El anclaje de Semana Santa

 

Cada Semana Santa, desde hace unos cuantos años, vengo por aquí y echo el cuento de lo mucho que me gusta hornear bollos. No unos bollos cualquiera, sino estos bollos suecos, típicos de la Cuaresma.

Tengo como misión en la vida, la de crear firmes raíces de anclaje para MiMariposita. Y los Semlor en Semana Santa es una de esas raíces. Podría haber escogido algo más nuestro, yo que sé, algo Canario, pero mira, este es mi cuento, y yo me lo monto como mejor me parece. Porque digamos que hacer un sancocho está bien, pero lo de meter las manos en harina es otro nivel.

Un anclaje para que sea bueno, tiene que ponerte a funcionar los cinco sentidos. Primero el tacto, lo que sientes en las manos mientras estás amasando todos los ingredientes y cómo la masa va quedándose lisita y muy agradable al tacto. Luego  el sonido que hace la masa contra la encimera a medida que vas boleándola. Después el olfato, todo huele a cardamomo. Pasada la primera hora de levado, ves como los bollos han aumentado su tamaño y lo brillantes que se han puesto. Finalmente, y casi el sentido que juega un papel fundamental en este anclaje, es el gusto. El bollo atorrijado en leche caliente, con todos esos sabores juntos del mazapán, la nata, y la miga suave y poco dulce.

Nuestra Semana Santa, sabe a estos bollos desde hace muchos años, y ya, desde que se acercan los días libres, Emma pregunta cuándo los vamos a hornear.

Por otro lado, estas cosas, estas pequeñas tradiciones que he ido incluyendo en mi vida, en nuestra vida, me sirven como termómetro de cómo estoy.

No fue hasta hace unos años que leí el libro de Ana Ribera, sobre la depresión, que me di cuenta que yo había estado allí. Estuve muchos años en una mazmorra, llevando una vida aparentemente normal, y sin embargo, cada día estaba más inactiva y con menos energía para vivir.

Cuando llega una de estas fechas, que tienen aparejadas alguna actividad concreta, y me siento inapetente, y con ganas de saltármela, hago sonar las alarmas. Me someto a estudio y evalúo si es algo transitorio o es algo a lo que le tengo que prestar atención.

De momento, mis tradiciones siguen ancladas a mis ganas, y ya tenemos todo listo para hornear nuestros bollos de Semana Santa. Anímate y mete las manos en harina.

Esto está siendo un despiporre

Esto está siendo un despiporre. La semana de Carnaval, fue hace quince días, sin embargo, los carnavales municipales se van a celebrar este fin de semana.

Parece que el Covid, no solo nos movió las cosas de sitio, también nos dejó a todos un poco idiotas. A mí que me lo expliquen.. ¿qué finalidad tiene dejar el martes de Carnaval el día que no se va a celebrar el Carnaval? Ahora ya estamos de vuelta a las clases y pensando en la Semana Santa, y es cuando en la calle empiezan a sonar los pitos y a llenarse todo de purpurina. A mi, qué quieres que te diga, estas cosas me desajustan los chakras.

Durante unos años, disfruté locamente de la cabalgata, con disfraz y todo. Y ahora siento bastante penita, porque ya la Mariposita se ha hecho medio grande, y va soltándome la mano si se la agarro por la calle. No se lo tengo en cuenta, pero ya voy asumiendo que esos momentos de disfrazarnos juntas, van quedando para el recuerdo. No sé cuándo volveremos a salir en Cabalgata, pero me temo que lo que era ya fue.

Este año, hubo disfraz para el cole, que como te cuento, fue hace quince días. La alegoría de la clase del cole era: el manga, o el terror. ¿Hizo mi hija caso alguno de esto? Por supuesto que no. Desde diciembre está detrás de disfrazarse de Isabella, la hermana de la protagonista de Encanto, y probablemente desde el año pasado, ella estaba ya pensando cómo iba a ser su Carnaval.

Le dio igual la recomendación escolar, ella me puso a pegar flores como si no hubiera mañana en un tutú lila, que no era el color exacto, pero que se dispuso a tolerar al ver mi cara de “me falta el canto de un euro para mandar a volar el Carnaval”. Tres tiendas visitamos hasta que se rindió al comprobar que era bastante complicado traer a tierra lo que ella tenía en su cabeza, en cuando a formas y color.

Al final, tan bueno que le quedó, y tan contenta que ella fue para el cole.

Parece que fue un éxito total, y que ella, sin cabalgata, lo pasó bastante bien, dando golpes de melena lisa.

Yo que no pierdo oportunidad para ir largando filípicas, aproveché la ocasión para soltar mi disertación sobre la frustración, el manejo de esta, y ser flexible ante cosas que no podemos cambiar.

Te digo la verdad, yo voy soltando chapas de este calibre a cada momento. Muchas veces me pregunto si en su cabeza no estará ya la frase de: yos aquí viene mi madre otra vez con su retahíla. Y cuando lo pienso, me digo: es verdad, déjalo todo quieto y ponte un punto en la boca. Pero, oye, pues que no puedo. Que siento que mi misión en la vida como madre es repetirme hasta el agotamiento. Sigo con la fe intacta, de que algo debe quedar dentro.

A quererse

He tardado unos cuantos años más de lo normal en aprender a distinguir el querer de la basurilla.

Y hoy, en este día tan amoroso, me apetece sacarlo a que le de la luz.

Cuando estaba inmersa en la treintena, quería querer, quería que me quisieran, y lo quería desesperadamente. Mucho querer mal enfocado, la verdad. Y cuánta oscuridad y cuánta mazmorra a cuenta de estos malquereres.

Hace unas semanas, haciendo un ejercicio de evaluación de esos que tanto me gustan, hice una línea de vida. Hacía arriba los momentos buenos, hacia abajo los malos. Todos los momentos buenos, tenían que ver con el trabajo; todos los malos eran corazones rotos. Estaba muy mal enfocada, y todo era porque tenía mal entendido los conceptos.

Estaba trabajando en aquella obra de aquel centro comercial enorme, cuando descubrí que estaba embarazada. Se acercaban las Navidades, y hablando con un encargado de una de las obras privativas, un hombre educado y respetuoso con el que hice buenas migas, me preguntó qué le pedía a los Reyes esas Navidades. Yo le contesté que se habían adelantado, que venía en camino un bebé. Se puso contento, y me felicitó efusivamente. Me dijo algo, que nunca se me ha olvidado, y que me viene a la mente con frecuencia.

Él tenía una hija que acababa de cumplir 22 años en aquel entonces, y se había ido a Londres a aprender inglés. Me dijo: ahora vas a saber lo que es querer, pero querer de verdad, del querer bueno.. aunque también vas a saber lo que es el miedo, uno de verdad también.

Y sí, he sabido de las dos cosas bastante bien desde que me reproduje.

Del miedo tengo un expertise, así que me he centrado en lo de querer, que era mi asignatura pendiente.

Estaba yo muy confundida en lo de buscar querer. Yo ahora quiero, y quiero a mucha gente, tal vez antes también, pero no lo valoraba de igual forma.

Ahora quiero. Sin dobleces, sin tapujos, sin vergüenzas.

No digo que el único amor que es de verdad es el de p/madres a hija/os, nada que ver. Digo que yo he necesitado de este amor para entender. Ahora me doy cuenta de que sé lo que es el amor, y de que antes lo tenía totalmente confundido con necesidad. Ahora tengo estos dos conceptos bien diferenciados, querer quiero a muchos, necesitar, a pocos.

Querer de reir en cualquier sitio, o también de bailar o de llorar. Querer de convertirme en leona, y también de convertirte en un ser de brazos mágicos que curan con solo abrazar. Y no me refiero al cura sana cura sana que les hacemos a los hijos. Me refiero a abrazar a otra persona, y decirle que todo va a estar bien. De dejar también que me abracen y recibir con total confianza el que me digan que todo está bien.

Querer y bailar, de lo mejor que puedes hacer, pero primero vas a tener que saber qué es cada cosa.

Que no haga falta un 14 de febrero para que quieras a brazos llenos.

El plan

He ido al cine. Y lo digo como si fuera un gran acontecimiento, aunque pueda no parecerlo. Para mí lo fue, porque no iba al cine a ver una película que fuera de dibujos o de temática infantil, desde que Emma nació. Así tal cual. 10 años sin ir. Que no es que no haya visto pelis, nada que ver, me las he gozado todas, con cierto tiempo de retraso. Solo eso.

¿Qué por qué? Pues por esa culpa estúpida que nos amenaza a las madres, no sé si a los padres les pasa, no tengo manera de comprobarlo. Si hay algo que puedo hacer con ella, hacerlo sola, me da la sensación de que le estoy siendo poco leal. Yo que sé. Ya en verano me pasó esto cuando tuve muchas ganas de ir a la playa pero me sentía culpable de no hacerlo con ella, y cuando se lo conté, me dijo: pues mira que boba, yo si fui a la playa, y me lo pasé muy bien. ¡Ajá! Todo bien.

Total, que fui al cine, y vimos la peli de las hermanas Williams.

Me gustó mucho. Muchísimo, aunque por momentos me exasperara.

No te voy a hacer ningún spoiler, tranquila. Resulta que, desde el principio, el padre de las hermanas Williams dice: he diseñado un plan.

Y ya, con esas cuatro palabras, a mi ya me tuvo con él. Y sabía que la película me iba a gustar. Así tan básica, también.

Me encanta planificar (¡sorpresa!)

Y pensar en el plan es algo que me pone,  directamente.

Para casi todo lo que hago, trazo un plan.

Hago una escaleta de acciones que me llevan al objetivo que me he marcado.

De hecho, cuando enseño a Emma a hacer algo, le doy las instrucciones siguiendo un orden y listándolas: primero… esto; segundo… aquello; tercero… lo de más allá.

Todo me parece que se simplifica si te paras y trazas el plan de acción. Por eso soy tan fan de las listas, los manuales, y las explicaciones ordenadas.

Primero pienso lo que quiero, luego enumero las tareas que tendría que realizar para conseguirlo, y así voy desmenuzando hasta sacar un calendario y poner por escrito (siempre por escrito) lo que voy a tener que hacer cada día, hasta conseguirlo. Al final, lo que tengo es una agenda. Y esto lo hago así tanto para objetivos que quiero alcanzar como para los proyectos en los que trabajo.

Hacer planes es sencillo, la cuestión del plan es ejecutarlo. Ponerte en marcha.

Hay veces en que pienso: quisiera conseguir esto. Trazo mi plan de acción, y cuando veo todo el esfuerzo que va a requerirme este plan, me doy cuenta de que el objetivo, tampoco me importa tanto como para realizar todo el trabajo que se va a necesitar.

Siempre está la pregunta incómoda de: ¿estás dispuesto a darle al plan lo que pide? Y ahí es cuando te das cuenta de que tal vez el objetivo, no es tuyo, o no te importa tanto, y no pasa nada. A por otra cosa. Porque siempre hay otra cosa.

Lo de estar quieta, no lo veo claro.

The party is over

Vamos a estrenar el año.. y el blog este año.

¿Qué crees? Este año he vuelto a hacer una lista moderada de propósitos, y el blog está en los primeros puestos. ¿Conseguiré venir cada viernes a escribir aquí? Pues no tengo ni idea, yo me lo propongo, y luego a ver cómo se van dando las cosas. Lo que tengo claro, es que si ni siquiera me lo propongo, por aquí no paso. Así funciono yo.

Primero pensarlo, luego hacerlo, como se vaya pudiendo.

Ayer vinieron los Reyes.. Con toda la magia y toda la ilusión. Aunque no contaba yo con todo de mi parte.

Resulta que aquí escribimos la carta allá por primeros de diciembre. Cuando recogí la carta de Emma, veo con todo mi asombro, que ha pedido la muñeca Rosaura. Te voy a decir la verdad, pasé varias horas intentando convencerla de que la quitara de la lista. Esa muñeca me horripila. Es casi de mi tamaño, pordiós!

Todos mis intentos cayeron en saco roto. La muñeca parecía innegociable. Tanto, que aunque le dije que pusiera regalos de reserva “porsiaca”, ella se negó. Tres únicos deseos.

Me vestí de Reina Maga, y me dispuse a abordar la misión, con la ayuda inestimable de LaPeque.. Una vez en la juguetería, yo, lo tenía claro, iba a sustituir aquella muñeca por cualquier cosa que me pareciera adecuada. LaPeque, se posicionó en contra. Pasamos por caja, con la muñeca a cuestas. 1.05m de muñeca, te recuerdo.

Fue pasando el mes, con todas sus actividades y sus cosas. Vacaciones, y tal. Y tres días antes de la noche más mágica del año, viene la niña y me pregunta si puede cambiar la carta.

Horror. Terror. Tragedia.

Cuando le pregunté el por qué, me dice que es que estaba pensando en la muñeca, y que ahora cree que igual le va a dar miedo. Si se despierta a media noche, y en la oscuridad la ve ahí.. pues igual se muere del susto. ¡Ajá! Ahí quería llegar yo.

Nada que hacer. Yo intenté quitarle hierro al asunto. Y decirle que eso no iba a pasar.

Por dentro, otra vez, me castigué fuerte por no hacerme caso a la primera.

Anoche, vinieron los Reyes, y con ellos, el metro cero cinco de muñeca.

Durante el día todo bien, pero ¡ay amigas! Cuando llegó la noche…

Si te cuento que estuvimos casi media hora de reloj por toda la casa, buscándole un sitio adecuado para que durmiera, ¿te lo crees?. Rosaura anoche terminó durmiendo en el patio. Y, así, todos contentos.

Esta mañana, Emma ha ido al patio a buscarla y a darle los buenos días. La tiene sentada en el sofá, mientras ella arma un puzzle. Parece que en lugar de ser “hermanas” van a ser vecinas que se reúnen durante el día para jugar. Todo bien. Problema solventado.

Y ya con esto, tenemos resuelta y completada la Misión Navidad 2021. Ayer, antes de comer, ya teníamos toda la Navidad desmontada. Siempre lo hago así, en caliente y deprisa. Es mi manera particular de luchar contra la pereza. Cuando recojo no pienso, me pongo en piloto automático, y casi sin darme cuenta, está todo en cajas y listo para guardarlo. El rincón de los lunares, vuelve a estar desocupado de luces y bolas, y la planta que desahucio cada diciembre, ha vuelto a su sitio. No tengo idea de qué tipo de conexiones se hacen en mi cabeza, pero quiero pensar que así como se va guardando todo, en mi mente también se van apagando las luces del modo fiesta, y ya me predispongo a afrontar enero, con las cuestas que traiga.

Esta Navidad ha sido regular, no solo por la pandemia. Este año nos tocó restar en la familia. Como siempre, esto es un enmierde, con toda su tristeza y toda su pena. Pero este juego es así, y cada vez que tengo claridad de pensamiento, me vale para recordar que no pierda un segundo en penas y me concentre en seguir hacia adelante, en intentar estar bien, y en hacer lo posible para lograrlo, por mi y por todos los que estamos aquí.

En el 2021 me propuse bailar el año, este año lo voy a bailar y cantar, así llueva todos los días, algo que tampoco aquí va a venir mal. Si ven que llueve mucho, me avisan.

La crianza

Estoy estrenando una década como madre. Me cuesta pensarlo, bueno, más bien me cuesta asumirlo. De aquel bebé de dos kilos que vino deprisa, no queda casi nada.

Diez años. 120 meses. 43.800 días. ¿Y sabes qué? Me cuesta un montón recordar como era mi vida antes.

Desde que supe que estaba embarazada, se me cambió el cerebro, o lo que quiera que había ahí adentro. Y ya desde el primer mes de gestación decidí que la canción de mi monjeta era Antes, de Jorge Drexler. Porque además de ser preciosa, describe cien por cien lo que era mi realidad…

Antes que nada yo quiero aclarar

Que no es que estuviera tampoco pasándolo

Mal antes

Tampoco estaba pasándolo mal antes.

Más o menos así. Aunque si eres lector reincidente, también sabes que momentos bien oscuros, pues también los hubieron.

En estos diez años me ha dado tiempo de pensar, no mucho, criar una hija quita mucha energía. Hay que llevar un orden militar en los tiempos y en las energías, porque si no es muy fácil perderte, y cuando vienes a darte cuenta, estás en una rueda que arrastra la corriente, y que no te da tiempo ni a ver si te lo estás pasando bien o mal. Es como un revolcadura de la mar del norte.

Mi amiga Dácil, a la que le debo la mayoría de mi cordura mental, cuando Emma tenía poco más de dos meses, y ante mis quejas de “esta niña no duerme”, me dijo: tienes que acostarla antes. A las 7:00 pm, empiezas con la rutina del baño, y a las 8:00 como muy tarde, esa bebita tiene que estar en la cama. Yo creo que no le he agradecido lo suficiente ese tremendo tesoro de consejo. Desde ese momento, seguí sus indicaciones a pie juntillas. Diez años más tarde, seguimos acostándonos muy temprano, ahora a las 9:30, aunque algún día echamos una canilla al aire, y llegamos a las 11:00. Pero es algo muy muy extraordinario.

Esa rutina hizo que aquella bebé durmiera el tiempo recomendado a su edad, y yo tuviera un par de horas al día para estar en silencio mirándome los pies. Que no sabía que era tan importante, hasta que no tuve tiempo para hacerlo. Después, la niña empezó en el colegio, y las actividades, y la trabajera que es tener una vida de niña, hacía que llegara a la cama con todo el cansancio del mundo. Y así hasta hoy.

Yo cambié las horas de mirarme los pies de noche, a levantarme al alba, para mirarme las manos trabajar, o leer. También aseguro que esta rutina de mañana me ha mantenido cuerda hasta hoy.

Y así diez años. Un montón de vivencias, muchas canciones y bailes en el salón, excursiones, viajes, fiebres, caídas, dolores, bailes de fin de curso, zapatillas de ballet, “goodmorning my Little Darling”.. “¿mamá te digo algo?”… “no sabes lo que me pasó en el patio hoy”… “recoge la ropa”… “corre que llegamos tarde”.. “se acabó youtube”.. “marre mía..”.. “a la ducha”.. “hoy no me baño”..”que me quiero ir al Cotillo”.. “que hoy no vamos”… “esto es muy injusto”.. “¿compramos unas papitas?”… “me voy a ver a Roscoe”…

¿Y sabes que?.

No entiendo cómo podía vivir antes.

A nadar

Hace ya unos cuantos años que vengo a contar por aquí más o menos lo mismo. Es inevitable repetirse después de 17 años. Porque en ese tiempo yo he cambiado bastante, y mi vida también, aunque supongo que la esencia sigue intacta.

Vivimos en una isla, y la cosa de aprender a nadar siempre ha sido importantísimo para mí. Igual tiene que ver que mi padre se haya pasado prácticamente toda su vida en la mar. Igual tiene también que ver que sobreviviera a un naufragio porque sabía nadar y porque tuvo mucha suerte. Mi padre conoce la mar. Mi madre teme la mar. Yo disfruto mucho en el agua, pero siempre donde haga pie, y donde sienta que puedo correr si me veo apurada.

El tema piscina y agua, ha venido siendo recurrente cada verano desde que me reproduje. La primera vez creo que fue esta. Lo mal que yo lo pasé en aquel cursillo de natación no puede compararse con nada de lo que haya vivido hasta ahora como madre. Tuve que hacer acopio de todo lo que había leído, escuchado, y aprendido para superar aquellos primeros 40 minutos de llanto inconsolable.

Después de ese primero cursillo, han venido otros. Tenemos la gran suerte de vivir en una isla pequeña, y que aquel monitor que tanto se preocupó por quitarle el susto en aquellos primeros días, sigue pendiente de todos los alumnos en la piscina.

Ayer, volvimos.

Nuestro cursillo anual se vio interrumpido el año pasado.. you know why. Pero este año hemos vuelto a la piscina.

Han cambiado tanto las cosas, que es posible que se me salten algunas lagrimillas (Por momentos se me hace increíble pensar que estemos llegando a la década juntas). Ahora es ella quien demanda el cursillo. Ahora es ella la que se calza, se viste y se desviste en las afueras de la piscina. Ahora es ella la que se tira al agua, aunque el tema zambullo aun no lo tiene dominado.

Me pregunto qué hubiera pasado si hubiera hecho caso a aquel miedo terrible que se me agarraba a la barriga y al impulso de protección que me decía que la sacara corriendo de aquella masa de agua que amenazaba con comérsela, la primera vez que fuimos.

Me pregunto cuántas cosas me he perdido por haberle hecho caso.

Esto de criar es bastante difícil, qué quieres que te diga. Y por días, se me hace bastante bola. No hay noche que no me vaya a la cama y me cuestione cada una de las cosas que le he dicho durante el día, o lo que quiera que haya pasado. Supongo que todas lo pasamos igual. Ya podría haber otra forma. Alguna que te fuera indicando que vas haciéndolo bien. Esto es una asignatura sin calificar todo el tiempo, y eso para mí, que soy bastante adicta al control, pues me viene regular. Yo quiero saber si voy bien, si me estoy equivocando, qué tengo que mejorar… Supongo que si me espero, voy a saberlo, solo he de aprender a lidiar con la incertidumbre, mientras tanto. Por si acaso, junto al fondo de estudios, he ido destinando una cantidad mensual a la terapia.

 

El descanso

Ayer escuché el último programa del podcast de Cristina Mitre. En él habla con la Dr. Marián Rojas Estapé. Me hice super fan de esta doctora, después de leer su libro Como hacer que te pasen cosas buenas.

Creo que después de Los Cuatro Acuerdos, es el libro que más he regalado. Yo lo pondría de lectura obligatoria en todos sitios. ¿Sabes leer? Lee esto.

En el programa, habla de la cronopatía. Y lo define como el trastorno que sufren algunas personas que se obsesionan por no perder el tiempo. Y según iba escuchándolo, más me daba cuenta de que lo sufro en todo su esplendor.

Soy una talibana de la gestión del tiempo y del control total de dónde empleo cada uno de los 1440 minutos diarios de los que dispongo. No me parece tener un mayor problema queriendo exprimir cada hora y con ello cada día. Lo que me asombró es que sin darme cuenta me estoy elevando muchísimo los niveles de cortisol, que vienen aparejados con la sensación de estar alerta todo el día.

Hace tiempo que le tengo la guerra declarada al cortisol, ni que decir tiene que me gana cada batalla que afrontamos. También tengo que decir que ir perdiendo la mayoría de las veces, no ha hecho que merme mis ganas de seguir plantándole cara.

Me conozco bien, y sé que romper la agenda de ahora para después no va conmigo. Y que yo mis tiempos, los tengo que ir digiriendo. Así que como la agenda es impepinable, y siguiendo las recomendaciones de mi querida Sol, lo que he hecho es agendar descansos.

Pero descansos de verdad. No dormir, no estar con Emma, no tomar café con… no-one… ahora esto ya no lo hacemos.

Descansar para mí significa leer, pasear sola mirando la costa. Tirarme en el sofá. Hacerme la manicura con calma y esmero, ponerme una mascarilla, darme un automasaje. Empezar un proyecto de punto nuevo. Cerrar los ojos mientras escucho a John cantarme.. Y sobre todo dejar la mente en blanco. Con todo esto.. me doy cuenta de lo mucho que me cuesta descansar. Lo de dejar de pensar es algo que no me resulta fácil. Mi meta para esta semana va a ser ralentizar estos pensamientos. Tarea titánica.

Estos días estamos disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Y ayer, cuando llegaba yo a estas conclusiones y me disponía a sacar la agenda para ver cuáles serían mis ratos de descanso, mi querida heredera, se plantó delante de mí con la maleta hecha, comunicándome que se iba con los abuelos dos días, que necesitaba descansar y cambiar de aires. De primeras me quedé en shock, de segundas le alabé la acción, y de terceras le di la enhorabuena y la bendición, por tener tan claros los descansos que le pide su cuerpo.

He tenido una tarde de verdadero descanso, y me he levantado con esta cara. Yo creo que lo del cortisol lo voy controlando.

 

Huevito duro

Aquí hay una niña que ha vuelto a patinar. Y una madre que va con los dientes trincados todo el camino pensando en que se rompe un brazo. Soy ceniza de naturaleza, aunque te prometo que lucho contra ello cada día.

Ella patina como el viento, yo voy moviendo mis piernitas, recuperando el movimiento, todo el que he perdido durante estos meses. Aprovecho la caminata para escuchar a Moreno, ya que mi compañera de paseo va muchos metros pro delante de mí y no me da conversación. De paso te recomiendo este disco con mucho frenesí. Estoy monotemática con la música. El verano de la pandemia tendrá la música de ChemaMoreno como banda sonora.

A la vuelta, cuando pasamos por calles en las que los patines van en la bolsa, vamos hablando de nuestras cosas, y ayer aprendí un concepto nuevo que me parece fascinante.

Estaba Emma contándome una de sus largas historias sobre un juego en la playa, y que fulanita se la quedaba, y que cuando la pillaron, pues gritó: huevito duro… y que claro, entonces había que pillar a otra.

Yo me quedé un poco en 33.. porque no entendía que tenía que ver una cosa con otra. Entonces empecé a cuestionarme, si tal vez, las reglas del pilla pilla hubieran cambiado. Le pedí a Emma que me explicara la cuestión, porque lo de “huevito duro” no terminaba de entenderlo. Y me cuenta: ser huevito duro es como tener inmunidad. Si eres huevito duro, pues no te pueden pillar, y tampoco te la puedes quedar. Ser huevito duro es un chollo.

Ella se extrañó de que yo no entendiera este concepto. Le expliqué que eso en mi infancia no existía.. Si te pillaban, te la quedabas y listo.

Después de eso, estuvimos en casa comentando el único tema que se comenta cada día en todas las casas del mundo, como es natural. Los adultos más adultos, se ensalzaron en una conversación enredada y achacosa sobre todos esos menos adultos que circulan por las calles como si vivieran en una realidad paralela en la que son inmunes. Emma, que estaba pintando y que parecía que estaba ausente de todo lo que estaba oyendo, le puso palabras: y a estos chicos ¿qué les pasa, mamá, con el coronavirus se creen que se puede ser huevito duro?.

Me pareció un razonamiento maravilloso. Se creen huevito duro.

Temo por el momento que sea un ingreso o una mala noticia, cuando se den cuenta de que en la vida, casi en nada se es huevito duro, bueno, me equivoco.. en el pilla pilla, si tus compañeros de juego te dejan.

9 años

9 años

¡Ay madre mía qué vértigo!

9 años. 3.285 días.

En serio, ni en mis mejores sueños pensé en llegar aquí, así.

Y no te voy a decir que todo esto ha sido un camino de rosas y de pajaritos, con música de peli de Disney, nada que ver. Ha sido más de llegar a curvas derrapando, y de dar volantazos a último momento. De aprender y casi profesionalizar la técnica de respirar hondo y de intentar decir con calma: no; diecinueve veces a la misma pregunta.

También ha sido de perfeccionar otra técnica, la de bajar las persianas y mandar a la cama a las 9:30 de la noche, cada día, incluso en verano, y de decir con los ojos cerrados para no estallar en grito: si no tienes sueño, lees.

Ha habido muchos: si no te quieres comer el almuerzo, me parece bien, pero es lo que te voy a ofrecer en la merienda, la cena y si me apuras y te aguanta, hasta el desayuno.

En serio, he hecho un máster en paciencia en estos nueve años, solo que no he aprobado aún, por eso me toca seguir practicando… porque ya que estamos, lo voy a contar todo: se me escapa algún grito, y algún: porque lo digo yo, y punto. Se me escapan por algunas rendijas: recoge los juguetes, y no siempre lo digo con los chakras alineados, ya tu sabes.

Pero también ha habido muchas risas, muchas conversaciones de esas que te dejan dos días pensando en dónde habrá oído según qué cosas para que tenga esas dudas sobre cualquier tema.

Me hace gracia porque aunque yo me vuelvo loca con las matemáticas, ella se vuelve loca con el arte, con el ballet, con el cine, y sobre todo con todo lo que hay detrás de la gran pantalla. Ella me cuenta que no se debe levantar una de la butaca del cine, hasta que salen los créditos, y que el croma es importantísimo en cualquier grabación. Si vemos la película en casa, tenemos que ir parándola para ver si se ve algo que revele el tipo de set donde ha sido grabada, y también hay que ver si la historia tiene guión propio o está basada en la historia de alguien o de un libro. Datos totalmente irrelevantes para mí hasta ahora, que te voy a contar.

Es fascinante verla crecer, ver que se apasiona con muchos temas, y que es tan intensa como yo cuando lo hace. Mi pequeña PAS, sí, ella también.

Vamos aprendiendo día a día, y he conseguido alejar de mí ese monstruo alargado y pegajoso que es la expectativa. Cada día lo destierro un poco más lejos.

Me concentro en hoy, en sus avances en cada cosa, en repetir hasta el aburrimiento el: lávate los dientes o recoge los zapatos. Sé que tenemos que aprender mucho, pero estoy terriblemente orgullosa de cómo hemos llegado hasta aquí. Estoy deseando seguir cómo sigue este cuento.