Porque siempre hay un lugar

Nunca me ha gustado demasiado Febrero, no sé si es el frío, la escasa luz, los cielos plomizos, o qué, pero no conservo buenos recuerdos de ningún Febrero. Este ha pasado más o menos, hasta casi el final. En los últimos días de este mes, la paciencia se me ha ido consumiendo, la desidia ha ido haciéndose hueco, y casi casi tengo que abrirle la puerta a la melancolía. Los pequeños problemas parece que crecen, y la espera de soluciones, se eterniza.
De pronto, y como en un fogonazo de ideas, he sido consciente de lo que me estaba pasando.
He cogido la varita mágica y cerrado con un conjuro indestructible la puerta a la tristeza, he echado de forma permanente a la desidia, y con otro golpe y certero de varita, he hecho crecer de nuevo la paciencia.
Para darle fuerza a mi hechizo, me he subido en el coche y he conducido los escasos 40km que nos separan de MiNorte.  Una buena  manera de definir este sitio para mí, es como lo hace Jamiroquai.
Hay una cosa buena que tiene Febrero, y es que esa escasa luz y el cielo plomizo en el Norte, se ven espectaculares. Desde que te bajas del coche se huele la tranquilidad. Para mí no hay nada más efectivo que este olor: a mar, a sal, a reboso, a barcos en tierra… pero también se traduce en tranquilidad, en “todo estará bien”, en “nada malo puede pasar”. Ese olor es estado zen en cuestión de segundos.
Después de esta mini excursión y cinco horas seguidas de sueño, estamos listas para recibir Marzo, que seguro, seguro, traerá grandes sorpresas para nosotras.

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