estar saludable y poder disfrutar cada cosa que sueño.

#AmorNOes

Desde hace algunas semanas, en la cuenta de Ximena Duyos, tiene una sección diaria que se llama #amorNOes.

Ya sabía yo que muchas de las cosas que he tenido que ir lidiando en mi vida, eran muchas cosas, pero lo que es amor, pues no.

Sobre todo, soy capaz de reconocerlo ahora, como te conté la semana pasada. Pero es que viendo los posts de Ximena, la cosa queda como mucho más clara.

Ya me perdoné, porque ya entendí. Pero hubo un tiempo que no solo acepté que aquello que recibía, que no era buen amor, sino que me parecía que era lo que me merecía.

Merecía que me hicieran luz de gas, merecía que me llenaran la cabeza de toxicidad sobre gente que estaban antes y que (según criterio del nuevo) no me querían bien, merecía que me revisaran el móvil porque yo no era de fiar, incluso merecí que leyeran mis libretas y que luego me castigaran por escribir en ellas. Y pensaba que me lo merecía porque yo había decidido que esas personas entraran en mi vida.

No es fácil asumir todo esto. No es fácil porque a base de un trabajo fino y minucioso, tu has dejado de ser tu, te has desmontado para no ser.

Lo que entiendes más tarde es que no te has desmontado tu, te han desmontado. Y ya no sabes quien eres. Si esto lo aderezas con castigo, porque es la única forma que tienes de reaccionar a estas situaciones, tienes una ensalada explosiva. Y vas dejando que te cambien los muebles de sitio, y que a ti te parezca bien.

Te quedas sin fuerzas y sin opciones para “salpicarte de allí”

Gracias a que un día comí, conseguí reunir fuerzas, y me coloqué unas gafas lilas, salí de allí. El que diga que es fácil, no entiende castellano ni todo lo que estoy diciendo. Es un trabajo de enorme magnitud volver a ser tu. Volver a poner tus sensores en su sitio y volver a confiar en ellos.

Porque ahora es como si tuviera un conjunto de sensores que funcionan igual que un parktronic. Cuando algo No es, pitan. Y ahora me hago caso, a la primera.

Porque ahora, estoy segura de que lo que me merezco es seguir manteniendo la paz que tanto me ha costado encontrar. Porque ahora, mis muebles están anclados al suelo y el destornillador lo tengo yo.

 

La sentida cuesta de enero

 

Hay días que desde que me levanto, sé que va a ser un día sentido. Y me refiero a estos días en que lo siento todo. Que ya me gustaría a mí ir por la vida con una coraza, tipo la concha de los mejillones. No te creas, la mayor parte del tiempo el “fake it till you make it” me vale, y mi concha protectora está hecha de obligaciones, querencias y deberes, y de andar de un lado para otro como si la división del átomo dependiera de la cantidad de cosas que tacho en mi agenda.

Pero hay días en los que la concha se deshace, es como si se desvaneciera. Y esos, son los días sentidos.

Y lo siento todo, a lo crudo, a lo bruto.

Dice Glennon Doyle que la vida es Brutiful, y puede que tenga razón.

Pues eso, que ayer fue un día sentido.

Antes, cuando me conocía menos, y no me entendía, me rebelaba contra estos días. Y la vida se empeñaba en hacerme sentir cosas, y yo me resistía, ahí toda firme contra todo.

Era super cansado, la verdad.

Hoy, que me conozco un poco y que me entiendo un mucho, me dejo ir. Esa cosa de rendirse, o surrender que dicen los ingleses, y que a mí me suena como mejor.

Cuando llega el día sentido, es como si llevara unas gafas especiales, o justo lo contrario. Como si me las quitara. Y fuera desnuda de filtros y capas.

Todo me sorprende, todo me causa una sensación.

El azul del mar infinito.. Atlántico sonoro, de ánimo robusto.

El cielo, gris, de acero.

Una canción de Leiva que dice que todo está más o menos bien o todo está mas o menos mal, y también eso es bien.

Un capítulo de Gabinete de Curiosidades, que me lleva a 1986, y me hace recordar cosas y personas que están muy guardadas en mi disco duro. Y aquellas emociones que salieron por acontecimientos que por grandes y tremendos, no supe gestionar. Sigo sin saber hacerlo. Pero ya no les tengo miedo.

El miedo. También el miedo aparece. Pero acompaña, no invade.

Y un café con espuma, y pan con aguacate.

El viento que mueve las palmeras, y la gaviota en el agua que aguanta el temporal.

Soy capaz de sentirlo todo.

Y todo está bien. Me rindo a disfrutarlo o superarlo. Sin el agotamiento de la lucha.

Aprender a vivir los días sentidos, ha sido mi gran logro de este enero que me ha parecido largo como un día sin pan.

Yonqui de la organización

Esta mañana me levanté al alba, para hacer todo lo que quería hacer antes de las 7:00am. Porque a esa hora justa, empezaba el directo en Instagram de LasClavesdeSol y JuanaFernández.

Y yo, que no me he perdido ninguno de estos directos inspiradores, sabía que este directo me iba a dar esa palmadita en la espalda, que ahora mismo estaba necesitando.

El directo de hoy iba de planificación.

Venga va, voy a descubrir un secreto sobre mí: adoro la planificación (ja! Esto no te lo esperabas)

Total, que en mi cabeza, me puse el directo como si fuera un momento de evaluación. Escuchar a estas dos genias hablando de mi tema favorito, ¿qué mas puedo pedir a un viernes?

Y sí. La evaluación fue positiva. Estoy haciéndolo bien, y si por momentos soy una friki de la organización y la planificación, mi razón para serlo, es grande y poderosa. Como la fuerza de la Guerra de las Galaxias.

Principalmente, tengo un objetivo claro en la vida, y es no andar como pollo sin cabeza en el día a día. Y para eso, el camino es uno. Claro y simple: la agenda.

Ahora me vienes a decir lo de la magia de la improvisación, y la sorpresa, y no tener todo tan calculado.. Y mira, pues igual me estoy perdiendo alguna chispa o algo. Pero mi motivación, es una. Yo quiero hacer determinadas cosas cada día, cada semana, cada mes, cada año. Y quiero hacerlas sin correr. Y yo, para mí, el método es este: la agenda.

Mi organización diaria, está tan sistematizada que se hace sola. Y me ahorro un montón de tiempo en pensar. Pensar si la ropa está limpia o tengo que poner una lavadora. Pensar qué vamos a comer. Pensar qué tengo que comprar. Pensar qué facturas tengo que pagar. Pensar qué tengo que limpiar. Pensar cuándo le toca la revisión al coche… ¿sigo? ¿Tu sabes cuánto tiempo hay ahí para gastarlo en lo que realmente me apetece?

De las cosas que planifico con más detenimiento es lo que quiero tejer durante el año. Y en función de los patrones elegidos, compro la lana. Ahí ves (además de que compro muchas cosas en Charuca) lo que voy a tejer de aquí a junio. Un proyecto por mes. La lana preparada dentro de las bolsas, los patrones en digital en el teléfono, y listo. Ya no voy a perder tiempo en rebuscar qué quiero tejer en cuanto se me acabe lo que tengo entre manos ahora.

Lo mismo tengo con los libros. En la agenda tengo una lista de favoritos para este año. Y también de películas y series. ¿Cuántas veces has tenido dos horas para ver cualquier cosa y te has pasado 45 min viendo el menú, sin saber qué elegir? Pues eso.

Agendo mi ocio, el trabajo, las actividades domésticas, las actividades maternales… Todo está en la agenda, y mi cabeza se maneja ligera durante los días. Y lo que es más importante para mí, eso de “no me da la vida” en mi vocabulario no está, aún siendo yo muy fan de LuciaBe.

Mis propósitos de 2022

El año ya está estrenado, y yo no he venido aquí a contarte de mis propósitos. Sí yo soy de esas frikis que cada año hace una lista obscena de propósitos. Ya tengo bastante práctica, y además me conozco muy bien. Soy disciplinada, pero para mantener esta disciplina, necesito tener clara la meta, el objetivo o el sueño, como le quieras decir. Si eso no está claro y definido, la determinación se me va escapando por los pitidos de la alarma del despertador cada mañana.

Como te digo, tengo un montón de práctica. Y si busco entre mis libretas, ya por allá en el 2007 tenía mi listas de propósitos. Me encanta volver a esos años, para comprobar que aunque algunas cosas no las conseguí ese año, se dieron tiempo después.

Y todo esto, me lleva a recordar algo que dijo Ana Albiol en el grupete de trabajo: el trabajo, la constancia, y la motivación, mantenida en el tiempo es lo que te da el resultado, y es lo que por ahí le dicen suerte. ¡Cómo me gustó esa definición!

Bueno, que me pierdo. Mis propósitos.

Cada año, como te digo, hago una lista en un folio. Pero no una lista de tres o cuatro cosas. No, yo me lío ahí a fliparme, y estoy un buen rato, escribiendo cosas que más bien son chifladuras. Cuando se me llena el folio, comienza el momento descarte. Y voy eliminando cosas. Unas porque en realidad no me interesan tanto, otras porque no son objetivas, y otras porque no estoy dispuesta a esforzarme tanto como requieren para conseguirlas.

De ahí, me quedo con una lista discreta y comedida de propósitos. Y entonces la paso a un folio en limpio y me lo coloco en la pared. Visible y grandito. Para tenerlo bien presente a cada momento.

Yo ya no pongo eso de: hacer deporte, comer bien, meditar, o ahorrar… porque esos fueron propósitos de otros años, y ya los tengo instaurados en mis rutinas. ¿Fue fácil fijar estos propósitos? Unos más que otros. Lo que sí te digo que todos me llevaron más de esos 21 días que dicen por ahí que se tarda en hacer un hábito.

Mis propósitos este año son: escribir, mucho, cada día; no apuntarme a ningún curso on line más y hacer todos los cursos que tengo pendiente; no trabajar más de 40h semanales, ordenar todas las fotos.

Mira con que lista más cortita me he quedado. Si llego a fin de año cumpliéndolos, me voy a dar con un canto en los dientes.

Y hasta aquí mis propósitos.. si hablamos de objetivos, eso ya es otra cosa.

De tejer

Mi carpeta de Fotos del móvil o del ordenador, está llena de un montón de fotos de lanas, capturas de pantalla de jerseys, de mis manos tejiendo y de cosas que acabo de tejer.

Ayer Siona en un post de IG, se preguntaba ¿qué hacía la gente que no tejía?. Y Aroa hace unos días también preguntaba si meditábamos.

Estas dos preguntas, en mi caso, se contestan igual: tejer tejer tejer.

Yo empecé a tejer cuando las agujas rectas eran casi tan largas como lo eran mis brazos en aquel momento. Me las colocaba debajo de las axilas y mi cuerpo se quedaba compactado, mientras tejía y tejía.

Recuerdo perfectamente lo primero que me tejí. Era una especie de jersey sin mangas y con cuello barca de color azul celeste y con tres rayas blancas en la parte del cuerpo. Lo tejí de abajo arriba, y por separado. En el cuello y la sisa, tenía menguados y luego hice una auténtica obra de ingeniería para coserlo todo y que quedara “bien”. Era de un acrílico finísimo que tejí durante todo un verano.

¿Qué me llevó a aprender? Supongo que mis abuelas, que las dos tejían.

Mi madre siempre fue de ganchillo. Con las agujas, aunque sabe tejer, no se termina de entender.

Recuerdo también dos vecinas mayores, con las que pasaba alguna que otra tarde, mientras mi madre hacía recados. Ellas también tejían, y ver cómo ellas se hacían sus propios jerseys o chaquetas, a mi me parecía lo más.

De hecho, recuerdo que a ellas fueron a las primeras a las que les insistí para aprender. A día de hoy me pregunto si ellas seguirán tejiendo.

Tejer me devuelve a mi centro. Tejer me da calma y me recuerda que tengo que respirar y soltar los músculos.

A estas alturas de la vida, en las que ya soy un tigre de muchas rayas, sé que si cada día no tejo, estoy guardando malhumor para el día siguiente. Es como la garantía de que el devenir diario se me hace llevadero. También hay épocas en las que me pongo una suerte de objetivos inalcanzables que me tienen tejiendo hasta la madrugada.

Ahora en verano, es como contradictorio, porque es más agradable hacerlo en invierno, con un ovillo de alguna lana calentita. Pero nada que ver, se puede (y se debe) tejer lana en verano, y bueno, si eres un poco así, pues tejes en algodón, que hay por ahí cada ovillo de algodón que es un espectáculo.

Si me preguntas, y no voy a ser nada objetiva por todo lo que te vengo contando, creo que todo el mundo debería aprender a tejer. Así como aprendemos a cocinar o a mantener la casa limpia. Vale que luego lo delegues y termines comprándote los jerséis en zara o en sitio similar, pero aprende. Vive durante algunos días enredada en la hebra y las agujas. De verdad, es meditar. Es abstraerte de todo lo que está a tu alrededor y entras en una especie de blandura cómoda y acogedora de la que no te apetece salir.

La verdad es que ya no imagino mi vida sin tejer, o sin ovillos en cualquier armario. Esto es un daño colateral. Llega un momento, porque llega, por mucho que te controles y te reprimas, en que tienes más lana de la que puedes tejer. Eso es así. Pero no importa, la lana no caduca, y supongo que mis ganas de tejer, tampoco lo harán.