Brindo por nosotras

Hace unos días hablaba, más bien escuchaba, las preocupaciones de una amiga. Estaba viendo (viviendo) de forma tangencial, una situación personal de una tercera, y estaba viendo de forma nítida y clara como ésta entraba en barrena, sin saber bien cuándo se iba a llevar el golpe. Porque lo que sí estaba claro es que la cosa iba a terminar en ostión.

Yo escuchaba y asentía, porque podía ser un back-in-time de mi vida. Como si le hubieran dado al botón de review y me devolviera a aquella época que en mi cabeza está en nebulosa, y que me cuesta tanto recordar. En este punto no sé si me cuesta porque definitivamente mi cerebro lo borró,  si es porque el daño fue tan bestial que es irreparable y nada se puede recuperar de ahí, o porque finalmente está tan superado que no queda nada ahí.

Pero al escuchar la historia, se me vienen a la mente situaciones como fogonazos. Las mentiras, la manipulación, la necesidad del machirulo por controlarte, por anularte, por terminar de infundirte la estúpida creencia de que no vales nada.

Y lo que queda después de ponerte a salvo: la culpa. La culpa de haberle dejado llegar tan lejos. De haberle dado la posibilidad de hacer de ti alguien en quien no te reconoces. Y pasas de víctima a culpable. Merecedora de todo lo que te ha pasado, por no haber cuidado bien de tus bases. Y entonces te das cuenta, mucho más tarde, de hasta donde ha llegado el daño.

Pero un día, de pronto, cuando por fin estés a salvo, puede que leyendo un artículo de Barbijaputa, o escuchando su podcast, o puede que el clic suceda al ver a alguien con esa mirada opaca que reconoces, con la risa congelada por el miedo, o con lo movimientos medidos, como pidiendo permiso. Entonces te das cuenta de que tu no eres la culpable de nada, que eres víctima, con mayúsculas y en neón.

Pero para eso pueden pasar muchos días, y ahora, lo que puedo ver es lo mal que lo pasan las personas alrededor de ti, que te quieren y que ven como te vas disolviendo poco a poco, por la acción de un machirulo que actúa en ti como un ácido corrosivo. La impotencia, la incapacidad, la frustración… de nada de eso se habla. Porque claro, los de fuera ven con total claridad donde estás, pero no hay daños tangibles que justifiquen que te cojan en volandas y te saquen de ese pozo de oscuridad. No pueden hacerlo, tu eres adulta (y en teoría, capaz), para decidir. Y esa es la cuestión, no lo eres. Estás incapacitada para tomar decisiones que salvaguarden tu seguridad. Si hay daños físicos, es fácil, doloroso pero fácil. ¿Pero qué hacemos con los otros daños, con el otro maltrato?.

En mis momentos más oscuros, llegué a pensar que incluso era merecedora de todo ese sufrimiento. Hoy, no puedo recordarlo de forma automática, tengo que ir a las múltiples libretas, al blog, a esos fogonazos que me vienen traídos por vivencias de otros, para poder rememorar esa época. Y me asombro, y me asusto. Y siento total compasión por cualquiera que esté viviendo algo así. Y me planteo qué puedo hacer para ayudar. Y no doy con ninguna solución viable. Y eso, me entristece y me frustra mucho más.

De momento me quedo afónica señalando cada pequeña situación que no es normal. Me esfuerzo en quitarle la normalidad a cosas que no lo son. Porque siempre voy a preferir que me llamen feminazi, feminista y fea, histérica, que pensar que hay alguna chica por ahí pensando que merece que la traten como me trataron a mí.

Ha pasado mucho tiempo, y hoy soy capaz de brindar por el momento en que me puse las gafas violetas, y que me capacitó con un sensor especial para reconocer el abuso, el control y la manipulación. Brindo por las que lo pasaron conmigo, por las que van a apoyarse en nosotras para salir, y brindo porque con un poco que haga cada uno, los machirulos queden relegados a la extinción.

Entre todas, podemos

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