Brillando

De un tiempo a esta parte, he comprobado que me he hecho tremendamente práctica, y puede que también simple, o tal vez, lo que ha pasado es que me he vuelto tan narcisista que solo pienso en mí.
Así, soy capaz de relegar al último lugar de quehaceres y obligaciones, todas las tareas de limpieza del hogar secundarias, del coche, etc…
Si después de jornadas maratonianas de curro, soy capaz de arañar una hora de relax, lo último que pienso es en ponerme a limpiar los cristales del salón.
Con el coche es otra historia, limpiarlo el viernes, para llevarlo de nuevo a LaObra el lunes, me parece una total pérdida de tiempo. Aún así, sucumbo a dejar en buen lugar la imagen de niña perfecta que se tiene de mí por ahí, y trato de limpiarlo cada viernes.
Este viernes no lo hice. El domingo por la noche llovió. El resultado es una capa fina de barro compuesta por tierra y agua, que se queda totalmente pegada a la pintura y los cristales.
Ahora está reseca, lo que hace que el propio coche vaya desprendiendo polvo fino.
Ayer, recogí al Técnico, y cuando ví que hacía malabares para entrar y no ensuciarse, me dí cuenta de que tal vez había llegado el momento de dedicarle 3e y unos minutos al coche.
Hoy llegué a LaObra, y mi encargado (este señor portugués que me cuida tanto), me dice: meh preishtas lash llavesh de tu coche, que lo cambio de sietio?
Cuando he ido a coger el coche a la hora de comer, estaba brillando.
Si es que tengo un encargado que no me lo merezco.

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