#AmorNOes

Desde hace algunas semanas, en la cuenta de Ximena Duyos, tiene una sección diaria que se llama #amorNOes.

Ya sabía yo que muchas de las cosas que he tenido que ir lidiando en mi vida, eran muchas cosas, pero lo que es amor, pues no.

Sobre todo, soy capaz de reconocerlo ahora, como te conté la semana pasada. Pero es que viendo los posts de Ximena, la cosa queda como mucho más clara.

Ya me perdoné, porque ya entendí. Pero hubo un tiempo que no solo acepté que aquello que recibía, que no era buen amor, sino que me parecía que era lo que me merecía.

Merecía que me hicieran luz de gas, merecía que me llenaran la cabeza de toxicidad sobre gente que estaban antes y que (según criterio del nuevo) no me querían bien, merecía que me revisaran el móvil porque yo no era de fiar, incluso merecí que leyeran mis libretas y que luego me castigaran por escribir en ellas. Y pensaba que me lo merecía porque yo había decidido que esas personas entraran en mi vida.

No es fácil asumir todo esto. No es fácil porque a base de un trabajo fino y minucioso, tu has dejado de ser tu, te has desmontado para no ser.

Lo que entiendes más tarde es que no te has desmontado tu, te han desmontado. Y ya no sabes quien eres. Si esto lo aderezas con castigo, porque es la única forma que tienes de reaccionar a estas situaciones, tienes una ensalada explosiva. Y vas dejando que te cambien los muebles de sitio, y que a ti te parezca bien.

Te quedas sin fuerzas y sin opciones para “salpicarte de allí”

Gracias a que un día comí, conseguí reunir fuerzas, y me coloqué unas gafas lilas, salí de allí. El que diga que es fácil, no entiende castellano ni todo lo que estoy diciendo. Es un trabajo de enorme magnitud volver a ser tu. Volver a poner tus sensores en su sitio y volver a confiar en ellos.

Porque ahora es como si tuviera un conjunto de sensores que funcionan igual que un parktronic. Cuando algo No es, pitan. Y ahora me hago caso, a la primera.

Porque ahora, estoy segura de que lo que me merezco es seguir manteniendo la paz que tanto me ha costado encontrar. Porque ahora, mis muebles están anclados al suelo y el destornillador lo tengo yo.

 

A quererse

He tardado unos cuantos años más de lo normal en aprender a distinguir el querer de la basurilla.

Y hoy, en este día tan amoroso, me apetece sacarlo a que le de la luz.

Cuando estaba inmersa en la treintena, quería querer, quería que me quisieran, y lo quería desesperadamente. Mucho querer mal enfocado, la verdad. Y cuánta oscuridad y cuánta mazmorra a cuenta de estos malquereres.

Hace unas semanas, haciendo un ejercicio de evaluación de esos que tanto me gustan, hice una línea de vida. Hacía arriba los momentos buenos, hacia abajo los malos. Todos los momentos buenos, tenían que ver con el trabajo; todos los malos eran corazones rotos. Estaba muy mal enfocada, y todo era porque tenía mal entendido los conceptos.

Estaba trabajando en aquella obra de aquel centro comercial enorme, cuando descubrí que estaba embarazada. Se acercaban las Navidades, y hablando con un encargado de una de las obras privativas, un hombre educado y respetuoso con el que hice buenas migas, me preguntó qué le pedía a los Reyes esas Navidades. Yo le contesté que se habían adelantado, que venía en camino un bebé. Se puso contento, y me felicitó efusivamente. Me dijo algo, que nunca se me ha olvidado, y que me viene a la mente con frecuencia.

Él tenía una hija que acababa de cumplir 22 años en aquel entonces, y se había ido a Londres a aprender inglés. Me dijo: ahora vas a saber lo que es querer, pero querer de verdad, del querer bueno.. aunque también vas a saber lo que es el miedo, uno de verdad también.

Y sí, he sabido de las dos cosas bastante bien desde que me reproduje.

Del miedo tengo un expertise, así que me he centrado en lo de querer, que era mi asignatura pendiente.

Estaba yo muy confundida en lo de buscar querer. Yo ahora quiero, y quiero a mucha gente, tal vez antes también, pero no lo valoraba de igual forma.

Ahora quiero. Sin dobleces, sin tapujos, sin vergüenzas.

No digo que el único amor que es de verdad es el de p/madres a hija/os, nada que ver. Digo que yo he necesitado de este amor para entender. Ahora me doy cuenta de que sé lo que es el amor, y de que antes lo tenía totalmente confundido con necesidad. Ahora tengo estos dos conceptos bien diferenciados, querer quiero a muchos, necesitar, a pocos.

Querer de reir en cualquier sitio, o también de bailar o de llorar. Querer de convertirme en leona, y también de convertirte en un ser de brazos mágicos que curan con solo abrazar. Y no me refiero al cura sana cura sana que les hacemos a los hijos. Me refiero a abrazar a otra persona, y decirle que todo va a estar bien. De dejar también que me abracen y recibir con total confianza el que me digan que todo está bien.

Querer y bailar, de lo mejor que puedes hacer, pero primero vas a tener que saber qué es cada cosa.

Que no haga falta un 14 de febrero para que quieras a brazos llenos.

La contención que no pienso aguantar

De un tiempo a esta parte La Contención me supone un problema. Hasta ahora la veía de lejos, la observaba, y miraba para otro lado. Haciendo así como si no existía.

De unos días para acá, se me hace difícil la tarea.

Pero, qué es la contención.. La contención es esa especie de cuerda que te trepa por dentro, como si fuera una boa constrictor, y no te deja margen de movimiento cuando sientes por dentro una buena cantidad de energía derivada de un sentimiento. Ya sea alegría o rabia, amor o ira,.. whatever.

No soporto la contención.

Cada vez que siento que esta maldita cuerda empieza a trepar por mis pies, para hacerse nudo alrededor de mi cuerpo, siento que me incendio por dentro, y a base de pura rabia soy capaz de hacerla volar por los aires.

Entonces me pregunto, ¿pero quien dice que me tenga que contener?

Pues mira, te lo voy a explicar (me digo a mi misma).. Toda la vida has sentido el rechazo de los que te rodeaban, cuando eras capaz de liberar tu energía. “eres demasiado intensa”.. decían.

La foking Word INTENSA

La misma fokin intensidad que llevo rechazando toda mi vida, por imposición de otros. Y ya está bien.

Llevo toda la vida intentando encajar en los niveles de alegría, rabia, ira, enojo, tristeza,… que al parecer son tolerables para la sociedad. Y de un tiempo a esta parte, a la única conclusión a la que soy capaz de llegar es que esos son los niveles que ellos pueden soportar. Digo ellos entendiendo “sociedad que me rodea… personas con las que interactuo”.. Pero ¿sabes qué?.. yo no soy la que tengo que lidiar con sus límites.. Yo no tengo que poner un límite donde no creo que lo necesite,  para ser aceptada.

Y hasta aquí.

Soy intensa. Mucho. Si estoy contenta, siento que me ha tocado la lotería. Si quiero, lo hago con la fuerza de los mares. Si estoy triste, siento que me muero en breve. Si estoy enfadada, no puedo estar un poquito enfadada, siento el enfado como si tuviera que reunir tropas y declarar la guerra, o ir arrasando todo, directamente.

No soy tibia, no soy a medias. No digo que esté bien. Digo que es mi naturaleza.

Y no es “yo soy así” y no voy a cambiar. Digo que es mi naturaleza, como mi pelo rizado o mis ojos claros.. Esto es lo que soy. Y además, nadie más que yo, tiene que lidiar con estos estados, entonces ¿cuál es la cosa de querer que nos contengamos?

No logro entenderlo, aunque empiezo a creer que estamos tan viciados de comparación, que el otro siente que le agredes si te sales de sus límites. Lo que pasa, es que yo, mis límites los tengo claros, y no voy a estar en esta vida, andando de puntillas.

Hubo una época en la que me metieron en la cabeza que lo mejor era estar sin estar, ser invisible, que nadie supiera que estás ahí, pero que todo esté hecho. Y ya no..

Si te incomoda mi intensidad.. apártate, porque lo que es yo, voy a seguir aumentándola, como el precio de  los fokin megawatios de Endesa.

Me pongo a Katy Perry… and you’re gonna hear me ROAR

En 30 días cambio de número

Dentro de un mes exacto estaré cumpliendo 46. Repito: 46. Lo voy a volver a escribir 46.

Y ¿por qué tanto rollo con un número?. Pues verás. De un tiempo a esta parte, vengo notando que pareciera que luchamos por salirnos de la edad. Quiero decir, hay como una auténtica obsesión en aparentar menos de lo que tenemos. Hay una franja de edad (para mi gusto entre los 45 y lo 65) donde las mujeres son invisibles. Llevo tiempo con ello en la cabeza. No hay muchos referentes en las que podamos mirarnos, o al menos no los había. Hasta los 45 ok. Luego es una lucha de radiofrecuencias, retoques y cremas y ropa cara para mantenerse a toda costa en ese número. Acercarte a los 50 es el acabose, porque tu persona se va diluyendo entre una nube espesa que te invisibiliza.

Y viene a refutar esto que se me pasaba por la cabeza, el gran revuelo que se formó cuando la grande JLo salió diciendo con la boca bien abierta que cumplía 50. Y todas nos volvimos locas porque ¡oh Llegar a los 50 tan bien puesta!, y con novio nuevo y todo pura felicidad. ¿qué clase de brujería es esta?

Esto no debería llamarnos la atención porque a ver, las mujeres nos solemos morir cerca de los 80 o hasta un poco más.. Pero ¿dónde están las mujeres de 50 o 60??

No sé si seré yo, pero a mí me cuesta encontrarlas. Y vengo a pensar que igual, nos estamos haciendo un flaco favor diciendo que tenemos 45 cuando ya pasamos los 48, y nos volvemos más locas aún, buscando y buscando tratamientos y pócimas que nos dejen ancladas de forma permanente a cualquier número entre los 40 y los 45.

En eso estaba yo enredada, cuando mi querida esposa me mandó este artículo. Y ahí me reafirmé en que no es algo que solo esté pensando yo. Nos dicen que aparentamos menos y nos ponemos contentísimas. Pero ¿y por qué? ¿por qué me pongo contenta en aparentar 10 años menos de los que tengo?

En mi caso, empieza a ser un problema. A ver, no me malinterpretes. Estoy cien por ciento agradecida a mi genética. Tengo 45 y aún no me tengo que tapar las canas, entre otras cosas porque aún me las puedo contar. No es mérito mío, mi abuela se murió con 90 y también a ella le podíamos contar las canas. Tuve la suerte de heredar esos genes, que nada tienen que ver con los de mis otros tres abuelos que desde los 40 tenían el pelo completamente blanco. Mira tú, las cosas de Mendell y sus guisantes. A mí me tocó este premio. Tengo suerte también, de haber crecido en una familia donde el sol ha causado graves daños, y por ello la protección solar forma parte de mi día a día como el lavarme los dientes. He tenido acceso a buena comida y frutas, y dentro de mis capacidades, me muevo a diario. Todo eso, en conjunto, supongo que hace que se me vea más joven de lo que soy. Pero como digo, nada de esto es un comportamiento consciente y deliberado. Yo no quiero aparentar menos, lo que quiero es estar sana.. Llevo con orgullo cada una de las rayas que la vida ha puesto en esta piel de tigresa que llevo, y aunque hubiera prescindido de algunas, no estuvo en mi mano decidir. Todo bien. Cargo con ellas. Y las luzco, porque sigo aquí, y ese es el verdadero triunfo.

Son mis cicatrices de crecer, de haber vivido, y de haber madurado.

Por eso hoy, a 30 días de cumplir 46, quiero dejar esto aquí para recordarme cada uno de estos años cumplidos. Para honrarlos y para seguir cuidándome para brillar, y no cuidarme para taparme o dsimularme.

 

No vacación

El año pasado en ésta época, estaba disfrutando de mi sabáticol, después de un montón de años de trabajo ininterrumpido. El año 2019 me di el lujo de darme un año libre. No es verdad en realidad, porque me llegó una oferta de un trabajo muy interesante, al que no pude resistirme. Eso fue la excepción durante mi año de descanso. Este año, estoy pringando como la que más. Este año, en lugar de ser un sabáticol, es un no-vacación.

Esto es ser autónoma. No me canso de decirlo, que sí, que un lunes puede que amanezca en la playa, pero hoy viernes mitad de agosto, estoy echando más horas que un reloj, delante de este ordenador. Y no es solo hoy, mitad de agosto. Tiene la misma pinta de seguir así en septiembre, y puede que en octubre. En noviembre me quiero comprometer a parar, ¿podré hacerlo? Who knows.

No me voy a quejar, no me malinterpretes, ahora mismo tengo trabajo, mucho, y es un trabajo que me gusta mucho hacer. ¿lo seguiría haciendo si tuviera el sueldo nescafé? Probablemente no, porque mi tiempo me gusta más invertirlo en la playa, pasear, leer, tejer.. o mirarme los pies, que me los encuentro bonitos. Hoy, solo vengo a poner  luz aquí. Que a veces, cuando te ven en lo que se supone que es horario laboral, ciertamente relajada, todo son dedos acusadores de «qué bien vives».. “tu que puedes”… de lo que hay detrás se habla poco.

De la cuota de la SS, cobres o no; de trabajar de noche, en agosto o en fin de semana, con una niña que viene a decirte cada cuarto de hora que tiene hambre, o que ha dibujado algo, o que se le ha acabado el rotulador rojo, o que ha venido un amigo nuevo en su isla de animal crossing; de correr detrás de algunos clientes para que hagan frente a tu factura; y muchas veces, de tener que explicar todo lo que supone hacer y firmar «un simple papel» como muchos le dicen a cualquier certificado o informe. No todo es tan bonito o tan light. Hay noches en vela, y recuentos una y otra vez de balances de facturación. Estudio de diversos escenarios posibles, unos más positivos que otros. Y de pensar como darle vueltas a todo para compensar cuando el trabajo viene escaso. Por eso ahora estoy aprovechando este pico de curro. No se sabe cómo será después. Lidiar con esta incertidumbre no es fácil. Aunque también tiene algo de chispa, saber que yo, mi ordenador y mi cabeza pueden procurarme la idea que me haga facturar después, al fin y al cabo, me da también cierta tranquilidad. Casi todo depende de mí. Y no tener que aguantar jefes, o compañeros estorbo, (que alguno he tenido) me ha llenado de paz.

Todo esto es ser jefa. Todo esto es la realidad de una madre sola autónoma. Muchas aristas de una realidad. La de ahora consiste en seguir trabajando. Keep going.

Aunque hoy voy a cambiar mi oficina de sitio, para seguir con mi «no vacación», esto también puedo hacerlo. Y me voy a MiNorte, a trabajar con ruido de niñas de fondo, con salitre en el pelo, y debajo de la buganvilla… al menos por unos días.

La Pandemia como excusa

 

Hace un año y un mes desde el Confinamiento.

Yo sigo haciendo listas, y veo qué ha cambiado desde ese día. Salimos a la calle, hay cole, vamos con mascarilla, y el mundo sigue girando a una velocidad como de mentira.

Es como si todo quisiera ser igual, pero nada es lo mismo.

Yo siento cosas muy extrañas.

¿Tengo miedo? Probablemente

¿Estoy enfadada? Bastante

¿Estoy frustrada? Se me sale del medidómetro.

Aunque probablemente, todo esto, sea más mentira que verdad.

En una suerte de análisis que hago todo el rato, me doy cuenta de la verdad.

La verdad es que me he acostumbrado a tener miedo. Y en parte, es como si mi carácter o cualquiera sabe qué treta psicológica, está adicta a la sensación de miedo. Porque ahora mismo en mi vida todo está bastante bien, y ese estrés miedoso es del todo injustificado.. así que le echo la culpa a la pandemia, y listo. Pero yo sé que no es verdad. Tiene que ver con la costumbre de estar alerta todo el rato. Y si no hay león, yo me lo imagino.

Estoy enfadada porque el Gobierno no decide y no nos dirige bien. Aunque la verdad es que ¿a mí qué? Quiero decir, claro que me importa que vayamos a la deriva, pero a ver, céntrate: mujer sola que cría a una hija y tiene que proporcionar casa, comida, y resto de necesidades a cubrir. Tengo otras cosas a las que atender más allá de esta panda de impresentables que no saben a dónde van. Así que es probable que culpe a la pandemia de mi enfado, pero lo único que me enfada ahora mismo, siendo sincera conmigo, es no poder poner mi culo en cualquier asiento de un avión, y aterrizar en cualquier lugar que me parezca. Así sea Nueva York o el aeropuerto de Gando.

Y frustrada.. pues también podría culpar a la pandemia de esto, de sentir frustración total de ver a toda esa gente que parece que no van con el mundo. Todos esos idiotas que se juntan cada tarde en la playa a celebrar las fiestas que nos han quitado a todos. Que debe ser que ellos son los únicos con esa necesidad vital de fiestearse. Y bueno.. en verdad, así puede ser. Yo de fiestas, pues ganas no es que tenga demasiadas. Nunca las tengo, no sé a quien voy a engañar. Ganas de socializar, de salir, de estar en multitudes.. pues no. Nunca es buen momento para mí para esto. La pandemia es una buena excusa, pero es otra excusa de mentira.

Sin embargo, hay algo por encima de todo que sí que me causa una mezcla muy poderosa de estos tres sentimientos, y es la pérdida de libertad. Probablemente yo seguiría actuando como lo hago ahora, en época sin pandemia, pero tengo la LIBERTAD de decidir si quiero ir a una fiesta, si quiero estar en la calle más allá de las 10, de ir por la calle sin mascarilla. No tener la posibilidad de hacer lo que quiero, hace que algo dentro de mí se rebele fuerte contra el fokin coronavirus y toda esta mierda marciana que estamos viviendo. Es la pérdida de la capacidad de decidir lo que me enfada. Y esto, probablemente no sea mas que una soberbia muy grande, pero qué quieres que te diga, hoy, es lo que me tiene un poco revuelta.

Así que hoy, como muchos, me uno al deseo de que esto pase ya, que estoy bastante agotada, como muchos, de toda esta película de terror.

Septiembre pandémico

Me encanta cuando la naturaleza me predispone a vivir lo que viene. Inauguramos hoy septiembre, y desde el fin de semana lo vengo notando.

Hasta me llovió y muestra de ello, la foto que mi hermana sacó. La foto preciosa, porque ¿cómo es de bonita esta foto?. Mi hermana hace cosas increíbles, lo mismo te saca fotos que te compone una canción.

La lluvia del fin de semana la agradecí infinito, porque terminé la semana pasada, huyendo despavorida hacia el norte, donde corriera un poco de aire y me despegara de la cara el calor más asfixiante del año.

En el norte siempre hace fresco, supongo que la orilla del mar tiene mucho que ver. Por lo menos allí, si sientes calor, tienes la orilla fresca donde refrescarte.

Pasados ya esos momentos, el termómetro ha vuelto a lo que espero de él. Unos cómodos 25º y el cielo plomizo, tipo panza de burro. Todo de lo más apropiado para este mes que estrenamos.

Para mí, como para muchos, el año tiene dos comienzos, en enero y en septiembre. Empezar septiembre es como un ensayo general de lo que vendrá. Siempre pongo grandes esperanzas en este mes, y este año aunque me esfuerzo por conservar mi ilusión, sé que tengo una sombra oscura, alargada y pegajosa, de la que me es muy difícil desprenderme. Tengo mucha angustia, generada por toda esta incertidumbre colectiva. Se me hace harto difícil dilucidar qué puede pasar o cómo vamos a salir de esta. Aunque también soy consciente de que yo solo puedo hacer una cosa, o bueno, dos: ponerme la mascarilla y mantenerme distanciada.

Septiembre empieza y debería empezar el curso escolar también. A día 1 no sabemos qué pasará. Después de seis meses no se sabe nada. Debe ser que no se ha tenido tiempo para evaluar posibles escenarios y con ello trabajar las distintas modalidades de clase. Estoy muy enfadada, ¿para qué lo voy a ocultar más?. Aquí sobra burocracia y faltan decisiones. Y me molesta infinito pensar que por culpa de estas dos cuestiones,  las personas que cobran (porque nosotros les pagamos) para ello, no actúan de manera efectiva para terminar con el papeleo y ponerse manos a la obra. Debería empezar  el curso, pero más bien parece un “sálvese quien pueda”.

MiNorte sin fiestas

Este fin de semana si todo hubiera sido como el año pasado, habríamos despedido las fiestas de la Vírgen del Buen Viaje, con pena y cansancio. Habríamos comido puchero, ido a ver cómo embarcaban la Vírgen, oído los fuegos artificiales, visto a San Martín de Porres mientras se acercaba al pueblo… oído la verbena desde casa, escuchado las amanecidas de los verbeneros…

Pero ya saben que este año, pues la cosa no es lo que era.

Este año no dimos ni un beso, tampoco vimos a la Vírgen embarcarse ni a San Martín venir. No hubo verbenas, ni amanecidas, ni parrandas ni jolgorios.

Comimos puchero dos veces, eso sí.

Este año no vimos a los habituales que vienen de turisteo a MiNorte. Había gente, alguna, nada que ver con otros años, aunque mucha más de la que me esperaba. Muy poca mascarilla pese a que fuese obligatoria.

Lo único que permaneció igual este año fue la playa, las puestas de sol, y el viento. El viento imbatible e incansable que de alguna forma me ayuda a encontrar la constante. Las caminatas por los riscos, la tertulia en la sobremesa, y los croasanes para desayunar. El té después de la playa, y los quintillos antes de la cena.

Tengo un deseo profundo e intenso por recuperar lo que fue, sin embargo, la cordura me induce a acostumbrarme a lo que es hoy.

De momento, estamos de vuelta. Instaladas y organizadas, con caras largas y pocas ganas de hacer cosas. Resignadas y envueltas en la incertidumbre de qué pasará con el curso. Todavía me niego a creer que no empiece el curso, sin embargo, la misma voz que me dice que me acostumbre a lo que es hoy nuestro día a día, me dice que vaya mirando el temario de cuarto de primaria, y que empiece a repasar lecciones.

El descanso y mi bisabuela Maximina

Tengo las muñecas a tope de power estos días, porque no he hecho más que tejer. Anoche, un un calambre como rayo sutil, me atravesó desde el codo a la muñeca y ahí me salió una red flag.

Pensé que más me valía descansar un poco porque a este paso habré acelerado mi artrosis unos cuantos años, y pensar esto amigas, hace que se me seque un poco bastante la risa.

Así las cosas, me he propuesto descansar.. (mucha suerteh).

De momento he intentado despistarme todo lo posible haciendo otras labores. He hecho tareas domésticas, he visto como mi hermana pequeña, la otra artista, ha maquillado a las tres personajillas que hablan sin parar en esta casa. Me ha dado hasta envidia y he terminado pidiéndole que me maquillara a  mí. Luego, cuando me lo he quitado para irme a la playa me dado una pena tremenda, la verdad.

Se ha quitado el viento, y los días son largos y quietos, con una brisa marina ligera que al menos impide que nos derritamos. Se está bien aquí, por momentos me olvido de todo lo que está pasando por fuera del entorno que es esta casa, pero me acuerdo rápido, porque por la calle pasa gente, y todas llevan mascarilla. La realidad aplasta como el sol de medio día. Todo es incertidumbre, y yo esto lo llevo regular. Creo que por eso he tejido tanto estos días, es la única forma que tengo de evadirme de ella.

Me han traído  el periódico donde escribo, y sigue dándome mucha vergüencita verme ahí, en la página 19. Aunque también me da mucha emoción, para qué te voy a decir otra cosa. Me pongo a pensar en esta bisabuela que no conocí, que enseñó a bailar a mi padre, y que podía pasar horas caminando sin decir una palabra, aunque fuera acompañada. No sé qué pensaría de todo lo que está pasando, de lo poco que se nos pide, y lo mucho que nos cuesta. Igual aprovechaba uno de sus silencios para hacerte entender que lo que pasa es serio, y que no deberíamos tomarlo a la ligera, como parece que hacemos por la cantidad de contagios que hay estos días.

 

 

Huevito duro

Aquí hay una niña que ha vuelto a patinar. Y una madre que va con los dientes trincados todo el camino pensando en que se rompe un brazo. Soy ceniza de naturaleza, aunque te prometo que lucho contra ello cada día.

Ella patina como el viento, yo voy moviendo mis piernitas, recuperando el movimiento, todo el que he perdido durante estos meses. Aprovecho la caminata para escuchar a Moreno, ya que mi compañera de paseo va muchos metros pro delante de mí y no me da conversación. De paso te recomiendo este disco con mucho frenesí. Estoy monotemática con la música. El verano de la pandemia tendrá la música de ChemaMoreno como banda sonora.

A la vuelta, cuando pasamos por calles en las que los patines van en la bolsa, vamos hablando de nuestras cosas, y ayer aprendí un concepto nuevo que me parece fascinante.

Estaba Emma contándome una de sus largas historias sobre un juego en la playa, y que fulanita se la quedaba, y que cuando la pillaron, pues gritó: huevito duro… y que claro, entonces había que pillar a otra.

Yo me quedé un poco en 33.. porque no entendía que tenía que ver una cosa con otra. Entonces empecé a cuestionarme, si tal vez, las reglas del pilla pilla hubieran cambiado. Le pedí a Emma que me explicara la cuestión, porque lo de “huevito duro” no terminaba de entenderlo. Y me cuenta: ser huevito duro es como tener inmunidad. Si eres huevito duro, pues no te pueden pillar, y tampoco te la puedes quedar. Ser huevito duro es un chollo.

Ella se extrañó de que yo no entendiera este concepto. Le expliqué que eso en mi infancia no existía.. Si te pillaban, te la quedabas y listo.

Después de eso, estuvimos en casa comentando el único tema que se comenta cada día en todas las casas del mundo, como es natural. Los adultos más adultos, se ensalzaron en una conversación enredada y achacosa sobre todos esos menos adultos que circulan por las calles como si vivieran en una realidad paralela en la que son inmunes. Emma, que estaba pintando y que parecía que estaba ausente de todo lo que estaba oyendo, le puso palabras: y a estos chicos ¿qué les pasa, mamá, con el coronavirus se creen que se puede ser huevito duro?.

Me pareció un razonamiento maravilloso. Se creen huevito duro.

Temo por el momento que sea un ingreso o una mala noticia, cuando se den cuenta de que en la vida, casi en nada se es huevito duro, bueno, me equivoco.. en el pilla pilla, si tus compañeros de juego te dejan.