El momento de la presbicia

Llevo toda mi vida entre telas e hilos.

Mis abuelas tejían, y mi madre siempre cosió. Me cuenta que se hizo su primer vestido como a los 16 años, y que de ahí nunca paró. En todas las casas que hemos vivido, su máquina de coser tuvo siempre un sitio preferente. Recuerdo cuando se compró su máquina de coser Singer, que tenía un montón de puntadas decorativas. En cuanto salió de casa, el señor que la traía, ella apañó un trozo de tela e hizo un muestrario con todas aquellas puntadas. Con eso le hizo un vestido a LaBajista.

Mi madre nos hizo ropa siempre, y también se hizo para ella. Luego yo entré en ese momento en el que entramos las hijas de todo en contra de nuestra madre, y ella decidió avanzar su vida por otros derroteros que estaban lejos de la máquina de coser, como hacerse empresaria o ponerse a estudiar. Luego me pregunta que de donde me viene la inquietud por aprender y por no estarme quieta. Cada día tengo más claro que eso, se mama.

Cuando tenía 16 o 17 años, me apunté con mi amiga Bélgica a un curso de costura. Me hice unas bermudas, y un mono de verano. Creo que ahí fue cuando descubrí la pasión de ponerte algo que ha salido de tus manos. Vestirte con algo que has visto en tu cabeza, y que has materializado es algo que no se define fácilmente. Pero que creo que me ha ayudado tanto como ir a terapia.

Con mi primer sueldo importante, allá por el 2000, me fui a ElCorteInglés y me compré una máquina de coser. Una buena, con muchas prestaciones, además de un montón de puntadas decorativas, que creo que no he usado nunca. En ese momento ya hacía patchwork, aunque lo hacía a  mano. En mi cabeza y en mi lista de pendientes para aprender en algún momento de la vida, siempre ha estado el coser ropa para mí. Por eso, y durante un montón de años he ido acumulando telas, libros y patrones de ropa.

Creo que ya llegado el momento. Esta pandemia se ha empeñado en llevarse gente, en llevarse momentos, y en llevarse nuestra rutina. Yo, que siempre voy en contra, me he volcado en sumar cosas. Más que nada porque se me antoja imposible de soportar el sufrimiento real de todo lo que esta época nos está dando y lo que aún nos queda por descubrir que nos falta.

Esta semana saqué mis telas para vestimenta, y también mis revistas y libros. Y me he puesto a hojearlas con suma atención. Mucha atención. Fijo los ojos, y no me aclaro con los números. Durante algunos días le he echado la culpa a la luz, que no tengo buena luz donde estoy escogiendo diseño. Pero ayer y por distraerme saqué el punto de cruz, y ¡coño! Que tampoco lo veo. Me he descubierto también alejándome el móvil de los ojos para poder ver algún mensaje.

Anoche, caí en la cuenta. Me falla la vista. Es eso… Mis abuelas me dejaron buena genética, porque a mis 45 aún me cuento las canas, y gracias a la piel que he heredado (y al pastizal que me dejo en retinol y protección solar) tampoco me siento con muchas arrugas líneas de expresión, pero lo de la vista,.. eso es otra cosa. Tengo miopía desde la adolescencia, y ahora por lo visto: presbicia. Esta mañana me fui a la farmacia, y le pedí a la farmacéutica unas gafas de leer, me llevé allí mi muestra de punto de cruz y ¡oh maravella!. Casi salgo de allí con ellas puestas.

Esto también se lo voy a tener que agradecer a este tiempo, que estoy convencida que no tiene que ver con la edad, sino con el gran esfuerzo al que estoy sometiendo a mis ojos, por leer, coser, bordar y fijarme tanto. Que yo sé que la edad no tiene nada que ver.

4 opiniones en “El momento de la presbicia”

    1. Me encantan tus gafas… la señora de la máquina de coser siempre fue mi abuela, mi madre y yo nos hemos apañado para coser algún bajo y poco más… es una de mis cosas pendientes, aprender a manejar la máquina y “el corte” como decía mi querida abuela.

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