Estoy de gira

Después de lo que te conté la semana pasada de lo que significa la promoción de un libro, leer que estoy de gira, tampoco te va a sorprender mucho.

La verdad es que la gira es pequeña, pero ambiciosa.

Después de la presentación, algunos medios me han hecho hueco en sus espacios, y me han ayudado a darle visibilidad a esta, mi primera novela.

Se me hace rarísimo verme impresa, de volver a oírme en la radio o verme en video, ni hablamos. Pero la verdad, qué contenta estoy.

Y así, sin casi darme cuenta, hago un envío a Gran Canaria, y mis amigas laneras pueden leerme en papel; y mis otras amigas chicharreras también, porque el Manual de Primavera ha cruzado la Provincia, y ahora está en la Clínica de Psicología y Nutrición  “Nutriestrategic”

Y al dar la posibilidad de que mi Manual esté en una clínica de psicología siento que se cierra el círculo, porque no voy a hacer spoiler, pero tiene todo que ver que Sonia vuelva a la sala de espera donde pudo haber hecho terapia.

Me paro y dejo que todo esto que está pasando se me asiente, para poder creérmelo, porque de verdad todo está siendo mucho mejor de lo que me lo imaginé, y yo amigas, tengo una imaginación tremenda. Se me salen las  gracias por todos los poros.

Y casi me lo pierdo… gracias gracias gracias

Presentación oficial

Descubrí, en el campo de batalla, lo que significaba autopublicarse un libro.

Porque te crees que escribes como loca durante una buena cantidad de días, acumulando palabras sin descanso y ya lo tienes hecho. Y resulta que una vez que lo escribiste todo, empieza el proceso de la corrección, que puede ser casi tan largo y tedioso como el tiempo que has pasado escribiendo. Luego viene toda la maquetación, en la que por muchos momentos me he sentido que no me hablaban en español cuando me consultaban según que cosas. Elegir la portada, comprobar que todo queda bien, y mandar a imprimir.

Y llega el momento en el que lo tienes en las manos, y piensas ¡ah! Ahora sí… Pero no, ahora tampoco. Porque entonces te ves con una buena cantidad de cajas por todas partes de tu casa, y un montón de libros que tienen que salir a la calle.

Entonces cargas con una bolsa, y te vas a las librerías, y a las tiendas que te parece que quedaría bien. Y vuelve otra vez el pensamiento: ¡ahora sí!… Pero naaaaa. Ahora tampoco. Entonces queda la promo, y te pasas el día pensando en que estás cayendo pesada con tanto hablar de tu libro, pero entonces miras las cajas que todavía andan desperdigadas por la casa, y te dices que no, que tienes que seguir hablando de tu libro porque tienes que sacar todos esos manuales de la casa.

Y mira, te vienes arriba, y hablas de tu libro hasta durmiendo, y de pronto te das cuenta de que tiene que haber una presentación oficial, y sin pensártelo solicitas permiso en la Biblioteca Municipal, en la que tantas horas he pasado desde que la inauguraron. Soy tan mayor que fui a esa inauguración. Y para tu sorpresa, te dicen que si, que lo puedes presentar… y así abordo esta semana, entre la emoción y los nervios. Pero como me digo últimamente: pues con todo.

El jueves 13 de octubre, a las 19:00 en la Biblioteca Municipal de Puerto del Rosario, estaré más Umbral que nunca, hablando de mi libro. Y de Sonia, y de Pedro y de Tía Enriqueta. Hasta de los cuervos voy a hablar.

Mi segundo libro ya está aquí

La semana pasada te conté cómo me había llegado la inspiración para escribir el Manual de Primavera. Hoy te cuento la materialización de esta novela.

De mis libretas, me puse a hacer refritos y a ir inventándome lo que me parecía oportuno. La cuestión es que tirando del hilo y dejando fuera de la habitación donde escribía, a la niña y a la jueza que habitan de forma casi permanente en mi, fui capaz de construir una historia.

En abril de 2021 escribí los primeros párrafos. Hice mi Excel para saber cuántas palabras al día tenía que escribir, en función de la longitud que quería que tuviera el libro, y de los meses que iba a estar escribiendo. Durante los meses siguientes, mi vida tuvo dos escenarios: mi vida, y la vida de Sonia, Pedro y Enriqueta. Me pasé un montón de madrugadas, escuchando a Gian Marco, mientras escribía y trataba de  entender qué estaba haciendo, aunque al final creo que nunca lo logré. Pero me impuse el keep going que llevo tatuado en la pierna y seguí hacia adelante.

Un año después puse punto y final a mi primera novela. Después vinieron muchas semanas de inseguridad total, y lo dejé todo en cuarentena. Después de un mes lo retomé y lo leí del tirón, y me gustó, y me sentí satisfecha con el resultado.

Le eché narices, y le encargué a Érika Castilla la portada. No sabía muy bien qué contarle sobre el libro, porque en aquel entonces no tenía ni la sinopsis clara. Ella me pidió un capítulo entonces, y ahí me ví, que tampoco sabía por dónde cortar. Le mandé el libro entero y le dije que se pusiera a leer y que cuando se cansara que parara. Para mi sorpresa, fue de las primeras que lo leyó, y su feedback fue la patada que necesitaba para seguir adelante a paso ligero. Cuando me mandó su propuesta para la portada me dejó sin palabras, el resultado es mejor que si lo hubiera encargado a medida. Erika captó de lleno la esencia de la novela.

Luego se lo pasé a mis lectoras beta, y ahí estuve explicando y moldeando lo que yo entendía, porque lo había escrito yo, y lo que sobraba porque ya se entendía. Vamos, que saqué la tijera y la cinta métrica y le di otra vuelta. Y al final dije: se acabó y para la editorial lo mandé. Hoy lo tengo entre manos, y no puedo esperar más a que también lo tengas tu y me cuentes que te dice.

Mi segundo libro ya está aquí

La semana pasada te conté cómo me había llegado la inspiración para escribir el Manual de Primavera. Hoy te cuento la materialización de esta novela.

De mis libretas, me puse a hacer refritos y a ir inventándome lo que me parecía oportuno. La cuestión es que tirando del hilo y dejando fuera de la habitación donde escribía, a la niña y a la jueza que habitan de forma casi permanente en mi, fui capaz de construir una historia.

En abril de 2021 escribí los primeros párrafos. Hice mi Excel para saber cuántas palabras al día tenía que escribir, en función de la longitud que quería que tuviera el libro, y de los meses que iba a estar escribiendo. Durante los meses siguientes, mi vida tuvo dos escenarios: mi vida, y la vida de Sonia, Pedro y Enriqueta. Me pasé un montón de madrugadas, escuchando a Gian Marco, mientras escribía y trataba de  entender qué estaba haciendo, aunque al final creo que nunca lo logré. Pero me impuse el keep going que llevo tatuado en la pierna y seguí hacia adelante.

Un año después puse punto y final a mi primera novela. Después vinieron muchas semanas de inseguridad total, y lo dejé todo en cuarentena. Después de un mes lo retomé y lo leí del tirón, y me gustó, y me sentí satisfecha con el resultado.

Le eché narices, y le encargué a Érika Castilla la portada. No sabía muy bien qué contarle sobre el libro, porque en aquel entonces no tenía ni la sinopsis clara. Ella me pidió un capítulo entonces, y ahí me ví, que tampoco sabía por dónde cortar. Le mandé el libro entero y le dije que se pusiera a leer y que cuando se cansara que parara. Para mi sorpresa, fue de las primeras que lo leyó, y su feedback fue la patada que necesitaba para seguir adelante a paso ligero. Cuando me mandó su propuesta para la portada me dejó sin palabras, el resultado es mejor que si lo hubiera encargado a medida. Erika captó de lleno la esencia de la novela.

Luego se lo pasé a mis lectoras beta, y ahí estuve explicando y moldeando lo que yo entendía, porque lo había escrito yo, y lo que sobraba porque ya se entendía. Vamos, que saqué la tijera y la cinta métrica y le di otra vuelta. Y al final dije: se acabó y para la editorial lo mandé. Hoy lo tengo entre manos, y no puedo esperar más a que también lo tengas tu y me cuentes que te dice.

La inspiración

Ya tu sabes que este blog es mío, y voy a aprovechar la autoridad que me da mandar aquí, para ponerme en modo Paco Umbral y hablar de mi libro, y de cómo me llegó la inspiración.

Todo empezó en abril del 2021. Hacía ya cuatro meses que toda la operación Manual de Adviento había concluido. Fue toda una experiencia y un viajazo para mí. Y quería seguir en este mundillo.

Durante un montón de días me sentaba delante del ordenador, al alba, a teclear, como dice Isabel Allende. Mucho de eso que escribí fue a parar a la Papelera, física y virtual.

Un día, un poco desesperada, porque la Impostora estaba siendo muy poderosa en todo este trance y veía que me iba ganando la partida; me puse a revolver en mis libretas.

Llevo muchos años escribiendo, eso suponen un montón de libretas. De unos años para acá escribo mañana y noche, en libretas separadas. Antes, todo junto en una sola libreta.

Por la mañana me centro más en cómo me siento y en qué estoy pensando. Por la noche es un resumen del día, al estilo cuaderno de bitácora. Así estuve leyendo la del 2020, con el confinamiento y los miedos que tenía por aquellos días. Y también encontré la del 2007. ¡Vaya año mas mazmorro! Pero qué de inspiración tenía mi bolígrafo. Me hice un té y me puse a leer. Y fui capaz de volver a vivir muchas de las experiencias que guardé en esa libreta. Los olores, los sabores, las sensaciones. Probablemente fue la época más oscura de mi vida, pero también la más real.

Volví a leer los libros que leí en aquella época, y también vi las películas. Saber todo esto me fue muy fácil porque además de hablar de cómo me sentía, en cada página, hacía un relato preciso de qué llenaban mis días en aquel año. Aun en el 2007 no tenía separadas las libretas en la mañana y la noche, y escribía cada vez que tenía la necesidad de hacerlo. Casi a cada hora.

Haciendo una mezcla de estas dos libretas, y dejando libre a la musa, creo que fui capaz de construir una historia que me mantiene viva e ilusionada aún a día de hoy. Porque probablemente, la historia continue.

La pila cargada

Se me acabó el mes de fiesta. No puedo decir que no lo haya gozado, porque una no tiene más que tener un límite al despiporre para que el poco que haya lo exprimas al máximo.

Solo una semana en mi pueblo me ha bastado para dormir como una ceporra, leer muchísimo y estar ensalitrada la mayor parte del tiempo.

Con los años me doy cuenta de que realmente cuando la batería está comprometida, solo tengo que poner rumbo norte.

Hace unos años, muchos, estaba yo un poco regular. Vivía en GranCanaria, y fue uno de esos momentos en el que no pude coger la semana entera de vacaciones para poder estar en mi pueblo con los míos. El viernes de la fiesta, pillé el binter, y me vine a casa. Recuerdo que mi hermana LaBajista vino a buscarme al aeropuerto. Fuimos hablando todo el camino, poniéndonos al día, y según dejamos atrás la rotonda de Lajares, y encaminamos La Costilla, tuve el regalo de ir viendo como se ponía el Sol. En ese momento tuve la certeza de poder respirar perfectamente a pleno pulmón. Como si hasta ese momento lo estuviera haciendo a medias. Supe, sin lugar a dudas, que ese era mi lugar en el mundo.

Tengo ese recuerdo anclado a la memoria, y siempre recurro a él cuando siento que las circunstancias se me hacen bola. Si creo que la cosa se pone demasiado seria, sé que solo tengo que subirme al coche, y terminar en MiNorte.

Ensalitrarme, llenarme los pies de arena, y reencontrarme con la que fui y seré.

Siento que allí soy yo en cualquier grano de arena, o en los riscos, es como si estuviera mimetizada con el entorno. Y también siento que allí, la energía se me repone, sin necesidad de hacer gran cosa, solo estar. Solo ser.

La fiesta de MiNorte

Ayer celebramos el día más importante del verano. La fiesta de MiNorte. La patrona de MiNorte es la Vírgen del Buen Viaje.

En este pueblo, la fiesta es algo que uno se toma muy en serio. Y desde principios del mes se constituye la comisión de fiestas que será la encargada de planificar y organizar todo el programa de la semana de celebraciones y festejos. Desde hace unos años, esta tarea recae sobre la asociación Cotillo Joven, que además de ser jóvenes, son gente con muchas muchas ganas, y que casi sin recursos sacan cada año una fiesta para adelante con un montón de cosas.

Las calles se llenan de banderas, que llevan cosiéndose semanas, y luego todo el mundo se predispone a pasarlo lo mejor posible.

Cada casa prepara su puchero típico, y se degusta con su sopa de primero, y su vasito de vino. El postre suelen ser tunos o fruta (aquí se le dice fruta al higo de la higuera) y todo está acompañado de un montón de conversaciones cruzadas. En cada casa se junta un chorro de gente, familia lejana, y amigos varios. También se descuelgan los resacados que vinieron a la verbena y que amanecieron en el pueblo. Siempre encuentran un amigo con un caldero de puchero al fuego.

En mi casa creo que el record de gente a la mesa fueron 32. Después de eso nos hemos quedado en la media de 20.

Cuando el caldero ya está apartado del fuego, una se pone un traje fresco y se acerca al muelle a ver cómo embarcan a la Vírgen. Fíjate que yo no entiendo bien qué me pasa, pero en ese momento me embarga una emoción que no soy capaz de controlar, y se me saltan las lágrimas. Y tengo de promesa conmigo ir cada año a hacer lo mismo: ir a verla embarcar mientras se me salta la emoción por los ojos.

Este año ha sido más o menos así, como los anteriores, y los otros 45 años que los llevo viviendo, y sin embargo siempre distintos.

Cuando llega la noche, se sienta una en el sofá y hace recuento de invitados y de cómo estuvo la comida, y suelta eso de: ay que cansera, pero qué bien lo hemos pasado, no?

Manual de Supervivencia

Si llevas tiempo por aquí, sabes que mi expertise, a parte de meterme en mazmorras, es hacer manuales. Llevo 20 años confeccionando manuales de uso y servicio de forma ininterrumpida.

Cuando Mónica, del Enfoque, me propuso seguir con una columna mensual en el periódico, lo tuve claro: voy a darle forma de columna a mi Manual de Supervivencia. Porque a mí, me ha costado lo mío llegar a esa suerte de manual.

Que nos colocan aquí, de niñas nos ayudan a vivir nuestros padres, las amigas… y creces, y se supone que ya eres trabajadora y que tienes más de 30 años, y entonces te das cuenta de que “emos sido engañado”… La vida no es fácil, y eso te lleva de cabeza a la Mazmorra.

Por eso hace unos años, y para hacerle el camino fácil a cualquier que se pudiera encontrar en las mismas mazmorras oscuras en las que he estado yo, fui escribiendo pequeñas indicaciones para vivir.

Con esa filosofía, fui componiendo pequeños pasos, sencillos y al alcance de la mano de cualquiera para que, aún estando en la mazmorra, fueras teniendo luz.

He hablado de escribir, de alimentarse, del silencio, del mar, de la belleza y de leer. Estoy en el ecuador de mi Manual de Supervivencia, y creo que estos son los puntos clave para que el estrés diario y a veces la apatía, no hagan fuerte en tu vida, y te pases los días intentando encontrar la rendijita por la que pueda colarse la luz. Para mí seguir estos mínimos me asegura irme a la cama con satisfacción y con la pila medianamente cargada.

Lo de escribir

 

Hace un mes que no me paso por aquí. Una vez más, que me arrolla la vida, o las obligaciones, o tal vez, y pueda que sea la única realidad, es que no he tenido ordenadas mis prioridades.

Ya no me cuento cuentos, ni me digo mentiras, porque me conozco bien, y aunque de entrada parece que da resultado, termino pillándome. Y en ese momento no me gusto nada. El momento en el que me pillo la trola, me refiero. Porque ahí ya quedo yo sola, frente a la montaña de mentiras que me conté y el otro montón de culpa por todo el proceso.

Ahora me ahorro todo este mal trago, y me doy de frente con la realidad. No he venido por aquí, porque la tarea de hacerlo, ha ido bajando puestos en la lista de cosas que hacer cada día, hasta quedarse en la hora 25 del día. Esa que no existe. Ese cajón donde van a parar las cosas que no son prioritarias. Los debo que se comen los quieros.

Y entonces, llega el momento de revisar la caja, y de reordenar. No es un momento fácil. Reordenar, es poner en valor lo que me interesa realmente, y como ya sabemos: 24h. Lo que no está ahí, no cabe y por lo tanto, no se hace.

Me doy cuenta de que escribir, se queda por detrás de hacer la compra, y también de limpiar. ¿Desde cuando me importa más cualquiera de estas dos cosas que escribir? ¿En qué momento? Sigo revisando lo que se ha quedado en el cajón, y me encuentro también la Miracle Morning, y la caminata diaria.. Espera, que también está lo de leer tomándome el té de la tarde.

Y no lo termino de entender, porque a mi, escribir, me importa mucho. Muchísimo. Y no es que no lo haya hecho, lo he hecho, pero como a escondidas, en múltiples libretas que he ido arrastrando entre aeropuertos, barco y guaguas. Con letra ilegible, pero con muchas ganas.

Hace apenas un mes que estuve en Noruega. Visité un pequeño pueblo: Fläm. Desde que me bajé del barco, divisé un pequeño hotel, y lo único que podía pensar es que quería sentarme en alguno de sus balcones con mi portátil y dedicarme sin controlar ni el tiempo ni el espacio, a juntar letras. Lo anoté en la libreta en cuanto la tuve de nuevo en las manos: venir a Noruega a escribir.

Soy consciente de que estas actividades que me ayudan tanto a estar centrada y contenta, porque más que nada me proporcionan calma, se van quedando relegadas al olvido de no agendarlas, porque el tiempo se lo va comiendo esas otras tareas que me reportan mucha menos alegría pero que son impepinables para seguir viviendo. Limpiar, hacer la compra, ordenar la casa… Y me doy de frente con la palabra: delegar.

¿Por qué se me hace tan difícil soltar el control y la obligación de tener que hacerlo todo yo? ¿Si dejo de hacerlo me van a quitar alguna acreditación? ¿Dejaré de ser la persona que soy? ¿Qué me pasa con todo este asunto?

Llevo un mes alargando el momento de ponerle fecha al asunto de delegar. Hasta hoy. Hoy he armado mi lista de delegados, y también he escogido a las personas que lo harán por mí. Supervisé también todo el asunto económico y listo. Tengo las patitas flojas, con un tembleque considerable, pero prefiero esto, a la sensación de dejarme siempre para después. Entro en fase de pruebas. Deséame suerte.

El movimiento se demuestra andando

Otra de las cosas que he tenido presente y fijada en el cerebro, desde que me reproduje, es que se aprende más por imitación que por escucha. Es decir, que si yo le digo a Emma que lea, pero no me ve nunca con un libro, va a ser difícil que el mensaje cale. Lo mismo que si le digo que menos pantallas, y yo ando con el teléfono incrustado en la mano.

Es una trabajera tremenda, esto de ser ejemplo, porque qué quieres que te diga, hay días que no me apetece nada más que mirarme los pies, y no puedo darme el gusto de ello, porque siempre tengo dos ojos pendientes de mis movimientos, y que aprovecharán cualquier descuido para utilizarlo en mi contra.

Me concedo ciertos momentos de tregua, y aprovecho esos ratos en los que está fuera de casa, para no ser todo lo correcta que se supone que debo ser, esto es: tomarme algún quintillo, y dejarme estar en el sofá dejándome entretener por cualquier cosa que netflix me sugiera.

Cuando ella era pequeña, recuerdo tener cierto agobio por tener información y opinión de casi todo, porque no quería que si ella me preguntara yo no tuviera respuesta. Con el tiempo he aprendido y asumido que hay cosas para las que no tengo respuesta y tampoco opinión, y así se lo hago saber. También cuando me pregunta algo que no sé, aprovecho para juntas, buscarlo en San Google.

Pero de lo que he sido muy consciente de hacerle ver, es de lo que disfruto con la belleza del sitio donde vivimos, con nuestro Atlántico y con esta tierra árida e inhóspita que ha dado cobijo a todos los que llevaron nuestros genes antes que nosotras. Me he preocupado mucho por hacerle sentir que pertenece a este sitio, y que por ello debe honrarlo y respetarlo.

Uno de nuestros pequeños rituales de momento contemplativo, en es verano, cuando llegamos al Norte. Al poco rato de estar instaladas, nos vamos al banco azul, a estar en silencio (si es que eso es posible con ella) a ver el charco y Piedra Playa. Quiero presumir de inculcarle mirar la mar, y alabar su porte. Se me llena el corazón cuando vamos en el coche y pasamos cerca de la costa, y ella para la conversación para lanzar esa alabanza en alto.

Encontrar la belleza en lo que nos rodea, es algo que nos ayuda en el día a día. Creo que he conseguido traspasárselo, junto con la miopía y la necesidad de la ortodoncia.

Espero que conserve esto, y le sirva para refugiarse cuando sienta que lo necesite.