El ponchassso o Cuarentena tres


¿Qué? ¿Cómo sigues?.

Camino de la sexta semana. Todo igual. Después de toda la fiesta de la semana pasada, el fin de semana pasó tranquilo. Pizza y peli, muchas lanas y muchas letras.

Sigo haciendo potaje de lentejas los domingos por la tarde, mientras plancho la ropa de la semana. Necesito seguir haciendo estas cosas para seguir anclada. Nada de lo que venga cuando podamos salir (¿llegará ese momento?, porque cada día siento que van a pasar los meses, y que llegaremos a diciembre nuevamente y nos dirán: ha sido todo un experimento; y no sé si me horroriza o me fascina pensarlo así), va a ser como era antes, y mantener estas pequeñas rutinas domésticas, me ayuda a no terminar de perder el Norte.

¡Ay el Norte! ¡MiNorte! Anoche soñé que estaba allí, en mi playa. En la que me he rebozado, llorado, reído, y bañado, desde que me salieron los dientes. Estaba allí sola, tranquila y emocionada. Llegaba andando, y sin casi pararme me quitaba la ropa que llevaba puesta y la dejaba hecha un montoncito en la orilla y así como venía seguía andando hasta meterme en el agua. Seguí andando hasta que el agua me llegaba a la cintura, y en ese momento flexioné las rodillas y sumergí la cabeza. El agua fría. El azul del cielo. El sol traspasando el agua. Salí a la superficie, feliz y con sensación de total plenitud,  y ahí me desperté. La sensación de haber estado sumergida me duró solo unos segundos, luego me invadió una desilusión enorme.

Primero, me dio tristeza, luego me dio rabia, luego me dio desesperanza, y de ahí me fui a beber agua y a recolocarme los chakras, porque me sentía caer sin freno en el pozo de la angustia.

Me volví a dormir, pero llevo todo el día con la sensación de haber estado bañándome en MiNorte. Dice Emma que lo primero que va a hacer en cuanto podamos salir, será poner rumbo Norte. Y yo la voy a acompañar, por supuesto.

De paso, me llevo el bolsito, y nos quedamos allí todo lo que podamos. Así me estreno el ponchasso que me tejí hace unas semanas. Desde que se lo vi a LaBosch me volví loca. Claro que el suyo es un espectáculo total. Tejer con lo que tenemos en casa se está convirtiendo en una tarea de total creación y desafío. Porque se podría esperar a que se normalice todo, pero y las ansias… ¿cómo dominamos las ansias?. Porque todo el que teje o cose, sabe que cuando un patrón te pica, hay que meterle mano rápidamente, con lo que tengas a mano. Así hice este poncho, que no es un poncho al uso porque tiene mangas. Me lo tejí en apenas una semana, y lo disfruté de principio a fin. Cada día me gusta más tejer en colorwork. Todos los detalles aquí.

En serio, no veo el momento de ponerme en la orilla de la playa a última hora del día, a pasar fresco con mi poncho. De paso me saco unas fotos decentes, que esto también será algo que tenga que explorar y mejorar. Hacer buenas fotos en casa, requiere de táctica, técnica y mucho ingenio. Que de momento estoy empleando para seguir encontrando materiales tejibles.

 

 

El festival durante el Covid-19

Vaya festival de semana llevo amigas.

El martes, ya no había más materia prima en esta casa con la que inventar platos, así que allá que nos fuimos con la firma intención de llenar la despensa. La hora elegida para acometer la misión fueron las dos de la tarde. Porque a esa hora estaría todo el mundo o comiendo o siesteando. Eso pensaba yo, y la primera en la frente. Una cola de veinte minutos para entrar.

Solajero y un cachito de cielo que pude disfrutar en la espera.

Llevaba una lista bien armadita, entre lo que había algo de primera necesidad, como era un labial y un rimmel. Hace unos días, CeciWallace hizo un tutorial en su cuenta de Instagram de un maquillaje con productos de Mercadona, y ya sabes, culoquierismo y confinamiento, un combinado explosivo.

Una hora más tarde, una hora, atiende bien porque el dato es importante, estábamos en casa de vuelta, con todo para subsistir otras dos semanas, y por supuesto, con dos labiales y el rimmel.

Al llegar, nos dimos cuenta de que había saltado el diferencial de la casa. Se me activaron todos los sensores de alarma.

El calentador de agua se había suicidado, ocasionando una minipiscina en el trastero donde está. Quiso hacerlo en la única hora que no hemos estado en casa durante 32 fokin días, pero es que encima, después de explotar la tapa y soltar agua en cascada, arrastró una bayeta que por allí estaba, y que se configuró como un tapón perfecto del único desagüe que hay en el trastero. Una piscina de 15cm de profundidad. ¡Qué fiesta!

Llaves de agua cerradas, magnetotérmico bajados, cubo para el vaciado y, teléfono en mano, me dispuse a localizar el único comercio que me vendería uno igual, por aquello de no estar tocando los anclajes.

Tuvimos que esperar al miércoles para sustituirlo completamente, y recoger el resto del estropicio que quedó. A medio día del miércoles, creía yo que el incidente había pasado. Y eso parecía. Pero un runrún en mi cabeza me seguía manteniendo en estado de alerta. Y ¿qué hago yo cuando estoy nerviosa sin causa o motivo aparente?: Cocinar.

Con la despensa llena, y la fruta y verdura recién llegada, me monté mi propio MasterChef. Tuppers a tutiplén para los próximos días. Por la noche todo a la nevera. Y hasta mañana.

El jueves me levanto al alba, as usual, y me voy a tomar un café. Cuando abrí la nevera, la noté como mohína. Y ahí ya volví a entrar en modo histeria. Sí amigas, la nevera de quince años no resistió perder otro termo y se suicidó.

Así que otra vez teléfono en mano, otra vez salir, otra vez otra espera con otro cacho de cielo. La fiesta que se montó ayer en la cocina en apenas unas pocas horas fue de las de amanecida y churros. Puedo decir también, que a medio día estaba ya la nevera nueva en casa, la antigua camino del punto limpio y ya en este punto, me voy a dar al alcohol. Que todo esto a palo seco, va a ser bastante duro de digerir.

 

La Semana Santa de la Cuarentena

Se acabó la semana de descanso que nos dimos. Una semana entera sin horarios, sin agendas y sin planes. Lo primero y lo segundo por decisión propia, lo último por imposición.

Digo que pierdo la cuenta de los días que llevamos aquí, pero es mentira. Lo digo y lo escribo, básicamente para hacerme creer a mi misma que no le echo cuenta a los días. Pero llevo la cuenta precisa como si fuera un reloj suizo. Treinta y un días exactos. Sin previsiones de cambio, sin horizonte. Solo esperar. Y no es que me importe mayormente, quiero decir, estamos bien, todos lo que quiero están bien. No puedo sino dar gracias. Tenemos casa, comida, y suficientes recursos como para no aburrirnos. Sin embargo, estoy echando en falta algo que para mí es importante: planificar. No puedo hacer lo que más me gusta porque tengo demasiadas variables y pocas ecuaciones. Los primeros días seguía optimista, y planifiqué e hice listas. Pero ahora no tengo fecha de inicio de actuaciones porque no sabemos cuándo podremos salir a la calle con normalidad, y no puedo seguir haciendo planes, porque así lo único que consigo es aumentar las listas. Las listas de la tonta.

Esperar, solo queda esperar.

Emma el domingo, con una depresión post vacacional de manual, me decía, ojalá fuera lunes ya, pero el lunes de la semana pasada. Para estar otra vez descansando y sin obligaciones. No sé si es que está cansada o es que es gandulita. Entre las muchas frases que me soltó en la cena del domingo, me dijo: pero qué le voy a contar a mis hijos que hice en la Semana Santa de los ocho años, que estuve encerrada en casa durante un mes por un virus, porque éramos unas cobardicas.. ¿por qué no salimos a lucharlo?

No supe si reírme o llorar. Después de una charla que consideré importante, haciendo hincapié en las razones por las que nos quedamos en casa, le desvié la conversación a la botella medio llena. Porque es imposible sentir agradecimiento e infelicidad al mismo tiempo. Este truco siempre sale bien.

Esta Semana Santa hemos tomado todos los días el aperitivo, en la miniterraza, con un libro y todos sus muñecos. Y hemos amasado, como si no fuéramos a conseguir harina nunca más, que esto puede materializarse aún, según las últimas noticias recibidas sobre la escasez de harina.

Amasé un pan especial para torrijas, con la receta de la Señora Webos, y luego hice torrijas a mi manera, con leche infusionada con naranja y canela. Hicimos magdalenas con la receta del Gurú, que pasa con salvoconducto preferente a la libreta de recetas. Y también, y para no perder las costumbre, horneé semlor, que como marca la tradición, nos comimos atorrijados.

Y se pasó la Semana Santa y volvimos a la rutina, y yo vuelvo a enredarme para perder la cuenta de los días.

 

Cuarentena -gruñona- Dos

Estamos ya en Semana Santa. Y yo que soy muy fiel a mis tradiciones, me he tomado la semana libre. Y tu dirás, libre de qué.. pues libre de mi.

Libre de planificación, organización, horarios, y agenda.

Voy a dedicarme únicamente a labores vitales para la subsistencia, a dormir, y a hacer lo que me vaya latiendo.

Quería hacerme una cura de sueño, y ya sé que eso no va a ser posible, no si antes no me pongo el uniforme de la vecina gruñona y antisocial que tiene que ir dando golpes en puertas y ventanas para que unos bajen la música, y otros dejen de pelearse.

Vivir en un edificio no es fácil. Vivir en confinamiento en un edificio es otro nivel. Así como dicen que no todos estamos preparados para vivir en aislamiento, en el campo o en según qué condiciones, hay un buen número de personas que tampoco están preparados para esta sociedad. Porque se presupone que vivir en sociedad es algo que todos sabemos, y mira, pues no.

Esto de fumar en la ventana de un patio interior, mientras los demás cogen tus humos, lo ven normal. Poner la música al volumen de una verbena un martes a media mañana, lo ven normal también. Dar portazos, arrastrar muebles, o poner la lavadora (o cualquier otro electrodoméstico) antes de las 8 o después de las 11 pues parece que también es normal. Ya no te digo nada de eso de sacar la bolsa de la basura a la puerta. Claro que si te parece bien vivir en un sótano, lo demás te parece una tontería. Sabes qué es lo bueno, que son inquilinos, y que en aproximadamente dos tres meses se dan cuenta de lo inhabitable que es vivir en un sótano, y se van. Pasan otros dos o tres meses sin inquilinos, y vuelve a empezar el ciclo. Estos están recién estrenando el sótano, en plena cuarentena, ¿cuánto tiempo les damos?

Ya no sé si es el confinamiento o que simplemente estoy gruñona hoy, pero madre mía qué hartura tengo. Ya no cuento los días para que se acabe la cuarentena, cuento los días para poder irme a nuestra nueva casa.

Lo último que hice la semana pasada, fue un super diagrama de Gantt con todo lo que tenemos que hacer para empezar a llevar nuestras cosas. En cuanto nos den vía libre, me pongo manos a la obra. Porque de esta cuarentena me han quedado claras dos cosas: mejor sin vecinos, mejor con terraza. Las dos cosas las cumplimos en nuestra nueva dirección. Y fíjate, que no sé si es el día, o que tengo activada la intuición, pero aún sin salir de esta, tengo la ligera sospecha de que no va a ser el último confinamiento que vamos a vivir.

Mientras, tengo las agujas echando fuego. El segundo de la cuarentena es el Soldotna. Hecho íntegramente con lana que tenía por casa. Me quedo corta si digo que estoy encantada con el resultado. Lo tejí en apenas una semana, y ya cuando lo tenía bloqueando, monté el siguiente. También de colourwork y también de la misma diseñadora. Un crush total con la técnica y con sus patrones.

Lo he tejido mientras veía la temporada completa de Locke & Key, que no me pudo gustar más, y que me situaron, salvando las distancias (espero), en lo que viviremos próximamente: la reforma de una casa antigua.

 

 

Made from scratch

Si hay algo que me puede apasionar, es empezar cualquier cosa desde el principio, desde el inicio primerísimo.

Por eso, el día que descubrí a Liziqi, me fui a volver loca. No recuerdo el primer video que vi de ella, pero sí que te puedo decir cuál he visto más. Es este.

Liziqi es mi auténtica ídola, cuando vi cómo cultivaba el algodón, desde la semilla, me fui a chiflar. Sobre la marcha se me pusieron a trabajar las neuronas, y empecé como mi intensidad. Yo quiero cultivar algodones. Quiero hacer el relleno de mis quilts. Me fui corriendo a investigar. Y todo buenas noticias, este clima y esta tierra puede ser muy aptas para el cultivo. Lo del agua, ya veré cómo solventarlo, porque he leído que requiere de bastante agua, y aquí, agua, mucha no hay. Pero todo será crear la necesidad para que se me agudice el ingenio.

Allá por el 2015 mi tío, que tiene un algodón plantado desde hace años, me dio unas cuantas ramas, y en otra ocasión, seguramente que el mismo año, me fui al árbol, y coseché todo el algodón que pude. Guardado lo tengo por aquí, en alguna bolsa del armario Narnia que tengo. Así que de ahí puedo sacar hasta las semillas. De hecho, en ese momento planté con Emma unas pocas, y ríete, germinaron todas. Hasta que se me hicieron unos árboles que ya no me cabían en la maceta, y tuve que sacrificarlos. Minuto de silencio. Igual desde ese momento el Universo me estaba mandando la idea.

En serio te lo digo, me he propuesto en ser la próxima magnate del algodón. Por lo menos esta semana. Igual me dura todo el mes, con el rollo del confinamiento. Probablemente use estas tardes para ir sacando las semillas que tengo. Primero, tendré que encontrar la bolsa.

Volviendo a Liziqi y el confinamiento. Me ha inspirado infinito, y uniéndolo a la psicosis que me da cada vez que pienso que tengo que ir al super, estoy poniendo mi ingenio a prueba. Tengo a Fefi aka MasaMadre, a tope de power, horneando pan cada semana. Se acabaron lo de comprar yogures, o natillas. Cada semana las hacemos nosotras. El bizcocho de la merienda. Y esta semana, he practicado la masa quebrada para quiches o pies. Qué maravilla hacerlo todo en casa. Saber qué lleva, trabajarlo con mimo, y pensar que ese mimo es justo lo que te va a alimentar, es mucho más que saciar la necesidad de alimentarse. Es magia.

Probablemente después de esta etapa que vivimos, y que aún no sabemos, por lo menos yo no sé, cómo será el mundo y mi vida, después de este período… porque lo que tengo claro, es que la normalidad que teníamos antes, ya no está más; ha hecho que yo me vuelva más a los orígenes, comprando más materia prima y elaborándolo yo casi todo. Así satisfago un poco esa necesidad de “made from scratch” que tanto me fascina.

Yo tengo claro, en lo que viene en adelante, tendré que buscar una nueva normalidad, que igual la mía, pasa por hacerme agricultora.

 

Del siglo pasado a la pandemia

Han pasado quince días ya. Supongo que va llegando el momento de ir haciendo balance.

Realmente tengo poco que aportar. Nuestra vida no ha cambiado gran cosa. Yo sigo trabajando como desde hace 10 años. Desde mi mesa enorme llena de cosas, lo único que cambia ahora es que mi banda sonora son los diálogos que mantiene Emma consigo mismo. Habla de fracciones, de sujetos y predicados, y se enfada con la tierra porque según ella, su movimiento de rotación está acelerado.

Tiene la teoría de que la Tierra está girando sobre su eje demasiado deprisa, que no le da tiempo de jugar, de hacer los deberes, y de hacer ejercicio. Dice que esto no puede ser. Que debe ser que el virus le afectó al planeta de alguna otra forma que desconocemos, pero que desde luego tiene que ver con la velocidad de giro.

Me he sentido fatal, de verdad te lo digo. Le he contagiado ese agobio permanente de querer exprimir las horas, los días, las semanas. Esta mañana es la segunda vez que me dice que el fin de semana se le fue muy deprisa, que le da la sensación de que hizo poco. Yo no termino de entender, porque siempre se queja de poco tiempo, pero ahora, que ya llevamos para tres semanas de confinamiento, que tenga la sensación de que tiene poco tiempo, me parece increíble.

Quiero pensar que tiene un mundo interior tan cargado como el mío, y eso, no puede traer sino cosas buenas. Eso quiero creer.

Yo mientras, sigo revolviendo. Yo no sé con cuántas cosas más me voy a encontrar que no recordaba.

Por ejemplo, buscando hilos para otra cosa, me encontré con este camino de mesa de punto de cruz. Nunca en la vida, la Violeta de ahora lo elegiría. En esa tela Panamá, con esos motivos florales y tonos que no reconozco como míos. Pero ahí está. La Violeta universitaria pensó, en no sé qué momento, aquejada de cualquiera sabe qué locura transitoria, probablemente derivada del temario de termodinámica o motores térmicos, que era buena idea empezarlo, y hacerlo.

En el momento en que lo encontré, pensé, madre mía qué cosa más fea. Cuando lo abrí, recordé vagamente cuándo lo empecé, y para qué mesa iba a ser. Casualmente, en pocos meses, si ningún virus más se nos mete por el medio, la mesa destino formará parte de mis muebles.

Ya sabes que para mí todo son mensajes y señales, así que voy a creer que esto es una señal más, y que debo acabarlo. Junto con el mantel a medias, estaba el esquema y los hilos. Con ellos estaban también los guardahilos de plástico, que se deshacían nada más mirarlos. Nota mental: vida del plástico antes de convertirse en microplástico: 25 años. Así que antes de ponerme a dar cruces, me propuse reforzar unos y fabricar otros. Un poco de papel bonito, cartulina y cola. Y voilà! Guardahilos nuevos. Estoy tan contenta con el resultado, que de a poco iré cambiando todos los que tengo.

Y ya que ha sido ahora cuando lo encontré, me he propuesto acabarlo. Porque nunca pensé en tener algo así ahora, ni invertir mis horas en una labor como ésta, pero también es cierto, que nunca, never, imaginé que iba a estar viviendo algo así.

Así que manos a la obra, y que quede como testimonio de lo que estamos viviendo. Una labor del siglo pasado que se acabó durante la pandemia.

 

Primavera indoors

Perdí la cuenta del confinamiento. Muchos días llevamos aquí ya, y los que nos quedan. Supongo que estamos todos un poco igual.

La semana pasada me abrumé de tanta oferta. La gente se volvió loca haciendo rutinas, haciendo directos, conciertos, aplausos.. Yo lo veía un poco de lejos, y pensaba, ¡uy muy arriba está todo el mundo!. Y efectivamente, esta semana se nota ya un poco el bajonazo. Encima estrenamos la semana alargándonos el día fin del confinamiento.

En esta situación lo mejor es no pensar. No tener en la mente la fecha en que se acaba, porque realmente no la sabemos.

Es también muy extraño manejar esta incertidumbre, supongo que estos días me están sirviendo para trabajar esta cuestión, creo que no lo estoy haciendo nada bien, por cierto.

En casa estamos tranquilas, y relajadas. Haciendo lo que haríamos en cualquier sábado. De hecho, esto está siendo como un verano adelantado.

Este fin de semana celebramos Ostara (Equinoccio de Primavera), me pareció algo muy apropiado para no olvidarnos de que aunque estemos en casa encerradas, el ciclo de la vida sigue su curso.

El último fin de semana que pasamos en libertad, hicimos varias compras, de esas que cuando llegas a casa piensas, para qué compraría todo esto ahora. Entre las cosas que compré estaban dos bolsas de tierra para plantar, semillas de varios tipos, pinturas y pinceles, pasta dry clay, algunas libretas y papeles de scrap. Ya me tengo reconocido que cuando me da una cosa de estas, me tengo que hacer caso, porque no sabes lo bien que me están viniendo estos días.

Durante la semana, rescaté dos huevos de una cena, y los limpié bien. El sábado por la mañana los pintamos con unos acrílicos que habíamos comprado. Luego hicimos una pequeña lista, que tenemos en la nevera, de las cosas que vamos a ir haciendo cuando volvamos a la normalidad. Qué increíble que lo primero que Emma quiera hacer es ir a casa de los abuelos, y luego a patinar. Resulta que de las cosas que más echa de menos a parte de a la familia, es patinar. Le encanta bailar, pero eso afortunadamente lo sigue haciendo. Se calza las zapatillas de ballet, su música y a danzar. Pero patinar, en 63m2 es un poco más complicado.

Pusimos un poco de tierra en los huevos pintados, y también una semilla. Y ahí le pusimos toda la intención de la que fuimos capaces de reunir, para que esto pase cuando tenga que pasar, y nosotras aguantemos bien el tiempo que sea necesario.

Aprovechamos el momento para darle una vuelta a las plantas que tenemos en el trastero. Trasplantamos algunas, y plantamos nuevas semillas. La naturaleza siempre da lecciones, y las plantas se han convertido en una de las cosas que más alegrías nos reportan estos días.

Esa es una de las cosas que más claras se me han quedado estos días. Necesito un jardín. Un huerto. Un espacio pequeño donde revolverme entre hojas verdes y tierra.

Yo estoy aprovechando estos días, para planificar de manera pormenorizada la nueva reforma, y la remodelación de un montón de muebles que me han tocado en el reparto. Esto ha conseguido la cuarentena, que esté como loca por meterme en faena.

Reunión lanera, cuando era posible

 

Día 8 del confinamiento.

Todo va bien. Al menos dentro de nuestras paredes. Todavía nos queremos, no nos hemos agredido, seguimos alimentadas y ejercitadas. Nos ha dado para mantener la casa en orden, para entender la importancia de las rutinas y la disciplina. Vaya, que no ha cambiado mucho la cosa.

He aprovechado para tejer, mira que novedad. Y para poner en orden mis prioridades a la hora de empezar nuevos proyectos. Me he acordado hoy, al revolver entre mis lanas, de la última reunión lanera que disfruté.

Hace ya algunos años, que tengo aquí a mi grupo de mujeres sostenedoras. En este caso, lo que nos ha unido es la lana.

La lana une no te imaginas cuánto. Aunque entiendo que no es la lana en sí, es la necesidad de compartir con otros la pasión por algo. En este caso: tejer.

Estas tres mujeres han llegado a mi vida por motivos varios, y aunque la relación ya traspasa la lana, la excusa para vernos de manera continuada es enseñarnos lo que estamos haciendo, pedirnos consejos sobre próximas combinaciones y tomarnos un café mientras tejemos juntas.

Lolly lleva toda mi vida en mi vida, valga la redundancia. Es mi prima, y me lleva unos años, así que cuando yo llegué, ella ya estaba aquí. Nos unimos de mayores por esta obsesión que tenemos de no dejar las manos quietas. Patchwork, punto de cruz, tejido, scrap… Mi prima me pega a todo, y lo mejor es que todo le queda bien. Tiene un carácter que pretendo imitar cada día. Le da a las cosas su justa importancia, que suele ser poca a casi todo. Es constante, con afán de superación cada día, y a base de taconeos ha dejado atrás un montón de creencias autolimitantes que dice que tenía. Yo nunca se las vi.

Dácil también lleva bastante tiempo rondando mi vida. Ya sabes que esto es chico, y al final, aunque no seas de aquí, nos conocemos todos. Aquí la teoría de los seis grados de separación se cumple a la perfección. Pero a Dácil el cariño real se lo cogí cuando MiMariposita llegó. Dácil es enfermera de profesión y de pasión. Si no fuera por ella y por los grandes consejos que me dio, sobre todo los primeros días del nacimiento, esto no hubiera sido lo mismo. Con Dácil puedo tirarme horas hablando de cualquier cosa, porque su curiosidad sobre todo es infinita. Solo hay una cosa de la que no podemos hablar, la línea temporal de Outlander. Ahí no podemos entrar.

Y Bea, llegó con la maternidad. Nos reprodujimos con un año de diferencia, y ella me buscó, porque tenía un interés enorme por coger las agujas y aprender. Así que primero le di clase, y luego ya nos hicimos amigas. Bea se apunta a un bombardeo, y es un gustazo enorme verla tejer después de lo mucho que ella dudó de sí misma.

Hace dos domingos, cuando todavía estar en la calle era lo normal, nos dimos el día. Allí festejamos nuestro propio 8M. Nos sentamos en una cafetería y echamos el día entre cafés, comidas, más cafés, y hasta unos chupitos.

Solo sé que en cuanto esto acabe, en la próxima reunión que podamos hacer, el desayuno se va a juntar con el almuerzo, y es probable que con la cena.

Día 5 de cuarentena

Día cinco de confinamiento.

Se nos ha puesto la cosa un poco seria, y nosotros no parecemos enterarnos de lo que va realmente esta cuestión. No quiero ponerme pesimista, ni quiero ponerme a pensar tampoco, en todo lo que pasa por fuera de mi ventana y que yo no puedo controlar.

Tenía la idea de que esto podía pasar, pero también tenía yo más confianza en mis vecinos.

Aquí el fin de semana si hubo algo de respeto a las normas. Hoy y ayer veo que todo el mundo está en su trabajo. Gente sin perro, que camina por la calle, coches que van y vienen.

No entendieron lo que pasó en Italia, y parece que les importa poco lo que significa la curva que hay que frenar.

Cuando Mercurio entró por fin directo, se nos puso por delante Saturno, y nos jodimos.

En fin, que esta es mi casita refugio, y no me quiero poner aquí pesimista, que es lo único que me faltaba para afrontar este encierro.

Si me preguntas a mí directamente, esta situación de encierro no me perturba en lo más absoluto. Llevo toda la vida preparándome para algo así. Ahora tiene justificación la cantidad de lana, tela, papeles y libros que tengo acumulados. Pero lo primero primero, es la nevera, luego el resto.

Para mí y desde que dejé atrás mi etapa oscura, es decir, aquella en la que tenía una relación tormentosa con la comida (me encantaría saber a quién debo agradecerle esa definición, porque es perfecta), auspiciar una buena semana, empieza por llenar la nevera.

Luego de eso, refrescar la masa madre y prepárame para amasar el pan de la semana, y detrás, encender todos los electrodomésticos. Dicen que todo lo que obtengo de ahí se llama batchcooking, y se supone que es dedicarle un par de horas o tres a la cocina, y tener los menús semi resueltos para la siguiente semana.

De mis básicos, basiquísimos: pan, caldos, granola y de unas semanas para acá: yogures.

Se los ví a Siona en Instagram, y ya saben, de mi culoquierismo. Me salí corriendo a casa de Mamá, a rescatar su yogurtera. Creo que entró en su vida, un mes después que yo. Esa edad tiene. Cuando era chica mi madre la usaba muchísimo, y nosotros siempre tomábamos esos yogures. Luego vinieron las extraescolares, y la necesidad de mi madre de ir con el pelo para atrás en la carrera de dejar a cada uno de nosotros tres, en el lugar que nos tocaba. La yogurtera pasó a acumular polvo en uno de los estantes del sótano. De ahí la saqué yo hace un mes. Un buen fregoteo, y un buen lavado de cara y ahí está. Haciéndome yogures dos veces en semana. Nos los tomamos con fruta y con la granola, y qué maravilla. He probado a hacer yogures de otros tipos, pero en casa triunfan los naturales. Básicos, y tomando un yogur griego de base.

Con el caldo, y el libro que me compré hace unas semanas, estoy tratando de hacer ramen. Digo tratando porque estoy muy lejos de que me salga algo delicioso, creo. De momento está bueno, me reconforta y lo disfruto mucho, pero aún no se me han saltado las lagrimillas. No pierdo la esperanza, el libro es maravilloso y tengo la intención de seguir probando.

Pues fíjate todo lo que me esmeré por propiciar una semana bien alimentada, y lejos de contratiempos, pero ya ves, uno propone, y la vida dispone, mediante mercurio directo, o cualquiera sabe qué planeta dando guerra.

 

Centennial, presbicia y energías perezosas

Hoy es el cuarto viernes que tengo bloqueada la tarde. Y ya lo tengo todo listo. Tengo previsto hacer un queque, para la merienda y el último capítulo de Néboa para amenizarme la tarea.

Desde hace un poco más de un mes, los viernes por la tarde los dedico al Centennial, que estarás aburrida de leerme hablar de él. Pero tranquila, este año es el definitivo, porque me estoy enfocando en terminarlo a como de lugar. La semana pasada contabilicé la tercera bobina de hilo gastado. ¿Cuántas puntadas habré dado ya?.

Es un proyecto titánico, porque ahora cuando termine de unir todos los bloques que conforman el centro del top, tendré que unir el primer borde. Que va todo con motivos aplicados. Y digo primer por que sí, justamente tiene más de uno.

Yo no sé si es por las ganas que tengo de llegar a esa parte o porque mi subconsciente está tratando de animarme para cuando llegue. Pero tengo unas ganas imperiosas de ponerme a aplicar. No sé desde cuándo no lo hago. Y mira que es algo que me gusta mucho, amén de que queda espectacular.

Es de esas cosas que te encantan, pero que no tiene explicación el por qué desaparecen de tu vida. Lo pienso y lo repienso, y no doy con la respuesta. Sii es algo que me gusta tanto, ¿por qué no lo hago más a menudo?.

Eso me pasa con algunas personas, por ejemplo, lo paso estupendamente cuando hablo con ellas, o cuando salimos, sin embargo, hay una barrera invisible que me mantiene alejada de la energía necesaria para llamar y quedar. Seguro que hay algún estudio por ahí que ya ha dado con la respuesta de este misterio.

Este último viernes, cuando tenía esas ganas tremendas de buscar algo que aplicar, me puse a revolver en mis cajones. Hay algunos de ellos que no los abro en meses, y cuando vuelvo a ellos, es como si estuviera revolviendo en las pertenencias de otra persona. Me viene a la mente el vago recuerdo del momento en que llegó a mis manos, pero de pronto son todo un descubrimiento, como si fuera algo que has visto en Instagram y que querías mucho, y de pronto… ahí está. Solo que ya era mío y ya me pertenecía. Da mucho vértigo esto. La capacidad de acumulación que me hace perder la noción de lo que realmente guardo. Esto me da rabia y vergüenza, no sé en qué proporción cada una.

La explicación que me doy a mi misma, es que son como una parte de mi plan de jubilación. Ahora puedo pagar por materiales, patrones, y diversas herramientas, quién sabe si podré cuando tenga todo el tiempo del mundo, pero una pensión miserable, como ya nos auguran algunos visionarios.

Y hablando de jubilación, que nada tiene que ver, o sí, no lo sé.

En ese afán por comprar cosas por histeria colectiva, ya sabes, si las demás compran, yo también, compré este enhebrador de agujas. Te cuento. La primera vez que fui a una feria americana de Patchwork, lo hice en un grupo de 11 mujeres, de las cuales yo era la más joven. Fue en el 2005, así que yo justamente estaba por cumplir los 30. De esta edad éramos dos, mi amiga LaAbogada y yo. La siguiente más joven tenía ya 45 cumplidos, y creo que la mayor, estaba muy cerca de los 70. Cuando llegamos al stand de clover, se volvieron todas locas con el enhebrador. No recuerdo cuánto costaba, ni tampoco qué me impulsó a comprarlo. Pero ahí fui yo, con mi visa quemándome en las manos a pagar el enhebrador. Desde entonces estaba durmiendo el sueño de los justos en uno de esos cajones que permanecen cerrados la mayor parte del año. Este viernes, en ese trasteo que hacía, lo encontré y me dije, voy a ponérmelo un poco más a mano. Y ¡Oh maravella!, porque aunque no quisiera asumirlo, ya soy una señora que acusa cierta presbicia, y este aparatito me ha ahorrado un montón de frustración y sufrimiento.