Dando paseos para despejar la mente

Se me están pasando los días entre paseos y poniéndome flores en el pelo.

Tengo alrededor a tres chiquillas que cotorrean constantemente. Varían desde las aventuras que corren cada día entre riscos y arena, a las historias que se inventan, que son de lo más variadas y entretenidas. Sus invenciones no tienen límite.

Me tienen bastante entretenida, en realidad.

Si me ven tranquila, leyendo o haciendo cruces, vienen corriendo a traerme una flor para el pelo. Afortunadamente el hibisco está cargado de flores estos días, y a mi no hay gesto que me enternezca más, que me regalen flores, aunque sean recién cortadas de mi propio jardín.

Cuando el alegueteo se hace ya demasiado persistente, me calzo las cholas, reconozco que paso la mayor parte del tiempo descalza, y me voy a andar.

No sé de quién fue la idea de poner ese banco sobre el risco, pero es la idea más maravillosa de la década.

Te sientas ahí, y miras. Apenas a cinco minutos de casa, el espectáculo es gratis.

El Atlántico a tus pies, el muelle, el charco. Y el concierto constante y gratis que te ofrece el océano. A riesgo de ser plasta: no hay nada que la mar no arregle.

Creo que los días son mejores si puedes ver esa masa de agua que se mece armoniosamente y que te regala un sonido que si cierras los ojos te sumes en una meditación profunda.

Si el juego con las tres personitas ha sido mas agotador de lo corriente, el paseo que preciso darme ha de ser más largo, y entonces camino más lejos. No me había dado cuenta del molino tan apañado que tenemos tan cerca. Tengo que aprovechar otro de estos días para acercarme de verdad, y estudiarlo a fondo.

Dice mi padre que lleva ahí toda su vida, y que ahí llevaban el grano para moler y sacar el gofio.

¿Cuántas historias podría contarme ese molino, ahora reformado?

Es curioso pensar que por estas mismas calles, y por estas mismas piedras, se pasearon mis abuelos, y mis bisabuelos.

Da cierto asombro pensar que mi abuela, que nació en 1906 estuvo aquí no hace tanto. Y digo no hace tanto, porque aunque hace ya 31 años que se fue, yo me acuerdo perfectamente de ella. Eso me lleva directamente a darme cuenta de que aunque yo me siga viendo como una jovenzuela, ya voy camino del medio siglo.

Cuando mis pensamientos se ponen así de intensos, es la señal de cambiar la dirección y volver al punto de partida. Donde las conversaciones de estas tres chiquillas me devuelvan al hoy, y a querer dejarles a ellas, tantos o más recuerdos de los que tengo yo de mi abuela o de mís tíos.

 

Donde cambia el ritmo

Ya estamos en MiNorte. Y lo escribo con la fuerza de un mantra. Porque estando aquí nada malo puede pasar, estamos a salvo y estamos en modo disfrute.

Y es curioso que me sienta así cuando tenemos agua por todos lados y el peligro nos aceche en cada esquina.

Es extraño sentirse tan a salvo en un sitio que aparentemente es bastante hostil. Tiene viento, ruidoso y poderoso, aproximadamente 350 días al año. La mar del noroeste es fuerte, violenta, y cada vez que llega a la orilla te dice: estate atento, porque tu no me importas.

Y así, con este panorama, en casa, cada vez que hacemos un mínimo bolso para poner rumbo norte, nos ponemos felices.

¿Tendrá que ver el ADN? ¿Tendrán que ver las generaciones que nos habitaron antes?

Puede ser.

La cosa es que vamos por la carretera, y en la última curva, en la que dejas a la izquierda el monumento a Unamuno, y te topas con la Montaña (mágica) de Tindaya, se alborota algo por dentro. La montaña, con la magia que le quieras poner o no, inicia su conjuro. Y  nosotras, que nos gusta más una historia que a un tonto un lápiz, nos ponemos a inventar. Es un ritual que hacemos cada vez que tomamos rumbo norte. Y con las historias que nos inventamos, de brujas y calderos, de niños exploradores, y animales que hablan, vamos perdiendo la noción de las obligaciones. Para cuando llegamos a La Oliva, todas las anotaciones que llevas en la agenda, en la interior y en la física, se borran. Todos los debería, y todas los quehaceres se empiezan a diluir en el propio camino.

En el momento en que llegas a MiNorte, te molestan los zapatos, el pelo se revuelve, y la piel te sabe a sal. Se paran los relojes, y lo único que manda es la marea… si está alta te bañas en una zona, si está baja te bañas en la otra. Si está brava paseas. Si el viento te lleva, la contemplas desde el coche y con abrigo.

El ritmo es otro, único y propio de MiNorte. Y nada tiene que ver con que sea verano, o con que estemos en fiestas. MiNorte es un lugar de identidad propia, de pocas leyes, y de mucho goce.

Es el sitio que te pone a prueba, y que si le das la oportunidad, igual te ves de una manera que desconocías.

No todo el mundo es feliz aquí, y esa es otra maravilla de este sitio.

Yo lo he vivido, y yo me he descubierto aquí.

Aquí soy bastante feliz. Y lo mejor es que MiMariposita parece llevar la actitud de este sitio en el ADN.

#madrepantoja de cumpleaños

Misión cumpleaños: Accomplished.

Es de todas conocido mi poco gusto por las reuniones sociales. Pero claro, no puedo hacer extensible este gusto a las generaciones venideras.

De momento, MiMariposita es la fan número uno de cualquier reunión. Sean de niños o de adultos. A ella le gusta la gente, la algarabía, y el jaleo.

Durante el año vamos negociando a qué asistimos, y qué nos perdemos. Pero claro, hay un acontecimiento al año que es innegociable: su cumpleaños.

Con la boca pequeña, tengo que decir que este día me apetece celebrar. Lo tomo como con un triunfo personal cada vez que superamos el año tan bien. Me gusta hacer recuento de lo que hemos vivido, y lo que hemos aprendido. Hago resumen de risas, bailes, y decepciones. Y me gusta. Lo paso bien, porque a mi un balance, me gusta más que a un niño un caramelo.

Este año ha sido un buen año. Dejamos atrás conversaciones super interesantes, las primeras decepciones, y la frustración de no poder poner colchón, solo acompañar. Es también una lección para mí.

Este año han aparecido también las primeras dudas sobre su personalidad, y sobre la autoestima. La superación de ciertas vivencias que no tienen causa ni respuesta, pero que han de acompañarle toda la vida.  Y diría yo, que no es porque me ponga en modo #madrepantoja que lo estamos haciendo bien. Las dos hemos llegado sanas y salvas a los ocho años, y yo ya eso lo vivo como un total triunfo.

Este año, convenimos en una merienda familiar para festejar el día. No hay nada peor que perder el tiempo en Pinterest, primero porque el tiempo lo pierdes y segundo porque las expectativas se ponen por las nubes. Y amigas, para esto hay que tener práctica, actitud, y aptitud. Y a mi me faltan la primera y la última, ganas le pongo, pero como en el amor, a veces no es suficiente.

En las últimas semanas, aquí mi amiga, se ha puesto a actualizar su blog, y ella es la máster del Universo de los sándwiches.. me puse manos a la obra siguiendo la inspiración de sus indicaciones, pero para esto, tampoco ha sido suficiente.

Rindiéndome a mis pocas aptitudes, me limité a ponerle más ganas, y a concentrarme en que aunque no estuviera bonito bonito, por lo menos que estuviera bueno. Y ahí sí que cumplí, porque sobrar, sobró poco.

La tarta, elegida por la cumpleañera, fue una cheesecake. Acompañada de medias noches de jamón y queso, y jamón serrano; sándwiches de atún y cosas, salmón y cosas, y surimi y cosas. De dulce, y siguiendo mi máxima de zapatero a tus zapatos, encargué con suficiente antelación para que no hubiera problema, una buena bandeja de cupcakes, de los mejores cupcakes, si te digo la verdad. De bebida: limonada y té frío. El resto fue la emoción que le puso la homenajeada, que de milagrito no acabamos en urgencias con un ataquito. Así que pese a no ser una fiesta Pinterest, fue bastante real y divertida.

Esta nueva vuelta al Sol comienza en patines, y al son de un ukelele.. Yo diría que esto promete.

La dosis justa de cafeína

Ayer tenía que haber venido aquí a contar unas pocas cosas, pero resultó que estaba bajo la sombrilla, tumbada a la bartola en la arena de esta tierra, que te borra según pasas por ella. Porque la arena de aquí es así. Tu estás aquí y te sientes la mar de importante, y te paseas por este paraíso, y te sacas unas fotos, mirando el horizonte, que subes a Instagram con un montón de hashtags como #latitudevida #paradise #estoesvida… que a mi me dan una náusea que no puedo controlar. Y según das dos pasos en esta arena maravillosa, el alisio viene y borra tu huella, porque esta isla y su arena es así. Te borra en cuanto quiere. Pero como eres un soberbio, tu vas y dejas tu colilla, porque tu no quieres que la arena te borre, tu quieres dejar tu huella, m*ld*t* cochino. Sigo con mi cruzada de: llévate tu mierda de mi naturaleza.

Pues eso, tenía que haber estado tumbada a la bartola en cualquier rincón con cielo y arena, pero no, mentira, ojalá.

Vamos al principio.

Resultó que el martes, as usual, me desperté, hice mi Miracle Morning de rigor, y luego me tomé mi gran café con leche y acompañante (que no me acuerdo qué fue). Y ahí que me fui a hacer mis cosas.

A media mañana, me apeteció otro café con leche, y como me quedaba un restillo del que había hecho horas antes, calenté la leche y ahí que me tomé otro cafecito. A los diez minutos empecé a sentir que me aceleraba. Taquicardia. Angustia. Golpes en el pecho. Imposibilidad de concentrarme en nada… Sí amigos, esto es lo que produce en mi el exceso de cafeína. Me fui a la calle, a caminarme el pueblo entero a ver si con el Alisio se me pasaba. Me costó un rato, hasta que todo mi organismo fue volviendo a su ser.

El miércoles, se dio igual que el martes, pero teniendo muy claro el efecto de la cafeína en mi persona, pues el primer café de la mañana lo hice descafeinado. Y el de media mañana también. A las cuatro-cinco de la tarde tenía un ligero dolor de cabeza, como una pesadez.

Por la noche la pesadez, era un poco de migraña. No caía en la cuenta de lo que podía ser, así que busqué causantes: las hormonas, la falta de azúcar, el inminente cumpleaños de la Mariposita, yoquesé…

El jueves me desperté con el mismo dolor de cabeza con el que me acosté. Volví a tomarme mi café, – descafeinado –  y seguí intentando hacer lo que tenía que hacer. A medio día no podía ni con mi cuerpo, ni con la cabeza, ni con la madre que parió a Panete. Me tomé un espidifén, que para mí es un invento mágico porque a la media hora de tomármelo normalmente me hace la magia y a mi no me duele nada. Pues nada, que a las ocho de la noche seguía yo con mi maldita migraña. Y entonces, en algún lugar de mi disco duro mental, recordé cuándo había sido la última vez que había tenido un dolor de cabeza así, y cómo me lo habían quitado. Pues resultó que me acordé. Y fue hace casi ocho años.

Cuando Emma nació, lo hizo en una cesárea de superurgencia. A los tres días, a mi me llegó una migraña igual que esta. El anestesista que me había asistido en la cesárea me dijo que estaba perdiendo líquido cefalorraquídeo. Lo solucionaron poniéndome un montón de líquido en vena, y con una pastillita de cafeína. Y ahí pensé: ¡tate!, esto va a ser una migraña por falta de cafeína.

Y llegamos al viernes, y me levanto con un ligerísimo resto de migraña y me preparo una cafetera de café normal, y me tomo mi desayuno, con un café café. Y a hacer todas las cosas que no hice ni el miércoles ni el jueves. A media mañana ya casi no sentía molestia en la cabeza y me apeteció otro café. Ahí saqué mi otra cafetera y me hice un café descafeinado. El viernes por la tarde estaba perfecta, sin molestias de ninguna clase y con la sensación de haber vuelto al mundo. Es la sensación de la persona que ha dado con la dosis justa de cafeína que necesita en el día. Era una mujer feliz.

Quizá por eso, me hice la cena y percibí como un mensaje claro lo que me venían a decir los trozos de surimi que llevaba la ensalada que cené.

Cuando una tiene el cuerpo ajustado y bien, ve corazones por todos lados, porque como la Abascal, quiero a todo el mundo.

Calderón Hondo

Quien lleve por aquí algún tiempo, sabe de mi conexión con el Noroeste de la isla, lo que yo llamo MiNorte. Un pueblo pequeño, ya no tanto, costero y pesquero, donde voy desde antes de que me salieran los dientes. Mis raíces están ahí.

Cerca de ese pueblo, hay otro pueblo: Lajares. Al que también estoy unida de alguna manera.

Allí trabajé durante cuatro años, en un trabajo en el que aprendí muchísimo en la gestión de equipos y también en la de recursos. Pero llegó un día en que mis ideas morales empezaron a chocar con las del proyecto en el que trabajaba. Ahí fue el momento en que cogí mis cosas y me fui a otro lugar. No quiero culpabilizarme, ni tampoco torturarme por lo que pasó durante esos cuatro años, a ver que tampoco se mató a nadie, solo que llegado un momento en el que maduré, le dí importancia más a unas cosas que a otras,  y hubo que reinventarse.

Sigo estando unida a Lajares, porque siempre me impactó su belleza. Una belleza que no todo el mundo entiende, pero que a mi me hace fijarme al suelo, a mis raíces, a mis ideas, y a mis principios.

Lajares es volcán puro. De picón rojo. De líquenes, y de malpaís.

En Lajares está Calderón Hondo, que tiene una ruta circular, bastante sencilla, y en la que puedes asomarte al cráter del volcán.

Merece la pena ir y pensar. Respirar. Dar gracias.

Meditar un poquito en la insignificancia de nuestra existencia, en lo generosa que es la isla que nos deja vivir en ella y disfrutarla, sentirla, y respirarla. Y en lo poco que reparamos en su poder, o más bien en el poder de la naturaleza. Bastaría que erupcionara cualquiera de los volcanes… o que crecieran las olas, en cualquier parte de la costa… un tornado, también sería eficaz.

Merecemos que se enfade, que invoque sus volcanes, y que nos haga a todos papilla. Me da pena infinita ver que en cualquier sitio hay mierda. Sí, mierda, en su más puro estado: papeles, plásticos, deshechos.

Ya tengo costumbre de llevar varias bolsas en mi bolso o mochila, una para la posible compra, y otra para recoger toda la basura que me voy encontrando. Es lamentable.

Vas a la playa y ahí hay basura.

Vas al parque y ahí hay basura.

Vas por una montaña, y ahí hay basura.

Y no es que hayan servicios municipales, que son mejorable, es cierto. Los hay, y hacen su trabajo, pero es que los incívicos son muy eficientes en su labor.

No me identifico en absoluto con ese ser que es capaz de botar un papel al suelo sin ningún tipo de remordimiento. Y me molesta, porque estoy convencida de que somos más los que limpiamos y no ensuciamos, es decir, los que estamos educados y concienciados, que los que no. Pero los guarros ensucian a un ritmo frenético, y aunque nosotros somos muchos, no damos abasto.

Tengo que reconocer, que este comportamiento del ser humano, saca lo peor de mí.

¿En qué estamos fallando como sociedad?

¿En la educación, en la concienciación?

Como una cabra

Estoy días estoy verde, muy verde.

¿No te pasa? Hay días en que me apetece comer  un color. No el color, no te vayas a creer que me pongo a roer los alpinos, sino que la comida sea principalmente de ese color. Por ahí leí, que eso es comer intuitivo. Se supone que el cuerpo te pide algo que necesitas. Puede ser. O no.

Lo que está claro es que ahora soy y estoy en modo verde.

Llego al mercado y pido dos hojas de todas las hierbas que están a la venta. Algunas ni el propio tendero sabe qué son o como se comen. Confío en él, y espero que ninguna sea venenosa. Ahora mismo no me viene muy bien enredarme en un lío de hospitales y lavados de estómago, la verdad.

La cuestión es que me apetecen plantas y hierbas principalmente. También puede ser que esté en modo cabra. De esas que rumian y te miran, con expresión de nada.

Me siento bastante cabra estos días, si lo pienso.

Veo y escucho un montón de cosas que por minutos me hacen arder, luego respiro, rumio, y nada.

Ni me pronuncio. ¿Será que maduré? ¿Será que todo me importa cada vez menos?.

No lo sé. Igual es el cielo y sus astros, que siguen todos revueltos y retrógrados, y con eclipse. Sí, otro eclipse, hoy. Se acaba aquí la temporada. Por fin.

Me afectan tantas cosas que me saturo de mí misma. Me ha pasado siempre.

Julio siempre ha sido un mes así como para pasarlo en piloto automático. Coger hierbas y plantas, y rumiar con cara de nada.

Mientras preparo ensaladas quince minutos antes del almuerzo, algo totalmente extraordinario, porque en casa llevo a raja tabla lo del meal prep los lunes, y hacer poco más el resto de la semana, pero como ahora no tengo otras urgencias que atender que  me coman las horas, puedo hacerlo justo a la hora de las comidas. No te creas que es fácil hacerse cargo de esto.

Me está pasando que me despierto a las 6 como siempre, con el piloto puesto de todo lo que tengo que atender durante el día, con la rutina de trabajadora de hace un mes. Un mes ya, y todavía no me deshago de esa sensación de obligación.

Estamos yendo mucho a la playa, y allí me asaltan otra vez los fantasmas.

Estoy leyendo tranquila, oyendo a Emma en sus interminables diálogos de personajes que juegan con ella, y de pronto, la voz en mi cabeza:

Pero ¿Qué hago un lunes por la mañana en la playa?.

Corre corre corre.. que tienes algo pendiente que hacer.

¿Cómo se te ocurre tirarte a la bartola aquí?

¡¡¡¡¡Levántate y recoge… en alguna parte te están esperando!!!!

Es la pesadilla recurrente. Me pasaba después de haber terminado los exámenes. Me pasaba en las vacaciones. Me pasa ahora, que estoy sin obligaciones.

Mi cabeza juega conmigo, y se ríe de mí. Lleva toda la vida haciéndolo. Pero ya no soy la que he sido hasta ahora. Ahora, cuando la angustia y el estrés llega en medio de ese momento relajante tirada en la arena, respiro, me miro los pies, doy un sorbo a mi té, y me digo: ahhh si, este es mi trabajo hoy.

London Calling

 

Nuestras primeras vacaciones del 2019 fueron un fin de semana de relax y desconexión en un todo-incluido al Sur de la isla. De esto no hay testimonio gráfico, sino vivido.

Era necesario este descanso para afrontar con la energía a tope de power, nuestras segundas vacaciones del 2019. Destino: London, Baby!

Le tenía yo a UK como cierta indiferencia. Cuando tenía 13-14 años me moría por ir y practicar allí mi estudiado inglés. A mis padres no les llamaba demasiado la atención, y yo no fui lo suficiente persistente, debió ser. La cosa es que fue algo así como: cuando quise no pude, y ahora que puedo, no quiero. Hasta este verano. Todo pasa cuando tiene que pasar.

He vuelto completamente encantada con Londres. Quiero decir, la ciudad que me tiene enamorada es París, esto es así, pero he sentido que si debía ser infiel, Londres era un buen motivo.

El paseo hacia Buckingham Palace era nuestro primer must. Como fieles devotas de su Majestad, no podíamos faltar al cambio de Guardia Real. Me gustó ver a mujeres entre los Guardias, y una señal de fé  para mí, me estaba esperando en el gorro de uno de ellos.

He saboreado unos deliciosos Benedict Eggs, que han hecho que me tome muy en serio la tarea de practicar hasta conseguir la receta perfecta. Dicen que los ingleses comen mal, no me lo ha parecido en absoluto. Y si no he vuelto con unos cuantos kilos de más, ha sido porque cada día hacíamos a pie más de 15km.

Me he flipado con las puertas, con todas y cada una de las casas de South Kensington y Notting Hill. Me he vuelto loca con los jardines, las flores, y los bancos de madera que hay por cada jardín. Y con las inscripciones que hay en la mayoría de ellos. Me he visto casi florecer en esos jardines.

Fuimos a la Tate Modern Gallery, y dejamos  comentarios sobre nuestras percepciones allí. Hay un cuadro que me paralizó durante media hora. En mi cabeza escribí media novela solo contemplando ese cuadro. Da para un post. Otra media hora la pasé escuchando a un cantautor en la puerta antes de entrar. Eso da para otro post y para otra novela, también. Emma flipó mucho al encontrar y reconocer un Picasso, y también un Mondrian. Allí también nos compramos postales, que luego nos enviamos, como viene siendo tradicional en cada una de nuestros viajes.

Nos pasaron cosas curiosas también, y de las que no tenemos testimonio gráfico. Como que en el backyard de la casa donde nos alojábamos entró un zorro. Como que nos comimos un plato de fish and chips casi de nuestro tamaño. Como que desvirtualicé a una de las personas que ha sido guía en este último año, y que me ha hecho una vaticinación de mi futuro, la mar de interesante, en un típico pub inglés, frente a unas pintas y mi cara de total asombro. Como que nos caminamos juntas y solas Oxford Street sin comprar nadita.

Hemos exprimido los días, y yo me vengo con dos firmes propósitos: conseguir la receta de los Benedict Eggs, y volver.

Adiós curso escolar

Y en un soplido pasó el curso.

Este año tenía especial necesidad de que llegara este día. Primero porque el agotamiento de los madrugones, las extraescolares, preparar desayunos para el cole, la plancha de los domingos, a esta altura del año es ya importante.

El curso se puede resumir en unas cuantas frases: ¿leiste hoy?, ¿tienes deberes?. Mañana hay que llevar pantalón largo. ¿Sabes qué pasó hoy?. Fulanita no vino ayer. Hoy ha sido un día terrible. Tengo que buscar información sobre… Mañana tengo que exponer. Toma este papel, que mañana lo tengo que llevar firmado. Se me perdió el tupper, ¡ah! No lo tengo aquí.

Ha terminado el curso dando de baja un pantalón y los zapatos. Me encanta ver los zapatos destrozados. Son zapatos vividos, y disfrutados. Saltos, carreras, pasos, a lo largo de estos nueve meses por todas las instalaciones del colegio, por excursiones, por casa. Me gusta sacarle el jugo a las cosas, y ahora al decirles adiós, poder recordar tantas vivencias. Tengo un TOC muy MarieKondo con esto de despedirme de las cosas.

Ha sido un curso complejo, por las materias a las que empieza a enfrentarse, y por las habilidades sociales que ha tenido que ir desarrollando. Habilidades que yo no tengo, y en las que no le puedo ayudar. Yo en cambio, he tenido que hacer lo mío. Desarrollar la paciencia sobre todo, y los me dan igual.

Me da igual no tener el control absoluto de lo que oye, lo que escucha, lo que le enseñan, como se lo enseñan, como lidia con lo que no le gusta y como resuelve el día día.

Me da igual no controlar nada de eso. He asumido que tengo el poder de acompañar, exclusivamente. De confiar en ella y en su proceso, y de intervenir solo en casos excepcionales. Tengo la posibilidad de trabajar con ella a diario, de no perderme ninguno de sus días, pero también he aprendido a apartarme a un lado y que sea ella la que lidere su camino. No es fácil, pero pongo mi empeño.

Se nos ponen por delante casi tres meses de descanso, lecturas, helados y mucha playa. Algún viaje, y algún merecido homenaje, por lo bien que lo hemos hecho. Y vamos a empezar esta misma noche, celebrando el solsticio de verano.

#madrepantoja soplando letras

El pasado domingo activé el modo #madrepantoja desde bien temprano.

Ese día iba a tener lugar la actuación de ballet de MiMariposita. La escuela de ballet organiza un solo espectáculo al final del curso, en el que participa todo el alumnado.

Este año interpretaron El Cascanueces.

Yo estuve en modo #madrepantoja desde bien temprano, como digo. Porque este año, MiMariposita tenía que salir a actuar tres veces. Cada una de ellas con un vestuario diferente. Yo estaba como gallina sin pollo pensando en cómo iba a meter ella a camino tanto tutú, y tanto perifollo. Ella muy tranquila me dijo, “solo me tengo que poner y quitar ropa, mamá; eso lo sé hacer”.

Ahí fue el momento en que tuve que meter, así para adentro, todo mi nerviosismo y ansiedad y acomodarme inquietamente en el patio de butacas.

La obra fue un gran espectáculo, y en el fondo, la disfruté bastante.

Ella, salió en cada uno de sus bailes perfectamente equipada y totalmente concentrada.

Yo, en mi papel de #madrepantoja, eché mis lagrimitas cada una de las veces que la vi bailar. Y me las enjugué con toda la elegancia que pude, cada vez que la vi salir del escenario.

Es en estos momentos cuando me entra la conciencia, y me doy cuenta de que ya no tengo una niña pequeña. Ya hace y deshace muy bien, sin ninguna necesidad de mi intervención. Tengo que aprender a relajarme y a apartarme un poco. Me resulta muy fácil decirlo y pensarlo, y muy complicado en la práctica. Tendré que poner lo mejor de mí para llevarlo a cabo.

Y ahora que venía aquí a contar esto, que no quiero que se me olvide, me doy cuenta de que hoy justamente, puede que incluso a esta misma hora, hace 15 años (madredelamorhermoso) escribí aquí por primera vez.

¿Cuánto he cambiado desde entonces?. ¿Cuántas cosas he venido aquí a contarte?.

Ya soy una señora de cuatro décadas.

Llevo el labio rojo, y las uñas también, la mayor parte del tiempo. Me gusta mi piel glow, y yo no me peleo con mi cuerpo. Y sobre todo, ya no sufro por amor, porque ahora me quiero bastante.

Pese a todo, hay algo que se sigue intacto. Y es la necesidad de venir aquí, y vomitar las letras que se me siguen atorando por dentro. Supongo que esto va a seguir igual, al menos durante algún tiempo más.

Empieza mi sabáticol

Hoy ha sido oficialmente, mi último día de trabajo remunerado por cuenta ajena.

Empezó este ciclo hace poco más de un año, y con fecha fijada de finalización. Así que ni sorpresa, ni imprevistos.

Ha sido un año emocionante, no puedo decir otra cosa. Durante mi vida profesional he huido de la Administración Pública. Tenía un gran puñado de creencias limitantes que hacía que no viera con claridad lo que suponía la Administración.

Durante este tiempo atrás, han sido muchas las veces que amigas, conocidas, y colegas de profesión, me han llamado para que estudiara para tal o cual plaza. Siempre me negué.

Solo una vez me puse en serio a estudiar. Estuve meses compaginando el temario (que en aquel momento me pareció tedioso y cero interesante) con el trabajo de “ejerciente libre” – o sea, autónoma –  que venía desarrollando desde el 2010. Estudié, me empapé varias leyes, más de las que creí que podría, y cuando llegó el día me rajé.

Me quedé paralizada en el aparcamiento, dentro del coche, viendo a los que compondrían el tribunal del examen, entrar.

Esa fue la primera y última vez que estudié. Unas semanas más tarde llamé a la que se ha convertido en guía y ayuda en lo que vino después. Mi coach me puso en órbita.

Después de eso, pagué el derecho de otro examen, y fui. Y comprobé que no era nada tan grave, y que aunque tendría que estudiar mucho para sacar una plaza, tampoco era un rito de iniciación que acabara en muerte.

Ese ha sido hasta ahora todo mi contacto con la Administración y la posibilidad de trabajar asalariada por ella.

Hasta el año pasado, que por carambolas del destino, ahí fui a parar.

Durante este año he tenido que estudiar leyes, y no me han parecido tediosas ni aburridas. Es más, y esto dice mucho de mi carácter, me las he leído con ánimo e interés. Porque leer por interés me motiva, leer o estudiar para tener que rendir en un examen, no.

La Ley de Contratos del Sector Público, se ha convertido en mi nueva mejor amiga. He aprendido muchísimo, de la gestión, de los procedimientos, y de las personas; y me ha encantado. He descubierto que la gestión pública me apasiona, y a estas alturas de mi vida, creo haber descubierto mi verdadera vocación profesional. Y a riesgo de sonar pedante, he aprendido muchísimo de mí. Y estoy convencida que es el valor principal que me llevo de este año.

Sigo reafirmándome en mi poco gusto por la socialización, aunque ya no me incomoda que piensen que soy la paria de cualquier sitio laboral. Me importa más estar a bien conmigo que con el resto, la verdad.

He conocido grandes personas, trabajadoras y con criterio, que además van a lo suyo, sin cuestionar a otros profesionales o compañeros. También he podido ver por mí misma cómo se escurren las personas culebras, y lo bien que se mueven en las cloacas de la Administración, que también la hay.

Ahora mismo, y aprovechando la situación que vivo, me voy a tomar unas vacaciones profesionales. Que no he cogido vacaciones para hacer nada, prácticamente desde que me di de alta como autónoma, y ya me va tocando.

Tengo una lista de libros que crece cada día; un montón de proyectos para tejer; mucha playa que caminar, y algún que otro viaje nos vamos a dar también.

Igual este espacio se va a ver muy afectado de mi sabáticol.