Bueno, vale, pero solo un poco

Dice la RAE que escritor es el que escribe, y sin embargo cuánto me cuesta reconocerme en esta definición. Y es de lo más extraño porque yo escribir, escribo más que hablo.

Me paso la vida escribiéndola. Llevo así desde que tengo recuerdos. De hecho, tengo libretas desde que aprendí a escribir. ¿Pero era yo escritora? No, por supuesto que no.

En el 2004 abrí esta ventana, y en ella he escrito de manera más o menos constante desde entonces. Igual un poco escritora sí que soy, dudo a veces, para enseguida responderme: que no, que no te flipes, que ser escritora es otra cosa.

He ganado algún concurso de escritura, he escrito poesía, relatos, cuento extendido, diarios.. pero a ver, ¿eso es ser escritora?. Que no mujer, que no te lo digo más, que escritora es otra cosa.

Y vino mi año sabático, que el domingo se cumplió un año desde que abrazo fuertemente mi tiempo y mi libertad, y por el medio la maldita pandemia.

En este tiempo he estado obsesionada, con todo este melonazo de encontrar mi propósito, mi don, whatever.. Hice cuarenta cursos, igual fue alguno más, pero fueron dos los que me pusieron en órbita: el de Marca Personal de Sol Aguirre y Leire Larra, y el de ¿Qué harías si no tuvieras miedo? De Borja Vilaseca. Estos dos cursos, me pusieron las gafas de ver las cosas importantes.

Y ahí fue cuando caí en la cuenta de lo mucho que escribo. De la necesidad imperiosa de escribir. De que me levanto a las 5:30 cada mañana para tener silencio y dedicarme a escribir. De que necesito escribir para pensar con claridad. Todo esto lo sé hace tiempo, pero ¿era este mi propósito?. Seguramente que no, es como lo de ser escritora… que no, que eso es otra cosa.

Con la pandemia, descubro que escribir es casi tan necesario como comer, beber agua, o ver el cielo entero. Y se me empiezan a acabar las libretas, y me doy cuenta de que en mi cabeza, todo es susceptible de ponerse por escrito. Y me contacta la directora de un diario local, que es amiga, y me dice que por qué no escribo algo para el periódico. Y me entran los siete males. Que yo no soy escritora, que yo lo que hago es juntar letras. A lo que ella me responde, que si que vale, pero que junte letras para su periódico.

Me puse manos a la obra sobre la marcha. Y pese a que mi saboteadora personal viene cada dos renglones a decirme que me estoy flipando mucho, sigo tecleando palabras.

Y mando el artículo, y lo publican. Y ahora me veo en papel y en pdf, y empiezan a llegarme mensajes, y la familia se ríe y se emociona. Y yo, flipada total, me empiezo a gustar verme impresa en el papel de periódico.

A ver si voy estar algo equivocada con las creencias que tengo sobre este tema, y un poco escritora sí que soy.

Oficialmente desconfinada

Hoy estoy oficalmente desconfinada.

El 13 de marzo fue el día 1 de todo esto surrealista que nos ha pasado. Ese viernes yo estaba tranquila y con la mente enfocada en lo que estaba viviendo y en lo que tenía que hacer. Justamente el domingo anterior, 8 de marzo, me fui de picos pardos con mis chicas tejedoras. Y aquí que me vine a contarlo.

Y hoy, 13 viernes más tarde, ya en fase 3, vengo a contarte que anoche, volví a sentarme con mis chicas tejedoras en una terraza a tomarnos un algo.

Cuando se propuso la quedada, yo muy en mi línea mejillón me dije: uy no, yo no voy.

Motivos y razones tenía unas pocas: entre ellas mi heredera. Otro día vengo a contarte lo que es la conciliación y otras cuestiones logísticas de la monoparentalidad. La cosa es que los jueves, la abuela, o sea mi madre, suele tener mucha ocupación, y es complicado contar con ella para que se entretengan mutuamente. Así que mis pocas ganas estaban avaladas por mis excusas. Hasta ayer a medio día, que la abuela dice que no tiene ocupaciones y que le apetece infinito chismorrear con la nieta. Por el medio, se me cruza una sesión de coaching, que me puso en órbita y que me relajó con un par de frases, toda mi psicosis post-coronavirus.

Que tuve que tener una sesión de estas para darme cuenta lo muchísimo que me ha afectado el confinamiento, la incertidumbre, y el maldito bicho. Pero eso, también lo contaré otro día, porque lo tengo que seguir rumiando.

La cosa es que parece que se alinearon los astros para que yo fuera ayer con mis chicas tejedoras a tomarme un algo. Y oye, qué bien.

Se me ha llenado la boca esta semana criticando, así con dedo acusador y todo, lo rápido que aquí se olvidaron de los casi tres meses que hemos pasado encerrados. Que en cuanto entramos en fase no sé cuál, y se pudo, la gente se botó a las terrazas. Y yo ahí como la policía del coronavirus o la vieja del visillo, señalando a cada uno de los consumidores de cañas de todas las terrazas que estuvieron al alcance de mi vista.

Qué bocachancla soy, pero qué bocachancla. Mira que cada día me pongo en lucha con la jueza incansable esta que tengo por dentro. Me regaño, me reprendo, y me castigo. Pero siempre se me escapa por alguna rendija. Como decían aquellos de los que no me quiero acordar… estoy trabajando en ello.

Pues bueno, a lo que voy, que yo realmente la caña en la terraza no la echaba de menos. Lo que sí echaba mucho de menos era a mis chicas tejedoras. Y de eso me di cuenta ayer cuando las tuve alrededor y las pude ver en 3D y no a través de la pequeña pantalla del teléfono.

Qué necesario es tener una red que te acoja, y que te haga reír, y que te saque los pies de las chanclas y te haga poner el culo en una silla de una terraza.

La foto es de la reunión de marzo, cuando no había que poner distancia entre nosotras y hacía un sol espléndido y un viento que nos recolocaba las ideas. Y ya desde anoche, tenemos planes para la próxima quedada con agujas y mucho café.

Desincronizada

Voy a echarle toda la culpa al eclipse. A la luna llena, a Venus Star Point, a Urano, Plutón, y todos los planetas de la bóveda celeste. Porque por qué culpar a uno solo si ahora mismo hay una fiesta planetaria que flipas, y todos pueden tener responsabilidad en este desastre natural que ha tenido lugar en mi casa.

Pues resulta que estaba yo muy contenta, desafiando a todas las leyes de la naturaleza, reuniendo toda la valentía que fui capaz de juntar, y metiendo dos semillas de calabaza Curcubita pepo, que guardaba desde el pasado Halloween, en un algodón mojado. Ya me creí que este año iba a tener calabazas propias.

Fue un poco por hacer la gracia, y por ilustrar con Emma una de sus lecciones de ciencias. Pusimos cuatro semillas de calabaza debajo de un algodón húmedo. Esto fue allá por el 30 de abril. Cuatro días después teníamos los primeros brotes. Y yo tengo una tendencia natural a fliparme mucho.

Casi sin creérmelo, los pasamos a tierra, y a los pocos días teníamos ya una mata de lo más frondosa. Yo seguí osada y valiente, y coloqué la mata encima de la lavadora porque era el único sitio donde había más o menos espacio, y donde le daría buen sol. Estaba yo, más flipada todavía.

Cuál es mi sorpresa, porque yo estaba muy echada para adelante, pero fé tenía poca, cuando empiezo a ver flores. Bueno, brotes o promesas de futuras flores.

Ahí ya me dio por cultivarme un poco, mi cerebro digo, no la mata que ya estaba bastante cultivada. Y empiezo a aprender. Una mata de calabaza trae ya de fábrica flores hembras y machos. Y se polinizan con ayuda de las abejitas de la naturaleza, que yo en mi cuarto lavadero iba a ver poco. Así que me preparé para el delicado y minucioso trabajo de polinización manual. Ya ahí empecé a tener más confianza, chulería no me faltaba.

Y resulta que empieza a llenarse de flores, muchas flores. Y de pronto las flores empiezan a hacerse distintas. Por cada flor hembra, hay cuatro o cinco flores macho. Todo va estupendamente. Yo estaba ya confiadísima, pensando en poner una gavia entera dedicada al cultivo de la calabaza curcubita pepo, porque mira qué fácil es de cuidar. Y empieza a mascarse la tragedia, las flores hembras prosperan, crecen, les sale la promesa de calabaza, abultada y preciosísima, y las flores macho se estancan.

He podido comprobar que las flores duran abiertas unas horas, que serían las propicias para la polinización. Y nada, que las hembras ahí preparadas y maduras, y los machos, a por uvas. Es que ha sido tan gráfico y tan claro, que me ha parecido una burla. Hasta en las plantas el Universo ha aprovechado para reírse un poquito de mi persona. ¿Pero qué les pasa a estos seres masculinos? ¿Ni la mata de calabaza va a hacerme una demostración de madurez?.

Pues nada, que el momento propicio de las flores hembras ha pasado, y como diez días más tarde han florecido las flores macho. Con total despreocupación y cero interés. Esta mata no ha podido/sabido sincronizar sus necesidades. En serio, mother nature, are you kidding me??. En fin, una vez más, la historia de mi vida.

La pandemia de la culpa

Pues estamos ya como al principio de antes de todo esto, ¿no?

Esta semana ha sido la primera semana que hemos salido cada día. Yo he vuelto a caminar cuatro kilómetros diarios, y las dos habitantes de esta casa se han estado separando cuatro horas diarias.

¿Qué he aprendido esta semana?. Pues que la culpa es poderosa en mi. Muy poderosa, y que me siento como cuando Emma tenía tres años y empezó en el cole.

Esto es algo que me ha costado comprender, y con lo que sé que tengo que transitar en mi día a día, y que no por costumbre, se me hace más fácil. Cuando me reproduje, conocí  a la Señora Culpa. Y es Señora, porque no he sentido nunca una culpa como la que siento desde que soy madre.

Lidio con ella cada día, y aunque la reconozco y trato de aplacarla, no me resulta cómodo. Ayer hablando con MyGirlfriend, tuvimos a bien confesarnos, y las dos cortadas por la vergüenza y saturadas de nuestra propia incomprensión, aceptamos que nos sentimos culpables por todas las decisiones que tomamos respecto de nuestros hijos. Hemos llegado a la conclusión que hagamos lo que hagamos siempre va a haber una parte de nosotras que va a hacernos sentir culpables.

Y te pongo ejemplos prácticos: culpables por no prestarles toda la atención que reclaman, culpables por prestarles demasiada atención y que se de la posibilidad de convertirlos en hijos tiranos; culpables por ese trozo de chocolate que se le antoja; culpables por la media hora de Tablet, o la hora de televisión; culpables por no hacerles comer más fruta; culpables porque no quieren leer; culpables por reclamar nuestro espacio para sentirnos, al menos durante un rato, una persona sin apéndices; culpables por mandarlas a la cama pronto y por suspirar con decepción  cuando se despiertan antes de que amanezca; culpables por necesitar silencio; y así, podría seguir hasta el infinito.

En este confinamiento, donde todo ha sido nuevo, y donde todo parece que nos va a ocasionar un trauma de por vida, la culpa ha estado en su punto más álgido: no están tomando sol, no están comiendo cinco piezas de fruta al día, no están jugando con otros niños, no están haciendo ejercicio, …

Esta semana y después de lidiar con mucha culpa, con mi propio ego, con mis propias creencias limitantes, y también de intentar quitarme un poco de la psicosis de la pandemia, hemos empezado a salir. Tomando todas las precauciones del mundo, pero también volviendo a ser personas de rebaño que necesitan de esas otras ovejitas para seguir sintiendo que pertenecen al grupo. Y mientras hacíamos esa salida, miramos al cielo, y Emma alabó lo bonito del cielo de estos días. Y tiene razón. Estos días ha habido unos cielos espectaculares, y los árboles están frondosos, y los flamboyanos tienen muchas flores preciosas. La luna está llena, y esta noche habrá eclipse. Yo he decidido que voy a aprovechar esta energía, para coger toda esa culpa que amenaza con devorarme y empaquetarla entera. Asumir que estoy haciendo lo que mejor sé con lo mejor que tengo, y que junto a esa cuenta donde voy ahorrando para la ortodoncia futura, voy a ir poniendo también para la terapia, porque haga lo que haga, al final, siempre hay un trauma. Así que nada, yo lo asumo, pongo para la terapia y decido empezar a vivir un poco tranquila, disfrutando de estos cielos tan bonitos de finales de una primavera con pandemia.

Teñir no es lo mío

 

Este fin de semana hice un gran fail. Y mira que le tenía ganas a este experimento. Pero a veces las cosas simplemente no salen, y no pasa nada tampoco.

Hace un tiempo que leí esta entrada, y me flipé bastante. Siempre me ha llamado mucho la atención el proceso de tinción, y desde aquella vez en 2009 cuando me junté con mi querida marida a teñir unas madejas de lana con kool aid, me dan ganas de repetir.

Seguí los pasos del artículo: lo primero, comer muchos aguacates. Yo me comí unos cuantos, y mi hermana otros pocos. Congelamos cáscara y hueso, hasta que tuve alrededor de 25 aguacates comidos.

El sábado piqué todas las cáscaras por un lado y las puse en remojo. Por otro lado, partí todos los huesos, que creía inicialmente que me iba a costar más, pero no, están blanditos y con un poco de cuidado la punta del cuchillo entra perfectamente y se pueden ir partiendo. También los puse en agua. 24 horas de remojo, tiempo que aproveché para partir un poco la piedra de alumbre que había comprado un tiempo antes, y me dispuse a mordentar mis telas. Dos tipos de muselina, una blanca de Ikea, de hace no sé cuánto, y otra muselina típica, de color crudo.

El domingo por la mañana, puse al fuego todo el caldo de las cáscaras, que a mi parecer estaba empezando a fermentar porque tenia un montón de burbujas. Y ahí que estuvo sin llegar a hervir. Desde la primera media hora, supe que el proceso había perdido todo el encanto. ¡Qué peste!, no había tenido esto en cuenta. Removí de vez en cuando la tela, para favorecer el proceso. Dos horas después, la tela no había cambiado mucho. Aún asi, la aparté del fuego.

Hice lo mismo con los otros trozos que tenía, y el caldo de los huesos de aguacate. Misma peste, igual resultado.

Se supone que iba a conseguir unos tonos rosas empolvados la mar de maravillosos, como están en el blog que había leído con mucha atención. Nada que ver. Mis muselinas tienen un tono marrón, muy sutiles, eso sí, pero tonos crudos corrientes y molientes. ¿Dónde están mis telas rosas?.

No sé qué ha podido fallar, no sé si no fueron suficientes los aguacates. Si tenía que haberlos partido más, si tenía que haber invocado a la diosa de los tintes,.. ni idea. Pero vamos, el olor que quedó en casa, me va a servir de recuerdo para no volver a intentarlo. Por lo menos los aguacates los saboreé.

Después de este gran fail, volví a terreno conocido: mi pan de masa madre, yogures con mermelada, y queque de plátano y chocolate. Afortunadamente hay cosas que sí me salen bien.

El quinto de la cuarentena y un camino nuevo

Todo apunta a que la próxima semana estaremos en Fase 2, o por lo menos todo de fuera de mí, estará en Fase 2. No sé si me contenta o me asusta. Como casi todo en este tiempo, estoy mitad fascinada, mitad horrorizada.

Durante este encierro he llegado a muchas conclusiones, todas intrascendentes para el resto, de vital importancia para mí. La primera es que odio las palabras: conciliar, reinvención, empoderamiento, normalidad.

Todas me dan náuseas a estas alturas, y mira que antes las usaba con mucha frecuencia porque formaban parte de mi vocabulario. Ahora son como el amor de la Jurado, se nos rompieron de tanto usarlas. Porque mira que se les ha dado uso. ¡Qué fatiga!.

Han sido como los directos de Instagram. Cada vez que entraba en la aplicación, y veía 18 directos a la vez, me daban ganas de salir corriendo. Me daba por pensar, pero tanto a la vez, todo junto. Como los cursos, webinares, reuniones… Pero qué estrés. No te voy a engañar, he visto directos, y también he hecho y comprado cursos, algunos sigo cursándolos, y de algunos estoy verdaderamente satisfecha y agradecida. Pero un poco de mesura pordios.

Yo he seguido entreteniéndome con mis agujas. Y ya esta doblado y guardado el último. El quinto de la cuarentena. El Tecumesh. Se nota muchísimo que lo hice pensando en otra cosa, porque tiene un chorro de fallos. Ahora tu dirás que no ves ninguno, pero sí, ahí están, yo los veo. Pero me dan igual. Este ha sido mi curso acelerado a “mejor hecho que perfecto”. Creo que después de este confinamiento, ha quedado cristalino que lo del colorwork a mi me mola. Es más, me mola muchísimo. El sexto, que ya no será de la cuarentena, será del año, ya está en las agujas.

Y ¿por qué estaba pensando en otra cosa mientras tejía este jersey?, pues porque durante este año sabático (aún no se ha cumplido el año, pero apenas falta un mes), yo he estado pensando, imaginando, ideando y también trabajando en otros asuntos. Desde hace tiempo vengo dándole vueltas a empezar algo. Algo que me represente, y que te represente a ti. Algo que yo haga con mis manos, y que tú lo puedas disfrutar. Y algo que sin complementarte, porque por si nadie te lo ha dicho, tu ya estás completa, te acompañe.

Mi nuevo proyecto está entre hilos, telas, letras y muchas risas, y pronto va a abrir los ojos y ver la luz. De momento, lo que tiene es cara, y nombre:

petricoreta

El momento de la presbicia

Llevo toda mi vida entre telas e hilos.

Mis abuelas tejían, y mi madre siempre cosió. Me cuenta que se hizo su primer vestido como a los 16 años, y que de ahí nunca paró. En todas las casas que hemos vivido, su máquina de coser tuvo siempre un sitio preferente. Recuerdo cuando se compró su máquina de coser Singer, que tenía un montón de puntadas decorativas. En cuanto salió de casa, el señor que la traía, ella apañó un trozo de tela e hizo un muestrario con todas aquellas puntadas. Con eso le hizo un vestido a LaBajista.

Mi madre nos hizo ropa siempre, y también se hizo para ella. Luego yo entré en ese momento en el que entramos las hijas de todo en contra de nuestra madre, y ella decidió avanzar su vida por otros derroteros que estaban lejos de la máquina de coser, como hacerse empresaria o ponerse a estudiar. Luego me pregunta que de donde me viene la inquietud por aprender y por no estarme quieta. Cada día tengo más claro que eso, se mama.

Cuando tenía 16 o 17 años, me apunté con mi amiga Bélgica a un curso de costura. Me hice unas bermudas, y un mono de verano. Creo que ahí fue cuando descubrí la pasión de ponerte algo que ha salido de tus manos. Vestirte con algo que has visto en tu cabeza, y que has materializado es algo que no se define fácilmente. Pero que creo que me ha ayudado tanto como ir a terapia.

Con mi primer sueldo importante, allá por el 2000, me fui a ElCorteInglés y me compré una máquina de coser. Una buena, con muchas prestaciones, además de un montón de puntadas decorativas, que creo que no he usado nunca. En ese momento ya hacía patchwork, aunque lo hacía a  mano. En mi cabeza y en mi lista de pendientes para aprender en algún momento de la vida, siempre ha estado el coser ropa para mí. Por eso, y durante un montón de años he ido acumulando telas, libros y patrones de ropa.

Creo que ya llegado el momento. Esta pandemia se ha empeñado en llevarse gente, en llevarse momentos, y en llevarse nuestra rutina. Yo, que siempre voy en contra, me he volcado en sumar cosas. Más que nada porque se me antoja imposible de soportar el sufrimiento real de todo lo que esta época nos está dando y lo que aún nos queda por descubrir que nos falta.

Esta semana saqué mis telas para vestimenta, y también mis revistas y libros. Y me he puesto a hojearlas con suma atención. Mucha atención. Fijo los ojos, y no me aclaro con los números. Durante algunos días le he echado la culpa a la luz, que no tengo buena luz donde estoy escogiendo diseño. Pero ayer y por distraerme saqué el punto de cruz, y ¡coño! Que tampoco lo veo. Me he descubierto también alejándome el móvil de los ojos para poder ver algún mensaje.

Anoche, caí en la cuenta. Me falla la vista. Es eso… Mis abuelas me dejaron buena genética, porque a mis 45 aún me cuento las canas, y gracias a la piel que he heredado (y al pastizal que me dejo en retinol y protección solar) tampoco me siento con muchas arrugas líneas de expresión, pero lo de la vista,.. eso es otra cosa. Tengo miopía desde la adolescencia, y ahora por lo visto: presbicia. Esta mañana me fui a la farmacia, y le pedí a la farmacéutica unas gafas de leer, me llevé allí mi muestra de punto de cruz y ¡oh maravella!. Casi salgo de allí con ellas puestas.

Esto también se lo voy a tener que agradecer a este tiempo, que estoy convencida que no tiene que ver con la edad, sino con el gran esfuerzo al que estoy sometiendo a mis ojos, por leer, coser, bordar y fijarme tanto. Que yo sé que la edad no tiene nada que ver.

De cuando te callas y escuchas

Cuando todo esto pasó, yo escuché, leí, y también opiné, porque ya saben que para opinar no se necesita permiso, y bocachancla pues también soy un poquito.

Nos metimos en casa, y nos limitamos a seguir las normas.

Hemos salido muy muy poco, lo mínimamente indispensable. Y ahí me topé con el tema mascarilla.

Desde el principio me quedó claro que la mascarilla buena, no la había, y que la que había no ME protegía del contagio, así que esas mínimas salidas que hice, las hice sin mascarilla. Y ahí seguí, enrocada en esa conclusión durante un tiempo. Mirándome el ombligo, y centrándome en mi ego de desarrollo personal, espiritual o simple pedantería, escoge tu que me lees.

Me prima me decía, pero con lo que tu coses, hazte una para ti y para Emma, que las haces en un momentito. Yo le discutía que no NOS protegía de nada, que no nos hacía nada. Mi prima, sanitaria desde hace más de 20 años, me decía: pero previene, pero mitiga… Yo seguí mirándome el ombligo de mi conocimiento.

Entonces me veo a mi madre, con su mascarilla puesta, que había cosido ella misma. Y yo le echo la gran arenga.. ella me la cortó en un momento diciéndome, me da lo mismo, yo me siento más tranquila.

Y ya para rematar, me vi el directo de Sol con Eduardo López Collazo, y ahí el ego se me empezó a derrumbar un poco. Y entonces me puse a leer, con ojos sociales y menos personales. Y caí en la cuenta, de que me estaba centrando solo en mi, y en protegerme a mí. Y ahí fue cuando todo se me cayó al suelo. Esto todo no va de uno solo. De ser un único individuo que se concentra en salir adelante solo. Ahí fue cuando me di cuenta de que yo lo tengo que hacer por todos los demás, y que los demás lo hagan por mí. Hoy Sol vuelve a hablar de esto.

Así que me quité todos mis prejuicios y mis pensamientos obtusos y saqué la máquina de coser. Ciertamente en un ratito, las tenía hechas las dos. Ahora ya salimos con ellas.

Ahora creo que voy entendiendo de qué va esto.

De un quilt a cojines, la reinvención

Este fin de semana, que fue de tres días, saqué la máquina de coser. Siempre, pero siempre ¿eh?, me pasa lo mismo. Antes de sacarla voy renegando de la tarea durante días, es posible que semanas.  Sacar la máquina de coser, me supone una logística importante de invasión de zonas comunes, además de la obligación de tener que terminar lo que empiece porque sí o sí ha de estar todo recogido a la hora de las comidas. Efectivamente, coso en la mesa de la cocina.

No hay otro espacio más apropiado.

Así que lo que tengo que coser a máquina, lo voy juntando en una cajita, hasta que se alinean los astros y el día es propicio para hacerlo.

En este caso fue el viernes, aprovechando el día de fiesta. Según terminó el desayuno, empecé con el despliegue.

Lo que cosí el viernes fueron unos cojines. Ha sido como una reinvención, de quilla a cojines, como la vida, que a veces de una cosa se pasa a otra, por necesidad, y por cojines.

Estos bloques llevan en una bolsa de labores desde principios de siglo, literal. Conformaba un quilt que debió de ser de los primeros que se lanzaron online. Es probable que hasta en los primeros años de este blog, allá por el 2004 (eso sí lo tengo claro) tenga alguna entrada haciendo referencia a ellos.

Me acuerdo de dónde empecé a coser estos bloques, me acuerdo de las telas, y de la sensación de empezar a coser por mi cuenta, con las nuevas cosas que iba pillando por aquel grupo de yahoo que tanto conocimiento me dio.

Estos bloques son los primeros que apliqué con puntada escondida y de los que me siento bastante orgullosa, la verdad. Cuando me vine de vuelta a mi casa, con Emma siendo una monjeta en mi barriga, hice una ordenación al más puro estilo MariKondo, y todos estos bloques quedaron bien guardados en una bolsa. Cuando los reencontré, años mas tarde, me di cuenta de que aunque me faltaban pocos bloques para terminar el quilt, ya no tenía mucho que ver conmigo, y que sería mejor darle otro uso, porque como quilt, no iba a terminarlo.

En ese momento, me puse manos a la obra y les cosí el borde granate a todos, en uno de esos momentos de furia costurera. Y seguramente, por alguna necesidad mayor como que había que despejar la mesa para comer, los volvía a guardar.

Como saben, esta cuarentena, que ya se está acabando, ha hecho que yo saque todo para afuera, lo que es basura, lo que es antiguo, y lo que es maravilloso… todo, para la luz.

Si hay una sensación que me gusta por encima de casi todo es la de decir: lo acabé. Terminar y cerrar ciclos, me da la vida.

Así que la semana pasada acolché los seis bloques, a mano, y haciendo callo. Y el fin de semana los cosí. Hoy ya lucen en nuestro sofá. Justo inaugurando mayo y el mes de las flores.

Para premiarme, que ya saben que yo lo del premio no me lo salto nunca, me enganché al directo de Ainara, y nos marcamos unos bollycaos caseros que nos han puesto los ojos en blanco. Otra receta directa a la libreta.

El cuarto de la Cuarentena y un ejercicio para el futuro

 

Una de las cosas malas del confinamiento es que los días de fiesta no se distinguen claramente. Es como si no fueran días festivos de verdad. Claro que los otros días, los laborales, tampoco son como laborales de verdad. Siento que todo es confuso y como en nebulosa. Yo tengo aquí mi libreta, con todos los días de fiesta que este año nos lleva robados.

Sin embargo, ahora que ya han anunciado la desescalada, creo que estoy sufriendo un principio de Síndrome de Estocolmo. Tengo pocas ganas de salir, y de hacer “vida normal”. Que sí, que claro que por momentos me apetece a coger aire y respirar de verdad, y de volver a patearme el pueblo. Pero enseguida me entra la neura, y pienso que aún no me ha dado tiempo a hacer todo lo que quiero hacer.

Si te digo la verdad, no sé ni cómo he hecho lo poco (o mucho) que he hecho. En este estado, tengo la sensación de que las tareas se me multiplicaron y el tiempo se me dividió. Y ahora que no tengo que salir de casa, llego tarde y mal a muchas de las cosas que tengo asignadas en el día. Y esto me ocasiona una frustración monumental.

Si tuviera que hacer un balance a día de hoy de este encierro, diría que efectivamente estar aislada es mi hábitat natural, que el silencio no es que me guste, es que lo necesito. Que tenemos una dieta férrea y estupenda, y que la disciplina diaria nos ha ayudado mucho a no sentir que nos desbordamos. Que internamente tengo el espíritu de una señora británica, que toma scones con té cada tarde o con café por las mañanas. Que tejo a una velocidad considerable. Y que tengo muy baja tolerancia a la mediocridad y a la gente gris, o a la gente sin ganas, como dice Sol. Que echo de menos muy pocas cosas, y que lo primero que voy a hacer en cuanto la cosa se normalice, es meter la cabeza en la marea. He asumido también que según voy cumpliendo años, he ido dejando atrás, la vergüenza, un poco la prudencia y casi todos los complejos. Esto es tan liberador, que me dan ganas de llorar.

Hablando de tejer, aquí te muestro el cuarto jersey que me he tejido durante el estado de alarma. Este jersey lo tejí rapidísimo, porque el patrón me flipó. El color de contraste son dos ovillos de lana para calcetines Katia Darling, y el fondo son otros dos ovillos de Drops Flora, que mi querida compañera de aventuras laneras, y de vida también, me donó. Para esto hay que rodearse de gente con ganas también.

Estoy enamorada de estos caballos, y me sueño con este jersey puesto, una falda vaquera de vuelo, y unas buenas botas. ¿que a dónde voy a ir así?, pues lo tengo clarinete: a pasearme entre mis higueras.

Otra cosa que tengo en la lista de “próximamente”, la tierra, la agricultura, una cabra y unas pocas gallinas. Y dos perros bardinos. He hecho mucho esto durante el confinamiento: dónde me quiero ver dentro de diez años, y dentro de cinco, y dentro de uno. Dentro de un mes no, porque probablemente siga aquí. He descubierto que llevo haciendo este ejercicio desde no sé cuándo. Ayer encontré una libreta del 2004 y ya tenía uno hecho. Lo curioso es que cuando lo hice estaba metida en unas angustias y malos ratos, que mas tarde descubrí que eran en conjunto, una depresión como un piano, y probablemente estos ejercicios me sacaban de la realidad de la que quería huir. El sueño que planteaba en esa libreta, en ese momento, para quince años más tarde, o sea ahora, se parece bastante a lo que estoy viviendo hoy. Esto hizo que se me quedaran los ojos como dos huevos fritos. Se me vino todo lo que he leído sobre la visualización y la atracción a la mente. Y corriendo cogí la libreta y escribí: en tres años quiero conocer a John Mayer. En cinco vivir de las rentas y viajar mucho. En diez tener una casa en medio de un montón de árboles, y pasar las tardes viendo la puesta de sol, mientras John me canta sus nuevas canciones.

Ya te contaré.