El quinto de la cuarentena y un camino nuevo

Todo apunta a que la próxima semana estaremos en Fase 2, o por lo menos todo de fuera de mí, estará en Fase 2. No sé si me contenta o me asusta. Como casi todo en este tiempo, estoy mitad fascinada, mitad horrorizada.

Durante este encierro he llegado a muchas conclusiones, todas intrascendentes para el resto, de vital importancia para mí. La primera es que odio las palabras: conciliar, reinvención, empoderamiento, normalidad.

Todas me dan náuseas a estas alturas, y mira que antes las usaba con mucha frecuencia porque formaban parte de mi vocabulario. Ahora son como el amor de la Jurado, se nos rompieron de tanto usarlas. Porque mira que se les ha dado uso. ¡Qué fatiga!.

Han sido como los directos de Instagram. Cada vez que entraba en la aplicación, y veía 18 directos a la vez, me daban ganas de salir corriendo. Me daba por pensar, pero tanto a la vez, todo junto. Como los cursos, webinares, reuniones… Pero qué estrés. No te voy a engañar, he visto directos, y también he hecho y comprado cursos, algunos sigo cursándolos, y de algunos estoy verdaderamente satisfecha y agradecida. Pero un poco de mesura pordios.

Yo he seguido entreteniéndome con mis agujas. Y ya esta doblado y guardado el último. El quinto de la cuarentena. El Tecumesh. Se nota muchísimo que lo hice pensando en otra cosa, porque tiene un chorro de fallos. Ahora tu dirás que no ves ninguno, pero sí, ahí están, yo los veo. Pero me dan igual. Este ha sido mi curso acelerado a “mejor hecho que perfecto”. Creo que después de este confinamiento, ha quedado cristalino que lo del colorwork a mi me mola. Es más, me mola muchísimo. El sexto, que ya no será de la cuarentena, será del año, ya está en las agujas.

Y ¿por qué estaba pensando en otra cosa mientras tejía este jersey?, pues porque durante este año sabático (aún no se ha cumplido el año, pero apenas falta un mes), yo he estado pensando, imaginando, ideando y también trabajando en otros asuntos. Desde hace tiempo vengo dándole vueltas a empezar algo. Algo que me represente, y que te represente a ti. Algo que yo haga con mis manos, y que tú lo puedas disfrutar. Y algo que sin complementarte, porque por si nadie te lo ha dicho, tu ya estás completa, te acompañe.

Mi nuevo proyecto está entre hilos, telas, letras y muchas risas, y pronto va a abrir los ojos y ver la luz. De momento, lo que tiene es cara, y nombre:

petricoreta

El cuarto de la Cuarentena y un ejercicio para el futuro

 

Una de las cosas malas del confinamiento es que los días de fiesta no se distinguen claramente. Es como si no fueran días festivos de verdad. Claro que los otros días, los laborales, tampoco son como laborales de verdad. Siento que todo es confuso y como en nebulosa. Yo tengo aquí mi libreta, con todos los días de fiesta que este año nos lleva robados.

Sin embargo, ahora que ya han anunciado la desescalada, creo que estoy sufriendo un principio de Síndrome de Estocolmo. Tengo pocas ganas de salir, y de hacer “vida normal”. Que sí, que claro que por momentos me apetece a coger aire y respirar de verdad, y de volver a patearme el pueblo. Pero enseguida me entra la neura, y pienso que aún no me ha dado tiempo a hacer todo lo que quiero hacer.

Si te digo la verdad, no sé ni cómo he hecho lo poco (o mucho) que he hecho. En este estado, tengo la sensación de que las tareas se me multiplicaron y el tiempo se me dividió. Y ahora que no tengo que salir de casa, llego tarde y mal a muchas de las cosas que tengo asignadas en el día. Y esto me ocasiona una frustración monumental.

Si tuviera que hacer un balance a día de hoy de este encierro, diría que efectivamente estar aislada es mi hábitat natural, que el silencio no es que me guste, es que lo necesito. Que tenemos una dieta férrea y estupenda, y que la disciplina diaria nos ha ayudado mucho a no sentir que nos desbordamos. Que internamente tengo el espíritu de una señora británica, que toma scones con té cada tarde o con café por las mañanas. Que tejo a una velocidad considerable. Y que tengo muy baja tolerancia a la mediocridad y a la gente gris, o a la gente sin ganas, como dice Sol. Que echo de menos muy pocas cosas, y que lo primero que voy a hacer en cuanto la cosa se normalice, es meter la cabeza en la marea. He asumido también que según voy cumpliendo años, he ido dejando atrás, la vergüenza, un poco la prudencia y casi todos los complejos. Esto es tan liberador, que me dan ganas de llorar.

Hablando de tejer, aquí te muestro el cuarto jersey que me he tejido durante el estado de alarma. Este jersey lo tejí rapidísimo, porque el patrón me flipó. El color de contraste son dos ovillos de lana para calcetines Katia Darling, y el fondo son otros dos ovillos de Drops Flora, que mi querida compañera de aventuras laneras, y de vida también, me donó. Para esto hay que rodearse de gente con ganas también.

Estoy enamorada de estos caballos, y me sueño con este jersey puesto, una falda vaquera de vuelo, y unas buenas botas. ¿que a dónde voy a ir así?, pues lo tengo clarinete: a pasearme entre mis higueras.

Otra cosa que tengo en la lista de “próximamente”, la tierra, la agricultura, una cabra y unas pocas gallinas. Y dos perros bardinos. He hecho mucho esto durante el confinamiento: dónde me quiero ver dentro de diez años, y dentro de cinco, y dentro de uno. Dentro de un mes no, porque probablemente siga aquí. He descubierto que llevo haciendo este ejercicio desde no sé cuándo. Ayer encontré una libreta del 2004 y ya tenía uno hecho. Lo curioso es que cuando lo hice estaba metida en unas angustias y malos ratos, que mas tarde descubrí que eran en conjunto, una depresión como un piano, y probablemente estos ejercicios me sacaban de la realidad de la que quería huir. El sueño que planteaba en esa libreta, en ese momento, para quince años más tarde, o sea ahora, se parece bastante a lo que estoy viviendo hoy. Esto hizo que se me quedaran los ojos como dos huevos fritos. Se me vino todo lo que he leído sobre la visualización y la atracción a la mente. Y corriendo cogí la libreta y escribí: en tres años quiero conocer a John Mayer. En cinco vivir de las rentas y viajar mucho. En diez tener una casa en medio de un montón de árboles, y pasar las tardes viendo la puesta de sol, mientras John me canta sus nuevas canciones.

Ya te contaré.

El ponchassso o Cuarentena tres


¿Qué? ¿Cómo sigues?.

Camino de la sexta semana. Todo igual. Después de toda la fiesta de la semana pasada, el fin de semana pasó tranquilo. Pizza y peli, muchas lanas y muchas letras.

Sigo haciendo potaje de lentejas los domingos por la tarde, mientras plancho la ropa de la semana. Necesito seguir haciendo estas cosas para seguir anclada. Nada de lo que venga cuando podamos salir (¿llegará ese momento?, porque cada día siento que van a pasar los meses, y que llegaremos a diciembre nuevamente y nos dirán: ha sido todo un experimento; y no sé si me horroriza o me fascina pensarlo así), va a ser como era antes, y mantener estas pequeñas rutinas domésticas, me ayuda a no terminar de perder el Norte.

¡Ay el Norte! ¡MiNorte! Anoche soñé que estaba allí, en mi playa. En la que me he rebozado, llorado, reído, y bañado, desde que me salieron los dientes. Estaba allí sola, tranquila y emocionada. Llegaba andando, y sin casi pararme me quitaba la ropa que llevaba puesta y la dejaba hecha un montoncito en la orilla y así como venía seguía andando hasta meterme en el agua. Seguí andando hasta que el agua me llegaba a la cintura, y en ese momento flexioné las rodillas y sumergí la cabeza. El agua fría. El azul del cielo. El sol traspasando el agua. Salí a la superficie, feliz y con sensación de total plenitud,  y ahí me desperté. La sensación de haber estado sumergida me duró solo unos segundos, luego me invadió una desilusión enorme.

Primero, me dio tristeza, luego me dio rabia, luego me dio desesperanza, y de ahí me fui a beber agua y a recolocarme los chakras, porque me sentía caer sin freno en el pozo de la angustia.

Me volví a dormir, pero llevo todo el día con la sensación de haber estado bañándome en MiNorte. Dice Emma que lo primero que va a hacer en cuanto podamos salir, será poner rumbo Norte. Y yo la voy a acompañar, por supuesto.

De paso, me llevo el bolsito, y nos quedamos allí todo lo que podamos. Así me estreno el ponchasso que me tejí hace unas semanas. Desde que se lo vi a LaBosch me volví loca. Claro que el suyo es un espectáculo total. Tejer con lo que tenemos en casa se está convirtiendo en una tarea de total creación y desafío. Porque se podría esperar a que se normalice todo, pero y las ansias… ¿cómo dominamos las ansias?. Porque todo el que teje o cose, sabe que cuando un patrón te pica, hay que meterle mano rápidamente, con lo que tengas a mano. Así hice este poncho, que no es un poncho al uso porque tiene mangas. Me lo tejí en apenas una semana, y lo disfruté de principio a fin. Cada día me gusta más tejer en colorwork. Todos los detalles aquí.

En serio, no veo el momento de ponerme en la orilla de la playa a última hora del día, a pasar fresco con mi poncho. De paso me saco unas fotos decentes, que esto también será algo que tenga que explorar y mejorar. Hacer buenas fotos en casa, requiere de táctica, técnica y mucho ingenio. Que de momento estoy empleando para seguir encontrando materiales tejibles.

 

 

Cuarentena -gruñona- Dos

Estamos ya en Semana Santa. Y yo que soy muy fiel a mis tradiciones, me he tomado la semana libre. Y tu dirás, libre de qué.. pues libre de mi.

Libre de planificación, organización, horarios, y agenda.

Voy a dedicarme únicamente a labores vitales para la subsistencia, a dormir, y a hacer lo que me vaya latiendo.

Quería hacerme una cura de sueño, y ya sé que eso no va a ser posible, no si antes no me pongo el uniforme de la vecina gruñona y antisocial que tiene que ir dando golpes en puertas y ventanas para que unos bajen la música, y otros dejen de pelearse.

Vivir en un edificio no es fácil. Vivir en confinamiento en un edificio es otro nivel. Así como dicen que no todos estamos preparados para vivir en aislamiento, en el campo o en según qué condiciones, hay un buen número de personas que tampoco están preparados para esta sociedad. Porque se presupone que vivir en sociedad es algo que todos sabemos, y mira, pues no.

Esto de fumar en la ventana de un patio interior, mientras los demás cogen tus humos, lo ven normal. Poner la música al volumen de una verbena un martes a media mañana, lo ven normal también. Dar portazos, arrastrar muebles, o poner la lavadora (o cualquier otro electrodoméstico) antes de las 8 o después de las 11 pues parece que también es normal. Ya no te digo nada de eso de sacar la bolsa de la basura a la puerta. Claro que si te parece bien vivir en un sótano, lo demás te parece una tontería. Sabes qué es lo bueno, que son inquilinos, y que en aproximadamente dos tres meses se dan cuenta de lo inhabitable que es vivir en un sótano, y se van. Pasan otros dos o tres meses sin inquilinos, y vuelve a empezar el ciclo. Estos están recién estrenando el sótano, en plena cuarentena, ¿cuánto tiempo les damos?

Ya no sé si es el confinamiento o que simplemente estoy gruñona hoy, pero madre mía qué hartura tengo. Ya no cuento los días para que se acabe la cuarentena, cuento los días para poder irme a nuestra nueva casa.

Lo último que hice la semana pasada, fue un super diagrama de Gantt con todo lo que tenemos que hacer para empezar a llevar nuestras cosas. En cuanto nos den vía libre, me pongo manos a la obra. Porque de esta cuarentena me han quedado claras dos cosas: mejor sin vecinos, mejor con terraza. Las dos cosas las cumplimos en nuestra nueva dirección. Y fíjate, que no sé si es el día, o que tengo activada la intuición, pero aún sin salir de esta, tengo la ligera sospecha de que no va a ser el último confinamiento que vamos a vivir.

Mientras, tengo las agujas echando fuego. El segundo de la cuarentena es el Soldotna. Hecho íntegramente con lana que tenía por casa. Me quedo corta si digo que estoy encantada con el resultado. Lo tejí en apenas una semana, y ya cuando lo tenía bloqueando, monté el siguiente. También de colourwork y también de la misma diseñadora. Un crush total con la técnica y con sus patrones.

Lo he tejido mientras veía la temporada completa de Locke & Key, que no me pudo gustar más, y que me situaron, salvando las distancias (espero), en lo que viviremos próximamente: la reforma de una casa antigua.

 

 

He dejado de contar los días

 

He dejado de contar los días. No cambia mucho la cosa, y he pensado que por primera vez voy a funcionar sin meta.

Siempre he necesitado del objetivo, contabilizado por tiempos, y creo que esto es lo que voy a sacar en claro de esta situación. A veces, los tiempos no se pueden medir, y también tendré que adaptarme a ello.

Tengo baja tolerancia a la incertidumbre, y ya que no puedo controlar nada, he pensado que este será mi curso acelerado (o no) para hacerme amiga de la incertidumbre. No sé si lo conseguiré, pero de entrada lo voy a intentar.

Estamos viviendo los días como un sábado permanente. Y dentro de esta situación totalmente anómala, hemos creado una pseudonormalidad. Por la mañana cada una atiende a sus trabajos, a medio día cocinamos, después de comer atendemos a las tareas domésticas, descansamos un rato, compartimos otro rato, ejercicio y rutina nocturna.

De lo que más me ha costado hacerle entender a Emma, es la necesidad de vestirse como si fuera a salir, peinarse, y no encender la tele desde que se levanta. Ayer me dijo: me siento en una prisión. Y se me vino un poco el alma al piso. No puedo hacer nada para que se sienta distinto, y en parte, creo que tampoco debo. Esta situación es la que es, y endulzarla y ponerla bonita, tampoco creo que sea lo más indicado. Me estoy centrando en no regodearnos en ella. Saltar a otro tema que nos atraiga y con el que podamos disfrutar algo.

Ella ha elegido pintar, lo de los huevos le gustó. Está pintando todo lo que encuentra. Yo estoy manejando mis niveles de tolerancia a las manchas, y a los desórdenes.

Al mismo tiempo, estoy revolviendo. Sigo revolviendo. Tengo demasiadas cosas. Creo que eso ya lo dije. Pero entre tanto, voy encontrando cosas a medias, que en algún momento (creo que el momento es este) hay que acabar. Entre ellas, poner orden en las fotos. Tengo un montón de fotos impresas que en su día imprimí para hacer álbumes, pero que dejé de lado porque no encontraba las ganas. Pues sigo sin encontrarlas, pero me temo que las circunstancias me van a obligar a ello, porque se me está acabando la lana. Nunca pensé que iba a decir esto. Pero estoy encontrando un stash escaso. Emma ha empezado una lista de cosas que va a hacer en cuanto podamos ir saliendo. Yo lo tengo claro: tengo que esperar a que se activen los mensajeros y haré un gran pedido de lana. Esa es mi prioridad.

Esta semana la saldo con el Vintersol acabado. Este jersey es muy curioso de hacer. Se empieza a la altura del pecho, y en un montaje provisional. De ahí se teje hacia arriba y se hace el canesú. Luego se retoma hacia abajo y se termina el cuerpo. Finalmente se hace las mangas. Ha sido muy entretenido de hacer, aunque la verdad pensar en la talla correcta me ha costado un poco. Finalmente creo que me ha quedado bien.

Voy a hacer un recopilatorio de las cosas que he ido haciendo durante esta cuarentena, igual soy capaz de aligerar mis cajones.

 

Reunión lanera, cuando era posible

 

Día 8 del confinamiento.

Todo va bien. Al menos dentro de nuestras paredes. Todavía nos queremos, no nos hemos agredido, seguimos alimentadas y ejercitadas. Nos ha dado para mantener la casa en orden, para entender la importancia de las rutinas y la disciplina. Vaya, que no ha cambiado mucho la cosa.

He aprovechado para tejer, mira que novedad. Y para poner en orden mis prioridades a la hora de empezar nuevos proyectos. Me he acordado hoy, al revolver entre mis lanas, de la última reunión lanera que disfruté.

Hace ya algunos años, que tengo aquí a mi grupo de mujeres sostenedoras. En este caso, lo que nos ha unido es la lana.

La lana une no te imaginas cuánto. Aunque entiendo que no es la lana en sí, es la necesidad de compartir con otros la pasión por algo. En este caso: tejer.

Estas tres mujeres han llegado a mi vida por motivos varios, y aunque la relación ya traspasa la lana, la excusa para vernos de manera continuada es enseñarnos lo que estamos haciendo, pedirnos consejos sobre próximas combinaciones y tomarnos un café mientras tejemos juntas.

Lolly lleva toda mi vida en mi vida, valga la redundancia. Es mi prima, y me lleva unos años, así que cuando yo llegué, ella ya estaba aquí. Nos unimos de mayores por esta obsesión que tenemos de no dejar las manos quietas. Patchwork, punto de cruz, tejido, scrap… Mi prima me pega a todo, y lo mejor es que todo le queda bien. Tiene un carácter que pretendo imitar cada día. Le da a las cosas su justa importancia, que suele ser poca a casi todo. Es constante, con afán de superación cada día, y a base de taconeos ha dejado atrás un montón de creencias autolimitantes que dice que tenía. Yo nunca se las vi.

Dácil también lleva bastante tiempo rondando mi vida. Ya sabes que esto es chico, y al final, aunque no seas de aquí, nos conocemos todos. Aquí la teoría de los seis grados de separación se cumple a la perfección. Pero a Dácil el cariño real se lo cogí cuando MiMariposita llegó. Dácil es enfermera de profesión y de pasión. Si no fuera por ella y por los grandes consejos que me dio, sobre todo los primeros días del nacimiento, esto no hubiera sido lo mismo. Con Dácil puedo tirarme horas hablando de cualquier cosa, porque su curiosidad sobre todo es infinita. Solo hay una cosa de la que no podemos hablar, la línea temporal de Outlander. Ahí no podemos entrar.

Y Bea, llegó con la maternidad. Nos reprodujimos con un año de diferencia, y ella me buscó, porque tenía un interés enorme por coger las agujas y aprender. Así que primero le di clase, y luego ya nos hicimos amigas. Bea se apunta a un bombardeo, y es un gustazo enorme verla tejer después de lo mucho que ella dudó de sí misma.

Hace dos domingos, cuando todavía estar en la calle era lo normal, nos dimos el día. Allí festejamos nuestro propio 8M. Nos sentamos en una cafetería y echamos el día entre cafés, comidas, más cafés, y hasta unos chupitos.

Solo sé que en cuanto esto acabe, en la próxima reunión que podamos hacer, el desayuno se va a juntar con el almuerzo, y es probable que con la cena.

My New Paper Dolls

La primera prenda tejida de este 2020, fue la misma que la última que monté en 2010.

En el 2010, un poquito después de saber que estaba reproduciéndome, monté rápidamente el PaperDolls en las agujas. En aquella época, yo no estaba muy consciente de nada que no fuera lo que estaba pasándole a mi cuerpo. Me encontraba tan bien, que soñaba con tener un embarazo perpetuo, o por lo menos me hubiera gustado quedarme con las sensaciones que mi cuerpo y mente experimentaban en aquellos días.

Los kilos de más que tanta falta me hacían en aquel entonces, y la sensación de una felicidad permanente, aunada a la sensación de poder con todo. Porque claro, en noviembre de aquel año, mi cuerpo llegó a su punto más bajo de peso, 39kg en 158cm.. Y en ese estado de extrema necesidad de todo, pudo concebir. Aún hoy me parece un milagro absoluto.

En esos momentos, y también ahora, me doy cuenta de que en mi 158cm y mis ahora 49kg de peso, soy capaz de casi todo, porque si en aquel momento pude llevar casi a término (LaMariposita tenía prisa por venir, no fuera a perderse la fiesta de MiNorte) un embarazo, ¿con qué no podré ahora?. Ese fue el momento justo en que todas mis piezas se encajaron, y no es que me sienta invencible, nada que ver, lo que siento que es voy a ser capaz de bregar con lo que la marea me traiga.

Bueno, la cosa es que en aquellos días me sentía tan bien, que soñaba con quedarme así. Tanto fue, que me tejí el jersey para ese justo momento y los meses que vendrían después, y en los que mi cuerpo fue llegando a sumar kilos por semanas.

Obviamente, pasado el embarazo, no me he vuelto a poner el jersey, porque digamos que ahora mismo, me queda como un saco.

Y ese jersey es tan bonito, que tenía la espinita de volver a tejérmelo desde que lo dejé de usar, prácticamente.

Empecé enero con nada en las agujas, y este patrón fue el primero que monté. Tejí mientras LaMariposita patinaba. Tejí en casa. Tejí con mis chicas tejedoras. Tejí en automático. Hasta que llegué a las muñecas. Ahí activé el modo concentración y en poco más de una semana las muñecas estaban listas. Para ese momento me tocaba enfrentarme a las vueltas cortas, que por cierto, las de este patrón están explicadas regular. Lo subsané cogiendo las del Stasis, que tiene similitud de puntos, y que ya tengo controladas.

Esta segunda versión quedó bastante mejor que la primera, por varios motivos, como que tengo mejor trabajado el colorwork, porque la lana es más apta para este trabajo, y porque se notan todos los puntos que he tejido durante estos diez años que han pasado.

Total que antes de que terminara enero tenía mi jersey terminado. A día de hoy, tengo que decir que me lo he puesto más de lo necesario. Ni siquiera lo bloqueé. Ya sé que me tengo ganado estar fuera de la lista de las tejedoras pro, pero es que al mismo tiempo pretendo seguir ostentando el puesto a la más ansias de la blogosfera.

Hazlo bien, o no lo hagas

 

Ha vuelto a cambiar el tiempo, y de los días de plata que teníamos la semana pasada, hemos pasado a tener  unos días más frescos a primera hora, pero con una luz cegadora, como cantaba Silvio. Y la canción, que siempre me movió por dentro encontrando fuerza en una ira que no lograba dominar, ahora me sirve para encontrar energía, pero de movimiento, no de ira.

Es rara esta luz, porque no es propia del invierno. Recuerdo cuando leí Los Días iguales de molinos, me llamó la atención lo que le afectaba el azul brillante del cielo de Madrid. Primero no lo entendí, y hasta me pareció mal, porque ¿qué hay de malo en el cielo azul, brillante y claro?. Luego me bajé del pedestal de mi ego, y me di cuenta de la realidad. Este libro me dio varias galletas, de esas de las que se dan sin manos. También asumí con él, de que lo que yo he vivido años atrás, se llamaba depresión, aunque no le dieran ese nombre.

Cuando terminé el libro y me acordaba de lo del cielo, pensaba: No hay nada mal en el cielo azul y cristalino, como mismo no hay nada malo en esta luz de estos días, es tan solo que no conjuga con el estado de ánimo de quien mira. A esta conclusión llegué yo. La luz de estos días me parece obscena, me dan ganas de gritarle: pero oye, que estamos en invierno, en febrero, que tenemos a medio pueblo en cama por gripe, y tu estás ahí, brillando y luciéndote como si fuera agosto… ubícate chica!

El fin de semana me empeño en resguardarme en casa, y dedicarme a mis placeres ya no secretos, pero esta maldita luz me dice: tira para la calle, que parece que el mundo se va a acabar hoy mismo.

Y salgo, me dejo llevar por la prisa y la urgencia de aprovechar cada segundo de esta claridad.

Aún así, vuelvo a mi sitio, y me enredo en los pensamientos que se me cruzan mientras entretengo mis manos, primero en la cocina, para alimentar el cuerpo, y luego en el estudio, para alimentar el espíritu. ¿Qué tendrán las tardes de domingo que siempre te apetece algo dulce y si es con chocolate mejor? Este banana bread es un clásico total en casa. A la que sobran dos plátanos pochos, el horno se va calentando. La receta que uso es la de Alma Obregón del libro: ¿Hacemos pan?.

Este año estoy retomando el patchwork. A finales del año pasado, me apunté a un curso con una técnica totalmente distinta a la que suelo realizar yo. Pero eso es cuento de otra entrada. La cuestión es que saqué varias conclusiones claras de qué es lo que me gusta hacer a mí realmente con esta técnica, y todo lo que encierra empezar y para mí, sobre todo terminar algo.

Empezar un proyecto es algo que crea adicción, lo tengo claro. Elegir el material, elegir la técnica, dar los primeros pasos y verlo crecer. Lo difícil una vez que crece y ya tiene un tamaño considerable es quedarte ahí, mantener el interés y la constancia y llevarlo a término.

Esto me pasa con el patchwork, el punto, incluso con el scrapbooking. Hace no tantos años, cuando me di cuenta de la cantidad desvergonzada de proyectos empezados que tenía, me decidí a cambiar este hábito. Empezar sí, acabar también.

Con el punto me ha sido mucho más fácil, y así llegué a 2020 sin nada en las agujas. Ahora mismo, solo tengo un jersey, y eso amarillo de la foto. Que calculo que para cuando publique esto, estará terminado.

Con el patchwork es otra historia. Este fin de semana volví a sacar mi Centennial. Un quilt maravilloso que lleva más tiempo del que quiero recordar entre mis manos. Ha estado años completos sin salir de su caja. Cada vez que lo saco me emociono, porque es absolutamente precioso, a  mí al menos me lo parece. Y estos días me emociona más porque ya voy viendo el final. Todavía queda bastante, pero yo diría que tiene más de la mitad del trabajo hecho. El domingo corté las últimas piezas del sashing que me faltaban, y con dos filas más, tendré en centro del top totalmente terminado.

Este quilt es además algo especial, porque tiene un diario. He ido anotando las circunstancias en las que he ido cosiendo cada bloque, y espero que una vez pasado a limpio, me traiga a la mente la de cosas y sitios que he vivido estos últimos 10 años.

Por eso sigo tomándome mi tiempo. Está bien terminar las cosas, es fantástico ver el resultado de tantas horas de trabajo dedicada, y de la calidad de los materiales empleados. Pero lo mejor es ver la dedicación. Hacer las cosas con atención, con entrega, y centrándote siempre en hacer un buen trabajo, para mí es más importante que terminar.

Me declaro en guerra total con la chapuza. No puedo con ella. No entiendo que se prefiera hacer las cosas rápido y mal, por terminar, obteniendo un producto de dudosa calidad, a hacerlo con conciencia y bien. No lo entenderé nunca. Las chapuzas, siempre cuestan el doble, en tiempo y en material. No todo me sale bien a la primera, la maestría lleva aparejada mucha práctica, lo que sí te digo es que cada vez que intento algo, lo hago con toda la atención, procurando hacerlo lo mejor que pueda.

Dice Sergio Fernández, que como haces una cosa, así lo haces todo. Y hay tanta verdad en esto, que te deja con los ojos abiertos como huevos fritos.

 

Balances, finales y principios. Y otra vez yo.

 

Hace exactamente tres meses que me fui sabáticamente hasta de aquí. Necesitaba un descanso hasta de mí misma.

En este tiempo no he hecho gran cosa. O sí. Porque cuando miro atrás siento que soy otra persona. He cumplido 44. Volví a Madrid, y me paseé por Lanzarote. Organicé el quinto Calendario de Adviento, con un éxito total por parte de todos los participantes, que este año no nos faltó nadie de la familia y amigos, con los que no compartiéramos algo.

En el último trimestre del año pasado volví al trabajo. No lo tenía en mis planes, pero me ofrecieron algo que no podía rechazar. Me enganchó el proyecto desde que me lo presentaron, y aunque trabajé en él algo más de mes y medio lo hice con gusto y con ganas.

Esto, me ha ayudado muchísimo a saber a qué le debo decir que sí y a qué no. Porque no es porque pueda permitirme el lujo de rechazar cosas, es que he aprendido a que cuando hago cosas “por obligación” el coste que me supone es monumental.

Durante un montón de años estuve dando vueltas en la rueda que yo misma me metía, ya sabes, lo de la rueda del hámster. Cogía trabajos que no me motivaba porque no podía decir que no, y esos trabajos que inicialmente eran llevaderos, se convertían en el proyecto de instalaciones de la NASA. Cada día más cuesta arriba.

No voy a mentir, me costó diosyayuda, mucha ayuda, salir de ese círculo vicioso de decir sí a cosas que en el fondo no quería ni ver, ni hacer, ni calcular.

De resto, he trabajado mucho y en profundidad en mí.

Ahora conozco la diferencia entre trabajar en lo que te gusta, y tener un trabajo nutricional. Así que eso es lo primero que he aprendido en estos meses.

He empezado a andar, ligero y de forma regular. Cinco veces a la semana, consiguiendo los sanos diez mil pasos diarios. Estoy tan enganchada al paseo de la mañana que se me está pasando por la cabeza, echarme a correr. De esto tiene mucha culpa MiGurú, y también Cristina Mitre. Pero not yet… sigo caminando a pasito ligero cada mañana, y a veces también alguna tarde.

Durante octubre y noviembre, hice un curso intensivo de patchwork a máquina. Tengo un nuevo quilt terminado, que me pongo por encima por las tardes, mientras voy acolchando con toda la paciencia del mundo. Es calentito y precioso, y me ha dado la oportunidad de volver a reencontrarme con las telas y la máquina de coser. Lo disfruté, pero también me di cuenta de que lo que realmente me encanta es coser a mano. Ir uniendo trocitos, paso a paso, sin la producción en cadena que te brinda la costura a máquina. Esto me llevó a sacar mi gran pila de cosas a medias, y que me dieran ganas (reales) de terminar alguna. Lo mejor de este curso fue volver a coser con mi amiga LaAbogada. Con ella empecé a coser hace ya más de veinte años, y ha sido genial volver a retomar el dedal con ella.

Este año pasado me propuse varias cosas que requerían de disciplina y mucha constancia. Llegué a final del año cumpliéndolas todas. En lo que se refiere a manualidades, me propuse terminar un tapiz de punto de cruz, compuesto por doce motivos. Me programé para bordar uno al mes. El resultado final no me puede gustar más.

También me propuse tejer doce pares de calcetines, y también lo cumplí. De hecho tejí más de la cuenta, porque en las fotos me faltan, los dos pares que tejí en enero y que regalé.

Empecé el 2020 sin nada en las agujas. Creo que esto es algo no me había pasado nunca. Y según yo, es un síntoma claro e inequívoco de total madurez. Claro, que le puse remedio rápidamente, porque el día uno a media mañana ya tenía en las agujas un jersey para mí.

Con esto de acabar lo que tenía a medias, acabé el Pomegranate, que aunque mientras lo tejía no me convencía en absoluto, una vez que lo saqué de las agujas, me chifló. Tanto, que me lo he puesto muchas veces desde ese momento. También me tejí la Magnolia Chunky Cardigan.

Estos meses los hemos aprovechado también para salir de excursión, salir a caminar por las rojas montañas de MiNorte, y hablar de la vida y de la muerte.

Hemos acabado el año con una de esos acontecimientos que esperas que no sean verdad. Que deseas que vuelva a sonar el teléfono y te digan que todo fue un error. En esta ocasión nos tocó tangencialmente. Vivir la desgracia de perder a alguien de forma traumática y trágica. Nos ha tocado abrazarnos mucho, y querernos bien. Sin llenar los silencios de palabras vagas. Nos hemos hecho invisibles para dejar espacio a los que realmente sufren de forma directa toda esta desgracia, y en casa, hemos hablado del tema mucho, hasta que he visto que ya no había nada más que hablar.

Para mí ha sido importante compartir cada cosa que ha pasado con Emma. Mi lema con ella es decir siempre la verdad. A veces me dice: quiero saber whatever, pero no sé si la verdad que me vas a contar me va a gustar, así que de momento no voy a preguntar.

Esto me deja tranquila, porque sé que ella confía en lo que yo le diga plenamente. Que esto no quita en que me vaya a hacer caso en todo lo que le digo, nada más lejos.

Con el corazón así, como apretado, empezamos el año, y hemos pasado estos tres primeros días con paseos, tejiendo en cualquier sitio, y viendo HarryPotter. Se me ha declarado fan incondicional de Howgarts y todo su iniverso. Sé, por experiencia, que corro el riesgo de llegar a aborrecer cada libro o película de la saga, porque otra cosa no, pero cansina con lo que le gusta, esta niña es un rato.

Este año tengo grandes planes, siempre los tengo, luego, lo que la vida me vaya poniendo por el medio, va a sacar mi vena ingeniera de verdad. Porque al final, siempre trato de ingeniármelas para caer de pie, o  lo menos revolcada posible.

 

Rainbow Sweater para dos

Tengo dos síndromes que me afectan muy gravemente. Uno es el culoquierismo y el otro el startitis. Combinados dan resultados tremendos a la par de satisfactorios.

El primero se ve alimentado por los numerosos proyectos que veo tejidos en IG y el segundo es casi consecuencia del primero y de tener varios juegos de agujas del mismo número.

Teniendo en cuenta esto, es fácilmente entendible la historia que vengo a contar hoy.

Todo empezó cuando mi querida esposa se tejió un Rainbow Sweater. Flechazo instantáneo.

Lo siguiente fue llamar al Palacio y encargar toda la lana necesaria para hacerlo.

Desde que llegaron las lanas, monté puntos. Primero hice el mío, y lo hice siguiendo los sabios consejos de mi querida esposa, como ya vengo diciendo. Tomamos de referencia un patrón de tejido en top-down y con aumentos en circular.

Como nada más que lo que tiene es las franjas de colores en el canesú, el jersey sale en un momento. Piloto automático y a darle a las agujas.

Una semana más tarde tenía casi los dos jerséis terminados. Mucho me temo que me queda poco tiempo de tejer o coser para las dos, porque aquí hay una niña que cada vez se revela más.

Hoy, que había mercadillo artesanal animado con música bereber, y un poquito de fresco, ha sido el momento idóneo para estrenarlos.

Un paseo por el mercadillo, unas pocas pipas comidas, y luego una visita a Itxi, a tocar el mini piano.

Y con esto, el pistoletazo de salida de las fiestas.

¿Será este el año en el que vuelva a bailar Marejada marejada..?. No lo sé, pero si lo hago, lo voy a hacer ataviada con mi jersey nuevo.