La burbuja de escribir

Hace unos días alguien me preguntó que por qué escribía tanto, si no todo era publicable. Recibí la pregunta con el mismo asombro de si me hubiera preguntado por qué hago la cama cada día si por la noche vuelvo a deshacerla.

Lo primero que se me vino a la mente fue: por placer.

Escribir para mí es un placer. Igual que lo es leer, tejer, o bordar.

Lo segundo que se me viene a la mente es que no sé no hacerlo. Quiero decir, ahora que he probado lo bien que me hace cuando escribo, no quiero prescindir de este gustazo.

Aun así, después de haber dado estas dos respuestas, y parecer de entrada que la curiosidad estaba resuelta, en mi cabeza siguió resonando aquella pregunta. Tanto es así que todavía le estoy dando vueltas.

Y según la voy centrifugando, voy hallando nuevas razones.

Puede parecer de entrada que cuando digo que me pongo a escribir, lo que hago es abrir la libreta y darle al bolígrafo, y sí, pero hay mucho más. Antes de empezar respiro y me centro. Y luego enciendo una vela, y me pongo crema de manos. Le doy play a mi lista de música, la que sea que haya decidido esa mañana, y entonces sí, abro la libreta. Y da igual si ya desayuné o si lo haré mientras escribo. Las tostadas y el café pueden formar parte del ritual también.

Escribir a mano me induce a una especie de trance donde solo estoy yo, conmigo. Y desde hace mucho soy consciente de que yo soy mi mejor compañía, he ido aprendiendo a tratarme y a acompañarme. Ya no me juzgo ni tampoco me fustigo. Me trato bien y me doy consejos. Me ayudo a decidir y me animo a seguir bregando cuando las decisiones parece que no fueron las mejores. Y todo esto, lo consigo juntando letras y dejándolas fijas en mis libretas.

Hoy he llegado a la conclusión de que escribo porque en cuanto comienzo a hacer mi ritual de escritura me adentro en una burbuja particular. Una mía. Una propia. Supongo que como la de Virginia.

 

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