Las chispas y el fuego

El mes pasado impartí mi primer taller de Escritura. Se llamó Escribir para vivir dos veces. Estaba orientado a motivar a aquellos que quieren empezar a escribir. Sin expectativas ni pretensiones. Solo escribir para desahogarse, conocerse un poco más, para dejar testimonio de sentimientos o recuerdos.

De aquel taller me vine pensando en cuando la necesidad por escribir sí que tiene expectativas. Cuando escribes para contar una historia que quieres que los demás lean, que no sea solo para ti.

Cuando te planteas escribir empiezas a buscar inspiración, recursos… todo eso que está muy unido a la creatividad.

En mi caso, siento la inspiración como unas chispas. Como cuando acercas un mechero o fósforo a una vela, y de pronto saltan unas pequeñas chispitas que uniéndose hacen una llama. Si hay buena materia para quemar, la combustión se alarga en el tiempo y ese fuego se mantiene vivo.

Me gusta el fuego, y sé que, para mantenerlo vivo, necesito crear el ambiente propicio, sentarme a observarlo, ir echándole madera, soplarlo de vez en cuando, remover las cenizas para reavivarlo. Hay fuegos que hay que apagar, y se asume y se hace. Luego salir a detectar nueva materia de quemar y encontrar nuevas chispas.

Me paso los días buscando chispas. En cualquier lado pueden aparecer, así que trato de mantenerme siempre despierta, por si las distingo. Puede ser paseando, en la ducha, viendo una imagen o escuchando una canción… de pronto, sientes una idea en tu cabeza, que es como una chispa. Sabes que si soplas, esa chispa, se va a convertir en un fuego de mil y tantas palabras que serán justo, en conjunto, lo que quieres contar en ese momento.

Así sentí que nació toda la historia que escribí en el Manual de Primavera, y así estoy escribiendo el Manual de Verano. Cada tanto se apaga un fuego, y yo me tiro a la calle donde sé que encuentro chispas nuevas.

El peto ahumado de La Puipana

Vengo de una casa de una familia de pescadores. En casa siempre ha habido pescados, variados y diferentes. Yo creo que he podido comer cualquier tipo de guiso con pescado.

Mi padre fue pescador. Y digo fue, porque está jubilado, y siempre concibió esta actividad como su trabajo. Una vez que dejó la mar, no ha salido a pescar más. No era su hobby que luego convirtió en empresa. No, era su actividad empresarial. Primero con un barco de 22 metros de eslora, y luego con otro de 12. Tenía un montón de gente a su cargo que capitaneaba como lo hacía con el barco: con firmeza, y mucha mano izquierda.

Mi padre se dedicaba a pescar atunes. Que dices atún y te crees que solo hay un tipo. A casa traía bonito, atún listado, medregal, patudo, melva, peto… Y de todos nos alimentábamos.

El peto era uno que venía poco a casa. Supongo que era porque es un pescado que se pesca distinto a los otros.

Dice la academia de la lengua canaria que el peto es un pez de la familia de los atunes, de cuerpo alargado y fusiforme, de color azul por el lomo y más pálido por el vientre, y que alcanza hasta los dos metros de longitud.

Como te digo, en casa se preparaba de cualquier forma, pero la más habitual era en filetes para luego pasarlo por la plancha. No necesita más, para que disfrutes de todo su sabor.

Ahora he descubierto otra forma de degustarlo que me tiene enganchada. Lo mejor es que lo tengo muy cerca y a la mano. Cuando tengo necesidad de un mimo de nutrición, de esos de alimentarme por dentro y cuidarme, siempre voy a la Puipana a comerme un plato de peto ahumado. Porque hay días que mereces mimarte por dentro, despertando tus sentidos. Nutrirte con bocados que te exploten en el paladar y que te pongan contenta desde el principio. Que no tengas que medir la cantidad, porque el plato está servido en la medida justa de placer y saciedad. Se sirve como si fuera un carpaccio, y se acompaña de una ensalada de mango y aguacate, aliñada con lima y AOVE, que consigue el equilibro perfecto de sabores.

Traspasando mis límites

Una de las cosas que me he ido dando cuenta a medida que, yo he ido cumpliendo años, es de la cantidad de límites que me he ido poniendo. Han surgido una suerte de miedos e inseguridades, que hace unos años ni me planteaba.

Hace 17 años que tengo el coche que tengo. Me ha llevado y traído sana y salva por muchas carreteras. Y hasta hace unos años, conducir no era problema. De un tiempo acá, como canta Alejandro Fernández, no todo va tan bien. Resulta que conducir me ha empezado a dar como miedo, o angustia, o inseguridad… yo qué sé.

La cuestión es que he dejado de ir a sitios o actos porque tenía que llevar el coche yo, o porque el sitio estaba lejos. Y como el corto del perro que está acostado sobre una madera con un clavo, hasta que no te duele lo suficiente, no te levantas.

Hace un mes, me di cuenta de la cantidad de limitaciones que me había ido poniendo por el mero hecho de tener que conducir. Y fíjate que no he tenido ningún episodio traumático, accidente o evento, que haya hecho que tenga miedo. Nada que ver. Todo ha sido producto de mi privilegiado cerebro, que ha ido confeccionando una serie de películas e ideas terribles sobre viajes en carretera.

La cuestión es que ha llegado el momento de que la incomodidad del límite me haya puesto manos a la obra. Cuando fui consciente, tomé la decisión de traspasar todos estos límites. Con miedo y angustia, pero andando. Y como la gran hierbas que soy: cuando tu sabes qué quieres, el universo conspira a tu favor. Pues justo esto.

Según tomé la decisión de que esto de dejar de conducir tenía que parar, me salieron un chorro de eventos que requerían de mi movimiento por esos kilómetros para poder asistir. Todos eventos la mar de atractivos para mí.

En dos semanas he conducido más de 500km. Por carreteras conocidas, poco transitadas e incluso desconocidas. Todo ha merecido la pena, porque como te digo, los eventos a los que he asistido han sido todos pura energía para mí. Pero una de las mejores cosas de todo, al final, ha sido poder decir que he conseguido traspasar los límites que yo misma me había puesto.

Comienzos y limpiezas

Estamos estrenando mes, si me conoces un poquito o me lees hace rato, sabes que esto de estrenar y los comienzos, son cosas que me ponen a tono. Me ilusionan y me entusiasman a partes iguales. Facilidades que tengo, ya ves.

Siempre he visto esta cualidad, que otros desechan por creer que no tiene importancia, como una gran virtud.

En la vida, lo único que te hace seguir adelante es la ilusión, y eso, lo tengo más que comprobado. Quítate las ilusiones, y verás qué rápido entras en la mazmorra.

Poder ilusionarme con casi todo, entonces, es una gran capacidad. Tengo la creencia de que mientras tenga ilusión, seguiré encontrando las ganas para seguir bregando con la vida.

Me hace ilusión que empiece mayo, que hoy sea día de fiesta y pueda irme a bañarme en el Atlántico, que ya sabes que el agua salada vale para todo. Hoy voy a utilizarla para limpiarme yo. Renovarme la energía, las ganas y las ilusiones. Como si fueran votos.

Voy a celebrar su comienzo también, con mi libro, con otros libros, con café, con tostadas, y con la certeza de que tener estos placeres al alcance de la mano, hacen que me sienta confiada y segura.

Me ilusionaré con mi próximo viaje a la isla picuda, con la celebración del día de la madre, y con todo lo nuevo que traerá mayo, que todavía no sé lo que será.

Como dice Aroa, busca una ilusión, una chiquitita, pero que te ponga los ojos contentos. Te hago el plan rápido: mete en un tuper una mezcla de ingredientes frescos, que pueda llamarse ensalada. Pon rumbo al Atlántico. Métete en el agua, y deja que te seque el Alisio leyendo un buen libro. Puede ser el Manual de Primavera, si no lo has leído ya.

 

La vida está llena de contrastes

Vuelvo del fin de semana llena de vivencias, anécdotas y un montón de ideas.

Ayer conduje hasta el final de la isla. Yo vivo bajo el influjo dominante del efecto isla, o cabaña o no sé cómo decirle, pero vamos, que me cuesta un mundo moverme. Sobre todo, si el movimiento conlleva un viaje por carretera en la que conduzca yo. Se me hace cuesta arriba. Yo creo que es que en el fondo lo que necesito es un chófer, que me lleve y me traiga, y que además se haga cargo de revisar si el coche tiene bien los niveles de aceite, aire en las ruedas, y líquido en el limpiaparabrisas. Todas estas cosas que hay que tener en cuenta y que son de vital importancia. Yo quiero que me lo hagan. Por eso, el sur de la isla para mi, es lo mismo que el extranjero, como si me exigieran visado y pasaporte.

Pues ayer, mandé a la porra todas estas excusas y puse rumbo al sur, como Ana Belén. Y me llevé un montón de libros conmigo.

Allí en la calle, y gracias a dos mujeres activas y entusiastas, firmé y vendí libros. Hablé de letras, recogí abrazos y conocí a un montón de gente nueva que se mueve por los libros y las palabras. Estuve en una de las tiendas más bonitas que he visto nunca, y me prometí que no va a pasar tanto tiempo sin que vuelva al sur y a sus calles.

Salir de mi burbuja me da perspectiva y me hace señalar la cantidad de contrastes que me circundan. Me gustan los contrastes, y me gusta que la vida esté llena de ellos, como las construcciones de piedra y los rascacielos; como las rayas y los lunares; como Ludovico y Quevedo… ¿Por qué voy a tener que elegir?

Me quedo con todo lo que haga que el gris de los días se evapore y que me haga resaltar todo lo que tengo y vivo.

Escribir para vivir dos veces

Nací en el ’75. Y eso hizo que no fuera al cole antes de los 5 años. Tuve un breve momento, bastante traumático por cierto, en el que fui a lo que hoy sería una escuela infantil, y que en aquel momento se le decía Guardería. Traumatiquísimo. Nunca voy a entender cómo se podía tratar a unos niños como éramos nosotros (2 y 3 años) de forma tan brusca y salvaje. Y encima cobraba por ello. Quiero olvidarme, pero cada tanto, me viene el recuerdo de aquel baño oscuro y apestoso en el que aquella señora nos encerraba.

Cuando llegué al colegio, todo cambió. La profe era amorosa, simpática, y nos enseñaba con cariño. Y descubrí el abecedario, y poder poner por escrito lo que llevaba alegando desde casi la cuna.

No sé cuándo hice mi primera redacción. Sé que escribo desde que me acuerdo prácticamente.

Muchas veces me han preguntado por qué escribo, y la respuesta siempre ha sido la misma: necesito escribir para pensar. Cuando escribo, mis pensamientos se desenredan y soy capaz de entenderlos con facilidad. Muchos de los nudos que por momentos siento que me ahogan, se desatan y el aire vuelve a fluir libre y constante por todo mi cuerpo.

Escribo también para sentir, porque cuando lo que tengo en mi cabeza pasa a mi mano, revivo y resiento cada historia que estoy dejando fijada en papel. No tengo la menor duda de que mi vida sería otra si no la hubiera escrito. Mucho de lo que escribo es solo para mi, y la mayoría de las veces ni vuelvo a esas libretas. Escribir no solo me hace repetir la vivencia, también me sirve de vía de escape y de validación de sentimientos.

Hace tres semanas, mientras navegaba de Arabia Saudí a Qatar, recibí un mensaje para invitarme a contar la historia de cómo escribo, y de por qué. Y también para inspirar a que otras tomen este camino y lo exploren. Estoy convencida de que a todo el que se adentra en esta práctica, le va bien.

Mañana, estaré contándolo en el Cotillo. Te contaré por qué empecé a escribir, para qué seguí, cómo me organizo, y hasta donde pretendo llevarme escribiendo.

Si te apetece, en el cartel tienes toda la info.

Tres años de aquella primavera

Hace tres años, acuérdate, estábamos todavía encerrados.

En aquellos días, me sentía segura dentro de toda la incertidumbre que nos rodeaba. Aprendí y entendí en aquellas semanas, que pese a lo que pasara por fuera de mi, podía conseguir tranquilidad y paz a base de estar bien donde estaba. Pudimos hacer de nuestro pequeño piso una gran trinchera, donde estábamos a salvo.

Como casi todos, consumí bastante Instagram en aquel tiempo. A mi me encanta Instagram. No me genera ansiedad, tampoco estrés, y por el contrario me llena de belleza, ideas, inspiración y aprendizaje. Supongo que tiene mucho que ver con mi forma de ver, como lo de hacer de mi casa mi trinchera. Es una especie de posición elegida que va a mi favor.

Recuerdo no perderme un directo de Sol Aguirre, algunos los vi más de una vez. También los de Ana Albiol, los de La Forte. Aprendí de las hermanas Zubi, de las Papiroga y de Marina Condesa. Las mañanas de los domingos con Máximo Huerta y Laura de Amapolas. Tengo libretas enteras llenas de las notas que tomé aquellos meses.

Todo aquello dejó una semilla clara en mi cabeza: primero escribir, segundo, nunca parar de aprender, tercero: el mundo está lleno de gente interesante.

De esos días salió el Manual de Adviento, y un año después el Manual de Primavera. Cada tanto tiempo me gusta volver atrás y hacer moviola de recuerdos para refrescar de donde vengo. Y sigo dejándome deslumbrar por la cantidad de cosas que en aquel momento me parecían increíbles, y que hoy me están pasando.

Como ver el Manual de Primavera en mis tiendas locales de referencia, esos lugares en los que me siento “segura” y en los que me encanta parar. Recibir el mensaje de gente que no conozco que me dice que vio un cuervo y que el día les cambió. Hablar con personas que quieren que les cuente un poquito más de cómo va Sonia y Tía Enriqueta. ¿Te cuento un secreto? Todavía siento cierta incredulidad con todo lo que está pasando esta Primavera. Este domingo celebramos el Mercadillo de Primavera, donde vas a poder respirar un poquito de mi primavera personal.

No te imaginas las ganas que tengo de ver, dentro de otros tres años, donde me llevará la semilla que estoy plantando hoy.

Mercadillo de Primavera

Hace como un mes, Diana y yo quedamos a desayunar, en nuestra cafetería de referencia, ya sabes, el36cafe.

Como siempre, nos pusimos al día de nuestras cosas, los últimos libros leídos, los últimos posts escuchados. Luego, repasamos nuestra facturación, y expusimos nuestras conclusiones. Sí, Diana y yo compartimos nuestros datos económicos de nuestros propios emprendimientos, porque hemos visto que hacer esto, nos ayuda a aprender casi tanto como los cursos que hacemos.

En medio de todo este repaso, Diana me expuso su idea de organizar algo para poder enseñar sus juegos de aprendizaje, así como sus libros. A mi, en cuanto oigo la palabra “organizar” se me sube el pulso, y empiezo a salivar como un depredador frente a su presa.

Para cuando nos terminamos el café, ya teníamos, fecha, hora, lugar y demás cooperadoras para montar un nuevo sarao. En el cartel tienes todos los datos. Y ahora te cuento en qué va a consistir todo, pero antes deja que me pare en el momento entorno, y la importancia que tiene.

A Diana la conocí a través del Grupete de Ana Albiol, fue ésta la que nos hizo match. Desde entonces, hemos compartido casi nuestro día a día. A nuestro dúo se unió Alba, un poco más tarde, y desde principios de este año tenemos una Mastermind. Nos reunimos cada 15 días por zoom. El poder de este grupo es inmesurable, ya te lo digo. Y me ha hecho reafirmarme en la importancia de las relaciones, para crecer, expandirte, disfrutarte o hundirte. Solo tú decides en compañía de quien estás.

Sin miedo a equivocarme, puedo decir que de lo mejor que ha ido pasando este año (y mira que la cosa ha venido muy bien) ha sido compartir con estas dos mujeres, a las que por cierto, les llevo 20 años y de las que aprendo cada día.

Y ahora sí, el eventazo.

Te proponemos una mañana de domingo diferente, en un Mercadillo de Primavera, y favoreceremos ese entorno del que te estoy hablando. Tendremos a tu disposición: libros, juegos, un poquito de merchandising, flores, (por supuesto) y también la posibilidad de tomarte un café con una cookie. Guárdate la fecha. Márcatelo en la agenta, y vente a vernos el domingo 16 de abril, en Puerto del Rosario.

Carnaval y sus fases

Me ha costado aceptar un poco, que esto de vivir va de cambiar. Ser constante en el cambio, como le decía su abuela a Ana Albiol.

Yo antes entraba en cortocircuito cuando pensaba esto. ¿Cambio? ¿Qué cambio? ¿Por qué cambiar? Una control freak como yo necesita de pilares firmes, que estén siempre ahí para que me den sensación de tranquilidad y control.

Te hago un recuento. De pequeña en el cole, me disfracé alguna vez. Con la carroza que armaban en el cole y tal. En el instituto, también, recuerdo pasarlo siempre mejor armando el disfraz que luciéndolo, pero aún así, también tengo en la memoria, noches bien divertidas. Luego llegué a la carrera y ahí me apagué. La sensación de ridículo, de incomodidad y todo lo que había que estudiar, hicieron trinchera en mi. Y me negué a vivir el Carnaval y todo su pifostio. Me limitaba a disfrutar de la gala Drag con devoción, y listo.

Luego llegó la Mariposita, y entonces, tuve excusa para ir despojándome de las armaduras que me había puesto en todos los años anteriores, y volver a coser disfraces. ¡Cómo he disfrutado estos últimos años de los disfraces! Uno solo, para la cabalgata, con otras madres y niñas, con las que haces tribu, porque todas pasamos por lo mismo, y el grupo es siempre una mejor idea.

El año pasado, un resfriado nos dejó en casa, después de haber preparado todo el atuendo. Y llegó el momento de la transformación y de cambiar de fase. Ya es mayor para andar disfrazándose con la mamá. Y aunque el corazón se te encoja un poco, afrontas la nueva etapa con estoicismo, porque la vida es así.

Volveré a disfrutar de la Gala Drag, y a ver la cabalgata desde la trinchera.

Seguimos transformándonos, y sigo aceptando que a mi mariposita le han salido alas, que las está empezando a desplegar, y quiere ir explorando. A mi me toca ser siempreviva, para darle la seguridad de que aquí siempre tiene flor a la que volver.

Tanto que lo busqué

Durante un montón de tiempo estuve buscando el amor.

Así en negrita. El amor de los libros, de las películas, y hasta el de algunas telenovelas. Entendía el amor como momentos de romanticismo máximo, con pupilas en forma de corazón y música de violines, envuelto en un montón de drama y canciones cortavenas.

Y claro, con esa idea en la cabeza, buscaba el amor. Y eso era lo que encontraba.

Luego me lamentaba de lo mal que me iba, pero de lo que años después me di cuenta, es que soy realmente experta no solo en orden, también en manifestar. El amor tal y como yo lo concebía, con esa definición del principio, me llegaba. Manifestaba exactamente eso: un momento bonito, entre montón de momentos de angustia, ansiedad, y tristeza. No me daba cuenta de que la idea de base era la errónea. Y no fui consciente hasta que vino otro acontecimiento a mi vida que, me hizo cuestionarme lo anterior, a base de vivir el amor, en neón y mayúsculas, de forma muy diferente.

El 14 de febrero de 2011, fui a la primera ecografía. Los momentos previos a entrar a la consulta, estuvieron bien aderezados de esos momentos ansiosos, angustiosos, llenos de narcisismo perverso y tóxico.

Pero entré a la consulta, y me tumbé en aquella camilla donde te quedas a merced de la doctora y su enfermera, con bastante poquita dignidad y muchísima vergüenza. Después de una entrevista y recopilación de datos, lo escuché. Un corazón latiendo muy rápido, que me dejó como en trance. En aquel instante todo se fundió a la pantalla del ecógrafo donde era capaz de distinguir una cabeza muy grande, y un cuerpo de renacuajo. Ya no era solo un positivo en un papel. Aquello era real.

Salí de la consulta, deshaciéndome de todos los pensamientos tóxicos que me infundaron al entrar. Recuerdo ir caminando por toda Triana, rememorando el latido de aquel corazón. Llegué a casa. Cogí el coche y me fui al trabajo. Recogí mis cosas. Y firmé mi finiquito.

Durante los meses siguientes, me di cuenta de que todo lo que había vivido con anterioridad creyendo que era amor, era otra cosa, aún no sé qué fue realmente, lo que tengo claro, es que, al amor, con todas sus letras, lo conocí aquel 14 de febrero. Y esto me sirvió para definir de verdad qué era el amor para mí. Me atrevo a decir que, desde ese momento, quiero mejor a mi familia y a mis amigas, y a otras personas que van apareciendo y que me apetece que se queden, porque me siguen enseñando a querer bien.

Desde entonces lo vivo. Con todo lo que tiene, que a ver, hay momentos de violines, pero también muchos momentos de límites, de conversaciones incómodas, de bajada de muros, y de construcción de confianza. Hasta que no fui consciente de qué amor quería vivir, no pude realmente sentirlo. Y gracias a ello, hoy vivo con amor. Con muchos tipos de amor. Más del que nunca pensé.