Todo es un ritual para mí

Hace unas semanas, no recuerdo bien dónde, escucho y leo tantas cosas al día, que se me hace imposible en muchos casos recordar la fuente. Que me perdone el creador.

Esto que escuché venía a decir algo así como que la rutina y el ritual son cosas completamente diferentes, aunque en muchas ocasiones empleamos ambas palabras para referirnos a lo mismo. Después de escuchar esta idea, me quedó clarísimo.

Una rutina es algo que haces de forma constante en el tiempo. Por las mañanas, las tardes o las noches. Una unión de actividades de forma mecánica. Lavarte los dientes después de comer; leer en determinados momentos del día; salir a entrenar; ponerte el desodorante después de la ducha… La acción se convierte en rutina cuando las haces en piloto automático. Tu cabeza puede estar resolviendo integrales triples, o redactando la lista de la compra mientras las ejecutas, por ejemplo.

Un ritual no tiene nada que ver con la rutina. Para realizar un ritual, tu cabeza está 100% presente en lo que estás haciendo. Centrada en cada una de los pequeños movimientos o acciones que se realizan para completarlo.

Cuando entendí esta diferencia, llegué a la conclusión de que muchas de las cosas que hago cada día, las he ido convirtiendo en ritual. Y aunque llevo diciéndome mucho tiempo que yo soy una persona rutinaria, a lo que estoy totalmente enganchada es al ritual. Yo todo lo convierto en un ritual.

El desayuno, la postducha, o incluso la manera en que me pongo a trabajar o a escribir. Mis rituales están diseñados a mi medida, pensados al detalle en función del objetivo que persigo con cada uno de ellos. Y dada como soy a este tipo de actividades y la facilidad que tengo para anclarme a los momentos, me resultan super efectivos.

Por ejemplo, para ponerme a escribir, tengo un ritual concreto. Necesito cero distracciones, por eso escribo al alba; necesito una música que me transporte a un estado anímico concreto (el que precise según lo que esté escribiendo), que escucho con auriculares, para aislarme completamente del exterior. Me enciendo una vela aromática, y a mi derecha tengo siempre una botella de agua con gas y una taza de té con leche. Siempre me envuelvo en un chal que me hice cuando estaba pasando mi dulce espera, y que reconforta con solo verlo. Es el chal de gestar. Y me da igual si hace frío o calor, pero los hombros los tengo siempre envueltos en mi chal. Delante del teclado tengo la libreta de notas donde me apoyo mientras dejo que se me vayan hilando las palabras.

Y hasta que todas estas cuestiones no estén dispuestas como las preciso, soy incapaz de colocar mi cabeza para la escritura. No me sale escribir en otro sitio. Puedo releer o corregir, pero escribir, no.

Todo esto es trasladable a casi todas las actividades que hago en el día. Hasta el momento en el que me pongo a tejer. Para casi todo, me preparo antes. Me predispongo al ritual, y no sé si será esto o no, pero desde luego, estoy convencida que es la preparación del ritual la que dispara mi capacidad de presencia y disfrute.

Quiero tener un jardín

Quiero tener un jardín, y lo repito y me lo repito varias veces al día, como si fuera un mantra que a base de repetición fuera a materializarse.

Me gustan las flores, y sueño con tener flores frescas en casa de forma regular. Parece que esto sí que lo voy a ver hecho realidad muy pronto, aunque las flores no vengan de mi jardín, todavía.

Pero hay otra cosa que va más allá de tener flores en los jarrones de casa. Yo lo que quiero es llenarme las manos de tierra, pelear con bichos y plagas, y sobre todo, recolectar semillas para verlas crecer. Deleitarme con observar el paso lento del proceso que hace que una semilla se acomode en la tierra, y se tome todo el tiempo necesario para germinar, crecer y florecer.

Aprender cuáles son los mejores momentos para cultivar según qué cosas, y observar. Sobre todo, observar el proceso. Me encanta el proceso, ya eso lo sabes.

Ya no recuerdo desde cuando sueño con esto. Luego me puse a leer a May Sarton y a Pía Pera, y ya entonces lo tuve clarinete. La mayoría de las mujeres que me causan admiración, cultivan un jardín o un huerto.

Antes me contaba la historia de que cuando fuera algo más mayor, y tuviera próxima mi jubilación, la jardinería sería una de mis grandes ocupaciones. Y de ahí me di de frente con la cuestión de que ¿quién me está garantizando que yo voy a ese momento? ¿quién me asegura que voy a llegar a los 65 (si es que esa es la edad con la que me jubile, que desde ya te digo que estoy currando a tope para reducirla considerablemente).

Nadie me lo asegura, y nadie me lo garantiza. Así que ¿por qué esperar?

Me he puesto manos a la obra. Esto no es el jardín con el que sueño, pero desde luego me hace el apaño para ir satisfaciendo algunos de mis deseos. Es como ir haciendo prácticas.

Tengo un balcón grande que uso muy poco. Así que allí he dispuesto unas buenas jardineras y he plantado bulbos. Hace ya un mes que me asomo diariamente a mi balcón. Observo la tierra, riego, y tomo notas. El momento en el que vi brotar estos primeros bulbos, lo tengo guardado en el recuerdo y vuelvo a él cada vez que tengo ganas de recrear un instante de felicidad a base de sorpresa, recompensa, y satisfacción. El día en que vea salir la flor va a ser un día de trompetas y fanfarrias.

También me estoy preparando para que no salga nada: ¿tulipanes en Fuerteventura? Ya sabes. Y esta preparación sé que me está dando herramientas y aprendizajes para gestionar la frustración, la desilusión, y no caer en la trampa de la pataleta.

Solo hace un mes que tengo mi jardín en maceta y ya soy consciente de cuántas cosas he aprendido. El día que tenga un jardín en tierra de unos cuantos metros cuadrados de matas y flores, voy a parecer una biblioteca de sabiduría andante.

La limpieza de Primavera

Cada año por esta época me pongo en plan Mr.Propper… acabo de delatarme. Este señor calvo (¿se puede seguir diciendo calvo?) que luego cambió de nombre me sitúa en una época clara. Sí, señoras, me estoy despidiendo de la cuarta planta. Algo que me tortura y me persigue por días. No pensé que fuera a verme aquí, de nuevo.

Y digo de nuevo, porque se me está pareciendo lo que voy sintiendo, con lo que viví cuando pasé de la segunda a la tercera planta. Y no lo gestioné muy bien, para qué decir otra cosa. Lo llevé como el c**o. Espero que estos veinte años que han pasado y toda la terapia que me he pagado hagan su trabajo, y en esta ocasión, el tránsito no sea tan traumático.

Para no perder las costumbres que adquirí en esta última década ya me estoy preparando para la nueva estación.

Se acerca la primavera y como no quiero que me altere mucho, me anclo a las rutinas y tradiciones que he ido desarrollando en estos años.

Este año me he propuesto hacer la organización definitiva, (lo puedes ir leyendo aquí), ahora que lo pienso, igual tiene que ver también con lo de cumplir años que te contaba al principio. Siento una necesidad importante de deshacerme de cosas, y de tener pleno conocimiento de lo que tengo y guardo. Igual es que quiero entrar en el quinto piso ligera de equipaje. A ver, que me organizo con tiempo, que puede parecer que los cincuenta los cumplo mañana y todavía me queda año y medio, pero ya sabes, yo con anticipación y planificación. Que lo último que quiero es subirme el cortisol a base de estrés.

Para esta marikongada que es la organización de primavera, yo la planifico en 21 días, que no tienen que ser seguidos, ni tampoco en el orden en que los tengo en la tabla. Son 21 días durante la primavera, destinados a un concepto puntual en cada uno de los días.

Me imprimo la hojita y la pongo en la agenda, luego me toca arremangarme y meterme en los rincones que no suelo entrar.  Esto es lo que llevo haciendo estos últimos años. No se trata de limpiar ni de ordenar, es más bien auditar. Coger un cajón y ver qué hay dentro, mirar fechas de caducidad, usos, utilidades, y ver que se hace con el artículo en concreto, si llevarlo a la basura, ponerlo en el grupo de whatsapp de la familia o dejarlo en el cajón.

La limpieza y organización de los espacios durante la primavera, se han vuelto tan típicos de mi vida como los bollos de cuaresma o el roscón de reyes. Y como dicen por ahí, cuando uno se enfoca, el entorno le colabora. O algo así. Me explico. Nunca sé bien cuándo es el día propicio para empezar. Me pongo a ver los resúmenes astrológicos por si me arrojan algo de luz, pero como no tengo conocimientos suficientes, no me dan información que yo sienta definitiva. He seguido esperando, hasta que ha llegado el temporal. Toda la semana pasada hemos tenido un auténtico temporal de viento y poca lluvia (con la falta que nos hace) que lo ha revuelto todo. Hasta a mí. Y esto era justo lo que necesitaba, un buen temporal que me alborotara por dentro y por fuera, para sentir que con la calma, es el momento oportuno para empezar con el decluttering de primavera.

Tú sabes cómo

 Hace un par de semanas, hablando con una persona, me dijo algo así como que yo no meditaba demasiado las decisiones que tomaba. En ese momento exacto me di cuenta de que esa misma persona de mí sabía mi nombre y poco más. Todo bien, sin acritud.

Probablemente solo estuviera viendo de mí y mi vida, la parte de afuera del iceberg, lo que queda a la luz. Solo se ve el movimiento, la decisión y la ejecución.

Siguió argumentando en que mis decisiones son rápidas, y que eso era solo posible porque no estaban muy pensadas. Y ahí hizo silencio para que yo alegara lo que se suponía que tenía que ser una defensa.

Ningún interés tengo en defenderme, mucho menos en justificarme. Pero en este afán que tengo de compartir lo que a mí me hace bien, me pareció oportuno señalar que yo no es que decida muy rápido, es que tengo cristalino qué y cómo quiero vivir. Y cuando lo que tengo delante no se ajusta a lo que quiero, me cuesta cero quitarme del medio. Ojo, que yo no decido por otros, ni tampoco quito a nadie. Ni mucho menos. Me quito yo, que es sobre quien tengo responsabilidad.

Me ha costado mucho tiempo y buenos euros, llegar aquí. Saber qué quiero, y cómo quiero vivir. Tengo muy detectados los lugares y actitudes que me drenan y por eso me pongo a salvo. También reconozco de un solo vistazo qué lugares y actitudes me llenan por dentro, y ahí me quedo todo el tiempo que puedo.

Por estas cosas, dejé de escuchar noticias allá en marzo de 2020. Y ¿sabes qué? No te aíslas, te sigues enterando de casi todo, pero desde otro lugar mucho más amoroso para mí. Uno que no me genera ansiedad ni estrés. He cambiado las salidas sociales a desayunos o almuerzos. A cenar fuera no me apunto porque el día siguiente es un amasijo de dolor de barriga y nubosidad cerebral, y no me renta (como dicen ahora los jóvenes). Y esto solo dos ejemplos.

He tenido que hacer un trabajo fino de detección y análisis para poder saber dónde sí y dónde no. He hecho una criba que flipas. Ni MariKondo.

Y lo tengo claro, cuando te estudias un poco, lo tienes claro. Un café, un rayito de sol, John en los auriculares y unos libros. Mi momento nutritivo solo depende de mí y de estos cuatro accesorios.

Tenerlo claro

Hace dos años que me compré estas gafas.

Me las pongo poco, porque realmente no veo bien con ellas. Hasta hace esos dos años, yo tenía miopía, una cantidad considerable, pero todo dentro del rango en el que me vengo moviendo desde que me puse gafas por primera vez, allá por finales de los ’80.

Noté, hace un tiempo que las gafas que usaba ya necesitaban renovación, porque empecé no tener una visión muy nítida.

Cuando la optometrista se puso a ponerme y quitarme cristales y a preguntar: ¿mejor o peor? me di cuenta de que no es no tuviera visión nítida, es que no veía un pimiento. Y aquí llegó el desastre. Tengo tantas dioptrías que ya no me cubren la presbicia. Hay una movida aquí que una afección compensa la otra. Hasta que es imposible compensar. Un disgusto y un inconveniente importante.

Resulta que ahora tengo lentillas para ver de lejos, a las que les tengo que añadir las gafas para ver de cerca. Y así voy tirando.

Lo malo es cuando me quito las lentillas y me pongo estas gafas negras, que por si te lo estás preguntando, pues no, no son progresivas. Así que ahora soy esa que se pone las gafas para mirar la tele y se las quita para ver el móvil.

Usar estas gafas es un sindios, y por eso en las próximas semanas les diré adiós a estos cristales y me pondré unos progresivos. Ya seré oficialmente una señora, por si había alguna duda.

Meanwhile, no puedo evitar hacer la reflexión de que cuando peor he visto en mi vida, ha sido cuando más claro lo que tenido todo. No sé si ha tenido que ver que no veo con los ojos, para dedicarme a ver con lo que no son los ojos. Que esto me ha quedado un poco trabalenguas y muy del Principito, pero ha sido así. Sin ver bien, he tenido una claridad meridiana para ver dónde tenía que quedarme y de donde tenía que irme. No me voy a quedar donde tenga que estar empujando para que nos movamos, y tampoco me voy a quedar donde no haya flores. Y esto lo he visto sin ver, y con unas gafas que no me sirven.

Un banco frente al mar

En dos días es San Valentín y como yo lo celebro todo, ya llené mi casa de corazones y las latas de galletas de naranja y chocolate. No me hace falta que llegue esta fecha para reconocer todo el amor del que vivo rodeada.

Amor de todo tipo: maternal, paternal, fraternal… grandes amig@s, hasta tengo un medio sobrino peludo que muestra lo que me quiere de una manera bastante insistente. También hay amor romántico, claro que sí.

Durante un montón de tiempo me pasé anhelando un amor. Ahora miro atrás y me doy mucha ternurita, y gracias a la terapia puedo hacerlo desde el amor a mí y no desde la pena o la frustración. Por fin entendí que como lo anhelaba, me conformaba con lo que iba llegando que, alerta spoiler, no era nada bueno.

Y yo lo único que quería era seguridad, confianza, complicidad. Sigo pensando que son los tres pilares que debe tener cualquier tipo de relación en la que te involucras, y pones atención e intención. Experimentar con otro el momento de llegar a un banco frente al mar y dejar pasar el rato. No hace falta hablar, no hace falta nada. Solo que se crea la atmósfera necesaria de total seguridad.

Tengo la gran suerte de tener de referentes, tremendas parejas, sobre todo ahora que las tengo tan cerca. Es importante estar cerca de estas personas que te pueden enseñar y mostrar que es el amor de verdad. Porque con la distancia, tiendes a perder un poco la idea, y cuando te das cuenta, estás viviendo algo que en nada se le parece a lo que te gustaría que fuera. Dicen que comparar está mal, y bueno, no le voy a decir comparar, voy a decirle: revisar. Reviso lo que vivo con lo que aspiro a vivir, y de ahí tomo acción. Ahora que tengo cerca otros espejos en los que mirarme, puedo verlo con total claridad. Y qué suerte, oye. Porque teniendo tanto espejo donde mirarme, puedo rápidamente ir al origen y revisar lo que vivo con lo que aspiro, y sobre la marcha tomar decisiones. Esas cosas que son nuestro auténtico poder y de lo último que quiero desprenderme. Ya lo he dejado dicho, en el momento en el que no pueda decidir, es el momento de irme. Esa es la consigna. Y pensar que hay personas que no deciden, que se dejan llevar por la vida, viviendo lo que otros decidieron por ellos, y teniendo vidas totalmente resignadas. Me sale urticaria solo al pensarlo.

Y eso es, decido, yo siempre decido. Incluso cuando no me muevo, estoy decidiendo no hacerlo. Y cuando quiero, lo mismo. Pero todo empieza por decidirlo.

Este año, lo que tengo decidido es que quiero poner un banco en casa, uno en el que me siente, sola o acompañada a experimentar la quietud de los momentos, y los frutos de mis decisiones.

Terreno resbaladizo

Llevo dos semanas escuchando de forma ininterrumpida a Christian Nodal, cortesía de mis vecinos. Que les agradezco que siempre tengan hielo y que me abran los horizontes musicales, que los míos están un poco como yo, anclados a un estilo.

Tanto me ha calado este mexicano, que me planteo seriamente ir al Granca Fest, sin ser yo una amante de este tipo de conciertos ni nada que se les parezca. Lo mío siempre fueron los conciertos petite comité, sentados y sin amplificación. Pero esto es otra cosa. Y me está trayendo a la mente a otro concierto que también fui, porque me gané unas entradas en un periódico. Algo que no ha vuelto a pasar, por cierto. Nada más me ha tocado.

De ese concierto recuerdo muchas cosas, sobre todo el disco que venía promocionando el cantante: Dos Mundos. Al concierto  fui con MiTrinchera, y creo que nunca se lo he agradecido lo suficiente. Me llevó, me aguantó, me obligó a cantar, y luego me sacó de allí por la puerta de atrás para evitarme el posible mal rato.

¿Ya sabes quién es? Te ayudo: mexicano también.

Alejandro Fernández.

Y cómo me acuerdo de ese disco. Creo que fue uno de los últimos cd’s que reprodujo mi aparato de música del coche. Era un disco doble, y era un rollo porque no lo podías escuchar de forma continua. A ese disco le di una tralla importante, y lo anclé a una de las mayores mazmorras de mi vida. He estado sin escucharlo doce años.

Después de escuchar a Chrstian ese disco me vino a la mente, y lo busqué en mi reproductor de música. Allí estaba la lista entera, con los dos discos juntos, sin tener la necesidad de hacer un parón entre uno y otro. Me sentí valiente, y le di al play, aun sabiendo que estaba entrando en terreno resbaladizo.

Los anclajes funcionan siempre, en un sentido y en otro. En este caso, aunque del concierto tenía un buen recuerdo, era mucho más grande todo lo que pasó antes y después, durante toda esa época. Todos los kilómetros en el coche, autopista arriba y abajo; los llantos, los tantísimos llantos. A veces he pensado que fue en esa época cuando agoté mi reserva. La tristeza infinita, y la sensación de estar en un sitio encerrada, sin puerta ni ventana. Sin salida de emergencia. Desesperanza absoluta. Días iguales, como el libro de Ana Ribera.

Desde las primeras notas de “Me haces tanto bien” vino todo de pronto, y yo volví a sentir que no tenía el suelo firme bajo mis pies y que todo estaba muy resbaladizo. Me obligué a afirmarme, y a mirarme las manos, los pies. Soy yo, pero todo es distinto. Encontré la salida, encontré la vía de emergencia, y todo eso es un recuerdo, que a golpe de las canciones de Christian Nodal, quedó muy atrás. No me olvido, porque no quiero volver a repetirlo, pero ya no tiene poder sobre mí ese recuerdo.

Ese mismo día, volví a incluir la lista de reproducción en mi sección aleatoria, y estos días me ha acompañado mientras andaba, y todo está bien. Ya no resbala este terreno, porque yo eché raíces.

Moviendo las manos

 Hace ya un poco más de un mes desde que fue el Brunch de Adviento. Ahí contagiada por el entusiasmo de las chicas y la oportunidad que me daban de ir soltando mis rollos, me animé a hablar, por primera vez en alto, de mi idea de montar un Club de señoras que mueven las manos.

Hace muchísimo tiempo que vengo con esto en la cabeza, y no es que tenga yo un afán enorme por enseñar, o que necesite ser la presidenta de un club. Nada que ver. Yo lo que quiero es tener compañía para hablar de lo que me interesa, e ir fabricando el entorno de señoras que se apasionan por la artesanía que sale de sus manos.

Todo esto se remonta al año 1996, cuando mi amiga MaryCarmen y yo nos plantamos en El Batán a aprender a hacer patchwork. Después de eso fuimos a otros cursos, a ferias, y a cuanta tienda de patch abría sus puertas en territorio nacional o extranjero.

Desde esa época, tomamos la costumbre de reunirnos los viernes por la tarde, con algo de comer, y nuestra caja de telas. Estoy super orgullosa de haber empleado mis viernes de esos años en fabricar quilts, en lugar de irme al TocaToca a beber gintonics. De verdad te lo digo.

La vida fue pasando, nosotras fuimos bregando con exámenes, trabajos y mudanzas. Y ya no juntas, pero las dos seguíamos sacando nuestra caja los viernes tarde. Ya en los 2000, encontré en Gran Canaria un grupo de tejedoras. También se reunían los viernes por la tarde a tejer. Allí que me uní y volví a aquellas tardes de entorno deseado.

Ya de vuelta en Fuerte, con hija y una reinvención profesional mediante, volví a dar clases de tejer, con la sólida idea de volver a hacer un grupo de señoras moviendo sus manos. Y tan bien que se me dio que ya no tenía un grupo sino dos. Uno de tejer y otro de patch. A día de hoy seguimos reuniéndonos a tejer. No tanto como a mí me gustaría, tirón de orejas para las cuatro a ver si nos ponemos las pilas y retomamos reuniones, y volvemos a quedar los viernes a mover las manos.

Por mi parte, empecé este mes, pero ya me cansé de estar sola los viernes, así que ya veo que uno de los propósitos de este año va a ser materializar este Club.

De entrada, empiezo con el punto de cruz ¿te animas?

Haciendo cruces

Llevo muchísimos años moviendo las manos. Era una niña cuando empecé. Supongo que tendría 7-8 años. En casa mi madre movía las manos, y en sus casas, mis abuelas también. Mis tías, mis tías abuelas… casi todas las mujeres mayores que yo, con las que tenía contacto: movían las manos. Era algo normal.

De todas esas manos salían innumerables cosas: calados, bordados, cestos de palma, mantas, jerseys, tapetes, cuadros… Mover las manos era una forma de existir. Por las mañanas se atendía la casa, los hijos, los trabajos, pero a la tarde, cada una cogía su cajita de “apatuscos” y a mover las manos.

Quiero hacer memoria, y creo que lo primero que aprendí a hacer yo, fue punto de cruz. En tela panamá o Aida, con esos cuadros bien grandes y perfectamente definidos. De vez en cuando comprábamos en casa la revista Labores del Hogar, y de allí sacaba el esquema para empezar a hacer. En esos primeros proyectos siempre usé hilo de bordar de ovillo, no de madeja. Todavía por casa debe haber alguna lata de bombones con restos de esos ovillos de bordar.

Hice muchas cositas, que aprovechamos para cojines, tapetes, y algún camino de mesa.

Ya no me queda vergüenza a esta edad, y todavía tengo un mantel de tamaño considerable a medio hacer. Fue el último trabajo que hice siguiendo un esquema de la revista que antes te hablaba. Es del siglo pasado, de los ’90. Imagínate. Lo voy a terminar, verás que lo voy a terminar.

Casi diez años después, cuando conocía a mi amiga Rosa, volví al punto de cruz. Ella me introdujo en los esquemas americanos, y en esos diseños que tanto me gustan y que nada tienen que ver con lo que yo conocía hasta ese entonces. De ahí me enamoré de los esquemas de Little House Needleworks, de los que he bordado un buen número. Bordados en lino y con hilos muy variados.

De todas las cosas que hago con las manos, el punto de cruz es la tarea que más abstrae de lo que quiera que esté pasando a mi alrededor o en mi interior. Por eso creo que es la labor perfecta para iniciarse en esto de mover las manos, porque se descubre muy rápido los beneficios que tiene. Sobre la marcha entiendes que mover las manos es una forma de meditar consciente, y que te sitúa en un estado mental de puro disfrute y gozo.

Tachar tareas

Llevo varios días moviendo la agenda nueva de un lado para otro. Siempre me pasa cuando estreno algo. Me da un placer importante empezar a apuntar citas y tareas en esa agenda nueva; poner especial esmero en la caligrafía, en el bolígrafo que uso, etc… Pero tengo que confesar que todavía miro con ojos tiernos mi agenda anterior. Que sigue por la mesa, porque de vez en cuando tengo que volver a ella a confirmar o cotejar algún dato.

Durante el mes de enero conviven las dos, y yo siento que estoy en una etapa de tránsito. No es la primera vez, y ya me conozco todos los recovecos de este traspaso de funciones.

Mi agenda nueva admite todo lo que le pongo, todavía no se queja de que cada día haga movimientos extraños hasta que todo encaja. Y es en estos momentos cuando siento que tengo que conquistarla, que tengo que enseñarle que uso marcadores fluorescentes de colores, según categoría, para tachar las tareas que están ejecutadas. Por momentos siento que protesta, y yo vuelvo a mirar de reojo a mi agenda vieja, que no se quejaba de nada porque ya sabía de mis manías y hábitos. Ese momento en el que tienes a romantizar todo y piensas que todo lo pasado fue mejor.

Pero aquí sigo, firme en mi decisión de estrenar agenda de papel, aunque tengo ya mucho en el Google calendar; porque sé que necesito llegar a la noche y regodearme en tachar tareas. Hay un placer no secreto en esto. Mirar con satisfacción todas las cosas que he hecho durante el día. Y ¡ojo! Que en esas tareas no están solamente las obligaciones o responsabilidades, también está el rato de lectura, la mascarilla semanal o el paseo al norte a una hora donde no hay coches por la carretera, y te parece que has retrocedido en el tiempo 30 años, como cuando estando en este territorio podías contar los coches. Aquella satisfacción de cruzarte con otro coche y saber quién era, y picarle las luces a modo de saludo. Extraño mucho aquella época, y siento profundo desazón al saber que mi hija o mis sobrinas ya no lo van a vivir. Por eso supongo que me concentro en tachar tareas, y en conducir pensando que sigo sola en este territorio, y que no necesito más.