La pandemia de la culpa

Pues estamos ya como al principio de antes de todo esto, ¿no?

Esta semana ha sido la primera semana que hemos salido cada día. Yo he vuelto a caminar cuatro kilómetros diarios, y las dos habitantes de esta casa se han estado separando cuatro horas diarias.

¿Qué he aprendido esta semana?. Pues que la culpa es poderosa en mi. Muy poderosa, y que me siento como cuando Emma tenía tres años y empezó en el cole.

Esto es algo que me ha costado comprender, y con lo que sé que tengo que transitar en mi día a día, y que no por costumbre, se me hace más fácil. Cuando me reproduje, conocí  a la Señora Culpa. Y es Señora, porque no he sentido nunca una culpa como la que siento desde que soy madre.

Lidio con ella cada día, y aunque la reconozco y trato de aplacarla, no me resulta cómodo. Ayer hablando con MyGirlfriend, tuvimos a bien confesarnos, y las dos cortadas por la vergüenza y saturadas de nuestra propia incomprensión, aceptamos que nos sentimos culpables por todas las decisiones que tomamos respecto de nuestros hijos. Hemos llegado a la conclusión que hagamos lo que hagamos siempre va a haber una parte de nosotras que va a hacernos sentir culpables.

Y te pongo ejemplos prácticos: culpables por no prestarles toda la atención que reclaman, culpables por prestarles demasiada atención y que se de la posibilidad de convertirlos en hijos tiranos; culpables por ese trozo de chocolate que se le antoja; culpables por la media hora de Tablet, o la hora de televisión; culpables por no hacerles comer más fruta; culpables porque no quieren leer; culpables por reclamar nuestro espacio para sentirnos, al menos durante un rato, una persona sin apéndices; culpables por mandarlas a la cama pronto y por suspirar con decepción  cuando se despiertan antes de que amanezca; culpables por necesitar silencio; y así, podría seguir hasta el infinito.

En este confinamiento, donde todo ha sido nuevo, y donde todo parece que nos va a ocasionar un trauma de por vida, la culpa ha estado en su punto más álgido: no están tomando sol, no están comiendo cinco piezas de fruta al día, no están jugando con otros niños, no están haciendo ejercicio, …

Esta semana y después de lidiar con mucha culpa, con mi propio ego, con mis propias creencias limitantes, y también de intentar quitarme un poco de la psicosis de la pandemia, hemos empezado a salir. Tomando todas las precauciones del mundo, pero también volviendo a ser personas de rebaño que necesitan de esas otras ovejitas para seguir sintiendo que pertenecen al grupo. Y mientras hacíamos esa salida, miramos al cielo, y Emma alabó lo bonito del cielo de estos días. Y tiene razón. Estos días ha habido unos cielos espectaculares, y los árboles están frondosos, y los flamboyanos tienen muchas flores preciosas. La luna está llena, y esta noche habrá eclipse. Yo he decidido que voy a aprovechar esta energía, para coger toda esa culpa que amenaza con devorarme y empaquetarla entera. Asumir que estoy haciendo lo que mejor sé con lo mejor que tengo, y que junto a esa cuenta donde voy ahorrando para la ortodoncia futura, voy a ir poniendo también para la terapia, porque haga lo que haga, al final, siempre hay un trauma. Así que nada, yo lo asumo, pongo para la terapia y decido empezar a vivir un poco tranquila, disfrutando de estos cielos tan bonitos de finales de una primavera con pandemia.

De cuando te callas y escuchas

Cuando todo esto pasó, yo escuché, leí, y también opiné, porque ya saben que para opinar no se necesita permiso, y bocachancla pues también soy un poquito.

Nos metimos en casa, y nos limitamos a seguir las normas.

Hemos salido muy muy poco, lo mínimamente indispensable. Y ahí me topé con el tema mascarilla.

Desde el principio me quedó claro que la mascarilla buena, no la había, y que la que había no ME protegía del contagio, así que esas mínimas salidas que hice, las hice sin mascarilla. Y ahí seguí, enrocada en esa conclusión durante un tiempo. Mirándome el ombligo, y centrándome en mi ego de desarrollo personal, espiritual o simple pedantería, escoge tu que me lees.

Me prima me decía, pero con lo que tu coses, hazte una para ti y para Emma, que las haces en un momentito. Yo le discutía que no NOS protegía de nada, que no nos hacía nada. Mi prima, sanitaria desde hace más de 20 años, me decía: pero previene, pero mitiga… Yo seguí mirándome el ombligo de mi conocimiento.

Entonces me veo a mi madre, con su mascarilla puesta, que había cosido ella misma. Y yo le echo la gran arenga.. ella me la cortó en un momento diciéndome, me da lo mismo, yo me siento más tranquila.

Y ya para rematar, me vi el directo de Sol con Eduardo López Collazo, y ahí el ego se me empezó a derrumbar un poco. Y entonces me puse a leer, con ojos sociales y menos personales. Y caí en la cuenta, de que me estaba centrando solo en mi, y en protegerme a mí. Y ahí fue cuando todo se me cayó al suelo. Esto todo no va de uno solo. De ser un único individuo que se concentra en salir adelante solo. Ahí fue cuando me di cuenta de que yo lo tengo que hacer por todos los demás, y que los demás lo hagan por mí. Hoy Sol vuelve a hablar de esto.

Así que me quité todos mis prejuicios y mis pensamientos obtusos y saqué la máquina de coser. Ciertamente en un ratito, las tenía hechas las dos. Ahora ya salimos con ellas.

Ahora creo que voy entendiendo de qué va esto.

Cuarentena -gruñona- Dos

Estamos ya en Semana Santa. Y yo que soy muy fiel a mis tradiciones, me he tomado la semana libre. Y tu dirás, libre de qué.. pues libre de mi.

Libre de planificación, organización, horarios, y agenda.

Voy a dedicarme únicamente a labores vitales para la subsistencia, a dormir, y a hacer lo que me vaya latiendo.

Quería hacerme una cura de sueño, y ya sé que eso no va a ser posible, no si antes no me pongo el uniforme de la vecina gruñona y antisocial que tiene que ir dando golpes en puertas y ventanas para que unos bajen la música, y otros dejen de pelearse.

Vivir en un edificio no es fácil. Vivir en confinamiento en un edificio es otro nivel. Así como dicen que no todos estamos preparados para vivir en aislamiento, en el campo o en según qué condiciones, hay un buen número de personas que tampoco están preparados para esta sociedad. Porque se presupone que vivir en sociedad es algo que todos sabemos, y mira, pues no.

Esto de fumar en la ventana de un patio interior, mientras los demás cogen tus humos, lo ven normal. Poner la música al volumen de una verbena un martes a media mañana, lo ven normal también. Dar portazos, arrastrar muebles, o poner la lavadora (o cualquier otro electrodoméstico) antes de las 8 o después de las 11 pues parece que también es normal. Ya no te digo nada de eso de sacar la bolsa de la basura a la puerta. Claro que si te parece bien vivir en un sótano, lo demás te parece una tontería. Sabes qué es lo bueno, que son inquilinos, y que en aproximadamente dos tres meses se dan cuenta de lo inhabitable que es vivir en un sótano, y se van. Pasan otros dos o tres meses sin inquilinos, y vuelve a empezar el ciclo. Estos están recién estrenando el sótano, en plena cuarentena, ¿cuánto tiempo les damos?

Ya no sé si es el confinamiento o que simplemente estoy gruñona hoy, pero madre mía qué hartura tengo. Ya no cuento los días para que se acabe la cuarentena, cuento los días para poder irme a nuestra nueva casa.

Lo último que hice la semana pasada, fue un super diagrama de Gantt con todo lo que tenemos que hacer para empezar a llevar nuestras cosas. En cuanto nos den vía libre, me pongo manos a la obra. Porque de esta cuarentena me han quedado claras dos cosas: mejor sin vecinos, mejor con terraza. Las dos cosas las cumplimos en nuestra nueva dirección. Y fíjate, que no sé si es el día, o que tengo activada la intuición, pero aún sin salir de esta, tengo la ligera sospecha de que no va a ser el último confinamiento que vamos a vivir.

Mientras, tengo las agujas echando fuego. El segundo de la cuarentena es el Soldotna. Hecho íntegramente con lana que tenía por casa. Me quedo corta si digo que estoy encantada con el resultado. Lo tejí en apenas una semana, y ya cuando lo tenía bloqueando, monté el siguiente. También de colourwork y también de la misma diseñadora. Un crush total con la técnica y con sus patrones.

Lo he tejido mientras veía la temporada completa de Locke & Key, que no me pudo gustar más, y que me situaron, salvando las distancias (espero), en lo que viviremos próximamente: la reforma de una casa antigua.

 

 

8 de marzo

El domingo es un día en el que hay que trabajar y hacer por visibilizarlo, para que (ojalá dentro de no mucho), podamos estudiarlo solo en los libros de historia. Mientras tanto, queda mucho por hacer, y hay que ponerse manos a la obra.

Hoy yo, paro, o me convoco en rebeldía, porque yo, soy feminista.

Ni feminazi, ni antihombres, ni radical.

Feminista. Abogo por la igualdad de derechos, que no igualdad de géneros, ni tampoco en la abolición de la masculinidad, o la castración de los chicos, como muchos nos quieren achacar.

Lo que quiero que se acabe es el machismo, el patriarcado, y que deje de leer noticias sobre asesinatos de mujeres a manos de hombres que se creyeron con el derecho de la posesión.

Hace ya muchos años que me coloqué las gafas violeta, y así como hay personas que hablan de su despertar espiritual, para mí el feminismo fue esto: Un despertar. Después de ese momento nada ha vuelto a ser lo mismo. Barbijaputa, Chimamanda, Caitlin Moran, Roxane Gay… han ido lanzando luz en mi camino. En casa procuro autoras, y MiMariposita está “bien adoctrinada” con su gran colección de Pequeña y grande… Cualquier momento y libro es bueno para hacer pedagodía, y más ésta que tan importante es.

Es como si las gafas me hubieran venido con un detector de micromachismos incorporados. Y cada día en multitud de situaciones oigo como pita.

Porque son tantos, y los tenemos tan interiorizados que no somos capaces de verlos con la claridad que se necesita para denunciar que no son normal. Son habituales pero no normales.

“Mi mujer”… “Qué bien que hay mujeres guapas en esta reunión”… “No llores como una niña”… “Yo ayudo mucho en casa”… “Venga que te ayudo, y voy a hacer la compra, dime que hace falta”… “Yo en las cosas de la niña no me meto, yo crío al niño”.. “El futbol no es para niñas”… “Ese es un disfraz/juguete/libro… whatever de niño/niña”… “Tenía que ser mujer”… “Se te va a pasar el arroz”… y así hasta el infinito.

Porque me muevo en un mundo profesional, que gracias a (no sé quién o que) cada día está mas equilibrada la presencia de hombres y mujeres, porque mientras quieras, qué mas da lo que tengas entre las piernas.. Pero no me olvido de cuando estaba en la universidad, y en una clase de 35, solo éramos dos chicas. Que nos miraban por encima del hombro y que a cada momento sacaban a relucir nuestra equivocación por estar allí. Al parecer les coartábamos los comentarios, y si no nos gustaban los coches, ¿qué hacíamos en una clase de diseño de máquinas?. Y en aquel momento, aunque las dos nos rebelábamos y nos juntamos mucho, (hoy se que así nos hicimos hermanas y estábamos a tope de sororidad), allí aguantábamos lo que hasta el profesor tuviera a bien decir. Chistes machistas hasta el infinito, entre otras tantas cosas.

Porque quiero que me cuenten la historia de verdad, y saquen de esos cajones del olvido al sin fin de mujeres que han hecho posible que yo hoy, esté aquí, haciendo un poco lo que me da la gana. No teniendo que estar amparada en la figura masculina «que responda por mí». Porque he sufrido Mansplaining, Gaslightting, Manterrupting, y Bropiating, y porque tengo hija, sobrinas, y muchas amigas, y tengo la esperanza de que alzando la voz, vamos a ir acabando con ello. Yo hoy y cada día, me declaro feminista y en rebeldía.

 

Hazlo bien, o no lo hagas

 

Ha vuelto a cambiar el tiempo, y de los días de plata que teníamos la semana pasada, hemos pasado a tener  unos días más frescos a primera hora, pero con una luz cegadora, como cantaba Silvio. Y la canción, que siempre me movió por dentro encontrando fuerza en una ira que no lograba dominar, ahora me sirve para encontrar energía, pero de movimiento, no de ira.

Es rara esta luz, porque no es propia del invierno. Recuerdo cuando leí Los Días iguales de molinos, me llamó la atención lo que le afectaba el azul brillante del cielo de Madrid. Primero no lo entendí, y hasta me pareció mal, porque ¿qué hay de malo en el cielo azul, brillante y claro?. Luego me bajé del pedestal de mi ego, y me di cuenta de la realidad. Este libro me dio varias galletas, de esas de las que se dan sin manos. También asumí con él, de que lo que yo he vivido años atrás, se llamaba depresión, aunque no le dieran ese nombre.

Cuando terminé el libro y me acordaba de lo del cielo, pensaba: No hay nada mal en el cielo azul y cristalino, como mismo no hay nada malo en esta luz de estos días, es tan solo que no conjuga con el estado de ánimo de quien mira. A esta conclusión llegué yo. La luz de estos días me parece obscena, me dan ganas de gritarle: pero oye, que estamos en invierno, en febrero, que tenemos a medio pueblo en cama por gripe, y tu estás ahí, brillando y luciéndote como si fuera agosto… ubícate chica!

El fin de semana me empeño en resguardarme en casa, y dedicarme a mis placeres ya no secretos, pero esta maldita luz me dice: tira para la calle, que parece que el mundo se va a acabar hoy mismo.

Y salgo, me dejo llevar por la prisa y la urgencia de aprovechar cada segundo de esta claridad.

Aún así, vuelvo a mi sitio, y me enredo en los pensamientos que se me cruzan mientras entretengo mis manos, primero en la cocina, para alimentar el cuerpo, y luego en el estudio, para alimentar el espíritu. ¿Qué tendrán las tardes de domingo que siempre te apetece algo dulce y si es con chocolate mejor? Este banana bread es un clásico total en casa. A la que sobran dos plátanos pochos, el horno se va calentando. La receta que uso es la de Alma Obregón del libro: ¿Hacemos pan?.

Este año estoy retomando el patchwork. A finales del año pasado, me apunté a un curso con una técnica totalmente distinta a la que suelo realizar yo. Pero eso es cuento de otra entrada. La cuestión es que saqué varias conclusiones claras de qué es lo que me gusta hacer a mí realmente con esta técnica, y todo lo que encierra empezar y para mí, sobre todo terminar algo.

Empezar un proyecto es algo que crea adicción, lo tengo claro. Elegir el material, elegir la técnica, dar los primeros pasos y verlo crecer. Lo difícil una vez que crece y ya tiene un tamaño considerable es quedarte ahí, mantener el interés y la constancia y llevarlo a término.

Esto me pasa con el patchwork, el punto, incluso con el scrapbooking. Hace no tantos años, cuando me di cuenta de la cantidad desvergonzada de proyectos empezados que tenía, me decidí a cambiar este hábito. Empezar sí, acabar también.

Con el punto me ha sido mucho más fácil, y así llegué a 2020 sin nada en las agujas. Ahora mismo, solo tengo un jersey, y eso amarillo de la foto. Que calculo que para cuando publique esto, estará terminado.

Con el patchwork es otra historia. Este fin de semana volví a sacar mi Centennial. Un quilt maravilloso que lleva más tiempo del que quiero recordar entre mis manos. Ha estado años completos sin salir de su caja. Cada vez que lo saco me emociono, porque es absolutamente precioso, a  mí al menos me lo parece. Y estos días me emociona más porque ya voy viendo el final. Todavía queda bastante, pero yo diría que tiene más de la mitad del trabajo hecho. El domingo corté las últimas piezas del sashing que me faltaban, y con dos filas más, tendré en centro del top totalmente terminado.

Este quilt es además algo especial, porque tiene un diario. He ido anotando las circunstancias en las que he ido cosiendo cada bloque, y espero que una vez pasado a limpio, me traiga a la mente la de cosas y sitios que he vivido estos últimos 10 años.

Por eso sigo tomándome mi tiempo. Está bien terminar las cosas, es fantástico ver el resultado de tantas horas de trabajo dedicada, y de la calidad de los materiales empleados. Pero lo mejor es ver la dedicación. Hacer las cosas con atención, con entrega, y centrándote siempre en hacer un buen trabajo, para mí es más importante que terminar.

Me declaro en guerra total con la chapuza. No puedo con ella. No entiendo que se prefiera hacer las cosas rápido y mal, por terminar, obteniendo un producto de dudosa calidad, a hacerlo con conciencia y bien. No lo entenderé nunca. Las chapuzas, siempre cuestan el doble, en tiempo y en material. No todo me sale bien a la primera, la maestría lleva aparejada mucha práctica, lo que sí te digo es que cada vez que intento algo, lo hago con toda la atención, procurando hacerlo lo mejor que pueda.

Dice Sergio Fernández, que como haces una cosa, así lo haces todo. Y hay tanta verdad en esto, que te deja con los ojos abiertos como huevos fritos.

 

Enlightened

Parece que mi ritual de limpieza de enero, está dando resultados, y esta semana, aunque he acabado como un trapito, he logrado llegar a casi todo.

Me he permitido dejar cosas atrás porque realmente no me interesan, y porque estoy en este momento de mi vida en que no “tengo que” nada.

Esta mañana, mientras hacía mi hora de ejercicio, me dio por hacer balance. Hoy el día no estaba gris, simplemente es que era de plata.

Al llegar a la playa me encontré una barca, y me di cuenta de que ya no miro la mar pensando en todos esos marineros que conocía bien, y que nunca sabía a ciencia cierta donde estaban. Solo los que hemos tenido un marinero en casa conocemos esta sensación de incertidumbre. Ahora ya no miro la mar de la misma manera, porque ya todos los marineros por los que me preocupaba en aquel entonces, están fuera de la mar. Ya ni siquiera tengo un barco por el que preocuparme, no creas, esto aún pellizca un poco el corazón. Aunque de gracias cada día por ello.

En casa, cuando yo aún era una judía, vivimos un naufragio. Uno terrible. Uno que cualquiera sabe cuál fue el motivo, solo ElCapitán volvió para contarlo. Él volvió y gracias a eso yo conocí un padre, y tuve tres hermanos más. Mi vida pudo haber sido totalmente distinta. ¿Qué o quién determinó lo contrario?.

Cuando vivía en Gran Canaria, sobre todo en la última etapa, y principalmente porque no me entendía, tenía momentos terribles de total angustia, castigo y ansiedad. Cuando sentía que todo me superaba, y me cansaba de mí, hacía kilómetros hacia Pozo Izquierdo. Allí encontré sobre todo serenidad. Allí dejé también un montón de lágrimas.

Hoy al pasear por el litoral municipal, me percaté de lo mucho que se parecen estos callaos a los de Pozo Izquierdo, y la gran diferencia que hay entre aquella chica sufridora, y la mujer que hoy los mira.

Porque creo que en todo este tiempo, lo más importante es cómo he ido encontrándome. No ha sido fácil, no voy a decir ninguna mentira aquí y ahora. Tengo un armario lleno de muertos, a los que agradezco lo que tuvieron que ver en que yo siguiera mi camino. Sé dónde está el armario, sé quienes son mis muertos. No lo abro, tampoco tengo ya nada que ver con ellos.

Me perdí porque buscaba desesperadamente encajar. Fui quitando cualquier detalle de mi carácter que creía que podía molestar. Terminé quitándome tanto que llegué a no reconocerme. Hoy que me siento yo, he vuelto a recuperar mi carácter en su totalidad. Evolucionado, como es lógico, los años juegan un componente importante en todo este asunto. Los años, y la constante necesidad de ir a lo profundo. De sitiar mi cerebro con cualquier cosa que me atormenta o me apasiona. Soy bastante freaky con mis intereses, y bastante apasionada también. Dos características que parecieron siempre molestar.

La cuestión es que ahora no me escondo para leer todos esos libros que antes leía a escondidas, y que se amontonan en mis mesas de noche. Me los pongo ahí para presionarme a leer más y comprar menos. Los resultados no son muy satisfactorios, por cierto. Tampoco me oculto para tejer, coser, o hablar de cocina. Ni para decir que en casa fregando soy más feliz que en una oficina como una ocupadísima profesional. Me chirría cada vez que alguien me dice: es que yo no tengo tiempo para eso.

Me trae al pairo lo que piensen cuando bloqueo, o dejo de seguir en cualquier red social, porque veo mensajes o publicaciones que no me gustan. Me importa bien poco que se sepa que hablo con las plantas, que bailo cada tarde, que consulto tarot, numerología, astrología, y recetas santeras de limpiezas de auras. ¡Ah! Y que soy muy fan de Belén Esteban y Boris Izaguirre.

En resumidas cuentas, que puede que haya madurado o que haya perdido la vergüenza, la cosa es que ya no me callo, y nunca me he sentido más yo.

Esta mañana mientras pensaba eso, me di cuenta de que la barca se había alejado de la costa y estaba debajo de un claro de nube. La imagen me pareció una iluminación. Así como misma yo me estaba sintiendo en aquel momento.

Después de aquellos años en que me obstiné en acabar lo que en aquel entonces era una tortura, me alegro mucho de no haber tenido resultados, y de estar hoy aquí.

Al final, esto está bastante bien.

 

Estoy aquí, de paso

Estoy aquí de paso

Yo soy un pasajero

No quiero llevarme nada

Ni usar el mundo de cenicero

Estoy aquí sin nombre

Y sin saber mi paradero

Me han dado alojamiento en el más antiguo

De los viveros

Si quisiera regresar

Ya no sabría hacia dónde

Pregunto al jardinero

Y el jardinero no me responde

Hay gente que es de un lugar

No es mi caso

Yo estoy aquí, de paso

El mar moverá la luna

O la luna a las mareas

Se nace lo que se es

O se será aquello lo que se crea

Yo estoy aquí perplejo

No soy más que todo oídos

Me quedo con mucha suerte

Tres mil millones de mis latidos

Si quisiera regresar

Ya no sabría hacia cuándo

El mismo jardinero debe estárselo preguntando

Hay gente que es de un lugar

No es mi caso

Yo estoy aquí

Yo estoy aquí, de paso

Yo estoy aquí, de paso

Tres mil millones de latidos/Jorge Drexler

No solo se acaba el verano

Ya estamos de vuelta en casa. Tres semanas sin dormir en mi cama, tres semanas sin maquillarme, tres semanas sin ponerme otros zapatos que no sean las cholas.

Tres semanas de baños de mar, de paseos por la arena, y de hacer poco.

Me traigo un bote lleno de orégano de verdad, además de otro de manzanilla, tomillo y epazote. ¿Hay algo mejor que las hierbas de verdad?

Una de las cosas que me empujan a mover mi casa y ponerla en algún lugar de MiNorte es justamente esta. Plantar orégano, una higuera, unos rosales, y lechugas. También quiero plantar lechugas.

Yo quiero mis días así, con paseos por la mañana bien temprano, y dar los diez mil pasos recomendados. Terminarlos con un baño en el charco, con esa agua fría que te despierta ipsofácticamente. Llegar a casa y organizar los espacios para hacerlos vivibles y cómodos.

Recolectar las lechugas de mi huerto, y hacerme una ensalada fresquita y revitalizante.

Sentarme a leer, tejer o bordar.. lo que sea que ocupe mis manos. Volver a la playa a media tarde, y merendar mirando las olas. Hablar con mis vecinos, que la mayoría son familia, y que llevan el mismo ritmo de vida.

Más o menos así, han pasado estos días. Me traigo algunos tesoros.

Unos esqueletos de erizo que una buena buceadora rescató del fondo del Charco.

Algunas piedras y conchas que MiMariposita fue encontrando en su incansable carrera por la arena.

Y unos palos. Tres palos para tres plumas de macramé. A ver si consigo practicar para que me salgan como las tengo en mi cabeza.

Primero tendré que adecentar estos palos, supongo que youtube me ayudará.

Se acaba el verano y no solo tengo una penita en el corazón, con el final de este verano termina también una etapa.

Ayer mientras veníamos de vuelta, no sé de qué hablábamos MiMariposita y yo, pero en determinado momento me dice: yo creo que los Reyes Magos no entran en casa, yo creo que los mayores compran los regalos, los envuelven y los ponen en los zapatos para que los niños se crean que vinieron los Reyes.

Se hizo el silencio. Apenas fui capaz de preguntarle si alguien le había dicho aquello, o si había sido ella sola la que había llegado a esa conclusión.

Me dijo que llevaba algún tiempo pensándolo, porque los regalos cuestan dinero, y le resultaba raro que los Reyes tuvieran tanto para llegar a todos los niños del mundo.

Se acabó la inocencia y la infancia. Lo tuve claro.

Me enjugué la lagrima que resbaló por mi cara, y me recompuse para decirle, que bueno, tal vez fuera así, y que sería mejor que esas conclusiones las reservara para ella. Yo así, tan delicadita y tan pánfila.

A lo que me respondió: ya lo sé mamá, es como cuando vamos a Disney.., yo sé que dentro de Mickey está una persona, pero no lo voy a decir para no romperle la magia y la ilusión a los otros niños. OK HIJA MÍA, OK.

Se me quedó cara de boba. Un poco de pena, un poco de orgullo. La vida sigue, pasa, no se detiene. Y dentro de mí, sabiendo que ya no tengo una niña pequeña, se abre camino la ilusión, por saber qué nuevas vivencias vamos a experimentar.

Gatufóbica nivel experta

Si hace tiempo que vienes por aquí, sabes que soy gatufóbica.

No te voy a explicar ni cómo ni por qué, porque tampoco viene al caso, pero es así. Le tengo fobia a los gatos. Como toda fobia, es incontrolable e irracional.

A mi que me gusta la intensidad, y darle vuelta a los pensamientos, estoy llegando a la conclusión de que probablemente mi fobia tiene una gran base del desconocimiento sobre estos animales, y de su gran imprevisibilidad.

Le tengo poca tolerancia a la imprevisibilidad. Me cuesta manejarla y gestionarla, por eso intento poner bajo control todo lo que sea susceptible de ello.

Los gatos se me antojan totalmente fuera de mi control. Siempre me asustan porque aparecen sigilosos. Y si me los encuentro cuando no los espero, el cortisol se me dispara.

En MiNorte son muy habituales, por aquí por allí. Suerte que no les gusta mucho la playa.

Meses atrás MiGurú me avisó de que había un par de ellos que le habían cogido el gusto a la buganvilla. Obviamente, ya los he visto, y he tenido que dar algún que otro grito cuando los veo aparecer. Ellos deben estar pensando quién es esta petarda que grita en cuanto aparecemos y que no nos deja dormir nuestra querida siesta al sol.

El miércoles mientras comíamos, tranquilamente, un cosa de mediano tamaño  y color negro, salió disparado del cuarto de mis padres hacia la puerta. Fue tan rápido que a mi cerebro no le dio tiempo a hacer una captura de imagen de la cosa. Pero sin duda era un gato.

Quedé desencajada. Con el infarto de miocardio a punto, y la tensión por las nubes.

Mi madre se asustó al ver mi desencajada. Es una fobia, ya lo he dicho. No puedo racionalizarla.

La explicación fue lógica. La ventana del cuarto de mis padres estaba abierta. Supongo que uno de estos dos visitantes, venía andando por el muro de la azotea, y de allí fue pasando a muros más bajos, hasta que se vio en el pasillo lateral de la casa, sin más  salida posible que una ventana abierta.

Para mí esto no es solo el susto. Mi casa, o el sitio donde esté es mi lugar. Mi safety place. Y ese día, mi safety place se convirtió en un lugar común, donde yo no estaba a salvo. ¿Dónde me voy a esconder ahora?

Vivo en lucha constante con el miedo. Me dan miedo los perros grandes. Me dan miedo los perros sueltos. Me da miedo la mar. Me dan miedo las olas. Me da miedo la velocidad. Me dan miedo los riscos. Me da miedo la noche. Me dan miedo algunos ruidos. Me da miedo estar donde no hago pie. Me dan miedo las imposibles imágenes que asaltan mi cabeza sobre MiMariposita cayéndose, tropezando, resbalando..

Me recompongo, y me esfuerzo por enfrentar cada miedo. Con la fobia no puedo.

Después del miércoles, llegué a la conclusión de que si ni siquiera en mi casa voy a estar a salvo, no tiene sentido que me pierda ciertas cosas por esos miedos que me parecen más difíciles de afrontar.

Me sentí valiente, y fui a desmontarme. El paseo por la costa oeste de MiNorte, te quita toda la tontería de golpe. Te alimenta, y te llena los sentidos.

No voy a proponerme superar ahora todo de pronto, pero lo que sí tengo claro es que voy a intentar no perderme demasiadas cosas, y a intentar buscar sentirme lo más libre posible.

Demandado silencio

Me gusta mucho hablar, pero si tengo que ser sincera, me gusta más callar.

El silencio es un sonido que aprecio muchísimo.

En mi día a día, tengo muchos momentos de silencio. Primero porque me levanto temprano y estoy a solas un par de horas, y segundo porque LaMariposita es independiente y autónoma, y aunque ella parlotea todo el día, con sus muñecas, consigo mismas, con la tele… pasa largos ratos sin hablarme a mí.

Creo que el silencio es una de las cosas que más extraño en vacaciones, más que mi cama, mis tazas de café, mi agua con gas, y mis ratos a solas.

Esta mañana me levanté con el firme propósito de acabar un esquema de punto de cruz que se me está atragantando más de la cuenta. Me acomodé en la terraza, porque es donde más luz hay y por aquello de la presbicia, que por supuesto aún no tengo.

Apenas había dado dos cruces cuando se me llenó aquello de niñas. Experimentando con acuarelas. Sentí primero miedo por si se emocionaban y sus dotes artísticas terminaban en mi fino lino. Las relegué al final de la mesa y ahí respiré un poco.

Y entonces empezó el guineo. Guineo es el grupo de LaBajista, y uno entre otros significados de la palabra, hace referencia a un ruido constante y machacón, que le da a una dolor de cabeza.

Intenté convencerlas que en silencio era más fácil desarrollar la creatividad y hacer un gran dibujo de acuarela. Intento infructuoso.

A veces entro en el bucle de la autoculpa, y me siento fatal por reclamar espacio y silencio. Pero en mi acostumbrado proceder de analizarlo todo, me sacudo la culpa. No soy mala madre por reclamar mi espacio, ni tampoco por satisfacer mis necesidades más internas. Cuando no encuentro ese espacio propio en muchos días seguidos, me vuelvo gruñona e irascible. LaMariposita lo sabe, y me manda a mi cuarto, cuando sabe que he superado los niveles soportables de ruido y jaleo.

Recogí rápido y me recluí en mis aposentos. El único lugar que estas individuas, ruidosas e inquietas aún respetan.

Allí, escuchando y descubriendo que no soy la única apasionada del silencio, me puse con mis calcetines de agosto. De paso, saboreé  chocolate francés. Despacio, en silencio, y sola.